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日志


2009/7/4

Desde un semáforo

He sido testigo de un hecho que no me resisto a comentar.
Esta misma mañana, en escasos dos minutos que dura la luz roja del semáforo de la esquina, al lado de casa.
Actores:
El chaval de todos los días, costamarfileño, veintitantos años, fornido y con la sonrisa permanente de intentar venderte el paquetito de klinex.
A mi lado, a bordo de un beemeuve, otro chaval, al que conozco de vista y del que sólo me consta su permanencia durante largas horas al día sentado y bebiendo litronas.
No sé cuál fue la conversación entre ellos, el caso es que el negro sonreía al blanco, mostrándole el paquete de pañuelos, mientras el del "buga" reía a carcajadas mientras apretaba afondo el pedal del acelerador.
Al cambiar a verde, el tipo del cochazo, sin oficio pero con beneficio conocidos, me apuesto un euro a que no acabó Eso, le ragaló al negro -Ahmed creo que me dijo un dia que era su nombre, licenciado en Historia y Humanidades, cum laude, por la Universidad de Abiyan- una bofetada de monóxido de carbono que salío a presión del tubo de escape mientras salía disparado como si de una salida de Fernando Alonso se tratara. Trabaja Ahmed en la fresa y en el semáforo. Vive en una pensión de mala muerte y no sabé qué será de él. Solo tiene su sonrisa.
Yo me pregunto qué coño hemos hecho mal en esta sociedad para que ninguno de estos dos esté en los lugares que en justicia le debería corresponder.


2008/6/6

Para Nachín (3)

Te lo auguro, Nachín: algún dia has de probar la misma medicina que tú, ahora, repartes.
He de verte llorar por alguna esquina.
2008/4/27

Hip, hop... © 2000 J.A.Bejarano

                       Faltaban quince minutos para la una de la madrugada y, me gustara o no, debía cumplir el encargo de recoger a mi hija —recién cumplidos los dieciséis años—, con su pandilla y llevarlos a sus respectivos hogares. Era un pacto, no escrito —tampoco hablado—, con unos padres a los que ni yo ni mi esposa Lara conocíamos, pero respetado, escrupulosamente, semana tras semana. Allí estaba, arrellanado en el asiento de mi Ómicron-Julieta. Las noticias, repetidas durante todo el sábado, se sucedían en la radio del coche: Hafed el Assad, “León de Damasco”, fallecía dejando el Medio Oriente sentado, aún, encima del polvorín. Y la camada de las alimañas seguía sembrando de cristales rotos y de cajeros automáticos reventados, durante los fines de semana, las calles y campas euskaldunas. Y el Atlético Aviación volvía a perder, según lo acostumbrado.

   Un poco harto, cambié a ON el "compact-disc" del aparato digital, y comenzó a sonar la melodiosa voz de Montserrat Figueras”: ...una matica de ruda / una matica de flor / hija mía mi querida / dime a mí quién te la dio / Me la dio un mancevico / que de mí se namoró...” Cerré los ojos y la música de salterios y laúdes sefardíes, me transportó a la diáspora del siglo XVI. Los viejos romances se sucedían, mientras los minutos pasaban y la hora que había  “pactado” con Assy —su verdadero nombre, Assumpta, nunca le gustó— se acercaba.

 Me encontraba en los alrededores de la recientemente inaugurada discoteca “Aliseda 999” y una larga fila de automóviles entorpecía el paso, invadiendo las aceras de la céntrica avenida. Otros padres, en el interior de sus vehículos, esperaban “im-pacientemente” el momento de salida. El turno juvenil del concierto de Mucho Muchacho(*) se acercaba a su fin y un guardia de seguridad —el mismo “segurata”, según Assy, que tantas veces le había vetado el paso al borde, sin traspasar, de los dieciséis años—, con su aspecto imponente, no perdía de vista, en su afán de controlarlo todo, a los jóvenes que, poco a poco, salían de la sala. Sentado en mi Ómicron, continuaba, con los ojos cerrados, escuchando las bellas melodías judeo-españolas, cuando de repente un agente de la Metropolicía se acercó, dando unos suaves toquecitos de atención en el cristal de la ventanilla. Iba enfundado en un aparatoso uniforme, de donde pendían los distintivos e insignias. La cazadora, azul eléctrico, estaba atravesada de una banda reflectante. Un gran casco blanco le daba un aspecto intergaláctico y al abrir la portezuela del coche, se levantó la negra y opaca visera de metacrilato. Me dirigió una fría mirada. En su rostro, impasible, se apreciaba un pequeño micrófono celular, pegado a su rostro que le llegaba justo a la comisura de los labios como una aparatosa y oscura cicatriz cruzándole la cara, desde un auricular que se le introducía en el oído. Sobre el cinturón de los pantalones, con diversos bolsillos-cartuchera, se podían apreciar, prendidos, los instrumentos propios de su misión: una porra antidisturbios “ergonómica” de brillante cuero negro, unas esposas de acero inoxidable (unas bridas de plástico monouso, en un manojo, suplían la función de aquéllas), y un reluciente revólver reglamentario Astra 7.65, de cachas nacaradas, ajustado en su correspondiente funda. El uniforme lo completaba unas lustrosas  botas negras de media caña ajustadas a sus piernas.

Me sonrió blandiendo la minúscula computadora manual, y señalando al frente dijo:

—Por favor, no puede estacionar, entorpece el tráfico. Circule.

 —Agente, son unos minutos—. Supliqué.

—De acuerdo, cinco minutos—. Respondió secamente, mientras señalizaba a otro automóvil que paraba detrás.

Elevé el sonido del aparato de música y continué escuchando el cadencioso sonido de las chirimías y  salterios medievales. Eché un rápido vistazo al reloj, el sueño me estaba venciendo... me arrellané en el asiento y de pronto, sobresaltado, vi aparecer por la puerta de la discoteca, un tropel de jóvenes corriendo despavoridos y saliendo por la amplia entrada, con una sola hoja abierta: salían  con el  pánico asomando a los ojos, y muchos, jovencitas y chicos, caían al suelo siendo pisoteadas por los que salían  detrás. El segundo batiente de la puerta saltó a causa de la presión ejercida desde dentro, con un  estruendo sobrecogedor. Me quedé paralizado a causa del terror. Sólo acertaba a mirar a través de la ventanilla derecha la imagen que se estaba desarrollando ante mis ojos. Transcurrieron unos segundos eternos hasta que conseguí reponerme de la dantesca visión. Abrí la portezuela del coche y vi cómo varias personas, saliendo de otros automóviles estacionados, corrían hacia la entrada de la megadiscoteca. El policía que minutos antes había estado advirtiéndome, corría, mientras hablaba, casi gritando, unas palabras incomprensibles de claves:" ... aquí alfa 34 llamando a central. Hay un código emergencia en sector uno...”. El guardia de seguridad se disponía a socorrer a las primeras víctimas yacentes en el asfalto. Yo corría, fuera de mí, intentado ver si Assy  y sus amigos habían  salido o, por el contrario, estarían aún en el interior. Al acercarme a las proximidades de la puerta, pude observar, con horror, la columna de humo casi imperceptible que salía  por una de las ventanas de la fachada principal.  En medio de aquel caos, en el que involuntariamente me vi involucrado, buscaba desesperadamente  a Assy. Cuando finalmente me agaché para ver si era uno de los  cuerpos que yacían más lejos de la puerta, una mano me sujetó el brazo: era Gemma, a la que había visto más veces con mi hija.

—Señor... por favor, ¡ayúdeme!

—¡Gemma!, ¿dónde está Assy?

—No sé, estábamos juntas en la pista B cuando se apagaron las luces y comenzó a salir humo. Nos despistamos. No la he vuelto a ver.

                                   Salí corriendo, intentando ingresar en el local. Gemma quedó tendida, pero pude ver a los primeros SMEC (miembros de los Servicios Metropolitanos de Emergencia Civil), corriendo de un lado a otro. Habían transcurrido escasamente cinco minutos desde que los primeros jóvenes salieron de estampía. Las ambulancias y coches-patrulla comenzaban a llegar con las sirenas ululando y las centelleantes luces restallando contra las fachadas de los edificios colindantes a la hiperdiscoteca. Del local continuaban saliendo más y más jóvenes con el terror reflejado en sus rostros, tosiendo y llorando a causa del humo, algunos con el cuerpo ensangrentado o con las escasas ropas arrancadas a jirones. El caos estaba en su plenitud y el dispositivo de neutralización, en marcha.

A mi alrededor decenas de cuerpos, la inmensa mayoría de jóvenes, permanecían inermes en el asfalto mientras en el interior quedaban, según comentaban entre sollozos algunos supervivientes, atrapados o heridos, varias decenas restantes. En el desorden mental que se produjo en mi cabeza,  yo trataba de poner en práctica lo que me habían enseñado en mi puesto de trabajo administrativo de la Central Termonuclear, en caso de emergencia. Pero quizá debido a la rutina de años aprendiendo algo sin, afortunadamente, necesitarlo, hizo que en aquellos momentos no supiera hacer la respiración boca a boca o arrastrarme en medio de una espesa nube de humo tratando de colaborar con los equipos de rescate, lo que tantas veces había practicado con “homersimpson”, nombre humorístico que dábamos al maniquí utilizado en las prácticas de primeros auxilios.

 Dos bomberos me apartaron con brusquedad, dispuestos a introducirse en lo que, a simple vista, se estaba convirtiendo en un infierno. Pasaron unos largos minutos y yo  ‑lo reconozco‑, histérico, no pude impedir que el pánico se apoderase de mí. Corrí de un lado a otro tropezando con los miembros de las emergencias y con otros padres angustiados. En unos segundos las mangueras fueron hinchándose con el agua a presión, buscando y dirigiéndose como serpientes benefactoras hacia el interior del escenario de la tragedia. El tráfico se había colapsado en la avenida y los curiosos se arremolinaban en las inmediaciones.

Tropecé con una de las mangueras. Al caer observé un cuerpo tendido en el suelo, sin asistencia: su cara estaba manchada y con la ropa destrozada, pero lo reconocí al instante: era ella. No había duda. Me desquicié. La locura se apoderé de mí sin  poderlo remediar. Perdí la noción del tiempo y del espacio. Al caer, desmayado, sentí un fuerte dolor en la cabeza, exactamente en la zona frontal.

Entonces me desperté. El golpe sobre el volante de mi Ómicron había sido contundente. Abrí los ojos repentinamente, y, rascándome la frente a causa del dolor, pude observar a los cuatro jóvenes que se acercaban al coche. Uno de ellos, mi hija, esbozó una amplia sonrisa y alzó su mano indicándome que estaban allí. En la puerta se arremolinaban los grupos de bulliciosos chavales. El turno juvenil había concluido y los salientes se mezclaban con los que se disponían a entrar. Se respiraba una placidez y una algarabía, impensables en mi subconsciente segundos antes.

                                   El equipo  de música había enmudecido. En el display, iluminado, el mensaje NO-DISC indicaba que las melodías  sefardíes habían acabado.

Las tres chicas y el muchacho se introdujeron en el coche, justo en el momento en que el patrullero de la “metropoli” sujetó la potente Ya-maha con la “pata de cabra”. Se acercaba a mí,  sin duda para indicarme que había sobrepasado con mucho el margen de tiempo que me había concedido.

No me lo pensé dos veces. Aturdido, me olvidé del “chequeo” semanal a Assy y de controlar si todo estaba en orden: nada de alcohol, tabaco ni mucho menos las temibles ‘pastillas' que tanta y obsesiva preocupación nos causaba en la familia. Arranqué el motor y, mientras los cuatro, detrás, hablaban entre sí de “hip-hop, acid-house, break-beat, rap guay, el concierto de Mucho Muchacho, mis padres no me dejan”,  etc. etc., enfilé vía Panorámica para  salir por el bulevar hacia los tinglados del Puerto Interior y tomar la tangencial Norte: me restaba un buen recorrido para dejar a los jóvenes “a salvo” en sus domicilios.

Mis pensamientos, en esos momentos no se apartaban de la pesadilla que, minutos antes, había sufrido. Por fortuna un mal sueño, pero, tan real que me daba terror el simple recuerdo. Por la autopista, la circulación era fluida, pero intensa, en dirección a las localidades de la franja costera.

                                               Hube de hacer una parada, suplicada por unanimidad,  para reponer fuerzas en el Auto-Kentucky  de la Salida Dos, para devorar unas raciones de pollo dentro del mismo coche: "por favor, cuidadme la tapicería “.

La intensa iluminación de los nudos viales de conexión dieron paso a la más tenue de Welbados, una urbanización de alto nivel en el extrarradio. Daniel, el único miembro masculino de la pandilla, me indicó, al final de una solitaria calle, la cancela de un lujoso chalet. Se despidió de las tres chicas, mientras pulsaba el video-portero de la entrada. Al arrancar, de nuevo, Assy me dijo que teníamos que ir al Burgo de los Torreones para  dejar a Gemma, así que volví a incorporarme a la autopista, pero ahora dirección entrada en la ciudad, que, en la lejanía, recostada en la orilla del mar, con miles de luces reflejándose en la ensenada, ofrecía un bellísimo espectáculo; a los pocos minutos estábamos en el entramado de calles de una de las más populares y populosas barriadas del ensanche de Welba.

A la puerta de un impersonal rascacielos de doce plantas, dejamos a Gemma. Cuando la vimos empujar con su cuerpo la puerta de entrada, mientras nos saludaba, partimos en dirección a nuestra casa. El recorrido estaba a punto de terminar. Mi hija y Alicia, una bellísima chavala abulense de paso en la ciudad, iban en silencio. Assy me alargó una casete para que la pusiera. Las letras hip-hop comenzaban, monótonas y machaconas, a surgir del estéreo. Antes de acabar el primer “tema”, plagado de frases entrecortadas de protesta y palabras malsonantes, llegábamos a nuestra casa.

El mal sueño —recurrente—, de las escenas “vividas”, no me dejaría dormir hasta bien entrada la madrugada. El domingo se desperezaba tarde, lentamente, y las primeras páginas de los diarios dominicales no daban cuenta de ninguna tragedia discotequera. La vida, por fortuna, continuaba.   

F I N

  (*) Famoso cantante rapero, (según Assy).                          

JoseA Bejarano

 

 

2008/4/24

Iról (1)

                                   ¡Audiencia pública!—. El pesado mazo, rotundo, cae sobre la mesa. El Presidente da comienzo al juicio, y el murmullo, disminuyendo en intensidad, recorre la sala. Aquel 10 de junio de 1964 Arsenio Roncal, desde la última fila, ve cómo Antonio Comandera, el joven abogado, se quita las gafas, se restriega los lacrimales con los dedos, y observa al acusado con la cabeza  hundida entre los hombros, sentado en el banquillo de la primera fila, entre la pareja de la guardia civil.

                                   Arsenio Roncal tiene un regusto agridulce en la boca. Sabe que sobre él ha recaído buena parte de la responsabilidad en el veredicto; que el fiscal ha basado la acusación del horrendo crimen del que se acusa al reo en su testimonio; y que también ha servido de testigo de la defensa que ha exonerado al acusado de cualquier responsabilidad. Ahora la decisión está en manos del juez que, en aquellos momentos, se sienta en el sitial principal del estrado. En unos minutos conocerá si el acusado es declarado inocente o culpable, y, en este caso, cuál será la sentencia que le harán pagar por su acción. Arsenio Roncal se siente protagonista, secundario, pero protagonista al fin y al cabo, de aquel drama que presenció y ayudó a esclarecer, ya sin los nervios que lo traicionaban cuando era aseteado a preguntas de las partes, en las vistas del juicio...

                                                          

  

LA ENTRADA del cuartel de la guardia civil era un auténtico hervidero. La noticia había corrido como un reguero de pólvora por el pueblo. A la puerta todos los vecinos, en corrillos, daban distintas versiones de lo ocurrido.

Los minutos pasaban con lentitud y la puerta del cuartel permanecía cerrada a cal y canto, mientras los vecinos iban moviéndose y removiéndose como en una marea humana, siendo difícil mantener la calma, y es que no era para menos, ya que después de una semana de incertidumbre había dejado el pueblo en un estado semitraumatizado en lo que todo era un cúmulo de rumores.

Aquella tarde, por fin, se dio por concluida la investigación del suceso que dejó espantado al pueblo. Se había dado con el autor del crimen que se había cometido una semana antes en la humilde casa de una calle estrecha, la de Masanal, del  barrio Mediano en Tracasta, provincia de Canencia.

Y el asesino —nadie, fuera del cuartel, conocía la identidad—, se encontraba en el interior, a la espera del teniente Molinos, famoso en la comarca por su habilidad en los interrogatorios, para proceder al traslado que lo condujera ante el juez de Cerropuerto, capital de la comarca de Los Valles.

Arsenio, el dueño de la taberna aledaña al lugar de autos, es centro de atención y quien lleva la voz cantante del más amplio corrillo que se ha formado a la puerta del cuartel, exactamente debajo del cartelón, repintado, de colores amarillos y rojos del “Todo por la Patria”

—Si es que me lo barruntaba casi desde el principio. No quiero líos, pero me estaba imaginando que la detención estaba al caer y no es que uno esté pendiente de la vida de los demás —trataba de disculparse—, pero sólo quiero saber si mis sospechas eran fundadas y si quien está en el calabozo es el mismo que yo sospechaba —decía Arsenio dejando la sensación de, aun sin estar seguro de  nada, estar en la "pomada" del asunto, tanto como el teniente Molinos.

Los contertulios, silenciosos, escuchan atentos a Arsenio Roncal, tratando de suplir la falta de noticias oficiales con los rumores que dejaba caer el tabernero.

 Arsenio, con voz engolada y consciente de ser el centro de la reunión, vuelve a narrar lo que presenció aquella tarde de sábado del 21 de enero de 1961, que contó al cabo de línea del puesto y, más tarde, al teniente Molinos, cuidándose de no dar el nombre del sospechoso, que —en tanto se abrieran las puertas para confirmar sus sospechas— según su “pesquis” fue el animal que cometió la brutal acción:

—Recuerdo que eran las dos de la tarde porque a esa hora no había nadie en el bar y yo me quedé escuchando el parte. Sólo hablaban del presidente americano, que había tomado posesión, y de un pirata portugués que había secuestrado un barco. De España, ya se sabe... aquí no ocurre nada importante...

<<En ello estaba cuando vi que de la casa de Jovito, quien una hora antes había estado tomando unos chatos, salía precipitadamente, dando un portazo de la puerta, alguien que no logré ver con claridad pues tan fuerte fue el golpe que salí a la calle para verlo, pero quien fuese, había corrido calle abajo y ya había doblado la esquina del Puente Severo, así que me metí dentro y continué con la tarea. A eso de los cuatro o cinco minutos, empecé a percibir un fuerte olor a quemado.

<<Pensé por un momento que procedía de la cocina del bar e iba a revisarlo cuando de pronto vi una nube de humo negro que salía de la casa de Jovito. Casi no se veía a los tres metros escasos de enfrente del bar, pero salí y vi cómo salía una columna de humo denso de una de las ventanas del piso superior. Era la habitación de Jovito y su mujer Felipa, seguro. Así que comencé a dar voces y salieron vecinos a las puertas.

<<Organizamos como pudimos una cuadrilla: formamos una cadena humana con cubos desde la fuente Rota, mientras acudimos a forzar la puerta de la calle, pues temíamos que dentro, por la hora, estaría parte de la numerosa familia.

<<Emeterio, casualmente camino del campo, dio un empujón a la puerta y esta se abrió. Así pudimos apagar el fuego que se había avivado en cuanto abrimos la puerta. Y poco a poco, aunque con gran trabajo, conseguimos ir dominando aquel terrible incendio que dejó semidestruida la casa. Al piso de arriba no pudimos acceder hasta que el fuego se extinguió. Mientras tanto, habían tocado a rebato en la iglesia de San Damián y casi todo el pueblo ya  estaba mirando los restos humeantes de la vivienda.

<<Felipa, a quien creíamos dentro, llegó con los dos niños pequeños, Brosia y Jovi, dando grandes alaridos. Inmediatamente se la llevaron para darle alguna tisana que aplacase sus nervios.

<<También llegó, desde la obra donde trabajaba de peón, Joselete que quiso entrar en la casa como fuere, pero nos costó trabajo sujetarlo y lo tuvimos casi que atar del estado de histerismo en que se hallaba.

                                        <<El espectáculo era dantesco cuando logramos, al cabo de una hora, subir, por medio de una escalera y abrir una de las ventanas por donde había salido menos humo: accedimos a la habitación y lo que vimos nos dejó helado el corazón: en el dormitorio completamente ennegrecido había un cuerpo, carbonizado, de una persona con los pies y las manos atados con una fina cadena, sujetada firmemente al barrote metálico del cabecero de la cama. Y en la boca, incrustado, lo que parecía una especie de tubo metálico.

<<Andrés, el municipal, que estaba allí, tomó el mando y ordenó que no se tocase nada hasta avisar al cuartel de la guardia civil. Pero lo que no pudo impedir es que Román Miroño y yo pudiéramos ver el gesto de horror dibujado en el rostro del cadáver con los ojos prácticamente fuera de sus órbitas —increíblemente blancas, en contraste con el negro del resto del cuerpo carbonizado—, como queriendo, en un gesto supremo e inútil, escapar del infierno en el que, seguramente con todos sus sentidos, había vivido y padecido hasta sus últimas consecuencias.

<< Nunca podré olvidar, mientras viva, la mirada del cadáver al infinito; la dentadura, mellada, apretando en un mordisco la correa y el tubo que le habían impedido suplicar un auxilio que al desgraciado no le llegó. A la vista de aquella horrible mueca hube de taparme la boca y la nariz para impedir que el espanto y el hedor a carne quemada provocaran las arcadas de mis vómitos.

<<El resto de la habitación era un amasijo de restos carbonizados: una humilde cómoda con el espejo reventado en cientos de pedazos milagrosamente encajados unos a otros, proyectando otros tantos fragmentos de aquel infierno recién extinguido y un cuerpo retorcido sobre el somier desvencijado.

<<El alguacil nos ordenó que saliéramos porque aquello, nos dijo, era “obra de una mala bestia”.

<<En la calle se formaron unos grandes corrillos en procura de noticias y detalles de lo que habíamos presenciado...

 

EL CABO de la guardia civil, acompañado de dos números procedió a la inspección ocular del lugar de los hechos. No hacía falta ser muy listo para saber quién era el desgraciado que yacía en los restos de la cama. Al poco tiempo apareció Nino, el tercer hijo, de 18 años, un poco ido, que no pareció reaccionar ante aquella escena.

Pasadas las siete de la tarde, se presentó D. Eufemio Comandera, juez de 1ª instancia e Instrucción de Cerropuerto, un personaje conocido en Tracasta por ser el encargado de los hechos luctuosos que ocurrían cíclicamente en el pueblo. Grueso, de baja estatura, pelo blanco —casi albino— le sobresalía la papada ocultando el cuello de la camisa. De andares pausados era la estampa personificada de la bonachonería.

Le acompañaba su propio hijo, Antonio, un joven a punto de licenciarse en Leyes por Salamanca, que se estaba curtiendo en el oficio de la forensía judicial, y, decían que a pesar de su corta edad, era quien le resolvía a su padre los sumarios más difíciles e intrincados, ya fueren éstos crímenes pasionales, ajustes de cuentas por causa de lindes descuidadamente trazadas o, lo más frecuente, suicidios por ahorcamiento en los corrales traseros de las viviendas o por despeñamiento desde el Risco de la Tejera.

La presencia de los dos personajes fue recibida por el gentío con un silencio respetuoso y con el saludo, militar, de los miembros de los cuerpos benemérito y municipal.

                                        Penetraron en la casa cuando ya casi anochecía, por lo que hubo que buscar velas y linternas para que el juez efectuara la inspección. Cuando al cabo de una hora la dieron por concluida, ordenaron el levantamiento del cadáver, debiendo proporcionar Arsenio una vieja cizalla que sirvió para cortar las cadenas que aprisionaban al fallecido a su cama, no sin antes determinar su identidad —aunque la autopsia la corroboraría— que hubo de hacerla Joselete al ser el hijo presente de mayor edad.

