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2009/7/4 Francisco Bejarano Gil (mi padre). El abuelo.F R A N C I S C O B E J A R A N O G I L Francisco Bejarano Gil (mi padre) En vista de cierto interés de algún niet@ por su abuelo, aquí pongo su fotografía por si alguno está interesado en descolgar la imagen, y haga el uso que crea oportuno. 2008/12/21 Navidad a dos bandas y a dos cartas (Primera)A: Amós López Bejarano Callejón de San Ginés, 3 (Corrala) Madrid
DE: Francisco Bejarano Gil 2º Tabor de Melilla Expedicionario Desde las trincheras del Parque del Oeste
Frente de Madrid, 13 diciembre 1936
Querido primo Amós: espero que al recibo de la presente te encuentres bien, yo, qué quieres que te diga, ando así, así, pero dadas las circunstancias dando gracias a Dios. Escribo esta carta porque no pierdo la esperanza de ponerme en contacto contigo, y recordar, al menos mientras escribo, las estupendas navidades que pasamos juntos en nuestros años de niñez en Madrid. Esta es una carta escrita al vacío dado que no estoy seguro de nada, no te puedo ser muy claro porque sé, por la propaganda que hasta aquí nos llega, que Madrid está lleno de espías y que la censura no las deja llegar tal y como se escriben. Pero me arriesgaré. Esto que estoy haciendo, según nuestro amigo Conrado (¿te acuerdas de él?), es una autentica locura. Desde aquí, junto al Parque del Oeste puedo ver nítidamente los descampados de cuando tú y yo nos acercábamos hasta La Latina a casa de Ángel a por el aguinaldo tal y como es costumbre en estos días que se avecinan. Esta es la primera Nochebuena que la vamos a pasar separados y es para mí un doble sinsentido este fregado en el que unos y otros nos han metido. Se dice que han llegado hasta Madrid miles de voluntarios extranjeros de todas las partes del mundo para ayudar a la República. Se dice que se está preparando desde la capital una gran ofensiva del Frente Popular con el objeto de paralizar nuestro avance con el que impedirnos liberar Madrid del comunismo y del caos en que os tienen sumido. Amós, yo confío en que tus ideales no hayan cambiado en nada y que estés empeñado, como yo, en expulsar de España a todos los que han querido cuartearla y venderla al comunismo internacional. ¿Recuerdas, Amós, cuando, hace un año, estuvimos en la Cava Baja la misma tarde de Nochebuena y entramos en la tasca de Caminero, y bebimos vino de San Martín de Valdeiglesias, y comimos chistorra de Salamanca, y algunos mazapanes del Zocodover que le escamoteamos a tu madre? ¿Recuerdas que salimos a la calle y entre los vapores de la borrachera nos pusimos a cantar coplas y villancicos de Extremadura? ¿Recuerdas cómo nos conjuramos y prometimos afiliarnos los dos y pasear con nuestros bonitos uniformes azules por el callejón de San Ginés mientras entre canción y canción íbamos contándonos historias de amores entre tú e Isabel, y Celia y yo? ¿Y recuerdas, primo, cómo nos detuvo en Pontones aquel carabinero malcarado que nos abroncó por celebrar una fiesta “fascista y burguesa” –¡a nosotros llamarnos burgueses aquel hijo de Satanás… a nosotros, que nuestros padres se levantaban a diario a las cuatro de la mañana para irse al Manzanares a pescar una cuantas carpas para venderlas en San Miguel a media mañana, y luego dedicarse a ayudar al padre en la carpintería de la Ribera Curtidores!. ¡A nosotros nos fue a llamar fascistas, sin saber ese ganapán que al igual que él posiblemente estamos en contra de las muchas cosas que han ido pudriendo la convivencia hasta llevarnos a la actual situación! ¿O es que, seguramente al igual que muchos de ellos, no estamos en contra de los banqueros, los terratenientes y los “militronches” y capitostes? ¿Y de los especuladores, de los empresarios que explotan miserablemente, y también de tantos curas y obispazos de pacotilla que no saben quién fue Cristo? Al menos eso es lo que nos movió -¿recuerdas?