Arsenio fue uno de los encargados del triste momento de meter en el ataúd los restos mortales y se le hiela la sangre al recordar los esfuerzos que tuvieron que realizar para poder introducirlo en la caja, sin quebrar ninguno de los huesos del cadáver, procurando no inutilizar o falsear indicios para el médico forense que habría de realizar, al día siguiente, la disección legal.

                                        El alguacil del Ayuntamiento, Ambrosio, se encargó de comunicar la trágica noticia al último de los hijos, Tori, realizando el servicio militar en el Regimiento de Caballería nº 2  de Canencia. El muchacho partió en el tren de las dos de la madrugada y llegó a Tracasta tres horas después, vistiendo el reglamentario uniforme, aunque la teresiana le quedaba algo grande. El encuentro con su madre y hermanos fue patético. El velatorio se instaló en el  cerrado bar de Arsenio quien, dada la absoluta miseria en que había quedado la familia, no tuvo más remedio que ofrecerlo. Aquella noche, medio pueblo desfiló por el bar para acompañar a Felipa, una pobre desventurada que se dedicaba a limpiar escaleras en casa de los señores para dar de comer a su numerosa familia.

 

FELIPA Gómez sabía sobradamente que Jovito —sus edades y sus fisonomías son irrelevantes— era un alcohólico imposibilitado para cualquier trabajo. Desconsolada, con las dos criaturas dormidas sobre su regazo, enlutada de pies a cabeza con ropa prestada, miraba a través de los empañados cristales de la ventana del bar los rescoldos calcinados y húmedos en que se había convertido su hogar. Simplemente, estaban en la más absoluta de las miserias. Y es que, a Felipa, la vida le había negado todo, menos infelicidad para dar y tomar; llegaron los críos uno detrás de otro y Jovito no paraba de beber, así que no tuvo otro remedio que ponerse a servir y recoger los restos de otras mesas para nutrir a sus tres primeros niños, y Jovito sólo beber y beber, y dar la lata a Felipa que no tuvo otra solución que pedir la ayuda de Valeria la partera para arreglar uno de los frecuentes envites que había “disfrutado” de Jovito. No lo soportó más y encargó que le trajeran de Canencia, con gran sacrificio y vergüenza ajena, dos cajas de condones que Jovito, sin saberlo, estuvo utilizando una y otra vez hasta que una noche, años más tarde, se dio cuenta del “truco” de Felipa y vinieron, de rebote, Jovi y la única niña, Brosia, en aquel hogar plagado de hombres. De los hijos, qué se puede decir: los tres mayores aún no eran capaces de andar solos por el pequeño mundo de Tracasta; Tori, al menos, ocupaba el tiempo en la mili y estudiaba la posibilidad de reengancharse; Joselete, el más retraído, había conseguido sentar la cabeza y encontrar trabajo en casa de Amancio el albañil. Los sábados le daba a su madre parte de la paga y el resto se lo gastaba en las numerosas tabernas del pueblo alto. Finalmente Nino, con el síndrome del hijo nacido en medio de la prole, era ya, desde bien temprano, el raro de aquella familia, siempre solitario y de tendencias rehuidizas. Cuando se cruzaba con algún vecino por cualquier callejuela del barrio Mediano, bajaba la cabeza y con su mano izquierda acariciaba el plumaje de una mascota que desde el primer día no pudo pasar desapercibida en Tracasta. La exótica ave, de colores chillones, era una novedad que a la gente le causó mitad admiración, mitad extrañeza, pues era la primera vez que alguien paseaba, por el pueblo, con un papagayo sobre el hombro. 

 

DON EUFEMIO Comandera el juez y su hijo, Antonio, cenaron aquella noche en la posada Las Cañadas, único establecimiento hostelero de Tracasta. Aquella era de las pocas ocasiones en que olvidaba por unas horas su profesión y pedía siempre lo mismo. En realidad no era necesario pedir nada pues el plato único de la casa consistía en truchas del Regajo rellenas de torreznos, y D. Eufemio se “enjaretaba” tranquilamente una docena, acompañado de dos o tres vasos de vino pitarra de la tierra. Compartían mantel con el teniente Molinos y el médico, que al día siguiente haría la necroscopia al cadáver.

—¿Qué les parece, señores? —preguntó, a modo de introducción, el juez.

—Bueno, en la inspección del lugar —el teniente Molinos se atusó levemente el bigote mientras hablaba —he descubierto alguna cosa que en principio me choca bastante. Me extraña la forma brutal de amarrar a la víctima. Pocas veces he visto mayor ensañamiento. Esperemos el resultado de la autopsia.

D. Ignacio el médico, un imberbe jovencito, recién acabada la carrera de Medicina en Sanmateo de Campostrella, no acababa de encajar en el pueblo por su empecinamiento en pretender acabar con las costumbres del anterior médico que había ejercido en Tracasta durante cuarenta y cuatro años, por lo que en muchos casos había asistido al nacimiento y fallecimiento de las mismas personas. Don Ignacio quería que los enfermos acudiesen a verle a la consulta y no ser él quien tuviese que ir, recorriendo el pueblo, lo mismo se tratase de una enfermedad terminal que una simple tos ferina.

—Para mí, sin embargo, las señales post-mortem y traumatismos  por cremación me dicen mucho. Lo que no es de mi incumbencia es dar nombre de autor o autores—. Aseveró, puntilloso, el forense.

—Bien, señores —Don Eufemio se retiró la servilleta de la pechera—, sólo les pido que actúen con diligencia y discreción. Un crimen así no puede quedar impune durante muchos días. Me marcho de nuevo a Cerropuerto. Es tarde y mañana domingo debo trasladarme a la Provincial. Hay nieve helada en el puerto. Espero sus prontas noticias pues mi hijo Antonio se queda aquí, como agente judicial, por si les sirve de ayuda. Él puede ponerse en contacto conmigo. ¡Ah!, y en cuanto tengan al asesino, lo quiero a  mi presencia inmediata con las pruebas para el sumario y enjuiciamiento.

A Antonio no se le escapó el gesto de contrariedad que se dibujó en el rostro del teniente Molinos. El comandante del puesto de Cerropuerto, pensaba en aquellos momentos el guardia no necesita de ningún niño para resolver aquel caso. Pero Don Eufemio era el representante de la Justicia y no eran, ya, tiempos de imponerse a la Judicatura.

El día siguiente, con el cielo completamente cubierto, y un intenso frío que presagiaba nieve en un plazo de un par de días, transcurrió en medio de la tensión del choque emocional producido por el suceso. Los bares y tabernas de la Plaza Porticada estaban llenos de parroquianos comentando los pormenores del terrible crimen.

En el cementerio, a las afueras del pueblo, D. Ignacio el médico, ayudado por el enterrador municipal, iba a dar comienzo a su misión reconociendo exhaustivamente el cuerpo hasta en sus más mínimos e íntimos detalles diseccionando longitudinalmente el abdomen y el tórax en busca de las vísceras que le dirían, sin duda, la causa primaria de la muerte. Aquél no era sino uno más de los cadáveres a los que había preguntado para que lo contara todo. Y como su maestro, el eminente Doctor Couso, les decía en el tanatorio de prácticas de la Facultad: los cadáveres hablan, pero hay que saber escucharlos.

Aquella mañana el teniente Molinos estuvo de lo más atareado: visitó de nuevo la casa de Jovito, precintada por Don Eufemio el día anterior y allí pudo, acompañado de Antonio, hacer un reconocimiento exhaustivo de la casa, pero sobre todo del escenario concreto del crimen. Registró todos y cada uno de los rincones de la vivienda, susceptibles de ser escrutados pues el fuego había arrasado prácticamente con todo.

 Y también interrogó a todos los miembros de la familia, incluido Arsenio, el dueño del bar, y a otros vecinos. Deambularon minuciosamente por lo que quedaba del inmueble, procurando el teniente llevar, en todo momento, la iniciativa sin dejar que Antonio Comandera participara más que lo estrictamente necesario. Antonio hizo parar al guardia civil.

—Observe, teniente, qué curioso —Antonio, con sumo cuidado y con un pañuelo enguantando su mano, se acercó y observó detenidamente el espejo, el de los mil pedazos que ya vieran la noche anterior. Al trasluz de la ventana, y situándose en un ángulo determinado respecto a la superficie del espejo, señaló muy lentamente una serie de signos que tardó un buen rato en descifrar—: un seis, otro seis. Y otro más.

—Bien, pero eso no nos lleva a ninguna parte, son tan débiles las señales que pueden llevar ahí años. Y con la mierda que tiene el espejo, cualquiera sabe —dijo,  celoso, el teniente Molinos.

—Sí, pero hay otras cosas. Observe: cruces invertidas, estrellas de seis puntas, signos cabalísticos incomprensibles. No sé... no sé...

 —La verdad sea dicha, no veo la relación— el teniente no se mostraba dispuesto a prestar un ápice de más atención que la necesaria.

Iról (y 2)

  

 

 POR LA TARDE, a las cuatro, veintiséis horas desde la muerte, se efectuó el sepelio que salió de la sala de autopsias junto a las tapias del cementerio. La caja fue pagada por D. Agustín, el alcalde, a cargo del erario municipal. Don Amadeo, el párroco de San Damián, rezó un responso en la minúscula capilla del camposanto y aprovechó para dirigir una crítica feroz contra las nuevas modas que, poco a poco, se estaban implantando en la sociedad de Tracasta con la ayuda de aquel “diabólico” invento que llamaban televisión y de los que ya había dos en el pueblo.

Pasada la hora del entierro, la viuda y los tres hijos mayores, así como Arsenio Roncal y otros testigos, fueron requeridos por el teniente Molinos.

El cuartel, situado a la entrada del pueblo, en la alameda, fue el lugar donde tuvieron lugar los interrogatorios. De nada sirvieron las protestas de Antonio, comenzando a repasar mentalmente, a la velocidad del rayo, los temas de Civil y Penal aprendidos en las bancas universitarias del Palacio Larraya y llegando a la conclusión de que Molinos conculcaba de manera descarada los derechos de todos, sin detenerse a ver si eran sospechosos, testigos o simplemente allegados, por no mencionar la presunción de inocencia.

Comenzó por Tori, quien debía incorporarse esa misma noche al cuartel de Canencia pues el teniente consiguió, luego de mucho insistir al teniente coronel del Regimiento, que le dejase asistir a las exequias de su padre, pero la cita con el servicio a la patria era “inaplazable e ineludible”.

                                   Joselete, peón albañil desde una semana antes, fue el siguiente en someterse al interrogatorio del investigador. Antonio, siempre atento, no tuvo más remedio, en algún momento, que hacer de abogado pues consideraba que el guardia se excedía en sus funciones y más que preguntar, parecía que le estaban arrancando las respuestas que éste deseaba escuchar.

                                   El interrogatorio de Felipa fue para Antonio —Molinos no dejaba traslucir ninguna emoción— uno de los más penosos que hubieron de realizar por la lástima que inspiraba la desgraciada, pero también el más fructífero, debido a la cantidad de detalles que les proporcionó a los inspectores.

                                   Felipa, envuelta en sollozos, se sometió a la sesión más larga pues el teniente, por experiencia, sabía que en estos casos, y éste lo parecía, la figura de las madres eran piezas clave para la resolución de los casos, dado que solían ser poseedoras de los más íntimos secretos de las familias.

Y, entre lágrimas, contó la absoluta miseria en la que se desenvolvía la convivencia del hogar, contando al oficial un par de detalles que le pusieron en la pista para la resolución del problema.

El 23 de enero de 1961, lunes, amaneció un cielo plomizo, y al poco tiempo, comenzaron a caer unos gruesos copos de nieve. En el edificio del Juzgado de Paz de Tracasta quedaron citados, a las diez de la mañana, las tres personas que llevaron a cabo la investigación, Molinos, Antonio Comandera y el forense–médico.

—Bien —comenzó el teniente—. Después de estudiar todos y cada uno de las cuestiones, estudio e inspección ocular del lugar, “necrosia”, interrogatorios a sospechosos y testigos, creo que no tengo ningún lugar para dudas. A Jovito lo mató vilmente...

 

           

A SUS ESCASOS 14 años Nino había dejado la escuela y daba tumbos de un lado a otro del pueblo, pero, curiosamente, siempre deambulando por los alrededores; raramente se le veía por el centro del lugar.

A Arsenio, perenne testigo de las entradas y salidas de aquella casa, lo que le extrañaba desde un tiempo antes, era cuando Jovito, el padre, regresaba a casa, ebrio, aunque hubiera bebido no más de media botella. El muchacho, como si estuviera al tanto, entraba inmediatamente tras él, sobre todo cuando la casa estaba vacía, pues los pequeños, si no estaban en la escuela, acompañaban a su madre en los recorridos por las casas donde servía.

—En su cuarto— continuó el teniente Molinos— encontré ayer una caja de hojalata grande, llena de libros y cuentos. No habría menos de cien, pero, entre tanto tebeo y cuentos del Capitán Trueno, El Jabato y Roberto Alcázar y Pedrín, también había unos libros, muy viejos, de satanismo y prácticas de magia negra. El chico, corroborado por la madre, me ha confirmado que le pertenecen. Pero también había un ejemplar —cambió el tono de su voz—, lo que me parece gravísimo y que dará lugar a un informe especial al gobernador civil de la provincia, de El capital, marxista; otro, de poesía del marica Lorca; y el ciclostil de un panfleto comunista de la revolución de Asturias... ¡¡en Tracasta, señores!! Y... bueno, muchas revistas extranjeras de misas negras, hechicería, ritos y dibujos de Belcebú y otras figuras demoníacas y “bestialísticas”.

<<Señores, creo que estamos ante un caso clarísimo de crimen ritual, y he de proceder a la detención de Nino Municio.

                                        —Bien, teniente, pero Vd., si me lo permite, se ha dejado llevar por las apariencias: lecturas, libros y objetos procedentes de ritos infernales y satánicos, pero yo le puedo aportar datos más concretos que pueden conducirle a la resolución del caso —Don Ignacio, el forense, había decidido llegada la hora de la Medicina, y no quiso desaprovechar el momento.

                                        <<En primer lugar, he de decirle que la víctima falleció, no como consecuencia de una parada cardiorrespiratoria producida por el fuego. No señor —negó con la cabeza el médico—. Fue mucho peor, y fruto de una mente enferma...

 

 

EL SÁBADO, Jovito había atravesado, con pasos vacilantes, la calle hasta llegar al umbral de su puerta, buscó en los bolsillos la pesada llave, cuando, al tiempo de sentir los vahídos del alcohol, se dio cuenta de que la hoja superior de la puerta estaba abierta, así que empujó y entró. Subió dando tumbos por la tosca escalera de madera y abrió con la aldaba, siempre puesta, la puerta del dormitorio y, sin siquiera descalzarse ni quitarse la boina, se arrojó como un fardo en la cama.

Estaba a punto de sumirse en el sueño turbio y pesado de todos los días, cuando, de repente, oyó un ruido que venía desde la puerta.

                                   —¿Qué haces aquí?, ¡Fuera de la alcoba!— gritó Jovito.

—Esta vez no me voy, ¡cabronazo!

—¡Déjame!, ¡déjame! —gritó de nuevo, furioso, Jovito.

 Pero no le dio tiempo a levantarse. En una fracción de segundo el intruso se abalanzó, y forcejeando con él sobre la cama, le aplicó una certera llave oriental agarrándolo por detrás, le unió en un solo movimiento los dos pies y las dos manos en la espalda, al tiempo que, en un siniestro sonido, se quebraron varios de los huesos del desventurado. Le sujetó sin piedad los cuatro miembros con una larga cadena fina y lo enrolló varias veces, en rápidos giros, con un nudo gordiano, al cabecero de la cama. Jovito comprendió que cuanto más se movía, más sujeto quedaba en aquella mortal trampa de cadenas.

 Entonces el agresor, desbordado de odio y violencia, cogió la cabeza de Jovito y le introdujo un embudo en la boca, para lo que tuvo que realizar un esfuerzo mayor que para domeñar las extremidades. El desgraciado Jovito trataba de cabecear, inútilmente, para uno y otro lado pero, una vez conseguido introducir hasta la garganta el tubo, le vació medio contenido del recipiente que llevaba consigo. El sabor del líquido hizo que diera varias arcadas, pero el vómito no era capaz de brotar, detenido en el esófago, debido a la ingesta del combustible. En pocos segundos, el salvaje prendió una cerilla y se la introdujo a través de la boca del embudo, llena de toda clase de vapores alcohólicos. 

Los gritos no tardaron en llenar la habitación, así que, rápidamente, cerró la ventana para evitar que los alaridos llegaran a la calle. Con parte de la bencina roció la cama, el suelo y la cómoda del aposento.

                                   Se dirigió al espejo de la cómoda y grabó, con el dedo, varios signos demoníacos: seises, cruces invertidas y varias estrellas de seis puntas. Al salir, cerrando la puerta de la alcoba, lanzó una carcajada parecida a un  bramido.

Bajó las escaleras mientras continuaba vertiendo el líquido. Hizo una tea y la arrojó a sus espaldas, saliendo a la solitaria calle. 

                      

 

EN EL AYUNTAMIENTO, lugar de las deliberaciones, se hizo un espeso silencio. El teniente Molinos lo tenía claro:

—Voy a ordenar la detención de Nino Municio, como autor de la muerte de su padre. Las pruebas lo corroboran. Esto es un crimen con ritos satánicos y a nadie se le escapa la afición de Nino a las lecturas “raras”. Y la rareza, según los testigos, concluyen en rondas nocturnas merodeando por el cementerio. En fin, asunto concluido.

—Un momento—. Antonio, el agente judicial, con un pequeño hilo de voz, pidió la palabra—. Está claro que todas las pruebas señalan en una dirección, pero hay que tener en cuenta ciertos matices antes de dar el paso definitivo. Yo también creía en la culpabilidad de Nino, debido a su afición, no adicción, a las sectas demoníacas. Pero no puedo compartir su teoría, teniente Molinos, de la relación existente entre cierto tipo de lecturas, digamos... políticas y el crimen cometido. He hablado con el chico y lo único que detecto en él es una personalidad infantiloide y fantasiosa, debido a la avidez con la que lee, no a Marx o a Federico García Lorca, sino a su afición a otras lecturas que le evaden, según él, del mundo de miseria que le rodea.

—De acuerdo— asintió el agente de la guardia civil–. Vd. verá unas causas, pero yo veo otras más palpables. Para mí, después de ver las “edificantes” lecturas —Molinos lo dijo con evidente retintín, para hacer ver que se había percatado de las ideas que se gastaban los nuevos universitarios— y los signos en el espejo, no me cabe la menor duda de su culpabilidad, así que no tengo más que decir.

—Bien, teniente, yo, sin embargo, le propongo volver a interrogar a Joselete, quien a simple vista, aunque no soy experto en ello, pero el forense lo podrá determinar, padece un acusado complejo de Edipo, con evidentes rasgos paranoides que le hacen soportar una terrible fobia a la figura de su padre, odiándolo a causa de los malos tratos que, según dice, ha infligido a su madre...

—Ni complejo de... cómo se llame, ni gaitas, Don Antonio—. Estaba a punto de desquiciarse a causa de la insistencia de aquel imberbe metido a detective de película—. Nino ha matado a su padre “purificándolo” con fuego.

—No estoy seguro de ello, teniente Molinos— Antonio notaba que, por momentos, pisaba tierra más firme.— He interrogado a fondo a Joselete, cosa que debería Vd. hacer, y sus odios deben ser dignos de estudio por los forenses psiquiatras. Pero si no le basta, he descubierto algo que, estudiándolo detenidamente, concuerda con los pasos que José Luis, Joselete, dio el día de autos. El forense, aquí presente, puede decir lo que sabe.

Don Ignacio, el médico forense, se sobresaltó levemente, ensimismado ante aquella disputa en la que se estaba dilucidando la detención de uno u otro hermano. Tosió levemente y tomó la palabra:

—Señores, he de informarles respecto a la autopsia de Jovito Municio Danes, y he de confesar un detalle que en principio me pasó inadvertido: en la mano izquierda del cadáver, dentro del puño candado por los estertores de la muerte y el rigor del fuego, el cual me obligó a utilizar el escalpelo para abrir el puño completamente rígido, había un trozo de yeso reciente. Y es curioso porque la mano había hecho de cámara estanca conservando la humedad del material de construcción. He de colegir que Jovito, en su ansia por defenderse de la furia de su agresor, cogió a éste por la ropa u otra prenda que contuviera dicha sustancia y arrancó lo que ya les he descrito a Uds.

—He interrogado y solicitado la colaboración a Amancio Martelo, el maestro albañil, que se encuentra construyendo el campo de fútbol municipal. Ha confirmado que la muestra de yeso es de la obra y que Joselete solicitó licencia para ausentarse del trabajo a las dos menos cuarto de la tarde para ir al practicante, y retornó a las dos y veinte—. Antonio no disimulaba su euforia, sabiendo que su teoría se abría paso.

—Pero ¿y las salidas y entradas de Nino en la casa?—. El teniente no daba por perdida su particular versión de los hechos.

—Puras figuraciones de los vecinos. El mozo entraba tras el padre simplemente para quitarle cuatro “perras” mientras dormía. La justicia determinará, en todo caso, las responsabilidades—. Antonio calló repentinamente, sabiendo el efecto de sus palabras.

—Está bien—. El militar elevó los hombros y emitió un profundo suspiro de conformidad.

 

LA NOCHE estaba cayendo sobre Tracasta, pues el sol, escaso, de aquel día, se había escondido por detrás del  pico Machotón, y la brisa hacía moverse las hojas de los negrillos que bordeaban la calle Maxide donde estaba ubicado el cuartel.

La gente, arremolinada, se abrigaba debido al relente que comenzaba a caer sobre el valle. La noche auguraba una helada descomunal. De repente se abrieron las puertas y el silencio se adueñó de la multitud. Bajo el dintel, apenas iluminado por una bombilla del alumbrado comunal, apareció el guardia de puerta abriendo paso a la comitiva a través de la multitud. El teniente Molinos acompañaba a José Luis Municio que presentaba un aspecto demacrado y algún moratón que le circundaba el ojo derecho. Vestía un jersey raído y descolorido y llevaba las manos cruzadas a la altura del bajo vientre, esposadas.

—¡Asesino, cabrito!— la voz partió del corrillo donde estaba Arsenio.

—¡Joputa!—acertó a decir Bibiano, un pobre oligofrénico, eterno bufón del pueblo.

Poco a poco, pero sin cesar, fueron elevándose las voces y los insultos al paso de Joselete, conducido por el guardia civil. Pocos pasos detrás, un silencioso Antonio Comandera seguía al cortejo que atravesó la calle para introducirse en el coche–correo de Juan Gallardo que al volante esperaba circunspecto, como por encima del bien y del mal, sabiendo que su papel en aquel drama consistía únicamente en esperar —fueron cuatro horas— y en trasladar al reo, conducido por el guardia civil y el agente judicial, a Cerropueto. Lo único que le preocupaba a Juan Gallardo era el paso por la cima del puerto Sonserrato y guiar con extrema precaución por las curvas orientadas al norte, debido a la escarcha que desde semanas atrás dominaba el paso de montaña, límite de los valles.

En Cerropuerto, el Juez de 1ª instancia, D. Eufemio Comandera aguardaba pacientemente al acusado. Previamente había sido advertido por Antonio de la resolución del caso pero también de una determinación que había tomado éste y de la que le haría partícipe en su momento. El Juez no necesitaba confirmación. Lo sospechaba porque conocía a su hijo y la profesionalidad que él, como padre, le había inculcado.

 

                                                                      EPÍLOGO

                                   Audiencia Provincial de Canencia. 10 de junio de 1964

Joselete escucha de pie, con la mirada al frente, huida, la sentencia que en aquellos momentos está siendo leída con voz monótona por el Secretario; el Presidente observa la sala. En el estrado de la izquierda Antonio Comandera, abogado defensor, se muestra tenso pero sereno. Es su primer caso y en el que ha volcado todo su saber, aunque se ha batido “a cara de perro” con el fiscal que ha solicitado la pena de treinta años por parricidio, con premeditación y alevosía. Antonio Comandera, en cambio, la libre absolución por enfermedad psíquica, y, en todo caso, el internamiento en un centro mental. Han sido tres días de sesiones en donde han sido escuchados todos los testigos de cargo y de la defensa.

Debemos condenar y condenamos a José Luis Municio Gómez, de 23 años, soltero y natural de Tracasta a la pena de veinte años de reclusión mayor por parricidio, con la eximente de trastorno mental, por lo que esta presidencia magistrada decreta el internamiento en el Instituto Frenopático Provincial ‘Coronel Melgar’. Al término del tiempo de condena, se decreta su destierro a perpetuidad del pueblo de Tracasta, en un radio de cuarenta kilómetros.”

—Se levanta la sesión—. El mazo, de nuevo, cae sobre la mesa mientras el Presidente se levanta.

Antonio el abogado está contento porque sabe que ha sido una sentencia ajustada a Derecho y, lo más importante, ha creído en lo que ha defendido, aunque sabe que ha sido criticado por defender a aquella denominada “bestia” que no tuvo la menor compasión de su padre, pero es consciente de que ha creado jurisprudencia al hacer valer su tesis de que no todo asesinato, por muy cruel que parezca es, indefectiblemente, merecedor de cárcel. Sabe que el manicomio no es la panacea para devolver la vida al padre, pero al menos será el lugar indicado para devolver a Joselete parte de la cordura perdida en lo más profundo de su cerebro enfermo.

Por las enormes puertas de madera de la Audiencia Provincial van saliendo, lentamente, los protagonistas y testigos del drama concluido: Felipa y sus dos hijos mayores, Nino y Tori, que han conseguido una de las recientemente construidas “casas baratas” de Tracasta; Arsenio Roncal, con su bar, que sin saber muy bien cómo, está consiguiendo un éxito de clientela impensable unos años atrás, quizá porque ha mejorado el aderezo de la carne de cerdo de las matanzas invernales; Munera, que luce tres estrellas de capitán destinado en la comandancia de Canencia; D. Ignacio, con su nueva Casa del Médico, recién estrenada; falta el Sr. Amancio, el albañil, fallecido meses antes; y finalmente los demás testigos se dirigen andando a la estación de ferrocarril. El tren pasaría, en una hora, camino de los valles del norte.Antonio no abandonaría a Joselete, aquel desgraciado que sale de la Sala por otra puerta, escoltado y esposado camino del infierno. Se propone vigilar su proceso de reinserción, a sabiendas de las previsibles sonrisas indisimuladas de algún compañero veterano del Colegio. Enfrente, el fiscal sonríe. Dos filas atrás, en los bancos de la audiencia pública, Don Eufemio el juez, padre orgulloso, también.                  

2007/11/10

Las coordenadas de David (1)

        LAS COORDENADAS DE DAVID

Leer una bonita historia es como soñar, pero luego hay que despertarse y la vida..., bueno, la vida es otra cosa.

               (Hotel Bruni. Valerio Massimo Manfredi)

 

Esta pequeña crónica la dedico y regalo a mi buena amiga Isa Vigo.

 

              Joana estaba muy preocupada por su padre. Hacía varios días que había cesado toda comunicación: tanto el correo electrónico como el teléfono móvil habían enmudecido. Y era sumamente extraño que, ya que cada día comunicaba con Pola de Siero para darle cuentas de sus andanzas, hubiera cortado la comunicación con ella.

Hacía casi un mes que su padre estaba en su nosecuántos viaje y aquel silencio era impropio de él, de su forma de ser, incompatible con el cuidado que tenía de, cada vez que salía, mantener a Joana informada. Pero aquel viaje, no sabía muy bien porqué, nunca le había hecho demasiada gracia cuando le contó los planes. No era uno más de los que de vez en cuando solía realizar desde que una maldita lesión en el hombro derecho lo había incapacitado para realizar su trabajo habitual en una explotación de la cuenca minera, así que, una vez conseguida la incapacidad absoluta, le había entrado la vena viajera y le comunicó a su mujer que a partir de entonces se iba a dedicar a lo que siempre había ansiado: viajar, viajar y viajar.

A partir de entonces, desde que su esposa falleció, se dedicó a recorrer los países más cercanos de Europa —Italia, sobre todo—, Suiza y Austria, para más tarde saltar a Turquía y a la India.

De repente, su padre permaneció en casa durante unas semanas, algo que le extrañó, pues no paraba en Pola de Siero más que lo estrictamente necesario para reponerse física y monetariamente, dado que los viajes lo dejaban exhausto. Pero esa vez, justo hacía medio año hizo algún viaje a Madrid, ciudad que odiaba desde que había comenzado a recorrer el mundo.

Cuando le preguntó por el destino de su próximo giro pensando que le diría África, él le salió con que de eso, nada… que ya le diría… que andaba muy ocupado investigando. A Joana le extrañó, porque aunque su padre lo único que había hecho toda su vida era “beberse” las bibliotecas, nunca antes le había visto con esa “calentura”. Y  exactamente entonces, fue cuando comenzó todo el asunto que había culminado con aquellos días de silencio que tanto la escamaban. Cuando partió rumbo al Cono Sur nunca le dio buena impresión ya que le veía alterado, pero no le volvió a preguntar, sólo que era la primera vez que además del maletín con lo estrictamente necesario, esta vez viajaba con un pequeño baúl, que no sabía qué demonios contenía. Pero Joana calló.

Sin embargo ya no podía esperar más. Después de intentar conectar con él por e-mail, y dejarle varios correos en su cuenta urgiéndolo a dar señales de vida, y el móvil repetir una y otra vez “el teléfono marcado no contesta o  está fuera de cobertura”, con los nervios algo alterados, puso en práctica todo lo que había aprendido en la Escuela Técnica, y aunque no era aficionada a mantener correspondencia virtual —de hecho no contaba con ningún contacto— se situó en línea a través de la Intranet de su escuela e inmediatamente puso en marcha un sistema silencioso, activo, a través del cual, milagrosamente la pusieron en contacto con alguien que podría darle señales de su padre. Parecía increíble, pera así era: los datos que aportó dieron su fruto, aunque ni siquiera conocía su destino exacto.

Joana, con el número de teléfono que le había proporcionado su contacto, suspiró profundamente. A pesar de su juventud, la cara ovalada, el cabello cuidadosamente desordenado que le daba un aire despreocupado pues le gustaba vestirse con ropas de boutique y trapitos exóticos que su padre le traía de diversos lugares, quedó citada con la persona que le habían dicho podría saber algo del paradero de su padre.

Así fue: a la tarde siguiente, puntualmente, marcó el número indicado y al otro lado del Océano le contestó la voz de una mujer diciéndole que esperaba su llamada, y que podría darle algunos detalles de alguien que coincidía con la descripción de su padre.

Le advirtió de que no podía garantizar nada, y que la tendría al corriente a medida de que fuese teniendo noticias. Joana le dio las gracias, y aunque la voz del otro lado era melodiosa, aterciopelada, con el característico acento andino, no pudo por menos que notar una cierta dureza en el tono de sus palabras.

                       Recién acabó la comunicación, la interlocutora ya se estaba arrepintiendo de haberse comprometido a algo de lo que no estaba demasiado convencida: el día anterior se enteró a través de “Gaucho” —cyberapodo de un amigo argentino— que, a través de la Red, se estaban interesando por alguien que estaba o podría estar en un embrollo. Y en aquel mismo momento, la más prestigiosa abogada del Perú —donde fue a parar el padre de Joana—, y una de las más bellas, que prestaba sus servicios para el estado en el Ministerio de Bienes Culturales y Arqueológicos e Históricos, y encargada de redactar las leyes que endurecían los delitos de expolio de los numerosos yacimientos que estaban por investigar para descubrir el inmenso tesoro que se encontraba en todo el territorio incaico. E Izebel Amile Basy, que se consideraba descendiente directa de la nieta de Túpac Yupanqui,  Isabel Chimpu Ocllo, había puesto todo su empeño para que el Congreso de la República aprobara dichas leyes a fin de evitar lo que ya comenzó en tiempos del invasor. Como asesora legal en el INCA (Instituto Nacional de Cultura Andina) trabajo no le faltaba. Sabía cómo una semana atrás se había detenido a un español, que se encontraba en las dependencias policiales de Chiclayo, y de mala gana había accedido a interceder por él, debido a que tenía que asistir al juicio como letrada del Estado. Por ello, mientras volaba hacia el norte, como cada semana, se dio cuenta de que se había comprometido irreflexivamente por uno de aquellos carroñeros a los que tanto odiaba, la mayoría de ellos gringos o, últimamente, españoles emulando a sus predecesores. Pero bueno, se dijo, tampoco había porqué preocuparse, el caso era quedar bien con “Gaucho” que era quien le había pedido el favor, y después de todo a la chica española con la que había mantenido la conversación telefónica tampoco la conocía de nada y no iba a dejar de cumplir con su deber y hacer valer las leyes de la República. El vuelo a Chiclayo era corto, pero cada vez que lo realizaba era cuando ponía en orden sus ideas, haciendo de ella la número uno del Colegio de Abogados de Lima.

 

                        Cinco días del húmedo invierno de julio llevaba Diego Nora Martín en unas dependencias anexas de la Corte Regional de Justicia de Lambayeque, imposibilitado de comunicarse con su hija Joana. Sus nervios, hasta ese día bastante templados, comenzaban a jugarle una mala pasada. Era de complexión frágil aunque siempre había presumido de gozar de una gran resistencia. Muy moreno, en parte por las horas pasadas a la intemperie, hacían de él, a decir verdad por lo que le contaba a Joana cuando recalaba en Pola de Siero, un remedo de aventurero, aunque en aquellos momentos, retenido en Chiclayo, más parecía un Indiana Jones de vía estrecha por el estado en que se encontraba. Procuraba mantenerse en buen estado de presencia física aunque estuviera, como era el caso, en baja forma.

Las horas pasaban lentamente mientras le instruían el sumario, aunque le extrañaba que únicamente le hubieran interrogado el maldito día que lo detuvieron. Ya estaba comenzando a hartarle aquel embrollo, porque aquello era un maldito lío en el que él solo se había metido sin la más mínima intención de hacer daño.

Cuando estaba sumido en los más negros pensamientos, olvidado del mundo, le anunciaron que al día siguiente iba a comenzar la vista judicial, que tenía derecho a un abogado de oficio, o bien recabar la ayuda de su Embajada. Diego se asustó al escuchar sugerirle la legación, pensando que aquello iba a ser puro trámite y que en la sesión quedaría demostrado suficientemente que era inocente.

 

Al día siguiente lo trasladaron a la sala de vistas. Una vez iniciada la sesión, el abogado del Estado, comenzó a desgranar las violaciones de la ley: casi todos los artículos del reglamento RS 004-2000, con la agravante de ser extranjero, incluso delitos tipificados en el Código Penal. Mientras, pensaba que aquel individuo sentado, que escuchaba como ausente, iba a ser el cabeza de turco y pagar todas las culpas del expolio que había sufrido su patria desde los tiempos de Pizarro. Iba enumerando con todo el rigor de que siempre hacía gala en las audiencias, los delitos cometidos, cuando en un instante, al volver la cabeza ocurrió algo a lo que no estaba acostumbrado: Izebel Amille Basy se encontró con unos ojos, que la miraban fijamente, los de Diego Nora Martín, en los que por un instante ella —porque ella era la encargada de velar por los intereses del Estado que la pagaba—, sintió reflejarse. Vio en la mirada del acusado la inocencia, la honestidad, la súplica de un ápice de piedad. Desde ese momento, aunque su tono de voz no bajó, Izebel ya no fue la misma. No sabía cómo rebajar el nivel de los cargos que hasta unos minutos antes había enumerado, de tal forma que sin duda sería condenado como si aquel desventurado  le hubiera robado el mismísimo tesoro al Señor de Sipán, cuando en realidad se le había detenido practicando un agujero en una zona arqueológica —aún no explotada—, con herramientas rudimentarias y un instrumento de medición.

En una fracción de segundo Izebel procesó mentalmente toda la información procedente de los “Cuatropiés” —nombre que los peruanos habían puesto, por medio de un divertido juego de palabras, a la Policía Peruana de Preservación del Patrimonio, los agentes encargados de custodiar el legado cultural—, y cuando terminó el turno del abogado de oficio que le había caído en “suerte” a Diego, solicitó del Presidente de la Corte —un viejo profesor suyo de Facultad— un receso de tres horas. Y ese lapso fue suficiente para que escuchase la historia que Diego le narró y causante de la situación en la que este se encontraba:

                                  

Diego había asistido, unos meses atrás, a una conferencia en Oviedo, más por el ánimo de matar el tiempo que por el tema en especial ——Imperio Inca——, impartido por un famoso profesor de antropología en la Universidad de La Rábida. Durante su disertación hizo un recorrido por la civilización andina, de lo que Diego tenía poca, casi ninguna, idea, pero por instantes le fue cautivando. Y recordaba cómo, en mitad de la conferencia, el conferenciante hizo alusión a ciertas “informaciones camufladas… y enamoradas”, que se conservaban en el Archivo Histórico Nacional de Madrid, y que de buen seguro contenían algunos “secretos” sobre la decadencia del imperio incaico y la “herencia perdida”. Este detalle no le pasó inadvertido y tomó nota mentalmente.

A los pocos días se encontraba a las puertas del edificio que alberga toda la documentación de la historia de España, desde los Reyes Godos, pasando por la dominación árabe, las monarquías, la unificación de los reinos cristianos y la conquista de América y las Filipinas, “cuando en España no se ponía el sol”, los Edictos firmados por Franco y el panfleto golpista de Jaime Miláns del Bosch y Ussía, hasta el ejemplar original de la Constitución de 1978.

 

Dedujo que la documentación sobre el Perú en el Archivo Histórico Nacional sería únicamente la que existiese a partir del 28 de julio de 1821, fecha de la Declaración de Independencia, puesto que la del periodo anterior, miles de legajos que hubiesen salido de los territorios del Gran Perú hasta esa fecha, se encontrarían en el Archivo de Indias de Sevilla. No le fue difícil acceder a los fondos informáticos, pues toda la documentación estaba digitalizada, y a los tres días salió con una carpeta cargada de folios manuscritos por él mismo y documentos escaneados, recopilados en el mismo orden en que los había seleccionado.

                        Ya en Pola de Siero, Joana tuvo que llevarle el alimento a la habitación, porque su padre se enfrascó en los papeles. No se preocupó en exceso porque era su costumbre el documentarse antes de iniciar cualquiera de sus viajes: folletos turísticos, mapas, rutas del país a visitar, dinero, visados, documentación exhaustiva solicitada en las embajadas, Internet… en fin, toda la parafernalia a la que Joana se había acostumbrado. Pero aquella vez era diferente: no se trataba de papeles de agencias de viajes, sino una carpeta llena de documentos escritos en un idioma que no supo descifrar hasta que su padre, que más parecía la figura de Don Quijote en plena fiebre “lectoracaballeresca”, le aclaró que aquella documentación era la llave para abrir el tesoro. Comenzó el estudio en detalle de aquellos documentos, y fue cuando planeó visitar el país del que prácticamente no conocía nada, a no ser la imagen de Machu Picchu que desde tiempo inmemorial lucía descolorida en el escaparate de una agencia de viajes al lado de casa.

                        Se concentró pues en las referencias pertenecientes a los tratados de independencia, sin saber muy bien qué estaba buscando; se zambulló en las escrituras de las propiedades de la Corona otorgadas por el último virrey; leyó los rollos de los últimos procesos judiciales celebrados en la Real Audiencia de Lima; y se estremeció, rememorando sus sufrimientos, con el último Auto de fe que la Inquisición había abierto a un desventurado que había osado orar a unos de los antiguos y proscritos dioses del Sol.

Estuvo a punto de rendirse, pues lo había leído casi todo y temía que tal vez su mente se hubiese desbocado escuchando conferencias y que su imaginación le habría jugado una mala pasada. A punto estaba de abandonar sin esperanza en uno de los últimos papeles escaneados: “Correspondencia y Documentos privados de Doña María Josefa Amalia de Sajonia”. Comenzó a pasar distraídamente los últimos folios bellamente ornados de lo que a simple vista era una colección de cartas. Se entretuvo en leerlas: aburridas, y todas de damas de la corte residentes en Lima y en El Callao. Eran intrascendentes asuntos baladíes, propios de personajes de la alta alcurnia hispano-peruana en busca de entretenimiento, trasmitiendo dimes y diretes. También había algunas hojas con versos donde rezaba “Poesía galante de la Reina consorte Doña Maria Isabel de Braganza”. Entonces a Diego se le encendió una lucecita en su cerebro y recordó las enigmáticas palabras del conferenciante de Oviedo, cuando aseguró que en el archivo histórico se encontraba cierta información “enamorada”. Eso es, sí, eso es lo que dijo. Casi inmediatamente, dio con un folio con las frases de un pequeño poema:

 

En las santas palabras

Del profeta Isaías

Unas riquezas se hallan

Muy debajo, escondidas:

De la estrella judía

Serán las seis puntas

(Boaz)

Si primero giras

Los tres puntos mágicos

De la cristiana Regina

(Hakim)

 

Llegó a la conclusión de que estas estrofas se había trasmitido de generación en generación, desde el Inca que reinaba en la Tierra Sagrada del Sol cuando Pizarro holló el Perú, hasta el último virrey que degradó la Tradición indígena y envió en la última valija diplomática este poema como regalo a “Nuestra Señora la Reina, esposa de Nuestro Señor Fernando VII por la Gracia de Dios siendo en Lima el día vigésimo quinto del mes julio del Año del Señor de Mil ochocientos y veintiuno”. Poema, en suma, que habría recibido la Consorte aludiendo al expolio a los incas Amaru Yupanqui, Túpac Yupanqui, Huayna Cápac, Huáscar, y Atahualpa que fue quien debió idear un sistema de preservar los tesoros del Imperio del Sol. La esposa de Fernando VII en tiempos de la independencia peruana era Maria Isabel de Braganza, muy dada a la poesía, quien habría legado a su esposo el Rey su correspondencia más íntima. De ahí que estas cartas y poemitas estuviesen en poder de la segunda esposa del monarca, Amalia de Sajonia.

Comenzó entonces a hacerse una serie de preguntas: si aquellos papeles habían pertenecido a una Reina consorte de España, ¿qué hacían en una armario del Archivo Histórico Nacional, en la sección “Independencia de Perú” en vez de estar, como sería lo lógico, en cualquier estancia del Palacio Real de Madrid o en el Real Sitio de la Granja de San Ildefonso, lugares de residencia de los Reyes de España en aquella época? ¿Porqué, y cuál era la relación, de una simple poesía entre aquella remesa de documentos de la importancia de la Declaración de Independencia del Perú? ¿Qué significaba la alusión a Isaías? ¿Y aquellas extrañas palabras (Boaz, Hakim) en medio de un poema tan claro?

Una llamada a su amiga Rosana Oreal, de Alicante, experta en temas medievo-sefardíes les fue esclarecedora, confirmándole algunos asuntos referidos al escrito en cuestión.

Comprendió también que nadie le iba a regalar nada: además de “enamorada”, el conferenciante había aludido al carácter de “camuflada” de las informaciones, y allí radicaba el misterio que tenía ante si.

Los párrafos a que hacían referencia la poesía —continuó Diego explicando a la absorta Izebel— pertenecían al Libro del profeta Isaías, aunque tenía su teoría al respecto cuando Izebel le preguntó cómo los incas de 1492 iban a crear un poema basado en Isaías, y él contestó que estaba claro que alguien —conquistador judío o cristiano, o tal vez algún oriundo converso— lo había introducido subrepticiamente, así como la clara referencia a la Reina Isabel la Católica con el fin de enmascarar y ocultar el resultado del enigma.

Los párrafos eran los siguientes:

 

Y el uno al otro daba voces, diciendo: Santo, Santo, Santo,

Y encima de él estaban serafines; cada uno tenía seis alas

La nada

Entretanto la cabeza de Efraín será Samaria, y la cabeza de Samaria el hijo de Remalías

En aquel tiempo el renuevo del Señor será para hermosura y gloria

La ausencia

 

Y los quiciales de las puertas se estremecieron con la voz del que clamaba

Y voló hacia mí uno de los serafines

El vacío

 

Entretanto la cabeza de Efraín será Samaria, y la cabeza de Samaria el hijo de Remalías

Y diez yugadas de viña producirán un bato, y un homer de simiente dará un efa

La nada.

 

Y los quiciales de las puertas se estremecieron con la voz del que clamaba

Y voló hacia mí uno de los serafines

La ausencia

Entretanto la cabeza de Efraín será Samaria, y la cabeza de Samaria el hijo de Remalías.

Y les pondrá niños por príncipes, y muchachos serán sus señores

El vacío

 

Al principio le dio vueltas y más vueltas a los textos de Isaías, fijándose en las claves que aquellas palabras parecían ofrecerle: voces, tres veces santo, serafines, serafines con alas, cabezas, más voces, puertas, viñas, príncipes y señores. Y para colmo, más palabras entremetidas sin sentido: la nada, el vacío, la ausencia. Repetido.

Tuvo que dejarlo porque se encontraba desorientado sin encontrar sentido a aquel galimatías… así que la mejor opción fue olvidarlo por unos días.

Sin embargo le ocurrió como cuando a un pantano se le abren las compuertas y fluye el sobrante de agua: surgió de su mente la lucidez necesaria para comenzar a ver claro: aquellos versículos del Libro de Isaías, después de releerlos y desbrozarlos, había llegado a la conclusión de que era como un crucigrama de periódico. Casi se cae de la risa, en parte al darse cuenta de que era lo más sencillo que jamás hubiera supuesto: la clave estaba en  la numeración de aquellos versículos. ¡El enunciado carecía de importancia! Las compuertas estaban abiertas: las frases correspondían, en el mismo orden en que estaban escritas, a los siguientes capítulos y versículos:

                                   6::3  6::2  7:9  4:2  6::4  6::6  7:9  5:0  6:4  6:6  7:9  3:4

No tuvo que remontarse a Eratóstenes ni a Hiparco de Nicea, los primeros que dividieron la Tierra en meridianos y paralelos, ni a Ptolomeo, autor del Atlas del Universo, para saber que aquellas eran, simple y llanamente las coordenadas de tres puntos colocados en grados y en minutos, en latitud y longitud.

Diego continuó explicando a la ya entusiasmada Izebel que en aquellas cifras —le encantaba la cabalística— encontró, no sin alguna dificultad, la cadencia correcta. Puesto que el Libro de Isaías contaba con 66 capítulos, el autor de la clave se había limitado a repetir los versículos que marcaban las coordenadas más allá del grado o minuto 66 del meridiano terrestre. Algún esfuerzo complementario le costó deducir que las palabras “la nada, la ausencia, el vacío” eran los segundos, es decir, cero segundos en las tres coordenadas, necesarios para determinar exactamente los puntos, puesto que un segundo equivale, aproximadamente, a treinta metros.

Todo lo tenía comprobado sobre el papel, ya que colocadas en este orden respectivamente, una vez conocido el lugar, ya sabría si había acertado o tendría que volver a empezar. Pero otro secreto había quedado desenmascarado sobre el papel milimetrado: eran los tres puntos de un triángulo equilátero.

¡¡¡Eureka!!! Lo tenía. Después de aclararse un poco, lo resolvió como si fuera un pasatiempo del diario de su provincia La Nueva España, de Oviedo. Lo tenía. Le parecía mentira. Sonreía al pensar en todas las horas pasadas mirándose el dedo en lugar de a la luna. Ahora estaba casi seguro de lo que aquellos dígitos le estaban transmitiendo:


            

                                               6º32’00’’S 79º42’00’’O 

6º46’00’’S 79º50’00’’O 

                       6º46’00’’S 79º34’00’’O

 

Las coordenadas de David (y 2)

Miró un simple mapamundi escolar: El Perú.

Diego acabó de contar lo acaecido hasta aquel momento. El receso judicial había concluido.

—No acabo de salir de mi asombro— la abogada peruana estaba absorta ante aquella historia que tenía ciertos visos de realidad—. Es increíble que hayamos estado más de quinientos años sin tener el más mínimo indicio del escondrijo de este posible tesoro.

Así pues decidió llegar a un acuerdo con Diego: recusar al abogado de oficio y asumir ella misma la defensa. De acusadora se convertiría en defensora del “intruso extranjero, violador de la Pacha Mama, madre tierra sagrada del imperio inca” como unas horas antes lo había definido ante la Corte.