- a escuchar con atención las palabras nuevas que a nuestros oídos sonaban a música celestial. Una nueva era se nos prometía de la mano de un joven como nosotros… Perdóname, primo, que con esta carta trate, al menos, de hacerme la ilusión de revivir aquellos días ya pasados, aquellas Navidades que los dos celebrábamos, de recordar las bebidas, y las comidas, y las horas de camaradería con la ilusión de revivir unas fiestas que desde nuestra más tierna niñez hemos pasado juntos entre los fríos de las calles de Madrid y el amor de las fogatas de los descampados de los Carabancheles y las estufas de picón en las corralas de nuestros padres. Pero las cosas, por desgracia, ya no son como eran. En un año, sólo en un año, nuestra Patria se ha partido en dos. No voy a entrar en la temeridad de culpar a unos o a otros, o al Lucero del Alba, pero para mí está clarísimo que la situación es producto de la incapacidad de nuestros políticos, y de la cantidad de veneno que poco a poco se ha ido apoderando del pueblo hasta la muerte. Pobre España, primo… Como hace casi un año que no nos vemos, te escribo con la esperanza de que aún continúes dentro de nuestro querido Madrid. No sé si esta carta te llegará, espero que no caiga en manos indebidas, pero te diré que me encuentro en el interior de un parapeto. Desde aquí, cuando levanta la jodida niebla, puedo ver Pintor Rosales, y a la derecha los paredones y muros del Palacio, y los jardines Sabatini, donde tantas tardes hemos zascandileado. Aunque no estoy muy seguro de lo que voy a decirte, creo que, desde que estamos cercando Madrid, al poco del Alzamiento, el ánimo entre las tropas está decayendo pues desde que nos arengaron con que tomaríamos café en Gran Vía con el general Mola el 25 de agosto -¡já!, hace ya para un mes largo de ello-, mucho me temo que esto se alargue por que el ultimo macutazo que corre de parapeto en parapeto es que nos mandan a atacar Carabanchel Bajo y las Charcas de Morata, con estratagemas de distracción, y que tenemos que avanzar hasta el puente Segovia pero sin cruzarlo; así que figúrate tú el cabreo monumental entre la tropa, que estemos hasta los ojos de barro y de arrástranos por el fango de estos arrabales para que te dejen con la miel de Madrid en los labios. En fin, ellos, el general Varela, el que manda todo este tinglado, o el Lucero del Alba sabrán qué es lo que hacen. Pero el teniente coronel Barrón, te lo digo yo de buena tinta, está que se sube por las paredes. Mientras tanto, aquí estamos viendo cómo cada día, según Radio Macuto se pasan patriotas a nuestro bando puesto que no aguantan más en Madrid. Me imagino que tú estarás, a la fuerza, enrolado en alguna unidad del ejército republicano. Procura cuidarte y pedir a Dios, como hago yo cada día, que esto acabe pronto y podamos pasar las Navidades en casa de tus padres. No me gustaría por nada del mundo encontrarme, en las trincheras de enfrente, con mi querido primo cubriéndole las espaldas a Miaja, a Durruti (de quien hablan y no paran) o a algún comisario político de Moscú, porque entonces, con todo el dolor de mi corazón no tendría más remedio que disparar. Antes de marchar al pueblo, quiero llegarme hasta una casa en Madrid a dar el pésame por el horrible crimen que hace poco han cometido. Nuestro líder, nuestro guía, ya no está con nosotros. No es menester que te diga el nombre para no comprometerte, pero tú debes estar mejor informado que yo, y con pocas palabras... Sabes, ayer escuché que el pasado viernes 27 se pasaron a nuestras filas un capitán de la Mehal-la de Larache con su mujer y su hijita. Que pudieron pasarse porque se disfrazaron de aldeanos. La verdad es que cuentan y no acaban de las tropas de las tropas de África, y me estoy pensando si pedir destino para entrar en “calor” porque esta inactividad, viendo a los demás pegar tiros y nosotros de “mirandas” es que no me va nada, pero que nada, en absoluto. También se rumorea algo de la deserción de un piloto de un Junkers, el muy traidor que se ha pasado a vuestras líneas, pero esto sí que es macutazo y con estas cosas debemos tener cuidado, por la Quinta Columna lo digo. Te cuento que para quitarme la modorra me han propuesto de cabo, que aunque no sea una bicoca en estos tiempos que corren, no voy a decir que no. A ver si es verdad que pronto entramos en acción y acabo por olvidar una puñetera tos que desde hace unos días no