Izebel lo pensó el tiempo suficiente para decidir jugárselo todo a una carta: apostar por la total inocencia de Diego Nora Martín, y aprovechar la creíble-increíble historia. Tanto si era cierta como si no, sería una eximente en cualquiera de los dos casos, con mucho que ganar y nada que perder. Aparte de que, visto de cerca, Diego era un hombre guapo, y ella una mujer en el comienzo de su madurez, entregada en cuerpo y alma a su trabajo, olvidando que su belleza la debería aprovechar en lugares más idóneos que en las salas de juicios en procura de algo más que de una confesión, que hacía mucho tiempo que no acudía a las peñas a escuchar tonderos trujillanos, o a beber pisco mientras mira a los ojos de su acompañante hasta escuchar un “te amo” falso. Eso fue lo que Izebel pensó mientras su cerebro hilvanaba una tesis contraria, con la que sostener la defensa de aquel “cholo” que poco a poco le estaba cautivando el corazón.

 

Diego, entonces, hubiera sido capaz de proporcionar toda la información que poseía con tal de salir de allí y regresar inmediatamente a España, porque ya no estaba seguro de que aquello llevase a algún sitio o, por el contrario, estaría haciendo el ridículo más espantoso.

Después de unas horas solo, llegó Izebel eufórica: había conseguido un trato con las más altas instancias. Incluso la Ministra de Cultura se había interesado en el asunto.

—No más pues, cholo— Izebel mostraba una amplia sonrisa— acabo de llegar a un compromiso con el Presidente de la Corte—. Si la historia que vos me ha contado es cierta, estaría en condiciones de solicitar a la Corte la conmutación de la pena que de hecho te caerá por violación de la Ley de Cuidado y Preservación del Patrimonio del Perú.

< Y si no es cierta… —Izebel suspiró, elevando sugestivamente su bello busto— más me vale huir con vos a vuestro país, porque no habrá lugar en todo el Perú donde pueda refugiarme del ridículo tan espantoso que puedo hacer.

 

 

La vista del juicio fue totalmente distinta a la sesión aplazada. El Presidente del tribunal escuchaba con atención la disertación de la abogada que cuatro horas antes había acusado al inculpado con tanta vehemencia como ahora lo defendía. Mientras escuchaba atento a la abogada de escultural cuerpo, este pensaba que sus enseñanzas las había aprovechado muy bien, dado que había sido su alumna más aventajada. En cualquier caso, la ley era la ley y los hechos expuestos por la ahora defensora eran incuestionables: a Diego se le había detenido en la hacienda Puchaca, lugar acotado por el Estado como zona de proyectos arqueológicos, y por mucho que la defensa alegara desconocimiento del encausado y segura declaración posterior de posibles hallazgos, difícilmente podría dictar la total y libre absolución so pena de ser acusado de prevaricación. Y ello también lo sabía la “bella Izebel” que dejaba entrever los muchos encantos que desplegaba en todas las causas, sobre todo en las perdidas.

El juicio quedó visto para sentencia. Izebel consiguió la suspensión temporal de la misma con la condición de que Diego ayudara a indagar en las claves del descubrimiento del yacimiento para, de ser ciertas, cumplir con lo pactado.

Ambos comenzaron la búsqueda de la dichosa reserva inca. También les dio tiempo para, en los ratos libres que les dejaban las pesquisas, ella le fuese descubriendo los aspectos de aquel país tan desconocido para Diego, y es que éste le confesó a la abogada que, del Perú, conocía los aeropuertos de Lima y de Chiclayo no más, y el área que circundaba aquellas coordenadas —tan pocos kilómetros que todo lo que había necesitado era una motocicleta que alquiló en la Avda. Grau de Chiclayo—. Izebel ejerció de anfitriona y de guía, mostrando a Diego la gran riqueza arqueológica del Perú, sobre todo de la región Lambayeque —para sonrojo de Izebel, aquel aprendiz de Indiana Jones no tenía ni zorra idea de quién era El Señor de Sipán, ni dónde estaba Huaca Rajada, algo que los estudiantes de Arqueología de cualquier parte del mundo sabría de memoria. Le contó la historia del pueblo peruano, originario de las más diversas etnias y razas, sobre todo la Tahuantinsuyu, pero también la gualla, la sahuassiray, la antasaya, la alcaviza, la copalimayta, la culunchima, los poques y los lares, que ocupaban los fecundos y recónditos valles que bordean la cordillera de los Andes hasta las orillas del Pacífico. De las riquezas inmensas del Perú, de sus recursos naturales, del expolio y del pillaje sufridos...

A Izebel se le trababa un brillo especial en sus inmensos ojos color azabache. Amaba a su país y daría cualquier cosa por él. Se sentía “peruanaymará” por los cuatro costados, sabía que por sus venas corría sangre de extraños allende los mares, cuando en su tierra recalaron turbas con ansias de conquista y dominación, pero también, pues, gentes con intención de asentar allí sus raíces y mezclar sangre europea con sangre americana, andina, y así, siempre supo que sus apellidos, italianos, eran judaizantes, legados por algunos de los que hubieron de trasladarse a América confundidos con las tripulaciones de los bajeles y carabelas, huyendo de la intolerancia europea: por sus venas llenas de sangre aymará corría también sangre judía como su mismo nombre —Izebel— impuesto durante generaciones a muchas mujeres de su familia. Muchas circunstancias se habían confabulado, puntos unidos, convergentes, en una especie de Chakana inca, para ponerla en el camino de aquel enigma plagado de casualidades y cruzamientos de las líneas esotéricas e invisibles del Tiempo y del Espacio. Aquello era EL PERÚ. No iba, pues, a despreciarlo.

 

El punto que señaló Diego a Izebel y al agente de los “cuatropies” correspondía exactamente con el centro del triángulo equilátero que había deducido. La aclaración del poema “Si primero giras los tres puntos mágicos de la Católica Regina...” —era obvio que un triangulo equilátero girado por su centro, los puntos de cada ángulo forma una estrella de seis puntas: la Estrella de David; si a cada ángulo le das una letra de “la católica Regina” efectivamente formaba las letras I-S-A, que giradas convenientemente, forman la palabra I S A I A S, que era el nombre de quien procedían los versículos. En fin, pensó, una pequeña broma de los cabalistas, ideadores de pequeños trucos para hacer difícil lo fácil.

—Porque puestos a pensar —reflexionó Izebel—, si unimos todas las puntas de la Estrella de David, ¿qué tenemos? —y miraba esbozando la amplia sonrisa de las mejores ocasiones —pues nos sale— paró para tomar aliento— la figura de un… de un… de una esmeralda… o de una piedra preciosa.

—Adelante, no más pues— le contestó imitando Diego el acento andino. El final, fuera este cual fuese, estaba a punto de precipitarse.

Pero lo aplazaron para el día siguiente.

Por la mañana temprano se dirigieron al punto exacto que marcaba el centro de la estrella o tridecaedro, que correspondía exactamente con las coordenadas 6º41’00’’latitud sur 79º42’00’’longitud oeste.

El lugar, ajustado a los datos que señalaba el GPS, estaba situado a quince kilómetros de Chiclayo, precisamente donde, desde tiempo atrás, el gobierno había acotado como zona de excavaciones, sugerido en su momento por el INCA. Aquel terreno era donde previsiblemente se encontraba la tumba de ciertos indígenas de segundo orden en la escala jerárquica del imperio inca. Aquel debería ser el lugar donde, en teoría, se encontrase el tesoro escondido por el inca que vio aparecer por vez primera a Pizarro. Y aquel español, llegado sin saber muy bien cómo, y sin él mismo estar seguro de qué estaba buscando, venía a dar la clave que desde siglos atrás se intuía, se presumía, objeto de todo tipo de conjeturas de cualquier experto, o simple aficionado a la cultura del antiguo Perú.

La zona —llamada Caserío Puchaca— estaba cubierta de matorral, algunas quebradas de relieve accidentado salpicadas de árboles frutales asilvestrados, donde anidaban amazilias costeñas. Contaba con una vegetación exuberante, dada la proximidad del Río La Leche.

Cuando estaban a punto de comenzar a cavar,   apareció un Nissan Patrol, con unos individuos que se identificaron mostrando deprisa unos documentos y corriendo, y dando voces de amedrentamiento ¡afuera, afuera, afuera…! De nada le sirvió a Izebel hacer valer sus acreditaciones como letrada y asesora del Estado, para que aquellos sujetos la apartasen, así como al confuso Diego. De un empellón, le cayeron a Izebel el móvil celular que se hizo añicos. Los apartaron y se apoderaron de los documentos. Los retuvieron bajo un árbol, mientras dos de ellos comenzaron a apartar maleza y a horadar con una pala. Diego e Izebel supieron que lo que fuese estaba a punto de descubrirse. Y por lo visto, importante.

A la voz de uno de ellos, hizo que se acercasen los demás, y entonces apareció bajo una espesa capa de tierra lo que al principio parecía una roca más del terreno. Quizá hubieran desistido de continuar cavando si, al apartar la tierra pegada a la laja, no hubiese aparecido un símbolo casi imperceptible, debido a la erosión.

Continuaron hasta dejar al descubierto una enorme losa de granito de 2x3 metros que estaba incrustada en dos pernos del mismo material. Diego, alejado de la escena, pudo observar con alegría que otro de los enigmas se había desentrañado: los dos “mazacotes”, de un grosor apreciable, sobresalían de la losa y estaban colocados en el norte y en el sur de esta, de ahí los nombres intercalados en el poema —“Boaz” y “Hakim”—, confirmados por Rosana Oreal, la estudiosa alicantina del judaísmo en la consulta que le hizo en su momento como los nombres que correspondían a las columnas, norte y sur, del Templo de Salomón. Diego estaba que no cabía en si, porque no tenía ya la menor duda de que el enigma que le había llevado hasta el Perú, estaba relacionado con lo que acababan de descubrir. Tuvieron que esperar unas horas a que llegara una pequeña grúa con la que levantar la losa, procurando extraerla sin daño. La herrumbre y la erosión habían soldado la losa a los pernos, confirmando que aquella obra humana no se había abierto en siglos.

Al fin fueron izando la enorme losa, que a Izebel le pareció una estela funeraria, haciendo un ruido siniestro al rozar la piedra contra la piedra. Cuando al fin la hubieron levantado y separado de los pivotes que permanecían erectos, liberados del peso de la lápida, se acercaron todos. Un macanche surgió del agujero reptando asustado al sentir profanado su escondrijo.

Unas escaleras de piedra descendían hacia las entrañas del sepulcro abierto.

—Esto es una guaca mochica de principios del Quinto Pachacutec de la Era del Tawantinsuyo— susurró ella de carrerilla al oído de Diego—. Estoy segura. Estamos ante una de las tumbas más buscadas por mi Patria desde su Independencia. ¡huanunpasqui manachayay, mi cholo!—. Acertó a decir mientras se le iluminaban los ojos mirando agradecida a Diego.

                        No los dejaron descender a la tumba. Así pues, tuvieron que abandonar el recinto y dirigirse a Chiclayo. Por el camino se cruzaron con varias furgonetas con antenas parabólicas en el techo, circulando a gran velocidad.

Por la noche, mientras cenaban una paella en un restaurante español —esta vez invitaba Diego—, pudieron ver la noticia que había saltado a las cadenas de televisión: “Otra tumba descubierta, gracias a los años de investigación de los departamentos gubernamentales”.

—En nombre del pueblo de la República —la voz del presidente de la corte de Lambayeque sonaba muy clara en la sala, mientras Diego y su defensora escuchaban en pie la sentencia— debo condenar y condeno a Diego Nora Martín, por violación de la Ley 24047 del Patrimonio cultural y reo de un delito tipificado en el Artículo 226 del Código Penal que dice “El que depreda o el que, sin autorización, explora, excava o remueve yacimientos arqueológicos prehispánicos, será reprimido con pena privativa de libertad no menor de tres ni mayor de seis años.”

Izebel estaba desolada, pero las leyes del Perú estaban claras, y tantos siglos de expolio habían dado como resultado la implantación de penas severísimas al respecto por el simple hecho de llevar, como Diego, un pico, una pala, un papel con las coordenadas de David, y un Sistema de Posicionamiento Global (Gepeese).

Ya de nada valía lamentarse, sólo recurrir la sentencia ante las instancias superiores de la Judicatura Suprema de la Nación.

Diego quedó en libertad provisional, dado que no tenía antecedentes penales, aunque a la espera de la devolución del pasaporte para retornar a España.

De vuelta los dos en Lima, ella reanudó su trabajo en el INCA, mientras revisaba en las hemerotecas los periódicos más prestigiosos del mundo dando cuenta del hallazgo: se habían descubierto, en una tumba superpuesta sobre otra tumba o templo preincaicos, las momias de todos los componentes de un séquito. Y toda clase de objetos y fardos conteniendo lo que el pueblo incaico usaba en su vida diaria tales como utensilios, herramientas, ropa, ajuar, ropajes rituales, orejeras y pectorales en cobre, gran cantidad de turquesas, cofres y cajas repletas de joyas, pesos de oro, figurillas de plata y todo tipo de metales preciosos: El tesoro del pueblo mochica escondido a fin de evitar que fuese saqueado por manos extranjeras.

—¿Sabes pues, amor? el entorno, lo descubierto, las características me recuerdan vagamente a las claves que describían los versículos de Isaías —ella estaba más entusiasmada de Diego—, desencadenante, gracias a vos, de este feliz desenlace. En todo caso este descubrimiento es más rico que la tumba del Señor de Sipán, y me parece que tan mítico como Pachacamac. No puede haber “intis” ni dineros en el mundo que paguen lo que puede esconder ese agujero sagrado.

 

Dos días después llegó eufórica al hotel donde se alojaba Diego que se encontraba deprimido pues los días pasaban y aunque hablaba a diario con Joana —esta le había puesto en antecedentes de la repercusión en España de los avatares “arqueojurídicos” de su padre— Izebel, en un impulso irreprimible se le abalanzó y le abrazó. Diego estaba a punto de echarse a llorar, pero ella lo tomó de la mano, se sentaron sobre la amplia cama en la habitación del Gran Hotel Nasca Palace, que da a la Plaza Mayor de Lima, y le mostró los periódicos donde daban cuenta del gran tesoro hallado, aún por culminar, y que denominaban “GRAN HUACA PUCHACA DE DIEGO NORA”, describiendo las  características de aquella tumba, no tan antigua como la de Sipán, pero sí inmensamente más fructífera en el sentido monetario y en el aspecto cultural.

A continuación le mostró una reseña de El Incaico —Diario Oficial del Estado—, donde se anunciaba la concesión a Diego Nora Martín de la Orden Peruana del Soloculto, por “la contribución del ciudadano en cuestión al desarrollo cultural de la Patria”. Lo firmaba la Ministra de Bienes Culturales y Arqueológicos e Históricos, Minerva Flórvigo.

Y por último, Izebel hizo un gesto, esta vez de disgusto, cuando le entregó un sobre lacrado, desprecintado por ella, con destino a su patrocinado: un oficio de la Corte Suprema de Justicia del Perú donde se le concedía el indulto del delito por el que se le había condenado… “dadas las especiales circunstancias que concurren en el caso, las repercusiones y el clamor de la prensa internacionales, con la condición de que abandone el territorio nacional en el plazo de 48 horas. Se le adjunta el pasaporte”.

—Kafkiano— pensó Izebel, que en el fondo hubiera querido que no le conmutaran la pena y tenerlo con ella—: de modo que lo expulsan del Perú, concediéndole un plazo de dos días… y lo convocan para dentro de cuatro en la sede del Ministerio para la imposición de una medalla.

 

                        Fueron veinticuatro horas frenéticas donde Izebel echó el resto para evitar la catástrofe y la “palta” que se cernía si aquello no se enmendaba: acudió a todas las instancias; llamó a todas las puertas; telefoneó a sus líderes del partido MPEP (Mejorperuesposible); habló, pidió, suplicó; fue de Roma a Santiago y de la Ceca a la Meca; el embajador del Reino de España (¡vaya por Dios!) se encontraba “missing”, aunque por fortuna el Agregado cultural estaba disponible; el Rector de la Universidad Garcinca apoyó; todos, hay que admitirlo, colaboraron para salvaguardar las formas y compatibilizar las disposiciones gubernamentales y judiciales: unos adelantando el acto y otros retrasando el auto.

                        Finalmente, exhausta y satisfecha, en la noche, en el hotel mientras sobre Lima caía la garúa invernal del mes de julio, amó al hombre del que irremediablemente se había enamorado. Hicieron el amor por primera y única vez, hasta que la amanecida sobre las cumbres andinas los sorprendió acariciándose, besándose, tocándose, mirándose, uniéndose... Lo hicieron hasta quedar saciados el uno del otro. Unas misteriosas palabras que no necesitaron traducción, en el idioma de los dioses del Sol surgiendo dulce, cadenciosamente de los labios de ella, mientras, a Diego se le erizaban los bellos de tanto placer recibido. Y abrazados —paskapashpu..., simiyuskani…, ariyo…, tushkany…, (siempre vivirás en mi corazón..., jamás te olvidaré..., que nunca te suceda nada malo...) susurraba ella en el legendario idioma de su antecesor Túpac Yupanqui… permanecieron muy quietos a fin de que todos y cada uno de los poros del cuerpo de Diego se impregnaran de las enloquecedoras fragancias que emanaban del bello, suave, tibio, sediento y ansiado cuerpo canela-mestizo de Izebel, sabiendo que era lo único que él se llevaría indeleble en su memoria     —además de la medalla bañaba en oro que le impusieron—.

                        El vuelo 023 de PerAir se encargaría de separarlos, tal vez mas quién sabe, para siempre. Antes de abordar el avión, Izebel le dijo algo —Huanunpasqui!—, pero Diego se marchó sin conocer su traducción.

               En Pola de Siero de Asturias, Joana, al fin iba a recibir a su padre. Lo que no imaginaba era cómo y cuánto había cambiado. FIN

 

                        Agradecimientos:

 

Agregaduría de turismo de la Embajada de Perú en España.

Lorenzo Trinidad, Profesor de Antropología Americana de la Universidad de La Rábida.

Rosa Orea, de Alicante.

Joana F.D. que me regaló su ánimo, su amistad y su nombre.

 

2007/11/2

Legado nº 23 ©2006 José A. Bejarano Mártil

 

 

                                  
 
Querido David: por fin, y después de mucho pensarlo, he decidido ponerme en contacto contigo. Quizás te extrañe esta carta, dado que nuestra comunicación es fluida, constante y por otros medios, pero de esta manera, tradicional, deseo poder explicarte de manera que me entiendas. Mejor dicho, desearon. Y digo bien, desearon otros por nosotros, y durante muchos años he dado vueltas al asunto, a veces intentando acabar con esta historia que me ha mantenido en vilo, y queriendo olvidar para siempre lo que en principio me parecieron patrañas… Pero no puedo, no deseo ser responsable de ello, no tengo derecho a romper una cadena que comenzó mucho, mucho tiempo atrás.
            Así que he decidido no romper la tradición, y pasártelo a ti, que fue a lo que me          comprometí.
                                                          
                                                           . . . . . .
 
                       Hace tiempo en Hervás[1], exactamente el 20 de febrero de 1972, recibí de mi    padre, tu abuelo[2], un sobre y una pequeña caja, cuya procedencia se remonta a tiempos lejanos. En su interior, además del estuche conteniendo una llave y un reloj de    arena, hay un cartapacio conteniendo 22 legajos ordenados cronológicamente, en diversas clases de papel, algunos amarillentos, manuscritos con todo tipo de caligrafías. El último, único escrito a máquina, con la Olivetti que mi padre usaba durante horas y horas en casa y con la que redactó el nº 22 dirigida a mí con el mismo cariño con el que yo estoy escribiendo la presente. En procesador de texto Word, como ves.
            No estoy muy seguro de que logres aclararte adónde quiero ir a parar, pero el caso es que he sido el eslabón de una larga cadena y he decidido que seas tú el siguiente. Al tú tener ya un hijo, mi nieto, el que en su día, y si lo consideras, continúe lo ya empezado pues sospecho que posiblemente a él le corresponda llegar al final.
            Las cartas, o legajos, que me he entretenido en “traducir” dicen lo mismo que yo te estoy explicando a ti y están dirigidas a cada uno de los correspondientes sucesores, los Bejarano[3] de nuestra familia, explicando e interpretando los antecedentes (detallados en el primer manuscrito) y que te narraré ―a mi manera, y libremente―, a partir de los datos contenidos en dicho documento:
 
            Todo comenzó el Viernes Santo de 1492, 20 de abril…
Don Valentín de Alvar, presbítero de Santa María de las Aguas Vivas, de Hervás, se dirigía, al comienzo de la tarde, hacia la parroquia a preparar el ceremonial de la conmemoración de la Muerte de Nuestro Señor Jesucristo, cuando al pasar por delante de la casa de Avram Simón, sinagoga de la comunidad judía, el cura creyó observar movimientos extraños, inadecuados para el día en que se encontraban, la Cristiandad de luto y dolorida por la muerte del Crucificado.
                  Don Valentín no lo dudó y llamó a la puerta con el fin de reconvenir al rabino. El Edicto Real[4], del que ya tenían referencias, lo dejaba bien claro: “(…)fuimos informados que hay en nuestros reynos é avia algunos malos cristianos que judaizaban de nuestra Sancta Fée Católica, de lo qual era mucha culpa la comunicaçion de los judíos con los cristianos(…)”. Y ellos, los judíos­ ―opinaba Don Valentín― eran los culpables de la muerte que ese mismo día iban a recordar y no le consentiría a aquel Avram que mancillase la Sagrada tarde; no quedaría impasible viendo cómo el rabí organizaba la ceremonia a la espera de la primera estrella del comienzo del Sabbath.
                  Eso era lo que estaba haciendo Avram ―un auténtico ejemplo de judío: de baja estatura, tez macilenta y con el pelo negro como el cordobán pero de mirada clara y frontal― sabiendo qué se celebraba ese día en el pueblo y en toda la Cristiandad. También sabía que antes de final de julio habría de optar a una de las dos alternativas que le ofrecía el edicto tantas veces leído las últimas semanas[5]. Se debatía en las dudas, porque le rebelaba que un hervasense como él tuviese que abandonar sus tierras y sus posesiones por el simple delito de profesar la religión que le inculcaron sus antepasados.
                  Cuando entró abruptamente el párroco, los dos se miraron fijamente. Se conocían de toda la vida e incluso fueron amigos, pero las cosas habían cambiado en pocos meses. Discutieron acaloradamente. El caso es que en mitad del debate ocurrió algo fuera de lo normal, pues a una hora determinada, las tres de la tarde, exactamente la misma en la que murió Jesucristo Nuestro Señor, un trueno sobrecogedor se abatió sobre aquella casa, sagrada para uno e impía para otro, y los dos cayeron en tierra derribados por un repentino tremor, al tiempo que una voz terrible surgida de las entrañas de la tierra habló, mostrando su pesadumbre por la ola de odio e intolerancia que se había extendido como una mancha de aceite por todo el orbe.
                  -El mensaje que os dejo ―vino a decir― lo conoceréis en un instante determinado, a partir de esta hora, minuto y segundo coincidente con la misma en que Dios Nuestro Señor, el Nazareno, expiró en la Cruz 1459 años ha. Desde este mismo instante ―continuó― el engranaje girará sin descanso, y cada diente de la Maquinaria marcará el paso de los segundos[6] hasta la detención del Tiempo en que la luz traspasará la penumbra y se abrirá la gran puerta, siendo imposible franquearla antes de ese momento. Y facilitará el acceso a los arcanos que influirán en el comienzo del principio del fin de los tiempos según las claves que se mostrarán con la luz que incida después del último segundo consumido. Se abrirá ofreciendo a la Humanidad la oportunidad de sobrevivir, ya que en el Tabernáculo Secreto se encuentra yaciente el cuerpo de alguien que, caso de conocerse su identidad antes del tiempo, a buen seguro se producirá el resquebrajamiento irremediable de los grandes pilares que sostienen el mundo, provocando desastres hasta la desaparición total del Espacio, la negación del Tiempo, y la aparición del Vacío y de la Nada. En suma, el Caos.
                  Y allí, a buen recaudo, también se encuentra la Piedra de la Energía Infinita, con poderes de una naturaleza tal que contiene un millón de veces la fuerza de todos los hombres juntos, con todas sus máquinas funcionando y sus animales trabajando.
                  Estos objetos tan dispares serán los instrumentos que, utilizados con sapiencia, evitarán una época de tinieblas, dando paso, es mi augurio, a otra de claridad y de nuevos tiempos.
                  A fin de llevar a buen término la misión es necesario que trasmitáis de generación en generación el legado por medio de vuestros descendientes en línea directa hasta la consumación del tiempo(…)
                                                          
                                                           . . . . . .
                        Y bien, David, como podrás imaginar, mi sorpresa fue tan grande como la que a buen seguro has de llevarte cuando leas esta carta.
            Te puedo asegurar que no he dejado de pensar en todo lo que te he contado, que habiendo repasado todos y cada uno de los legajos, he llegado a algunas conclusiones, de las que, en parte, te voy a dar cuenta, aunque otras habrás de ser tú, y en su momento tu hijo, quien trate de resolver el enigma antes de que la arena del reloj acabe. Y conste que no quiero asustarte.
            He pasado por alto algunas cuestiones como tratar de averiguar por qué se produjo la revelación… ¿tal vez Dios ―si verdaderamente fue Él― quiso desvincularse de la leyes injustas de los hombres? ¿Con Su arbitraje organizó los plazos y las soluciones a modo de penitencia? ¿Por qué eligió al judío para transmitir un mensaje tan aparentemente prosaico? Vigente el plazo de expulsión ¿asumió esa responsabilidad el rabino, quien al no guardar el celibato era el único que podía legar a sus descendientes? ¿Por qué Hervás? ¿Acaso como humilde ejemplo de convivencia en la España del siglo XV?
 
            No encuentro respuestas a estas graves dudas. Mis observaciones son sobre cuestiones tangibles y de más fácil respuesta que las de carácter metafísico:
 
            El reloj de arena ―a pesar de que se alude a una maquinaria- constituye para mí uno de los objetos más misteriosos de cuantos componen el legado. Si te das cuenta es de una arena tan fina que apenas se ve caer, pero resulta totalmente imposible que un reloj de este tipo contenga casi diecinueve mil millones de granos. Como ves, en la ampolla superior, que ya contiene bastante menos “arena”, hay una F bellamente grabada en el vidrio, y en la inferior una P[7]. Cuando a mi me lo entregaron, no percibía a simple vista que cayera nada, pero al paso de los años, vaya si he visto cómo ha ido vaciándose la parte superior y llenándose la inferior. Y lo más extraño es que, lo coloques de la manera que lo coloques, en posición vertical, en horizontal, oblicuamente, estable o en movimiento, la arena no ha dejado de caer, de lo que cabe deducir que entre uno y otro recipiente está la cantidad que contabilice el tiempo exacto que dice la leyenda, hasta la consumación… cuando se producirá el fenómeno.
 
            Por otra parte, he ido investigando a lo largo de estos últimos años el lugar exacto donde previsiblemente ―yo no estaré para comprobarlo― tendrá lugar el prodigio.
            Tras la lectura y relectura de los documentos, escritos a lo largo de esos quinientos y pico años, con ayuda de algún erudito, pero sobre todo con las indagaciones que cada uno de nuestros antepasados hizo para profundizar en el enigma profético[8], y con un estudio detallado de la historia de Hervás, he llegado a la conclusión siguiente:
            El lugar, indiscutiblemente no puede ser otro que el más alto del pueblo[9], capaz de reflejar en las vidrieras que tiene, los últimos rayos del sol. Es, según el primer documento firmado por Jacobo ibn Simón, hijo de Avram, el lugar donde se bautizó y abrazó la fe de Cristo toda la familia del rabino, adoptando como nuevo apellido el de Bexarano. Dicho lugar, la Iglesia de la Asunción de Nuestra Señora de Aguas Vivas. Su retablo lateral derecho corresponde a la Capilla bautismal y se encuentra milagrosamente intacta desde el siglo XIV, por lo que existe la certeza de que tras el altar existe una oquedad que nadie se ha atrevido a investigar -no sé sabe bien por qué-, y a lo largo del tiempo ha permanecido intacto. Incluso en los convulsos días de la quema de la Iglesia, preludio de la Guerra Civil, la capilla resultó respetada por el fuego. De ahí a creer en la intercesión divina fue todo uno, y en el pueblo fue vox―pópuli que en aquella cripta existía una fuerza superior. Paparruchas, decían los letrados y los cultos, los descreídos y los agnósticos. HAY una fuerza superior, es la conclusión a la que he llegado yo.
            En cuanto a lo que contiene la oquedad, cámara -oTabernáculo Secreto”-, quiero ser muy cauto y no hablar más de la cuenta; sólo puedo decirte que hay documentación sobre una relación entre el Constructor de la Catedral de Plasencia, el Temple y Hervás. En cuanto al “cuerpo yaciente” me he abstenido de indagar demasiado porque en algún momento he sentido algún aliento poco familiar tras de mi. No digo más al respecto. Y sobre la “Piedra de Energía Infinita” si yo te dijera por qué sospecho que un destacamento de la Legión romana X Gemina acarreó a través de la vieja Vía de la Plata cierto mineral extraído de unas minas muy conocidas por ti y que se guardó u ocultó en Hervás –¿por qué?-, pensarías que estoy loco, pero…
            Termino, David; sólo queda una parte importante del enigma, o como quieras denominarlo, y que para finalizar debes resolver tú o dárselo medio resuelto, en el legado nº 24, a Roberto, o bien este, en el futuro, a su hijo. Y es averiguar cuál es el fenómeno que se desencadenará y que dará lugar a lo que el legado denomina el “comienzo del principio del final de los tiempos” o algo así. Yo tengo mi teoría al respecto pero te dejo a ti, y a tus descendientes, la responsabilidad ―no puedo imaginar el desastre si rechazas esta invitación―: qué debe ocurrir un determinado día[10], y a qué hora, cuando justamente el último grano caiga a la vasija P del reloj, y que comenzó la remota Semana Santa de 1492.
            En dicho momento el sol, ya cayendo, se oscurecerá parcialmente, pero volverá a surgir a los pocos minutos, y es en ese intervalo cuando tendrá, quien sea, la posibilidad y la grave responsabilidad de leer las claves que los primeros rayos señalen para posibilitar la apertura de las puertas de la esperanza y de la paz. Ojalá no sea la última oportunidad para el mundo. Así sea.
Recibe un abrazo de tu padre
 
            P.S. La caja con su contenido está depositada, por mi, en una cámara de seguridad de CreditAmbroz ― Hervás, el 24/02/72, el mismo día que decidí trasladarme a Huelva pues no me atreví a sacarla del pueblo. En el momento que lo desees te haré entrega formal de todo ello.
                                                                      
                                                            F I N
 
Agradecimientos:
A Manuel Barrancos de la Hoz, arquitecto e historiador, que me proporcionó datos inéditos y “secretos” sobre Hervás.
Al abuelo materno de David, D. José Álvarez Hernández, por su asesoramiento sobre la pequeña historia “del pueblo”.
Por último, al Excmo. Sr. Shlomo Bejarano, de la Casa Sefarad, de Estambul, por su disposición y generosidad. También por su sabiduría.
nasastros.org
 


[1] Hervás (Cáceres), situado en las estribaciones de la Sierra de Béjar, contaba hasta el siglo XV con una población judía, en perfecta convivencia con la cristiana. Lugar de nacimiento del autor de este Legado nº 23.
[2] Francisco Bejarano Gil falleció dos días más tarde.
[3] Los legajos están firmados por los Bejarano, pero también por Bexarano, Bejerano, Bicerano y similares. El primer documento, por el contrario lo está por “Iacobo ibn Simón, en absencia de Avram”.
[4] Dada en la çibdad de Granada, treynta e uno del mes de Marzo, año del Nasçimiento de Nuestro Salvador Jesucristo de mil quatroçientos é noventa é dos. Yo el Rey. Yo la Reyna, Yo Juan de Coloma, secretario del rey de la Reyna, nuestros señores, la fiçe escribir por su mandado.
[5] Abraham Simón debió de partir solo al destierro a principio de 1.493, quedando en Hervás el resto de la familia, los conversos Bejarano.
[6] 18.613.333.860 son los segundos que median entre las tres de la tarde del Viernes Santo de 1492 y la hora de la fecha final.
[7] Simplemente, F de futuro y P de pasado. ¿Qué otra cosa podría significar?
[8] Obsesionado con este tema, mi padre intentó ponerse en contacto con el Gran Rabino de Constantinopla a través de Radio Pirenaica. Sin éxito, que yo sepa.
[9] En uno de los documentos datados en el siglo XIX, encontré las coordenadas 40º16’28” N 5º51’31”O, correspondientes a la situación exacta de la puerta oeste de la Iglesia de Hervás.
[10] No quiero asumir la determinación de la fecha exacta del evento, que imagino no tendréis problema para calcular. No deseo induciros a un error que podría resultar fatal.
2007/8/29

Operación Masada (PRÓLOGO)

 

(Años 73 y 1973 de la Era cristiana)

 

 

                    

 

 

 

Un pariente ―Amós Vejarano[1] exiliado de la guerra civil española, ayudante de un célebre arqueólogo y catedrático de la Universidad de Jerusalén, Yigael Yadin― narró una historia a mi padre y este a mí, lo que hizo acrecentar la corriente de simpatía que yo por entonces ya sentía por un pueblo capaz de realizar hazaña semejante y que, cuando la escuché por primera vez durante una tarde de invierno en la judía Hervás,  me dejó totalmente  sobrecogido.

Según mi padre, su primo Amós había participado, en 1956, junto al sabio judío en las excavaciones de unas ruinas ―su nombre, Masada[2], permanecería ya en mi imaginación― que desde tiempo inmemorial esperaban en el desierto de Judea, a que alguien se atreviera a desvelar sus secretos y que, no sólo corroboraban la historia más o menos conocida, sino que confirmaban la trágica gesta que había tenido lugar en un paraje: el refugio en la fortaleza de Masada, por un numeroso grupo de judíos celotes hasta llegar al suicidio colectivo a fin de resistirse a la ocupación de Palestina y de caer en manos de las legiones romanas.

Una historia que aún hoy me produce emoción, y que da una idea aproximada de la capacidad de asimilar los aspectos positivos que las generaciones nuevas de judíos han ido admitiendo, haciendo suyas gestas que si bien es cierto estuvieron teñidas de sangre fruto de los ánimos exacerbados, y no pocas veces de la intransigencia, no menos cierto es que al final queda como positivo lo que de positivo engendra todo hecho histórico, tapando los aspectos negativos que, a mi entender, también hubo en aquellos hechos.

En el caso que nos ocupa hemos de subrayar el impacto que tuvo Masada en la memoria colectiva del pueblo de Israel, en un tiempo en que, aún reciente el proceso de formación del nuevo estado, se necesitaba, si ello era posible, encontrar un hecho que aunase las ansias colectivas de esperanza, por encima de razones políticas. Y Masada lo proporcionó en tal grado que este nombre se convirtió en sinónimo de valor, entrega, entereza y determinación, como también en símbolo de la lucha de los débiles contra los fuertes, los pocos contra los muchos, la libertad frente a la tiranía.

Pero mejor es ir por partes y tratar de hilvanar, entretejiendo, ―contextualizando―, la historia de lo que debió ocurrir a partir de los datos de los científicos actuales y de la narración de los historiadores que lo presenciaron y que yo trataré de contar a modo de relato sin omitir sus coincidencias y sus discrepancias.

Como autor del presente trabajo, puedo decir que me siento muy orgulloso del papel que representó “el primo Amós” a quien nunca conocí, el que sin pretenderlo encendió en mí, imperdurablemente, las ansias por la búsqueda de nuestras raíces ―de la familia Vejarano― presumiblemente judías. Fruto de estas ansias me atrevo a dar a conocer lo que aquel buen hombre nos transmitió de primerísima mano ―¡con documentación oficial israelí!―  aunque por desgracia nunca sabrá que yo narro lo que él trasmitió. Este trabajo va dedicado a él y a mi padre, fundamentalmente, pero también a todos los que me animaron a vencer la timidez para que escribiera, sin ánimos historicistas pero sin temor, la gesta de unos equivocados ―o no― hijos de Israel. Gracias a Rocío Vejarano Alvar (bibliotecaria de la Fundación Sefarad que me proporcionó documentación y los soportes informáticos) y, cómo no, a Rosa O. Echevarría, de Alicante, que esperó im/pacientemente mi historia entre lunas y nombres. Finalmente, mi agradecimiento a J. A. Mayo por sus valiosas sugerencias.

Así pues, presento la trascripción extractada de las cintas magnetofónicas del Departamento de Anatomía patológica de la Universidad Hebrea de Jerusalén, así como del informe elaborado en primera persona por el arqueólogo prof. Yigael Yadin, “gentilmente prestados” a mi pariente con la autorización expresa del general Eli Cohen y del comandante Iacoob Fridman, jefes del archivo y de excavaciones, respectivamente, del Estado Mayor del ejército. Consta, finalmente, el Visto Bueno del Ministro de Defensa del gobierno de Israel a la entonces denominada “Operación Masada”.

Para conocer el pasado remoto me he basado —adaptándola— en la única fuente, Flavio Josefo y su Guerras de los judíos[3], incluyendo, para mejor comprensión, la cronología correspondiente con la Era cristiana.



[1] Amós Vejarano, escribiente, dibujante, viajero y aventurero incansable, desapareció durante la guerra civil española, en 1.939. El padre del autor lo localizó en los años sesenta, ubicándolo en la U.R.S.S. sin más detalles. Cuándo, cómo y qué lograron comunicarse, es un secreto que ambos se llevaron para siempre.

(Ver Del Ambroz al Orinoco, de José A. Bejarano)

[2] Masada (en hebreo, fortaleza) se encuentra en la cima de un peñón de roca aislado en el extremo occidental del Desierto de Judea.

Herodes el Grande la construyó entre los años 37 y 31 (AdC) Setenta y cinco años después de su  muerte, al comienzo de la Rebelión Judía contra los romanos en el año 66 (EC), un grupo de judíos rebeldes dominó a la guarnición romana de Masada. Después de la caída de Jerusalén y la destrucción del Templo (70 EC) se unieron a ellos celotes y sus familias que habían huido de Jerusalén. Con Masada como base, hostigaron a los romanos durante dos años. Los romanos establecieron campamentos en la base de Masada, impusieron un asedio a la fortaleza y construyeron un muro de circunvalación. Luego construyeron una rampa de miles de toneladas de piedras y tierra en el acceso occidental de la fortaleza, y en la primavera del año 74 (EC) hicieron subir un ariete por la rampa y batieron las murallas de la fortaleza.

 

[3] La única fuente escrita sobre Masada aparece en La Guerra de los Judíos de Flavio Josefo. Nacido en el seno de una familia sacerdotal como Josef Ben Matitiahu, era un joven líder al comienzo de la Gran Rebelión Judía contra Roma (66 EC) cuando fue nombrado gobernador de la Galilea. Bajo el nombre de Flavio Josefo, se convirtió en ciudadano romano y fue un exitoso historiador. Dejando de lado los aspectos morales, sus relatos han demostrado ser muy exactos.

Operación Masada (1)

                                                                                  Marzo 1956

 

El 13 de Marzo de 1956, en compañía de un grupo multidisciplinar de la Universidad Hebrea de Jerusalén, la Sociedad de Exploraciones de Israel y del Departamento de Antigüedades y Museos de Israel y por encargo del gobierno, dirigí las primeras excavaciones, regidas por las referencias históricas, de la montaña de Masada, situada en las coordenadas 31º 19’ 29” lat. Norte 35º 21’ 40” long. Este, sirviéndonos como únicas referencias fiables las del historiador Flavio Josefo, pero sobre todo por las excavaciones efectuadas con anterioridad por los investigadores Smith y Robinson, quienes la identificaron y siendo visitadas por vez primera por Velkot y Tipping, corroborando que se trataba efectivamente de la montaña que había sido habitada desde los tiempos de Herodes, hasta la dominación romana de Palestina en el siglo VI, y posterior poblamiento por monjes cristianos, siendo abandonada hasta mediados del siglo XIX, de la Era cristiana.

Se trata de un promontorio enclavado junto a dos antiguos e importantes caminos, el de Moab y el de Jerusalén. Su altitud es de 450 metros sobre el nivel del Mar Muerto, en su ladera oriental, y de 100 metros sobre el nivel del terreno, en su vertiente occidental. Someramente descrito es importante señalar que el plano superior es de forma romboidal, rodeado de una muralla de 1.400 metros, compuesta de una serie de casamatas o habitaciones divididas en habitáculos, y una serie de torres a modo de bastiones defensivos.

De hecho, fue el primer lugar donde acometimos las excavaciones resultando ser el de más fácil acceso, pues claramente se distinguía que se trataba de una muralla que rodeaba el recinto de la fortaleza.

El siguiente lugar que descubrimos fue el ingenioso sistema de conducciones de agua de lluvia, que transportaba desde la cima de la montaña hasta una cisternas que, con posterioridad, fueron descubiertas en la base y que constituyó una sorpresa ya que, seguramente, garantizó el suministro de agua para uso doméstico, e incluso para abastecer los baños que también se descubrieron.

No resultó en exceso complejo la exploración y excavación del recinto que constituye la explanada que constituye la base de la montaña: todo ello se verificó debido al gran cuidado que tuvieron en su construcción haciendo de Masada un punto estratégico, como refugio, primero de Herodes que construyó, y descubrimos, tal y como narra  Flavio Josefo en sus escritos, dos impresionantes palacios: uno de ellos situado al norte, y separado de la meseta, consistente en tres terrazas unidas entre sí a través de la roca viva: dedujimos que se trataba de la residencia privada del Rey, debido a los bellos mosaicos y columnas que le daban un aspecto regio. El otro, situado en la parte occidental y que servía como edifico de administración, talleres y almacenes. Los mosaicos geométricos fue lo primero que descubrimos y que sería preludio de los importantes hallazgos que habríamos de realizar a lo largo de los años que duraron los trabajos.

Una casa de baños, un barrio residencial para los oficiales reales, otro que construyeron los celotes, y por último, una sinagoga orientada hacia la Santa Ciudad, de cien metros cuadrados, dan idea del enorme potencial desde el punto de vista arqueológico, pero sobre todo humano y patriótico, que habíamos puesto al descubierto. Aparte los antedichos edificios o estructuras, algunas muy dañadas por el fuego y la erosión, encontramos gran cantidad de objetos y utensilios de todo tipo y tamaño, que en perfecto estado habían permanecido durante largos siglos a la espera de que fuesen hallados y los hiciésemos “hablar” con el fin de conocer la azarosa historia de Masada, el último bastión.

Vasijas, flechas, restos textiles, armas, alimentos conservados en sal, alfarería, ánforas, monedas,  recipientes, y algo muy importante: diez ostracones[1] con un nombre inscrito en cada una de ellos, que posiblemente fue el método usado para un sorteo.

Al mismo tiempo, fue descubierta gran cantidad de material de derribo y detritus de desecho, tal vez procedente del sitio y maniobras de asalto, reconocible por la diversidad de tipo de material, no correspondiente con los estratos rocosos, sino extraídos lejos de allí  y transportados para construir plataformas de acceso desde el exterior.

En líneas generales y sin pormenorizar, este resumen muestra el ingente y titánico trabajo de campo que procedimos a realizar. La gran cantidad de estructuras e infraestructuras, así como de material de todo tipo significó un antes y un después en la Historia antigua documentada de Israel. La sinagoga, de pequeñas proporciones, fue uno de los varios elementos más conmovedores allí encontrados. Sin lugar a dudas la única existente en actualidad contemporánea del Templo de Salomón, y que merecería un más intenso cuidado por parte de las autoridades religiosas del Estado. Mi sugerencia, tal vez quimérica, es que los restos de esta sinagoga fueran trasladados a otro lugar de fácil acceso ―¿por qué no Jerusalén?― en el que pudieran recibir de los hijos de Israel el mismo respeto que el Kotel[2] sagrado.

Una característica de las excavaciones que durante años llevamos a cabo en la explanada de Masada y sus vertientes de acceso, fue la total ausencia de restos humanos relacionados con el acontecimiento que nos interesaba. Durante meses nuestros trabajos se llevaron a cabo en medio de unos escenarios donde sabíamos que se habían desarrollado unos hechos dignos de ser reconocidos. Sabíamos que ante nuestros ojos iban apareciendo poco a poco los vestigios de la tramoya que había formado parte de un escenario. Todo estaba, si no intacto, sí al menos en los mismos lugares en que habían sido construidos o colocados. Todo se encontraba en suspenso, como si, a falta de una orden, aquello estuviese a punto de iniciar el movimiento. El movimiento de la vida.

Pero, por desgracia, cuando el equipo dirigido por mí inició las excavaciones, pudimos llegar a la deducción de que no existía el más pequeño vestigio de que allí habían existido, vivido, luchado, por qué no amado, personas. Hombres, mujeres y niños que habían protagonizado una de las gestas más valerosas de un pueblo, por el que habían dado lo más valioso que poseían antes de caer esclavos de los déspotas: la vida.No conseguimos encontrar ningún vestigio, ni tan siquiera de algún recinto destinado a depositar los cadáveres. Nada que recordase aunque mínimamente, qué fue de los 960 patriotas. Ni un cementerio, ni un osario, ni una simple inscripción. Sabíamos que la Legión X había accedido ―asaltado[3]― a Masada encontrando el dantesco espectáculo de la inmolación masiva, y de que los legionarios no pudieron por menos que sentir respeto por aquel pueblo valeroso que yacía muerto en la explanada[4] de la fortaleza caída. Pero no por eso la legión romana se apiadó de los cadáveres y los dejó, tal vez, en un espacio al aire libre, en algún lugar apartado de la vertiente opuesta al desierto para que el hedor de la descomposición y las aves de rapiña no hicieran imposible la vida de las legiones romanas, una práctica muy habitual a su paso por los mundos que iban conquistando.



[1] Ostracon, concha o fragmento de cerámica usados en la antigüedad para escribir nombres o pintar bocetos.

[2] Muro de los Lamentos, en Jerusalén.

[3] El autor del relato —JAB—  se toma el atrevimiento de puntualizar el lenguaje políticamente correcto del profesor Yadin, considerando que la legión X  realizó un asalto en toda regla a la fortaleza. “Acceder”  parece un verbo excesivamente generoso en el caso que nos ocupa.

[4] Muertos en la explanada o muertos en cada rincón de Masada, he aquí uno de los varios puntos discordantes entre los historiadores antiguos y modernos.

Operación Masada (2)

                                                                                Años 69-70

 

Hadassah salió a la puerta de su humilde vivienda en el momento en que sintió el ulular del viento. A esas horas, en aquella época del año, el viento soplaba  y levantaba cortinas de arena que hacían complicado el tránsito por el camino de la Metsada.  Ella lo sabía porque había nacido en aquella zona del desierto.

               Hadassah sabía que cuando el viento del desierto de Judea barre las calles de la aldea, lo mejor era introducirse en la casa a la espera de que Levî apareciese.

Había contraído matrimonio unos meses antes, cuando Levî comenzó a frecuentar ciertas reuniones donde se hablaba del yugo romano sobre Judea. Ella estaba en pleno embarazo y su belleza, si cabe, se había afianzado a pesar de la preñez y su cuerpo poseía la tersura y la suavidad suficiente para satisfacer los deseos de su marido. Su cabellera, negra como el azabache, le caía por los hombros recogiéndoselo con una cinta en la frente a la usanza de las mujeres judías. Su mirada era serena y firme; con unos pómulos resaltándole sus facciones. Una mujer de 16 años, bella aunque de aspecto frágil...  Su tez, de color ligeramente aceitunado, poseía unos negros ojos almendrados.