me deja vivir. Y es que, ya lo podrás comprobar, hace un frío del demonio. Bueno, primo Amós, te estoy escribiendo a trancas y barrancas, pues esta misiva la empecé el 1 de diciembre, y hoy ya estamos a 9 así que me voy a despedir deseándote que si antes no nos vemos y no podemos pasar unas Navidades como todas las que hemos pasado juntos, al menos nos podamos encontrar o tomarnos unos chatos de vino en cá Saturnino el de Cava Baja, si puede ser antes del 30 de enero, que cumplo 24 años, y me gustaría celebrarlo contigo antes de reunirme en Hervás, con Celia, con quien me pienso casar en cuanto termine esto. Allí fue donde me pilló el Alzamiento y formalicé mi alistamiento como voluntario. Y allí me voy a alistar voluntariamente en “otro asunto”. Gracias, Amós, espero que hayas sentado cabeza en estos meses y hayas sabido elegir, si has tenido ocasión, lo que más te convenga. Te abrazo y deseo para mis tíos, que tampoco sé nada de ellos, lo mejor, y desde este lado de las trincheras del Parque del Oeste pido a Dios por ti, por tu familia, por Madrid y por nuestra España. A lo lejos vemos movimientos de carros de combate rusos (dicen) que vienen servidos por lo peor de Europa, aunque me imagino que no todos los macutazos pueden ser verdad al cabo de la calle. Feliz Navidad, si ello fuere posible, y Arriba España. Paco Post data: Hago entrega de esta carta a M.F.D. (del Batallón de Transmisiones de las Mehal-las) que parte para una incursión en Madrid por sorpresa. Con instrucción de destruirla en caso de peligro o para depositarla en el primer buzón que encuentre. Carta a dos bandas y a dos cartas (y última)A: Francisco Bejarano C/Collado, 11 Hervás (Cáceres)
DE: Amós López Bejarano París 10 marzo 1938
Apreciado Paco: Estás loco de atar. No podía ser otro más que tú. Tú y tus chiquilladas de siempre. A nadie, en ninguno de los frentes de España, se le podía ocurrir escribir una carta como la que recibí a mediados de enero de 1936. A nadie con dos dedos de frente se le podía ocurrir, en pleno conflicto como el que estamos inmersos aún, escribir desde el asedio de Madrid a un familiar (yo), relacionándolo nada menos que con Primo de Rivera. Pudiste organizar la intemerata con tu dichosa manía de escribir todo, todo, lo que te sale de tu cabeza loca. ¿Pero cómo se te ocurrió escribirme contando, con pelos y señales, los inminentes movimientos de la unidad en la que te encontrabas adscrito? ¿No se te ocurrió pensar que pusiste en un grave compromiso al compañero a quien encomendaste la dichosa carta, y que si lo llegan a cazar, le forman un Consejo de Guerra sumarísimo, los tuyos por alta traición o los míos por espía? En fin, Paco, mi querido primo, después de todo no puedo por menos que estarte muy agradecido porque es público y notorio que tu ingenuidad es innata en ti. Te agradezco enormemente tu carta y te advierto que yo no tengo tan claro que esta llegue tal y como milagrosamente llegó a mis manos la tuya. Yo no puedo ser tan explícito como lo fuiste tú conmigo. Sólo puedo decirte, y espero que lo sepas entender, que me he visto obligado -sí, obligado-, a adaptarme a las circunstancias, a tragar con muchas cosas que en principio no era capaz de digerir (nunca olvidaré nuestros encuentros clandestinos con P.R.) pero yo, al contrario que tú, me he encontrado en el lugar equivocado en el momento equivocado. Es, al menos, lo que yo opinaba en aquellos tristes momentos en que desde las calles de Madrid, de tu Madrid, se veía venir la catástrofe. Una buena mañana nos despertamos con la noticia de que habíamos entrado en una espiral infernal, en que ya nada ni nadie podía dar marcha atrás. La semana previa a la asonada militar todo se tiñó, repentinamente, de sangre y cada uno de nosotros sacó lo peor de sí. Las noticias de vuestro lado, como podrás suponer, fueron mucho peores. Y nos vimos obligados a presentarnos en las oficinas de leva que inmediatamente los partidos, sindicatos y el propio gobierno abrieron para el alistamiento. Madrid se convirtió, de pronto, en una ratonera de la que me fue imposible escapar. Mi amigo Luciano, que trabajaba en la embajada francesa, me proporcionó