Levî era un joven atlético y musculoso, que alternaba las tareas del campo con la práctica de las artes defensivas y las lecturas de los textos sagrados, aunque poco a poco fue abandonando estas desde que había escuchado a Ben Yehuda alocuciones en contra de la ocupación romana en Judea y de la necesidad de tomar las armas si fuese necesario para lograr arrojarlos de vuelta a sus propios dominios. De hecho, ya en las primeras escaramuzas, contando apenas doce años, salía con sus amigos a arrojar piedras al ejército del legado romano de Siria, Cestio Galo, ayudando a tender una emboscada donde los judíos se apoderaron de las caravanas que les sirvieron para llevar a Jerusalén las provisiones, algo que acabó con la paciencia del emperador Nerón ordenando a Vespasiano la reconquista de Israel.

 

Enero 1960

 

La fecha, el 27. Aquel día uno de los técnicos arqueólogos dio la voz de alarma: en el sector 6E correspondiente a una zona aledaña a una de las casamatas más alejadas de los edificios principales, se había descubierto un pequeño habitáculo, completamente estanco, con unos restos humanos. Fue una pequeña revolución, pues, tal como queda dicho, no existía el menor vestigio de los restos que nos ocupaban de la Operación Masada, aunque sí encontramos lápidas con inscripciones romanas y un pequeño cementerio cristiano, correspondientes a los invasores romanos y a la comunidad monacal respectivamente, que ocuparon la fortaleza en los siglos posteriores a la gesta hasta su total despoblamiento. Por ello, a pesar de la primera inspección ocular, a falta de los posteriores análisis, se podía deducir fácilmente que estábamos en presencia de unos restos humanos que podrían desentrañar los secretos que estábamos buscando.

El habitáculo estaba situado en el sótano de una casamata al este de la fortaleza. Pudimos ver con sorpresa, constatado con el instrumental idóneo para ello, que la habitación correspondía a un pequeño almacén, dado que en las paredes perfectamente conservadas con marchamos de tiempos de Nerón, se encontraban ochenta y siete ánforas de barro intactas, alineadas en estanterías. También pudimos observar restos indeterminados, que posteriormente identificamos como objetos de uso cotidiano así como restos de ropa y comida.

En el suelo encontramos dos cadáveres momificados que se hallaban en perfectas condiciones de conservación. La explicación de los técnicos fue que aquel cobertizo completamente aislado de las duras condiciones del  exterior había actuado como cámara frigorífica, conservando en unas condiciones idóneas de temperatura y humedad aquellos dos cadáveres que después de mil novecientos años (si es que se trataba de habitantes de Masada del año 70) se podía deducir que al menos uno de ellos correspondía a una mujer, si bien el otro era más difícil precisar sexo y edad dado que se encontraban fundidos el uno al otro y era necesario un cuidadoso trabajo de necroscopia forense para determinar las circunstancias que habían rodeado a los dos seres que teníamos ante nuestros ojos.

Inmediatamente comenzaron los trabajos de determinación fotográfica y alzada de croquis de aquella maravillosa habitación, aunque fue trabajo prioritario el levantamiento de los dos cadáveres y su traslado inmediato para su estudio pormenorizado.

Como director del proyecto, me encargué personalmente de dirigir la operación así como de redactar in situ todo aquello que fuera digno de reseñar. En aquel momento fue desalojado todo el personal, y sólo en compañía del forense de la Operación y de mi ayudante Sefaradim, escudriñamos centímetro a centímetro aquel lugar, levantando acta de cuanto allí se encontraba, así como la posición exacta de los cuerpos yacentes y demás circunstancias.

Los cuerpos se encontraban tendidos, casi fundidos con el suelo, en posición lateral, enfrentados el uno respecto del otro, unidos en el más amplio sentido de la palabra, porque al levantar y separar con cuidado sus vestimentas pudimos ver que estaban abrazados, la mujer al niño, al que no se le veía la cara, en un gesto del que incluso los siglos pasados no habían logrado borrar el amor, la ternura que emanaba, como queriendo protegerlo eternamente, y el refugio que el pequeño cuerpo parecía haber encontrado en el abrazo protector. Junto a los cuerpos pudimos observar lo que a simple vista parecía la empuñadura de un arma blanca.

Por un momento permanecimos en silencio, mirándonos los tres, emocionados ante una de las escenas más tiernas que hubiéramos visto nunca, tal vez con la sensación, en aquel momento, de que no nos asistía ningún derecho, ninguno, de violar aquel inmenso gesto de amor. Hicimos un pequeño amago de separar los cuerpos, pero comprendiendo que era imposible por nuestros medios efectuar operación tan delicada, autoricé el levantamiento definitivo por expertos y su traslado a la Universidad Hebrea de Jerusalén.

Operación Masada (3)

                                                                             Principios año 70

 

A partir de entonces Levî sacrificó su adolescencia entregándose en cuerpo y alma a la liberación de su tierra, haciendo funciones de intendencia en la retaguardia, de espía, recorriendo las tortuosas callejuelas de Jerusalén hostigando no sólo a las tropas auxiliares estacionadas desde el principio de la Revolución judía del 66, sino a las experimentadas legiones romanas, y, lo que ocultó a Hadassah  cuando contrajeron matrimonio: hostigó, reprimió, e incluso mató a los judíos que sus correligionarios celotes consideraban amigos o simples colaboracionistas de los romanos, llevando hasta sus últimas consecuencias el ideal judío del ojo por ojo en una espiral de odio y violencia, de intransigencia,  eliminando a los que se limitaban a ver con un atisbo de simpatía la ocupación de los legionarios. Que Roma, con sus legiones V, X y XV, arrasara literalmente la Tierra Prometida fue el motivo para que Levî se dejara arrastrar por las soflamas del líder Ben Yehuda[1].

En una ceremonia secreta le hicieron entrega de una daga, insignia de los celotes, de la que ya nunca se separaría y con la que juró muerte a Roma. Contrajo matrimonio un año antes, el año 69 en la sinagoga principal de Jerusalén, muy cerca del templo, hasta que un año después vieron cómo los soldados romanos demolían el lugar santo, y de Jerusalén no dejaban piedra sobre piedra. Sólo el muro de la parte occidental donde el segundo templo se asentaba permaneció en pie, y allí es donde acudía el pueblo a orar Por aquel entonces Hadassah trajo al mundo a la niña que con esfuerzo ahora estaba criando. Y ahora, transcurrido sólo unos meses desde el nacimiento de su hija y de la dolorosa destrucción del Templo, veían cómo Iafa se criaba de la misma forma que evocaba su nombre, hermosa, de una belleza similar a la de su madre. El matrimonio comentaba cómo el nacimiento de su hija había coincidido de manera siniestra con la destrucción de lo más sagrado que su pueblo poseía presagiando malos augurios para la joven vida que había alumbrado.

En los últimos días observaban al ejercito en aquella tierra que desde los tiempos de Abraham, de Isaac y de Jacob, la tierra de sus padres, la tierra de los Profetas, la tierra elegida por Dios, el Misericordioso, estaba siendo humillada, violada y mancillada por gentiles con el único objeto de saciar sus ansias expansionistas y de someter al pueblo judío a la esclavitud. Y él, Levî, hijo de Yosef, había jurado no consentir que le arrebataran la tierra, su tierra, la tierra donde su mujer y su hija deberían vivir libres. Y si tenía que renovar el juramento, lo haría sin ningún complejo: blandiría su daga, que siempre llevaba consigo, vestiría su cota de malla confiscada a un soldado romano y se uniría definitivamente al grupo de patriotas para morir, si era preciso, matando.

Alejados de Jerusalén en una pequeña aldea debido a la presión romana, miraban la luna en su plenitud que se reflejaba sobre el Mar Muerto, brindando un aspecto fascinante, y mientras Iafa dormía, se sentaban a la puerta de la casa, y miraban la serenidad de las aguas con reflejos de luna.

Este era el escenario que entonces reinaba en la tierra de Israel: el ejército romano extendiéndose de oeste a este, Jerusalén destruida y dominada, ellos viviendo en una especie de burbuja, viendo criarse con inquietud a su hija, y como único horizonte, la esclavitud o la muerte.

 

Enero-julio 1960

 

Durante estos seis meses, fueron efectuados los estudios completos de los cuerpos en el Departamento de Anatomía patológica de la facultad de Medicina de la Universidad Hebrea de Jerusalén.

Dado lo prolijo del informe forense, plagado de tecnicismos, términos médicos y otros parámetros, irrelevantes para el conocimiento suficiente de los profanos, ofrezco resumido el resultado de dicho examen:

Necroscopia:

"Se procede a la separación, previo desprendimiento de sus respectivas vestimentas, de dos cuerpos (en adelante "H", el de mayor envergadura; "F" el de menor) unidos entre sí por sus respectivos dorsos, frente a frente. Es necesario para ello la desmembración de las extremidades superiores del cadáver de H debido a la posición de sus brazos entrelazados con el fin, posiblemente, de aferrar y asir el cuerpo de F.

Durante este proceso, se observa que los cadáveres se encuentran traspasados por la hoja de un puñal o espada pequeña (sin resto de empuñadura alguna) de 25 cm. de longitud y 2 cm. de ancho, terminado en punta partida. Se extrae. 

Analizados los vestidos (Técnica Carbono catorce. Academia ingeniería militar) se constata que están tejidos en lino, ambos de la misma hechura y características datados en dos mil años +/- 200. La vestimenta de F está sumamente deteriorada y gastada, tal vez del uso.

No se hallan adornos ni joyas, tan sólo una cinta fina de cuero sujetando restos del cabello de H.

El sexo de ambos cadáveres es femenino (el de F, con una probabilidad del 90%)  y los rasgos anatomo-morfológicos son similares, por lo que cabe deducir que se trata de madre e hija.

La edad de H está comprendida en veinte años, de raza semita, cabellos negros, largos. La edad de F está comprendida entre 1 y 5 años, siendo difícil de precisar. Presenta deformaciones cóncavas en las costillas flotantes izquierdas, debidas con certeza a un proceso de raquitismo infantil, observado en la disección necrológica.

H presenta orificio de entrada del arma entre las costillas 3ª y 4ª interesando músculos, nervios y arterias intercostales. Atravesando el corazón a través del tronco y de la arteria pulmonar y el lóbulo del pulmón derecho con salida a la altura del apéndice xifoides.

El cuerpo de F se encontraba en posición fetal, y presenta orificio de entrada de la misma arma, produciendo daños en la mano derecha, con roturas de tendones y fractura de huesos a la altura del segundo metacarpiano del dedo anular de dicha mano. El arma entró en el tórax a la altura del esternón e interesando la aorta descendente produciendo desgarros debido a la carencia de punta del arma.

Los fallecimientos se debieron producir, en el caso de H, instantáneamente, y en el de F, al cabo de largos segundos de agonía".

 

                        Concluye el informe haciendo constar el excelente estado de conservación de los cuerpos con relación a su antigüedad por la facilidad con la que pudieron desarrollar su labor, como si los óbitos se hubiesen producido sólo meses antes en lugar de los dos mil que fue el periodo obtenido con las modernas técnicas del Carbono 14. La punta del arma se encontró entre los vestidos de los dos cuerpos.

Hasta aquí el frío informe anatomopatológico.

En deducciones personales, los expertos llegaron a la conclusión de que las muertes se habían producido premeditadamente, pero no sólo por el ejecutor[2]dada la posición del arma y de los cuerpos, sino por la víctima H, sin duda por el extraordinario cuidado del agresor en concluir limpiamente su obra con la colaboración necesaria de aquélla. F, sin embargo, debió resistirse, y efectuó movimientos bruscos en actitud autodefensiva tal como colocar los brazos sobre su pecho, lo que hizo que las heridas fuesen dolorosas y más lentas en provocar la muerte.

En pocas palabras: las muertes fueron pactadas, acordadas, y llevadas a cabo con una limpieza absoluta, excepto en el caso de la niña. Que fue, creo, un sacrificio.



[1] Líder de la resistencia judía a la ocupación romana de Palestina. Tío del líder de la resistencia en Masada.

[2] El autor —JAB— ha constatado el exquisito cuidado del profesor Yadin a la hora de definir las circunstancias de sus investigaciones. El “ejecutor” fue, sin dudar el esposo y padre de las víctimas.

Operación Masada (4)

                                                                             Años 70-74

 

Una tarde Levî  llegó a la casa, habló brevemente con Hadassah,  y recogiendo los enseres más necesarios, tomaron a su hija, cerraron la puerta de la vivienda, y se unieron a un grupo de compatriotas que venían por el camino de Jerusalén, huyendo hacia el sur. Durante la noche, atisbaron entre la neblina los roquedales imponentes de la gran montaña: aún no lo sabían pero en aquel mismo momento, Eleazar Ben Yair, al mando de aquel grupo heterogéneo, compuesto por hombres, mujeres y varios niños, les comunicó que su plan era ascender los riscos escarpados y agrestes de la antigua fortaleza de Herodes a fin de resistir y resistirse a Roma y a Nerón. Todos estuvieron de acuerdo, y aquella misma madrugada iniciaron el ascenso hasta alcanzar los castillos que habían servido de refugio al rey de Judea, Herodes.

La Metsada donde Herodes había construido su refugio consistía en un elevado promontorio cercano al mar Muerto, en la vía que conduce desde el sur hasta Jerusalén. Aquella roca preside el desierto de Judea y a nadie, en aquel grupo, le había cogido por sorpresa que se hubiera elegido precisamente este risco que, años antes, había sido usurpado y ocupado por los romanos. Aquella enorme roca constituía para el pueblo judío un símbolo, y en aquellos momentos de desconcierto Levî convenció a Hadassah de  era lo mejor que podían hacer para preservar su identidad como pueblo y en el que Iafa pudiera vivir libremente.

Hadassah, que a veces no comprendía  las teorías de su marido, no se hacía a la idea de que hubiese decidido resistirse,  pero acató su decisión, porque recordaba cómo en el momento de traer al mundo a su hija, pudo percibir la columna de humo que se elevaba al cielo entre los gritos de terror de los jerosolimitanos.

Los primeros días de permanencia en la antigua fortaleza, los dedicaron a instalarse en los dos palacios, sobre todo las mujeres y los niños, así como algunos enfermos. Hadassah e Iafa fueron alojadas en las estancias principales de uno de los palacios, pues la niña era, posiblemente, la más pequeña de la expedición, aún amamantada por su madre. Mientras, los hombres dedicaban el tiempo en habilitar como viviendas pequeños chamizos de barro y adobe, así como a construir en la roca huecos que sirvieran como almacén, aunque se limitaron a rehabilitar lo construido por Herodes  para la pequeña comunidad a la que había que proveer de todo lo necesario.

A las pocas semanas de acceder a Masada, estuvieron en condiciones de alojarse, de modo que cada familia contase con una pequeña pero digna vivienda. Llegó la hora de organizarse, y Levî se encargó de que su esposa y su hija quedasen instaladas cómodamente. Iafa, por desgracia comenzó a sentir los efectos del encierro, y a pesar de que los almacenes estaban surtidos, y de que el agua no faltaba, pues se había perfeccionado el sistema de toma de agua que ya tenía la fortaleza, se dejaba notar la falta de alimentos frescos y fruta con la que alimentar a los niños.

La vida en la comunidad celote transcurría con normalidad, si por normalidad se entiende el estar encerrados en una fortaleza amurallada  saliendo de vez en cuando patrullas de hombres para suministrarse de alimentos, atravesando los campamentos romanos que poco a poco habían ido asentándose en al llanura a los pies de la fortaleza. El zorro esperaba a que el conejillo descendiese del frondoso árbol en que se había refugiado, mientras este se iba alimentando de los frutos que lograba recoger. El zorro no tenía ninguna prisa.

Así pasaron los días, y las semanas y las estaciones se fueron sucediendo. De los crudos inviernos a la estación de calor bochornoso de los veranos. Por las noches salían al exterior de la pequeña habitación donde los tres se habían instalado consiguiendo una cierta intimidad dentro de aquel encierro. Hadassah y Levî, entonces dejaban a un lado sus temores y dedicaban sus momentos para jurarse amor eterno, ocurriera lo que ocurriese, mientras miraban la luna que rielaba sobre el Mar de Judea. Durante largos meses aquella situación se hizo soportable. Las tropas romanas aumentaban o disminuían el asedio en función de las necesidades en otros lugares. Incluso en parejas, los celotes salían de la Montaña y se proveían de lo necesario. Aquello parecía eternizarse y dar lugar a una situación crónica, en la que se estabilizaran las posiciones. Ninguno de los dos podía desconocer que, delante de la maravillosa vista del mar reflejando la luna, podían ver también las candelas y fogatas que se extendían a sus pies, varios cientos de metros más abajo. De sobra sabían que ni siquiera un milagro, aunque cada día lo pedían en las oraciones de la sinagoga, les salvaría de caer prisioneros de los soldados que pacientemente esperaban en la llanura.

Cierto día, uno de los centinelas dio la voz de alarma. Esta vez no era la que a veces se daba para llamar la atención de la llegada de nuevos campamentos incrementando la X Legión, hasta diez mil soldados, que al mando de Flavio Silva se habían situado alrededor de la fortaleza. Ni la que, como otras veces, se daba para hacer partícipe a todos de que el muro de circunvalación que los encerraba estaba progresando o se paralizaba. No. Esta vez era para que los asediados, todos, pudieran observar un movimiento que hasta entonces había resultado inédito en los sitiadores romanos: estaban comenzando a depositar grandes cantidades de piedra y tierra en la base occidental de la roca. Al principio nadie estaba seguro de qué estaba ocurriendo. Ni siquiera el líder Eleazar Ben Iair comprendía aquel movimiento sorpresivo de los romanos. Aquel día el bravo sobrino del legendario Menahem Ben Iehuda, hubo de esperar varias horas, y que los celotes espías que habían salido de la fortaleza regresaran para que hubiera de llegar a una conclusión: los romanos habían decidido acabar la espera y comenzaron una nueva táctica: acceder a la cima de la montaña construyendo una gran rampa con el simple método de ir acumulando madera y barro.

                        Corría el verano del año 73, y Hadassah  le hizo notar a Levî que llevaban  dos años y medio encerrados. Levî tuvo una discusión con ella porque éste temía que pudiese cometer una locura, tal vez huir. Cuando ella le corroboró su temor, él, por primera vez en su vida la tomó por los brazos, casi con violencia —Se daba cuenta de la fragilidad de su esposa—. En ese momento pudo observar su extrema delgadez aunque los tres años pasados en Masada la había convertido en una mujer delicada y bella como una flor del desierto. También vio que la niña no mejoraba, que parecía aún más menuda que cuando nació. Fue entonces cuando se dio cuenta de que aquella partida la tenían perdida, pero no podía soportar la idea de separarse de su familia, aquella pequeña familia que le había seguido con el fin de sentirse protegidas del peligro. Y ahora no podía concebir, bajo ningún concepto, dejar que su esposa y su pequeña hija cayeran en poder de las hordas romanas y que fuesen tal vez trasladadas a Roma para entrar a formar parte del servicio como esclavas de algún patricio pagano y gentil. No. No lo podría soportar. Pero aunque sus creencias estaban suficientemente afianzadas y cimentadas, notaba que el paso de tiempo comenzaba a pasar factura y que podrían tambalearse. Aquel día, discutió con Hadassah y a continuación salió abruptamente. Su odio hacia los romanos aumentó, porque por vez primera desde que comenzó su guerra contra el tirano, veía el porvenir algo más que negro.

Olvidó todo ello mientras asistía a un conciliábulo que Eleazar Ben Iair había convocado a todos los varones adultos. Al regreso, Hadassah notó que su esposo no era el mismo. Después de muchos meses encerrados, lo único que habían conseguido era exacerbar las ansias de conquista de la X Legión. Y allí no existía ningún futuro. Iafa continuaba malcriándose desde el punto de vista físico, pues el amor que sentían por ella sus padres y todo el campamento era tan intenso que los trasladaron a uno de los cuartos más confortables de la fortaleza.

Y así, desde julio, pudieron ver día a día los progresos que hacían los sitiadores construyendo frenéticamente el inmenso plano inclinado que les iba a llevar inexorablemente hasta la misma presa, inerme, esperando el fatal día que, si no ocurría un milagro, el reptil la alcanzaría.

Los meses fueron pasando, y Levî dulcificó su carácter para con  su familia y les ofreció lo mejor y más valioso que poseía: su cariño, así como procurarles los mejores alimentos que cada día le proporcionaban, tratando de alimentar a la niña para que se criase en las mejores condiciones posibles. Él procuraba mantener ignorante a su esposa de los conciliábulos que cada día mantenía con sus compañeros de encierro.

Operación Masada (5)

Mayo 1961

 

Una vez realizados los análisis forenses, y el estudio del entorno cívico-militar de Masada decidí llevar mis conclusiones en relación con la Operación Masada Heroica al Jefe del Estado Mayor del ejército israelí. En mi estudio corroboré la verosimilitud del tratado de Flavio Josefo y su relato pormenorizado sobre el asedio y defensa. En consecuencia, se decidió elevar el carácter de "leyenda" al de "gesta" todo lo acontecido en la fortaleza de Masada durante la resistencia celote y posterior asedio y asalto por las legiones romanas en el año 74 d. C.

En una reunión a la que asistí en TelAviv con los militares y donde fui sometido a una larga consulta se decidió, a la vista de mi informe, proceder a la inhumación de las dos mujeres “que se salvaron de la humillación”, dándoles honores tanto militares como civiles que el gobierno, el pueblo y el ejército del Estado de Israel, deberían a dos de sus hijas, proclamándolas "Héroes del pueblo y ejemplo de la juventud judía". Se decidió asimismo, con la objeción de los rabinos, que las dos fueran enterradas en un ataúd, juntas, tal y como habían permanecido durante un periodo de 1887 años en la tumba que fue  Masada.

El Gobierno, de acuerdo con el Gran Rabino de Jerusalén[1], ordenó que en todos los kibbutz, fábricas, organismos oficiales e instalaciones del ejército, centros de educación, puestos fronterizos, en el desierto, en los vergeles, en las orillas de los ríos y los mares, en las cimas y en las faldas de las montañas, en las grandes ciudades y en las pequeñas aldeas de Israel, así como en todas y cada una de las sinagogas del mundo se leyera el Edicto donde se proclamaba la Gesta de Masada y la denominación de “Héroes” a los novecientos sesenta celotes defensores.

El día de Yom Kippur[2] de 1.961, H y F, llamadas a partir de entonces Esperanza y Libertad (en inglés, Hope / Freedom), fueron enterradas al atardecer en el cementerio de la colina del Rey David, en Jerusalén. El Gran Rabino entonó el Shema Israel, mientras el gobierno, el ejército y una representación de las asociaciones cívicas de Israel escuchaban el sonido del sofar y en todo Eretz Israel[3] se guardaba un minuto de silencio, al tiempo que cuatro mujeres ―dos kibbutzim y dos soldados― hacían descender el ataúd sólo cubierto con la bandera de la Estrella de David hacia la leve tierra que iba a acoger en un definitivo abrazo a las Héroes de Israel, en su retorno definitivo a la Jerusalén de la que habían huido mil ochocientos noventa años antes.

 

En memoria. Hasta aquí, extractada, la historia de Devorot Mezada (Masada) Efectivamente, en mi opinión ocurrió tal y como cuenta Flavio Josefo en su obra magna. Tal y como ocurrió, aunque a sus ojos y a sus oídos ―¿también a su corazón?― escapó esta historia: la madre que, hipotéticamente, se inmoló en connivencia con su esposo, que posiblemente ambos eligieron para su pequeña hija el sacrificio necesario[4]  con objeto de evitar vivir esclavas del enemigo en su propia tierra. Tal vez él, quien presuntamente arrebató las dos jóvenes vidas, fuera el mismo que eliminó a nueve de sus compañeros, elegidos para eliminar ―los diez― a los novecientos cuarenta y ocho celotes restantes. Quizás este guerrero decidió preservar de la vista de los demás un acto tan tremendo como el sacrificio de sus seres queridos, y probablemente decidió que permanecieran por siempre ocultas del resto del mundo a fin de que ni los invasores lograran encontrar sus cadáveres: ni muertas, esclavas.

Y quién sabe si una vez ejecutado el doloroso cometido, saliera al exterior de la explanada, y ahora sí, a la vista de los primeros legionarios romanos que estarían accediendo desde las plataformas de asalto, el celote fuera el único de los novecientos sesenta que decidiera poner fin, por sí mismo, a su propia vida, aunque nunca sabremos con certeza cómo. La luna, único testigo, sí lo podría decir. Por qué no.

                                     

                                                           YIGAEL YADIN, director

                                                     TelAviv (Israel) / Berna (Suiza)

                                         Noviembre  1973 (1.900 aniversario de Masada)

Doy las gracias a todo el personal que tomó parte en la OPERACIÓN MASADA:

Arqueólogos, antropólogos, forenses, historiadores, excavadores y personal auxiliar. Con el agradecimiento especial a  mi ayudante personal Amós Vejarano, llamado Sefaradim.



[1] Israel fue, y aún continúa siendo, el único estado del mundo occidental de confesión religiosa determinada, en este caso judía. El peso específico del estamento religioso en la vida de Israel es primordial.

[2] Fiesta del perdón, de la expiación.

[3] Tierra de Israel, desde el  mar Mediterráneo al río Jordán.

[4] ¿Fue necesario el sacrificio de los habitantes de Masada, y  no digamos de los niños? El simple hecho de poder plantear este interrogante es suficiente motivo para la reflexión que pueda emanar de la lectura de este relato (nota del autor. 

 

Operación Masada (y 6)

                                                                      Verano año 73

 

Hadassah sabía que algo le ocultaba su esposo. Conocía de sobra que la situación era insostenible, y que si no se encontraba una solución, la esclavitud y la muerte era el único horizonte que tenían ante sí.

En la intimidad del aquel remedo de hogar, estuvo haciendo balance de su propia vida. Se preguntó si realmente había merecido la pena tanto sufrimiento, si haber abandonado el hogar paterno de  Jerusalén para seguir a Levî bahía sido acertado. No comulgaba en exceso con las ideas de su marido, y a pesar de ello había aceptado, con su esposo, la lucha a muerte, la guerra sin cuartel que este había planteado, nada más y nada menos, que a Roma. Después de todo ¿qué le importaba a ella si los soldados romanos gobernaban Judea, Palestina, toda la tierra de Israel si ello era preciso, teniendo en cuenta que el pueblo al que pertenecía era prácticamente ingobernable? Algunas veces estaba tentada por tomar a su pequeña niña enferma en sus brazos, envolverla en ropa de abrigo y huir las dos a través de la noche hasta las llanuras de los campamentos romanos. ¿Qué más daría que a ella la hiciesen esclava, si así podía tener a su hija a su lado, y acababa con aquella horrible situación de saber que tarde o temprano serían todos pasados a cuchillo por la implacable máquina de guerra?

La primavera despuntaba y aquel día había sido especial en muchos sentidos. Levî no había permitido que su esposa asistiera a la asamblea que se había celebrado durante el día ante el palacio de Herodes que servía como vivienda a sus líderes. Ben Fair había congregado a todos y les había planteado claramente la situación: o rendición, o muerte sin rendición. ”Muramos sin llegar a ser esclavos de nuestros enemigos” fueron sus palabras textuales.

Nadie lo dudó un solo instante. Cada cual se retiró a sus aposentos, y aquel día no hubo ya turnos de guardias. En tres años de resistencia, era el primer día que las murallas fueron abandonadas, pareciendo que los bravos, los patriotas celotes se hubieran escondido para esperar a que la Legión X culminara su obra y cayera sobre ellos pasándolos a cuchillo como corderos en el matadero.

Levî entro a la casa, y llevó a Hadassah al lecho. Iafa dormía ajena al drama que se cernía sobre todos ellos. Levî tomó en brazos a su mujer. Dulcemente la despojó de sus vestiduras. Los dos quedaron desnudos. Se abrazaron. Se miraron silenciosos, profundamente, leyéndose mutuamente en lo más profundo de sus ojos. Se tendieron en el lecho. Ambos se acariciaron. Escrutaron y recorrieron todos y cada uno de los poros de la piel de sus cuerpos. Se entregaron sin reservas de ningún tipo. Hadassah y Levî gozaron del amor como nunca lo habían hecho. Se saciaron mutuamente, intuyendo que aquella sería la última vez que se poseyeran. Con aquel gesto de amor quisieron culminar una vida en común que no pudo ser. Entonces cayeron en la cuenta de que los designios de la vida eran incontrolables. Que la suya nunca había tenido razón de ser. Que las ansias de libertad que habían soñado se iban a truncar muy pronto. Que las líneas de la vida se cruzaban y entrecruzaban misteriosa e inexorablemente conformando el destino. Que no podían dejar el fruto de su unión a merced de las intenciones de los vencedores. Que iban a morir. Que sólo tenían 23 y 21 años.

Cuando hubieron concluido el acto de suprema entrega, Levî, acariciando los largos cabellos de su esposa le explicó la situación que él antes había escuchado, y la determinación unánime de morir todos antes que rendirse. Se había ofrecido voluntario para llevar a cabo una tremenda misión: diez de ellos acabarían con la vida de todos los habitantes de Masada que, a pesar de su deseo, no fuesen capaces de quitársela por sí mismos.

La consigna que habían pactado aquella mañana de verano del año 73 era la de “todos, muertos”.

Al atardecer, pasarían por todos los rincones de la fortaleza y acabarían con la vida de sus compatriotas que no lo hubiesen hecho. Después incendiarían todo el complejo, menos los abastecidos almacenes para demostrar que no había sido el hambre la cusa de la inmolación. Cuando no quedase ningún habitante vivo de Masada, él, por sorteo, debería llevar a cabo la eliminación de sus nueve compañeros ejecutores para, como conclusión, quitarse la vida. Así, de esta manera querían mostrar a los romanos cómo se las gastaba el patriota pueblo judío: muerto antes que rendido.

Se besaron cuando el sol comenzaba a declinar por el desierto. Besó también cariñosamente a su hija, dormida, que no había conseguido mejorar y a la que no había logrado que fuese una niña saludable, pues ni siquiera habían sido capaces de que consiguiera articular una sola palabra. Tenía tres años y medio.

Salió a la desierta explanada. Sólo se oía un sordo fragor en el exterior de la fortaleza de Masada. El viento soplaba con cierta fuerza y los escasos chaparros y matorrales que crecían en aquel duro clima se vencían a su favor. Diríase que la fortaleza estaba vacía, pero, lejos de ello, en pocos minutos comenzó a desarrollarse una de las más tremendas escenas de valor y determinación colectivos que hubieran visto los siglos. Los diez celotes entraron casa por casa, sin olvidar los dos antiguos palacios, la sinagoga, los baños, los almacenes, las habitaciones aledañas a la muralla, y en silencio dieron cumplida cuenta de la misión asumida. Eran conscientes del enorme acto que estaban efectuando. Sabían que las generaciones futuras de alguna manera tendrían que conocer algún día lo que allí estaba sucediendo. Y que serían juzgados por ello. Pero estaban dispuestos a someterse al veredicto humano y divino, por nefasto que fuese para ellos. Nunca, sin embargo, consentir el sometimiento, la sumisión, en suma, la resignación de ser esclavos en su propia tierra, la de Abraham, Isaac y Jacob. Estos nunca se lo perdonarían.

Levî llevó a cabo su misión. Para ello se había despojado de la cota de malla que había requisado al último legionario romano ejecutado por él en tiempos de la Rebelión. Se había alisado las guedejas que le caían por sus sienes, se había encomendado al Altísimo y desenvainando su daga sacrificó a la parte de sus hermanos que le había correspondido, así como a los  nueve ejecutores.

A continuación se dirigió a la casa, donde había pasado los últimos meses, escondida junto a la muralla. Entró, y con rapidez, sin cruzar una sola palabra, enloquecido por el odio a los enemigos y por el intenso amor que sentía en aquel momento por sus dos seres más queridos, las tomó, puso a su hija en los brazos de su madre, las colocó en el suelo con brusquedad y en unos breves segundos la daga convocó al Ángel de la Muerte ―majestuoso, inexorable, puntual a la cita― que sobrevoló los dos cuerpos abrazados, tomando para sí sus almas inocentes y llevándolas al Valle de Josafat donde los verdaderos verdugos serían juzgados por Dios.

Aunque había pensado en la posibilidad de quitarse la vida junto a su familia, en el último segundo cambió de opinión. Al salir, trastornado, tuvo la suficiente cordura para tapiar la pequeña puerta con dos lajas de piedra que encajaban perfectamente en la oquedad. Aquella ―pensó― sería la tumba de su familia y ni sus cadáveres encontrarían los tiranos.

Salió al exterior de la explanada: aquel monumento a la firmeza era ahora la tumba común de los resistentes. Era el último de los celotes supervivientes, y ya sólo le quedaba cumplir el último acto: inmolarse, dar su vida. Pero lo iba a hacer de una manera distinta[1]. Se dirigió hacia la parte de la muralla donde la rampa de acceso romana estaba a unos escasos centímetros de tocar la meta soñada, la base de la montaña.

Levî, el último celote, se encaramó en lo alto del muro, dirigió una última mirada hacia la fortaleza solitaria, y en medio de una lluvia de flechas y “pilum”[2] arrojada por los romanos, tomó impulso y se arrojó al vacío. Su cuerpo despedazado acabó en el fondo de unos peñascos, en territorio ocupado por la X Legión. Sería el único que lograrían recuperar, en territorio hollado por el Imperio Romano, a modo de rendición. A los demás los encontrarían horas más tarde, en territorio judío ―Masada―.

La luna fue, con seguridad, el único testigo.

FIN



[1] Las dudas sobre la forma de morir de los últimos resistentes permanecerán, aunque a juicio del autor, la versión de Flavio Josefo es verosímil.

[2] Lanzas con punta de hierro muy delgada, para evitar su reutilización.

2007/8/25

Bellida

 

BELLIDA

 

                                   Eleazar Bullera entró en la casa a la caída de la noche. Allí encontró a la prestamista, que sabía de su llegada.

                                   —Así pues, decididamente, partís. ¿Cierto?— lo saludó la mujer.

                                   —Así es. Vivir aquí, vivir, se me está haciendo insoportable.

                                   —Tomad, pues, estos pocos maravedíes. Los tiempos son malos y no os puedo facilitar más— Bellida dejó una bolsa sobre la “alcantadera”—. ¿Se puede saber adónde os dirigís?

                                   —No lo sé aún. He hablado con unos arrieros que recorren la “vía Argenta”, en las Cañadas, y me han hablado del Sur lusitano, donde las noches son cálidas, y se baila alrededor del fuego; y el sol es más rojo y mayor cuando se hunde en el mar Tenebroso. Tal vez vaya allá, donde se practica aún la tolerancia.

                                   —Bien, ya me pagareis al retorno. Los malos tiempos no pueden durar eternamente. Yo me quedo —Bellida, ataviada con una lujosa hopalanda, desvió la mirada—. Que Jesucristo Nuestro Señor os guíe con Salud.

                                   Eleazar miró sorprendido a Bellida, a quien llamaban “la Rica”. Era la primera vez que escuchaba una fórmula de despedida como aquella en boca de uno de los suyos,  en lo más profundo del Rabilero.

                                   —No dudéis que os reintegraré la deuda con sus intereses. Que Yahvé os guarde —puntualizó, con un punto de provocación, el joven invocando, por vez primera en su vida, el impronunciable nombre del Santo, Todopoderoso. Traspasó la puerta en la que observó, vacía, la hendidura de la jamba donde debía estar colocaba la mezuzah. En la otra jamba, la palabra Shaddai era ya casi irreconocible debido a los trazos apresuradamente realizados para borrarla y reconvertirla.

                                   —Sea— fue la última palabra que Eleazar oyó a sus espaldas.

                                   La noche cerrada le trajo, por el Callejón de la Sinagoga, las cadenciosas y siniestras pisadas de la Ronda. E, igualmente, por primera vez en sus veinticuatro años sintió una nueva sensación, desconocida hasta entonces: miedo.

                                   Embozándose en el sayo, se escondió en un postigo de la callejuela hasta que el silencio envolvió el barrio hebraico. Estaba decidido: no agotaría los plazos partiendo, sin dilación, al alba.

                                   Una brisa, fresca, comenzaba a levantarse sobre el laberinto de callejas y pasadizos de la aljama. Mayo, mes del año del Señor de milquatrocientosnoventaydos, estaba acabando. El verano comenzaba temprano en el pueblo de Ambroza. Eleazar Bullera —judío—, dejaría las llaves de su casa a Santyago Cazasá —gentil—,  que le parecía de toda confianza.                            F I N                 Jose A. Bejarano  2000

2007/8/23

Un tren español

 

                                    INTRODUCCIÓN

 

Mosé Acostas miraba, a lo lejos, los afilados minaretes de las mezquitas que recortaban, al atardecer, el cielo sobre el Mármara. Por un instante sus ojos, ligeramente estrábicos tras los gruesos cristales de las gafas, brillaron.

Durante una semana —en el corazón de Estambul— lo había acompañado, aprendiendo de su centenaria cultura, ya que el objetivo de mi visita, en marzo  de 1993, era investigar la procedencia —tal vez de  San Protasio, judería española— de sus antepasados, lugar, asimismo, de mi nacimiento y residencia desde donde posiblemente, aunque sin confirmar, iniciaran el éxodo, a raíz del Decreto de Expulsión de la población judía de España, en 1492.

Al narrarme la historia de sus antepasados y hacer mención de  su breve paso por España durante la guerra civil, conseguí el relato de un episodio que no deseaba, en principio, rememorar: “los terribles días en los arrabales de Madrid”. Mas con la lengua judeoespañola —ladino—, milagrosamente conservada, me lo contó. He aquí, transcrito y adaptado por mí mismo —Aniano Zamorano Corrioles, autor—,  su relato:

 

                                                             1ª PARTE: ORIGEN. EL VIAJE.

 

<< Desde muy joven acudía con mi padre a la Sinagoga de Estambul y allí, leyendo los textos sagrados, aprendía el pasado de mi pueblo. Ocurrió mediado el año 1936 cuando conocí, a través de mi amigo Ismet Tâli, los sucesos que estaban aconteciendo en Europa. En la Sinagoga los debates devenían con frecuencia en acaloradas discusiones a propósito de las persecuciones que los judíos sufrían en el centro del continente. Allí, en la Asamblea, se daban toda clase de pareceres que relacionaban los nacionalismos exacerbados con las doctrinas que favorecían los levantamientos militares en los confines del Mediterráneo; quiénes opinaban que no tenían nada que ver, y los que entendían que los “pogromos” eran algo inevitable, incluso apuntando  como algo positivo la circunstancia de que la Historia fuera manifestándose cíclicamente, de aquella manera, para diferenciar a los judíos de cualquier otro pueblo de la tierra: de nuevo, los elegidos. Y aquellos que, simplemente, hablaban de dictadura o libertad, de izquierdas o derechas, de conmigo o contra mí. Yo me preguntaba, sin embargo, a pesar de que mi porvenir podía estar resuelto —merced a la pequeña fortuna que mi padre poseía— cómo podría demostrar mi solidaridad ante la falta de perspectivas y contra los totalitarismos que se auguraban  para Europa.          

Sin dudarlo más, la mañana del 25 de septiembre  de 1936, con veinte años recién cumplidos —aun en contra de la opinión de mi padre— partí, junto a mi amigo Ismet Tâli, hacia la frontera con Bulgaria.

Al llegar a Sofia mantuvimos una reunión —junto a cinco jóvenes más— en un discreto local del centro de la ciudad, donde fuimos adscritos a una expedición que partió por tren el día siguiente. Siguiendo los consejos de los dirigentes me entregaron una nueva documentación, consistente en un pasaporte búlgaro, a nombre de Bruno Vasanov.

El tren español(*), como alguien comenzó a denominarlo, se puso en marcha. Al fin, con una nueva identidad, iba a conocer el lugar de mis ancestros: la vieja y desconocida Sefarad que, decían, comenzaba a desangrarse.

Durante la lenta travesía por Yugoslavia iba comprendiendo la variedad de gentes, el mosaico que formaba la vieja Europa; al llegar a Zagrev, decenas de nuevos voluntarios, enarbolando rojas banderas, abordaban el tren abarrotando los vagones que iban añadiéndose. Los paisajes cambiaban con el transcurrir de las horas y, desde los Balcanes, íbamos recorriendo las llanuras adivinándose en el horizonte los Alpes que bordeaban Austria. Innsbruck fue una repetición de lo ocurrido en Zagreb con inspecciones y  controles por parte de las autoridades locales. 

Elevadas cumbres, a través de la noche, nos acompañaron hasta Zurcí —el oasis suizo— donde, el 2 de octubre, fuimos aclamados por una multitud, tras los discursos, augurándonos la gloria de la victoria sobre el fascismo. Ismet, de quien no me separaba, hizo notar la ausencia de enseñas y la nula mención al partido al que casi todos decían pertenecer. Mas en aquellos momentos, nadie necesitaba de banderas o consignas, tan sólo caminar en busca del honor o del incierto destino.

Los hermosos paisajes, de verdes e inmensas praderas, fueron testigos de  nuestra entrada en Francia, la frentepopulista, coreada por cánticos y vítores en todos los idiomas europeos.

            París se presentó ante nosotros como una hermosa ciudad, siendo agasajados en la misma Estación Este. Durante tres días estuvimos alojados en unas dependencias del Ministerio de la Guerra, donde nos fueron agrupando por nacionalidades, idiomas y afinidades políticas. Allí conocí a la persona que estaba encargada de reclutar a aquel contingente humano, al que llamaban Broncev(*), quien se movía entre los corrillos de voluntarios hablando animadamente, anunciándonos la pronta llegada a los campos donde se estaba librando, decía, el porvenir de Europa.

París nos despidió con alegría cuando nos dirigíamos caminando hacia la estación de Austerlitz; nosotros correspondíamos con emoción aquellas demostraciones de cariño.

El viaje hasta Cerbère, en la frontera del Sur, a través de onduladas colinas repletas de viñedos y bosques, constituyó para nosotros un auténtico paseo, parando en diversas ciudades hasta llegar a la línea divisoria del país tantas veces nombrado y tantas veces añorado. Cruzamos la frontera, el 9 de octubre, caminando en silencio bajo la curiosa mirada de los gendarmes y la actitud displicente de los guardias españoles >>.

                         

 2ª PARTE: VIAJE. EL DESTINO

            Continúa su relato el sefardita Acostas:

<< El 10 de octubre  estábamos, por fin, en Barcelona, en el país que nos necesitaba y, ciertamente, se percibía el ambiente bélico en las calles. Era continuo el tránsito de vehículos conducidos y montados por ruidosos milicianos cantando, empuñando armas y enarbolando banderas multicolores llenas de siglas y símbolos.

En un largo convoy ferroviario recorrimos la franja costera del Mediterráneo en tanto yo recordaba a mis padres, quienes continuamente evocaban la expulsión y salida de Sefarad “por orden de nuestros señores, el Rey y la Reina”; ¿habría sido tal vez desde aquellas solitarias playas y puertos donde iniciaran la diáspora nuestros antepasados por negarse a renunciar a sus creencias? 

Tarragona y Valencia eran nombres que, hasta entonces, yo jamás había escuchado. El trayecto, en convoyes por carretera, hasta una ciudad asentada en el llano, Albacete, donde unos quinientos jóvenes, en filas, a través de las calles de la ciudad, éramos observados por la multitud silenciosa que nos hizo retornar a la realidad. Al final del largo viaje, un país en guerra recibía a los voluntarios del mundo en ayuda de la República española.

Era, aquella, una tierra árida y fría. Los vítores, recibidos hasta entonces, se fueron extinguiendo para devenir, sin solución de continuidad, en durísimos entrenamientos. De Ismet Tâli, trasladado a otro campo de instrucción, nunca más supe y yo fui alistado de nuevo, ya que mis documentos en caracteres cirílicos de poco me servían y los cambiaron por otro —militar— expedido el 14 de octubre  de 1936, que conservé para siempre. Mi nombre continuó siendo Bruno Vasanov e incorporado como intérprete, por mis conocimientos de turco, búlgaro y, lo constaté inmediatamente, mi arcaico y caduco castellano. Oculté, sin embargo, mis conocimientos del hebreo así como, aunque elementales, del yiddish ya que no deseaba ser identificado como judío turco.

Los recuerdos se hacen más nítidos, pero se me agolpan en la memoria pues todo ocurrió, posteriormente, con rapidez. En Albacete fueron numerosos los personajes, luciendo guerreras con estrellas de cinco puntas, que sucedían a otros de paisano arengándonos, en tanto que nuevas expediciones iban llegando procedentes de diversos  países.

            A partir del primer contingente que llegó a Albacete se crearon las Brigadas Mixtas Internacionales, organizándose la Novena Móvil con los primeros en acudir; fui incluido, junto a los voluntarios eslavos, en el IV batallón, denominado Dabrowsky en honor de un revolucionario polaco muerto en las barricadas del París de la Gran Guerra.

Los días transcurrieron velozmente hasta que, el 4 de noviembre, recibimos la orden de partida; llegaban noticias según las cuales los nacionalistas rebeldes habían recorrido el Oeste de España —desde el Sur— y Madrid estaba en peligro pero allí estaríamos los “internacionales” para su protección. Era el momento de demostrar para qué habíamos dejado atrás tantas  fronteras. Como intérprete cumplí la misión de comunicar, puntualmente, todo aquello que nos era transmitido.

Tembleque, el lugar donde nos estacionamos el día 5, situado en los umbrales de Madrid, estaba en la línea del frente partiendo en dos mitades el país desde hacía cuatro meses, aunque nos aseguraban que llevaba dividido muchos años: yo lo calculé con precisión, cuatrocientos cuarenta y cuatro.    

El ejército levantado en armas estaba, ya, frente a la capital de la República y el Gobierno la había abandonado aquel mismo día, dejando su defensa en manos del pueblo, para trasladarse a Valencia. El comandante Kleber, alias el Canadiense, nos comunicó que, en adelante, seríamos llamados “XI Brigada Internacional” y el comisario Mario Nicoletti nos arengó diciendo que tendríamos el alto honor de ser los primeros en defender la metrópoli”: ¡No deben pasar! ;¡no van a pasar! ;¡no pasarán!”, gritaba.

            El día 7 largas filas de camiones entraron en Madrid, en uno de ellos iba yo repasando, mentalmente, algunos pasajes del Libro de Josué. La ciudad nos recibió cuando un inmenso, triste y ‘frío’ sol declinaba en el horizonte de la planicie.

Al día siguiente desfilamos ante aquel pueblo confiado que no parecía vivir en guerra, perfectamente uniformados con un tabardo hasta media pierna, correaje con cartucheras, bolsa en bandolera y casco, empuñando un flamante fusil-mosquetón. Al anochecer, sin más, estábamos apostados en la Casa de Campo junto a la Cuarta Brigada Mixta ayudando al pueblo madrileño a cerrar el paso del ejército africanista que intentaba llegar, desde tres días antes, al mismo corazón de la ciudad.

Durante una dantesca semana fuimos conquistando y reconquistando posiciones; los enfrentamientos llegaron a ser casi cuerpo a cuerpo contra aquellos hombres, de uniformes unos y con capotes rifeños otros, quienes desde el lado opuesto intentaban el asalto una y otra vez...

            Los edificios, las calles, el entero mundo, iban derrumbándose con el transcurrir de los días. Los blindados T-26 batían con estruendo los arrabales. En el cielo zumbaban con persistencia los Junker en busca de nuestros Moscas Ilyushin, que salían a su encuentro.

No puedo olvidar la fría noche del 14 de noviembre  cuando, cumpliendo ordenes, nos trasladamos hacia el Parque del Oeste, en la orilla izquierda del río Manzanares, a fin de impedir el avance de las tropas atacantes. Durruti, con sus hombres, hubo de retroceder, inexplicablemente y allí nos dirigimos con nuestro comandante, Ulanowsky, ya que las columnas enemigas habían formado una cuña que se adentraba peligrosamente en los barrios más próximos al centro urbano; La XII Brigada Internacional, de Luckács, llegaría más tarde a apoyarnos >>.