un salvoconducto para, a través del país hasta la frontera pirenaica, y desplazarme por Francia. Pero no logré pasar el primer control en la carretera de Barcelona, antes de llegar a Alcalá de Henares. Luego llegó el fregado de Guadalajara y … Lo intenté por la carretera de Valencia, pero el resultado fue el mismo, aunque logré avanzar hasta el límite de la provincia de Cuenca, pero cuando no era un control de CNT, era del POUM o de cualquier pandilla de pelagatos con ínfulas de Guardianes de la Revolución con pistolas al cinto. No lo volví a intentar. Me dije lo del refrán, si no puedes con el enemigo… y desde entonces, últimos de julio del 36, pertenecí al Sindicato de Escritores y Periodistas Antifascistas de gacetillero, trabajando para El Sol, redactando noticias que si yo te contara… pero había que vivir, así que mejor no te cuento lo alejado de la realidad en que tuve que reconvertir algunas noticias, sobre todo en cuanto a lo que a noticias del frente se trataba. Gracias, Paco, por tus deseos de felicidad para las Navidades que me vi obligado a pasar en Madrid. No acierto a referirte con exactitud el ambiente que se vivió durante esos días. Todo fue como si por decreto se hubiera proscrito la festividad del Nacimiento para convertirla en una fiesta cuasipagana en lo que se mezcló la reivindicación proletaria, militar y cívica con algunos retazos de festividad inexcusablemente religiosa. Dios no fue invitado, pero hizo notar su presencia a nuestro pesar. Algunas veces fue de locos, figúrate que la Nochevieja se celebró en Sol al toque de ¡¡doce cañonazos de una pieza de artillería!! Por lo demás, pues ya imaginarás: hambre y cartillas de racionamiento, y para cenar la Nochebuena decentemente, mi madre tuvo que vender una alhaja que yo le traje de mi viaje al Amazonas. Por tu carta vi dónde te encontrabas encuadrado, y como tenía noticias fidedignas -en todo momento tuve acceso a la información de dónde se encontraba tu unidad, dado que estuve en contacto con un alto jefe del ejercito (M. Matallana)- de todos los movimientos del “enemigo”, te digo que te sentí muy cerca, pero no precisamente en el frente de la Ciudad Universitaria, que tuvisteis que dejar por imposible, sino triscando, a buen seguro, por los cerros y vegas del rio Jarama, donde, como comprobarías, se armó la de Dios es Cristo y si por ventura te las hubiste de entender con las Brigadas Internacionales, al menos deseo que salvaras la vida, que no lo sé. Por avatares del destino y de la guerra, conseguí un empleo en el Departamento de propaganda de la Presidencia de la República, y acabé saliendo de naja en uno de los últimos convoyes del gobierno. Desde Madrid a Valencia, y un viaje por mar, para desembarcar en Marsella. Ahora me encuentro en París, sin ánimos de continuar en España. Imagino que continúas en el frente con alguna estrella de oficial que bien sé que mereces. Ojalá el destino vuelva a hacer que nos encontremos de nuevo, en un mundo mejor, y lo digo porque no tengo grandes esperanzas de que España vuelva a ser la misma. Mi madre, de la que nada sé, espero que si entráis en Madrid, mires de echarla una mano, el caso es que en el fondo estoy deseando que rompáis el cerco y te acerques a verla. Aunque para mí sería la condena a no poder volver a abrazarla jamás. Mi padre falleció. Estoy colaborando con algunas organizaciones de lucha contra el fascismo, pues Europa está en peligro. Estoy tentado de viajar a la tierra de los soviets y me han ofrecido, ya sabes de mis conocimientos de geografía, dar conferencias sobre mi especialidad y ayudar así a contener la ola nefasta que se avecina. Ya te contaré algún día. Salud, Paco, espero que si has salido de la cruel guerra que asola España, hayas conseguido unirte a la hermosa Celia y formes la familia con la que siempre has soñado. Hasta la vista, primo, amigo. Hasta siempre. Amós
Pd: te envío esta carta a Hervás. Adónde si no. 2008/11/27 Mi padre, a mucha honra...Acabo de escuchar la noticia de que, en un pueblo de Valencia, han cambiado el nombre de una calle: la de Jose Antonio Primo de Rivera ha pasado a denominarse calle de Barack Obama.
Como la catetez, la gilipollez, y el papanatismo parecen no tener límites en algunos politicastros de nuestro santo país, me he decidido a sacar del baúl de la Memoria, de la mía, una serie de fotografías y quitarme de encima la especie de pudor que sentía en mostrar unas fotos cuyo protagonista es un ser muy querido para mi.
Todos los sentimientos que ahora me embargan quiero conjurarlos dando a conocer una parte muy íntima de mi vida, de mi niñez, de la educacón recibida y dejar de sentir temor al qué dirán.
La Red es Libertad. Y lanzo estas queridas imágenes a la red, y que el espacio virtual sea el lugar donde estas queden a la ventura. No pienso mover un dedo para paralizar la deriva que merece.
SUELTO AMARRAS... Y QUE TU TRAVESÍA SEA ETERNA, FRANCISCO BEJARANO GIL, PADRE.
2008/11/1 MIS MUERTOSAbuela Valeriana (Neila Sánchez): en su casa nací, en su regazo me crié, con sus meriendas de pan y chocolate me alimenté, sus regañinas me educaron, sus caramelos calmaron mis toses nocturnas, su bondad me conmovió...
Abuelo Amancio (Mártil Castellano): su laboriosidad, su ejemplo, su actitud ejemplar hasta el final me asombraron. Y sus rebanadas de pan con vino, azucaradas, me enseñaron la exquisitez de lo sencillo (y de lo prohibido). Con los dos aprendí a vivir largas noches de radio y lumbre (con manotazo incluido para que dejara de tocar las brasas encendidas y de remover el fuego). Y con ellos despedí algunos años justo a las diez de la noche robando dos a la Nochevieja.
Tios Emilio y Gaspar (L.G.): hermanos, llevando Cataluña y Extremadura en sus sangres. Ferroviario de apeadero y de Estacion de Francia el uno y presidente Alcalde en tiempos nada fáciles el otro. La socarronería y la seriedad, de Emilio y Gaspar, en este orden.
Tías Alicia (Cr) y Cele (Cl): Una en mitad de la pradera, llamando a Joseluis y la otra tras el mostrador afanada en la librería. Grato recuerdo de ambas.
Tía Emilia (L): la aparentemente dura, la estricta, que no tanto. La siempre-presente. La que se fue, siempre sola. Cuántas tardes en el jardín de su casa...
Pepe (S.) e Isabel (HB): un lugar preferente en mi corazón. De ella, su sangre transfundida a mi cuerpo maltrecho y arrebatada de las garras de la enfermedad y muy posiblemente de la muerte, gracias a ISABEL. Gracias. De su marido, Pepe, el cariño que nos profesamos mutuamente dándole la ilusión de tener el hijo que nunca tuvo.
Amós López Bejarano: Con reservas incluyo en esta lista al mítico primo Amós, el desaparecido sin rastro en la vorágine de la maldita guerra civil. La esperanza, tal vez vana, es que algún día aparezca alguno de sus descendientes, tal vez un americano, tal vez un eslavo. Cualquiera sabe...
Tios Ángel (BG) y Asunción (MG): si hay algún ejemplo de la vida dando vueltas y el mundo girar, y creemos en la conjunción de planetas y en su influjo sobre todos nosotros, mis tios son un claro ejemplo de ello. Gran parte de lo que soy, de dónde estoy, y porqué, es culpa (maravillosa culpa) de ellos dos. Reposan juntos en esta tierra, en el cementerio de La Soledad y cada día que paso por sus puertas, que son muchos, tengo un recuerdo para ellos. Sus puertas, en vida, nunca olvidaré cuando se abrieron para mi, en La Navidad y en la Carretera de Sevilla y Federico Mayo.
Mercedes Francisca (AH): Mi suegra, sí. Que falleció plácidamente, pero con la pena de no haber asistido a algunos eventos familiares, como la boda de su nieto y el nacimiento de su tercer bisnieto, a los que tenía derecho después de una vida de sacrificio y laboriosidad. Ejemplo que su hija, mi mujer, quiere continuar.