                                    

                                EPÍLOGO

                   Concluye su relato el sefardí Acostas: 

            << Al amanecer del 15 de noviembre  de 1936, en medio del fuego cruzado de artillería, mi batallón recibió la orden de reconquistar un edificio que, ironías del destino, llamaban la Sinagoga(*) el cual había sido tomado y guarnecido la noche anterior por una compañía enemiga. En medio de los descampados batidos por la metralla, a rastras por el endurecido suelo, nos acercamos recorriendo un camino aledaño a la cercana Ciudad Universitaria. Nunca lo he podido recordar bien, pero en el momento de iniciar una corta carrera en zigzag hacia los muros de aquel edificio tratando de descubrir algún distintivo que lo identificara noté cómo algo, abrasador y doloroso se introducía en mis entrañas, y con mi mano izquierda taponando la herida sentí la palpitación y suave tibieza de la sangre. Permanecí caído hasta que los camilleros pudieron recogerme. El inmueble continuaba inalcanzable y pude ver, por última vez antes de perder la consciencia, las siluetas que asomaban y se ocultaban tras las destrozadas ventanas, mientras su fusilería y su artillería ligera barrían los alrededores levantando pequeñas y siniestras nubes de polvo, dejando decenas de muertos y heridos.

En un vetusto hospital del centro de Madrid pasé setenta días curando mis heridas siéndome imposible, debido a los efectos de la morfina, pormenorizar dicho periodo. Pero lo más doloroso fue pensar que una semana había sido todo lo que pude ofrecer a la causa abandonando país, creencias, familia y amigos.

En el tren-hospital que me evacuaba a Valencia, el 27 de enero de 1937 —en plena Pascua— me prometí a mí mismo, Mosé Acostas —aún Bruno Vasanov— que alguna vez retornaría(*).       

            Y así, sumido en íntimas sensaciones, el paisaje se iba ensanchando mostrándome, con toda su crudeza, los yermos, inermes y helados campos de aquel terrible invierno de España, mi ansiada, mi frustrada Sefarad... >>.  f i n

                              

 

 

                               GLOSARIO :    

 

(*)SINAGOGA.-  No ha logrado el autor datos sobre la guarnición, defensa, situación exacta y funciones del inmueble. Ahora bien, sin pretensiones de historiador, ha encontrado —fortuitamente y con gran sorpresa— una clara referencia del enclave en una copia de la hoja de servicios de “Martín Zamorano Sil, nacido el 14 de agosto  de 1914 en San Protasio (Salamanca), sargento perteneciente al 1er Tabor del Grupo de Fuerzas Regulares de Melilla nº2 Expedicionario, herido durante la defensa del edificio ‘La Sinagoga’, en Madrid, el 17 de noviembre  de 1936, e ingresado en el Hospital de Griñón (Madrid)”.

            Así pues he aquí la unidad que, sin duda, ocupó el edificio en cuestión. Si bien no hace al hecho relatado —aunque resulta significativa y sorprendente la coincidencia de lugares, y casi de fechas, de las dos bajas, Mosé alias Bruno y Martín— procede señalar que este último falleció meses después como consecuencia de las heridas sufridas en el frente de Guadalajara, pero esta sería “otra historia”.

            (*)TREN ESPAÑOL.- Denominación que se daba a los trenes fletados desde el Este de Europa por (*)BRONCEV, sobrenombre de Josip Broz —mariscal Tito, desde 1945, Presidente de Yugoslavia—, para voluntarios del Partido Comunista con destino a España.

(*)RETORNO.- Según el relato de Mosé Acostas al autor, con posterioridad a su salida de España, recorrió Europa, siendo internado en un campo de concentración nazi, hasta su regreso a Estambul, donde se instaló definitivamente. No tuvo posibilidad de regresar a España.

NOTA DEL AUTOR: Mosé Acostas falleció el 16 de abril de 1995, según pude constatar por medio de la inestimable información de un funcionario de la Embajada de España en Ankara.

 

2007/7/27

EL ÁNGEL DE HUELVA

 

 

                               En algún cajón —quien sabe en qué mueble, de qué archivador, de cuál organismo— debe estar. Sí, allí debe estar tal vez, olvidada para siempre, la medalla que no llegó al pecho del valiente Ángel “de la Guardia” que un día ya lejano en un año de justo mediado el siglo pasado, en una lejana y rosa ciudad, se convirtió en un héroe.

Y es que el Ángel se encontraba de centinela en el puerto (como no podía ser de otra forma) y observó cómo dos críos habían caído desde lo alto del atracadero cerca de los tinglados, a las pro­fundas aguas. Sin saber él mismo nadar, se lanzó a lo más profundo del muelle, cerca de los veleros de pesca que se encontraban atraca­dos a la espera de la siguiente marea.  Y el Ángel, que era de mar adentro, que en aquel momento se encontraba soñando con las cum­bres nevadas de los picachos que circundan su pueblo, se arrojó, sin pensarlo un solo segundo, vestido con la guerrera azul del uniforme de Policía Armada y en las profundidades consiguió asir a los dos mo­zalbetes que se aferraron a su cuello de tal forma que el Ángel a punto estuvo de hundirse con ellos en las oscuras profundidades de la rada.

                        Después de varios, interminables segundos emergieron los tres, siendo sacados trabajosamente por algunos de los pescadores que por allí se encontraban, y la noticia corrió velozmente, con la rapidez que en aquellos años lo hacían las pequeñas noticias en la ciudad le­jana y rosa.

                        Los chavales, a base de juegos, consiguieron olvidar: tal vez hoy, se­guro, son dos padres de familia que viven felices, y probablemente no han desalojado definitivamente de su memoria a quien una vez, con el uniforme, y las botas puestas, se arrojó a las oscuras aguas del muelle. Mientras, el Ángel comenzó su lucha, perdida de antemano, contra una enfermedad que le costaría más tarde la vida.

                        En algún despacho se gestó y se tramitó una condecoración que re­cordase el valor del Ángel. Pero por desgracia, la gran valentía quedó tapada por su fallecimiento y la medalla se olvidó para siempre en algún cajón de cualquier archivador, en cualquier organismo, que la Historia de aquellos nebulosos años cincuenta del siglo pasado consi­guió aplastar y oxidar. Quién sabe si en las hemerotecas es posible rescatar para el recuerdo la posible reseña que quizá se escribió dando cuenta de la distinción que hiciese rememorar el gesto de valor del Ángel y aún hubiese tiempo de trabarla —sus hijos, nietos y so­brinos— en el nicho del cementerio de la Soledad.

                        El tiempo pasa pero no el recuerdo, aunque una pátina de olvido cu­bra cada año un poco más las evocaciones.

                        Sirva este pequeño comentario como toque de atención a los histo­riadores, cronistas e investigadores, a los que escudriñan las vicisitu­des —grandes hechos y pequeñas anécdotas— de los pueblos. Y sirva por si a bien tienen investigar esta pequeña historia, más que nada por ver si aún es posible restituir al Ángel “de la Guardia” —Bejarano Gil— la medalla que se quedó en el camino.

2007/3/3

Eclipse

Era domingo, 1 de abril del año 1764, y Judith Martel recogió rápidamente a su hijo Jesús, de la calle, y casi a empujones lo conminó a meterse en casa. Se santiguó al tiempo que se despedía de las vecinas del Rincón de la Vaca Brava antes de que el Cantón quedase durante una hora completamente solitario. Si los augurios se cumplían —y en la Misa Mayor de la mañana el párroco había sido muy claro al respecto— el fin de los días estaba cerca desde que el sol se oscureciera, a pesar de ser las cuatro de la tarde y la primavera hiciera crecer los días a simple vista.

Dejó al niño en la cocina del fogón grande y no pudo evitar subir azarosa, nerviosa, las escaleras del desván. Hubo de encender uno de los candiles de la sala para no tropezarse por las empinadas escaleras.

Cuando lo tuvo a su alcance un leve sudor, de miedo y de emoción, le corría por la frente. Aquel arca jamás, que ella recordase, había sido abierto. Con un soplo quitó la película de polvo que lo cubría y desprendió el pestillo que se resistía. Cuando lo abrió, descubrió lo que su antepasado había guardado para siempre: el candelabro del sabbat, las filacterias y un pequeño rollo de la Torá que el rabino le había encomendado una vez cerrada la casa de oración de la calle de Abajo hacía muchos, muchos años, tantos como, ahora recordaba Judith, doscientos setenta y dos.

Extrajo con sumo cuidado aquellos objetos del culto prohibido, y no sabiendo qué hacer, por miedo al Santo Oficio y a las iras del preste de Santa María, pidió al Bianeventurado —Yavhé— los librara de todo mal en aquel momento de tinieblas y confusión. Tenía tanto miedo a ser descubierta en posesión de aquellos sagrados objetos, como al incierto futuro que les reservaba el fenómeno que estaba iniciándose en los cielos de Hervás[1], tal y como si de una señal divina se tratase.

Devolvió todo a su arca y la cerró, cuidando de no hacer ruido con el fin de no alertar a Jesús, que de aquel secreto no tenía la menor idea. 

Ni siquiera a Dimas —Dimas Bexar de los Santos—, su marido que a esas horas debía encontrarse en la viña, le comentaría nada.

Al bajar de nuevo a la humilde casa, Judith se percató de que la claridad primaveral  había vuelto a las calles del pueblo. Así pues, dio permiso a Jesús para salir de nuevo y continuar con sus juegos infantiles.

Las vecinas comentaban entre ellas el magnífico y terrible espectáculo y se santiguaban asustadas por el portento presenciado y en agradecimiento de que el Señor había aplazado, una vez más, los males anunciados. 



(1)Hervás, en la provincia de Cáceres, es un pueblo donde habitaron judíos en perfecta armonía hasta 1.492, año de la Expulsión. Todos los nombres de personas y lugares aparecidos en este pequeño relato pertenecen a dicho lugar.

2007/2/8

El legado nº 23

 

                         ©JoseA. Bejarano  2006           

 

Q

uerido David: por fin, y después de mucho pensarlo, he decidido ponerme en contacto contigo. Quizás te extrañe esta carta, dado que nuestra comunicación es fluida, constante y por otros medios, pero de esta manera, tradicional, deseo poder explicarte de manera que me entiendas. Mejor dicho, desearon. Y digo bien, desearon otros por nosotros, y durante muchos años he dado vueltas al asunto, a veces intentando acabar con esta historia que me ha mantenido en vilo, y queriendo olvidar para siempre lo que en principio me parecieron patrañas… Pero no puedo, no deseo ser responsable de ello, no tengo derecho a romper una cadena que comenzó mucho, mucho tiempo atrás.

     Así que he decidido no romper la tradición, y pasártelo a ti, que fue a lo que me comprometí.

                        . . . . . .

 

         Hace tiempo en Hervás[1], exactamente el 20 de febrero de 1972, recibí de mi padre, tu abuelo[2], un sobre y una pequeña caja, cuya procedencia se remonta a tiempos lejanos. En su interior, además del estuche conteniendo una llave y un reloj de arena, hay un cartapacio conteniendo 22 legajos ordenados cronológicamente, en diversas clases de papel, algunos amarillentos, manuscritos con todo tipo de caligrafías. El último, único escrito a máquina, con la Olivetti que mi padre usaba durante horas y horas en casa y con la que redactó el nº 22 dirigida a mí con el mismo cariño con el que yo estoy escribiendo la presente. En procesador de texto Word, como ves.

     No estoy muy seguro de que logres aclararte adónde quiero ir a parar, pero el caso es que he sido el eslabón de una larga cadena y he decidido que seas tú el siguiente. Al tú tener ya un hijo, mi nieto, el que en su día, y si lo consideras, continúe lo ya empezado pues sospecho que posiblemente a él le corresponda llegar al final.

     Las cartas, o legajos, que me he entretenido en “traducir” dicen lo mismo que yo te estoy explicando a ti y están dirigidas a cada uno de los correspondientes sucesores, los Bejarano[3] de nuestra familia, explicando e interpretando los antecedentes (detallados en el primer manuscrito) y que te narraré ―a mi manera, y libremente―, a partir de los datos contenidos en dicho documento:

 

     Todo comenzó el Viernes Santo de 1492, 20 de abril…

Don Valentín de Alvar, presbítero de Santa María de las Aguas Vivas, de Hervás, se dirigía, al comienzo de la tarde, hacia la parroquia a preparar el ceremonial de la conmemoración de la Muerte de Nuestro Señor Jesucristo, cuando al pasar por delante de la casa de Avram Simón, sinagoga de la comunidad judía, el cura creyó observar movimientos extraños, inadecuados para el día en que se encontraban, la Cristiandad de luto y dolorida por la muerte del Crucificado.

     Don Valentín no lo dudó y llamó a la puerta con el fin de reconvenir al rabino. El Edicto Real[4], del que ya tenían referencias, lo dejaba bien claro: “(…)fuimos informados que hay en nuestros reynos é avia algunos malos cristianos que judaizaban de nuestra Sancta Fée Católica, de lo qual era mucha culpa la comunicaçion de los judíos con los cristianos(…)”. Y ellos, los judíos­ ―opinaba Don Valentín― eran los culpables de la muerte que ese mismo día iban a recordar y no le consentiría a aquel Avram que mancillase la Sagrada tarde; no quedaría impasible viendo cómo el rabí organizaba la ceremonia a la espera de la primera estrella del comienzo del Sabbath.

     Eso era lo que estaba haciendo Avram ―un auténtico ejemplo de judío: de baja estatura, tez macilenta y con el pelo negro como el cordobán pero de mirada clara y frontal― sabiendo qué se celebraba ese día en el pueblo y en toda la Cristiandad. También sabía que antes de final de julio habría de optar a una de las dos alternativas que le ofrecía el edicto tantas veces leído las últimas semanas[5]. Se debatía en las dudas, porque le rebelaba que un hervasense como él tuviese que abandonar sus tierras y sus posesiones por el simple delito de profesar la religión que le inculcaron sus antepasados.

     Cuando entró abruptamente el párroco, los dos se miraron fijamente. Se conocían de toda la vida e incluso fueron amigos, pero las cosas habían cambiado en pocos meses. Discutieron acaloradamente. El caso es que en mitad del debate ocurrió algo fuera de lo normal, pues a una hora determinada, las tres de la tarde, exactamente la misma en la que murió Jesucristo Nuestro Señor, un trueno sobrecogedor se abatió sobre aquella casa, sagrada para uno e impía para otro, y los dos cayeron en tierra derribados por un repentino tremor, al tiempo que una voz terrible surgida de las entrañas de la tierra habló, mostrando su pesadumbre por la ola de odio e intolerancia que se había extendido como una mancha de aceite por todo el orbe.

     -El mensaje que os dejo ―vino a decir― lo conoceréis en un instante determinado, a partir de esta hora, minuto y segundo coincidente con la misma en que Dios Nuestro Señor, el Nazareno, expiró en la Cruz 1459 años ha. Desde este mismo instante ―continuó― el engranaje girará sin descanso, y cada diente de la Maquinaria marcará el paso de los segundos[6] hasta la detención del Tiempo en que la luz traspasará la penumbra y se abrirá la gran puerta, siendo imposible franquearla antes de ese momento. Y facilitará el acceso a los arcanos que influirán en el comienzo del principio del fin de los tiempos según las claves que se mostrarán con la luz que incida después del último segundo consumido. Se abrirá ofreciendo a la Humanidad la oportunidad de sobrevivir, ya que en el Tabernáculo Secreto se encuentra yaciente el cuerpo de alguien que, caso de conocerse su identidad antes del tiempo, a buen seguro se producirá el resquebrajamiento irremediable de los grandes pilares que sostienen el mundo, provocando desastres hasta la desaparición total del Espacio, la negación del Tiempo, y la aparición del Vacío y de la Nada. En suma, el Caos.

     Y allí, a buen recaudo, también se encuentra la Piedra de la Energía Infinita, con poderes de una naturaleza tal que contiene un millón de veces la fuerza de todos los hombres juntos, con todas sus máquinas funcionando y sus animales trabajando.

     Estos objetos tan dispares serán los instrumentos que, utilizados con sapiencia, evitarán una época de tinieblas, dando paso, es mi augurio, a otra de claridad y de nuevos tiempos.

     A fin de llevar a buen término la misión es necesario que trasmitáis de generación en generación el legado por medio de vuestros descendientes en línea directa hasta la consumación del tiempo(…)

                       

                        . . . . . .

         Y bien, David, como podrás imaginar, mi sorpresa fue tan grande como la que a buen seguro has de llevarte cuando leas esta carta.

     Te puedo asegurar que no he dejado de pensar en todo lo que te he contado, que habiendo repasado todos y cada uno de los legajos, he llegado a algunas conclusiones, de las que, en parte, te voy a dar cuenta, aunque otras habrás de ser tú, y en su momento tu hijo, quien trate de resolver el enigma antes de que la arena del reloj acabe. Y conste que no quiero asustarte.

     He pasado por alto algunas cuestiones como tratar de averiguar por qué se produjo la revelación… ¿tal vez Dios ―si verdaderamente fue Él― quiso desvincularse de la leyes injustas de los hombres? ¿Con Su arbitraje organizó los plazos y las soluciones a modo de penitencia? ¿Por qué eligió al judío para transmitir un mensaje tan aparentemente prosaico? Vigente el plazo de expulsión ¿asumió esa responsabilidad el rabino, quien al no guardar el celibato era el único que podía legar a sus descendientes? ¿Por qué Hervás? ¿Acaso como humilde ejemplo de convivencia en la España del siglo XV?

 

     No encuentro respuestas a estas graves dudas. Mis observaciones son sobre cuestiones tangibles y de más fácil respuesta que las de carácter metafísico:

 

     El reloj de arena ―a pesar de que se alude a una maquinaria- constituye para mí uno de los objetos más misteriosos de cuantos componen el legado. Si te das cuenta es de una arena tan fina que apenas se ve caer, pero resulta totalmente imposible que un reloj de este tipo contenga casi diecinueve mil millones de granos. Como ves, en la ampolla superior, que ya contiene bastante menos “arena”, hay una F bellamente grabada en el vidrio, y en la inferior una P[7]. Cuando a mi me lo entregaron, no percibía a simple vista que cayera nada, pero al paso de los años, vaya si he visto cómo ha ido vaciándose la parte superior y llenándose la inferior. Y lo más extraño es que, lo coloques de la manera que lo coloques, en posición vertical, en horizontal, oblicuamente, estable o en movimiento, la arena no ha dejado de caer, de lo que cabe deducir que entre uno y otro recipiente está la cantidad que contabilice el tiempo exacto que dice la leyenda, hasta la consumación… cuando se producirá el fenómeno.

 

     Por otra parte, he ido investigando a lo largo de estos últimos años el lugar exacto donde previsiblemente ―yo no estaré para comprobarlo― tendrá lugar el prodigio.

     Tras la lectura y relectura de los documentos, escritos a lo largo de esos quinientos y pico años, con ayuda de algún erudito, pero sobre todo con las indagaciones que cada uno de nuestros antepasados hizo para profundizar en el enigma profético[8], y con un estudio detallado de la historia de Hervás, he llegado a la conclusión siguiente:

     El lugar, indiscutiblemente no puede ser otro que el más alto del pueblo[9], capaz de reflejar en las vidrieras que tiene, los últimos rayos del sol. Es, según el primer documento firmado por Jacobo ibn Simón, hijo de Avram, el lugar donde se bautizó y abrazó la fe de Cristo toda la familia del rabino, adoptando como nuevo apellido el de Bexarano. Dicho lugar, la Iglesia de la Asunción de Nuestra Señora de Aguas Vivas. Su retablo lateral derecho corresponde a la Capilla bautismal y se encuentra milagrosamente intacta desde el siglo XIV, por lo que existe la certeza de que tras el altar existe una oquedad que nadie se ha atrevido a investigar -no sé sabe bien por qué-, y a lo largo del tiempo ha permanecido intacto. Incluso en los convulsos días de la quema de la Iglesia, preludio de la Guerra Civil, la capilla resultó respetada por el fuego. De ahí a creer en la intercesión divina fue todo uno, y en el pueblo fue vox―pópuli que en aquella cripta existía una fuerza superior. Paparruchas, decían los letrados y los cultos, los descreídos y los agnósticos. HAY una fuerza superior, es la conclusión a la que he llegado yo.

     En cuanto a lo que contiene la oquedad, cámara -oTabernáculo Secreto”-, quiero ser muy cauto y no hablar más de la cuenta; sólo puedo decirte que hay documentación sobre una relación entre el Constructor de la Catedral de Plasencia, el Temple y Hervás. En cuanto al “cuerpo yaciente” me he abstenido de indagar demasiado porque en algún momento he sentido algún aliento poco familiar tras de mi. No digo más al respecto. Y sobre la “Piedra de Energía Infinita” si yo te dijera por qué sospecho que un destacamento de la Legión romana X Gemina acarreó a través de la vieja Vía de la Plata cierto mineral extraído de unas minas muy conocidas por ti y que se guardó u ocultó en Hervás –¿por qué?-, pensarías que estoy loco, pero…

     Termino, David; sólo queda una parte importante del enigma, o como quieras denominarlo, y que para finalizar debes resolver tú o dárselo medio resuelto, en el legado nº 24, a Roberto, o bien este, en el futuro, a su hijo. Y es averiguar cuál es el fenómeno que se desencadenará y que dará lugar a lo que el legado denomina el “comienzo del principio del final de los tiempos” o algo así. Yo tengo mi teoría al respecto pero te dejo a ti, y a tus descendientes, la responsabilidad ―no puedo imaginar el desastre si rechazas esta invitación―: qué debe ocurrir un determinado día[10], y a qué hora, cuando justamente el último grano caiga a la vasija P del reloj, y que comenzó la remota Semana Santa de 1492.

     En dicho momento el sol, ya cayendo, se oscurecerá parcialmente, pero volverá a surgir a los pocos minutos, y es en ese intervalo cuando tendrá, quien sea, la posibilidad y la grave responsabilidad de leer las claves que los primeros rayos señalen para posibilitar la apertura de las puertas de la esperanza y de la paz. Ojalá no sea la última oportunidad para el mundo. Así sea.

Recibe un abrazo de tu padre

 

     P.S. La caja con su contenido está depositada, por mi, en una cámara de seguridad de CreditAmbroz ― Hervás, el 24/02/72, el mismo día que decidí trasladarme a Huelva pues no me atreví a sacarla del pueblo. En el momento que lo desees te haré entrega formal de todo ello.

                                  

                              F I N

 

Agradecimientos:

A Manuel Barrancos de la Hoz, arquitecto e historiador, que me proporcionó datos inéditos y “secretos” sobre Hervás.

Al abuelo materno de David, D. José Álvarez Hernández, por su asesoramiento sobre la pequeña historia “del pueblo”.

Por último, al Excmo. Sr. Shlomo Bejarano, de la Casa Sefarad, de Estambul, por su disposición y generosidad. También por su sabiduría.

nasastros.org

 

 

 

 

 

 



[1] Hervás (Cáceres), situado en las estribaciones de la Sierra de Béjar, contaba hasta el siglo XV con una población judía, en perfecta convivencia con la cristiana. Lugar de nacimiento del autor de este Legado nº 23.

[2] Francisco Bejarano Gil falleció dos días más tarde.

[3] Los legajos están firmados por los Bejarano, pero también por Bexarano, Bejerano, Bicerano y similares. El primer documento, por el contrario lo está por “Iacobo ibn Simón, en absencia de Avram”.

[4] Dada en la çibdad de Granada, treynta e uno del mes de Marzo, año del Nasçimiento de Nuestro Salvador Jesucristo de mil quatroçientos é noventa é dos. Yo el Rey. Yo la Reyna, Yo Juan de Coloma, secretario del rey de la Reyna, nuestros señores, la fiçe escribir por su mandado.

[5] Abraham Simón debió de partir solo al destierro a principio de 1.493, quedando en Hervás el resto de la familia, los conversos Bejarano.

[6] 18.613.333.860 son los segundos que median entre las tres de la tarde del Viernes Santo de 1492 y la hora de la fecha final.

[7] Simplemente, F de futuro y P de pasado. ¿Qué otra cosa podría significar?

[8] Obsesionado con este tema, mi padre intentó ponerse en contacto con el Gran Rabino de Constantinopla a través de Radio Pirenaica. Sin éxito, que yo sepa.

[9] En uno de los documentos datados en el siglo XIX, encontré las coordenadas 40º16’28” N 5º51’31”O, correspondientes a la situación exacta de la puerta oeste de la Iglesia de Hervás.

[10] No quiero asumir la determinación de la fecha exacta del evento, que imagino no tendréis problema para calcular. No deseo induciros a un error que podría resultar fatal.