Mi padre, FRANCISCO BEJARANO GIL: nos dejó con la edad que yo tengo ahora y mis sentimientos hacia él son encontrados, que no quiere decir contradictorios o negativos. Lo conocí poco y tengo escasos datos que ayuden a formarme un juicio exacto. Vivió, creo, en una continua lucha, interior, que a la postre imagino fue lo que le mató. Hizo lo que pudo, pero estoy completamente seguro que con plena convicción de conciencia. Siempre, como no puede ni debe ser de otra forma, me acompañará a través de su recuerdo y de su memoria. Y de lo que fue, sin renegar de su pasado, por mucho que lo pretendan algunos políticos bobos. Solemnemente...
descansa en paz, papá.
DESCANSAD, TODOS, EN PAZ
2008/5/30 El Ángel de HuelvaEn algún cajón —quien sabe en qué mueble, de qué archivador, de cuál organismo— debe estar. Sí, allí debe estar tal vez, olvidada para siempre, la medalla que no llegó al pecho del valiente Ángel “de la Guardia” que un día ya lejano en un año de justo mediado el siglo pasado, en una lejana y rosa ciudad, se convirtió en un héroe. Y es que el Ángel se encontraba de centinela en el puerto (como no podía ser de otra forma) y observó cómo dos críos habían caído desde lo alto del atracadero cerca de los tinglados, a las profundas aguas. Sin saber él mismo nadar se lanzó a lo más profundo del muelle, cerca de los veleros de pesca que se encontraban atracados a la espera de la siguiente marea. Y el Ángel, que era de tierra adentro, que en aquel momento se encontraba soñando con las cumbres nevadas de los picachos que circundan su pueblo, se arrojó, sin pensarlo un solo segundo, vestido con la guerrera azul del uniforme de Policía Armada y en las profundidades consiguió asir a los dos mozalbetes que se aferraron a su cuello de tal forma que el Ángel a punto estuvo de hundirse con ellos en las oscuras profundidades de la rada. Después de varios, interminables segundos emergieron los tres, siendo sacados trabajosamente por algunos de los pescadores que por allí se encontraban, y la noticia corrió velozmente, con la rapidez que en aquellos años lo hacían las pequeñas noticias en la ciudad lejana y rosa. Los chavales, a base de juegos, consiguieron olvidar: tal vez hoy, seguro, son dos padres de familia que viven felices, y probablemente no han desalojado definitivamente de su memoria a quien una vez, con el uniforme, y las botas puestas, se arrojó a las oscuras aguas del muelle. Mientras, el Ángel comenzó su lucha, perdida de antemano, contra una enfermedad que le costaría más tarde la vida. En algún despacho se gestó y se tramitó una condecoración que recordase el valor del Ángel. Pero por desgracia, la gran valentía quedó tapada por su fallecimiento y la medalla se olvidó para siempre en algún cajón de cualquier archivador, en cualquier organismo, que la Historia de aquellos nebulosos años cincuenta del siglo pasado consiguió aplastar y oxidar. Quién sabe si en las hemerotecas es aún posible rescatar para el recuerdo la reseña que quizá se escribió dando cuenta de la distinción que hiciese rememorar el gesto de valor del Ángel y hubiese tiempo de trabarla —sus hijos, nietos y sobrinos— en el nicho compartido con su esposa, del cementerio de la Soledad. El tiempo pasa pero no el recuerdo, aunque una pátina de olvido cubra cada año un poco más las evocaciones. Sirva este pequeño comentario como toque de atención a los historiadores, cronistas e investigadores, a los que escudriñan las vicisitudes —grandes hechos y pequeñas anécdotas— de los pueblos. Y sirva por si a bien tienen investigar esta pequeña historia, más que nada por ver si todavía es posible restituir al Ángel “de la Guardia” —Bejarano Gil— la medalla que se quedó en el camino. F I N
2007/11/3 Sala de embarqueAquella tarde, Omar, había bajado a más profundidad que nunca. El ingeniero jefe de la obra, un pez gordo de la empresa subcontratada por el Ministerio de Obras Portuarias, se había empeñado en que debían revisarse las grapas que mantenían unidos los colosales bloques de hormigón colocados, allá por los años de Primo de Rivera, cuando la construcción de la escollera del viejo muelle. Omar, que nunca se lo pensaba dos veces, se embutió el traje de neopreno ultraligero de última generación, absolutamente estanco, impidiendo entrar el agua, helada sobre todo en invierno, recientemente comprado en el Perú; y con las botellas de gases comprimidos, a la espalda, se arrojó a las profundas aguas del puerto. En días pasados un temporal de poniente había batido las costas de la isla y las aguas, normalmente con óptima visibilidad, se encontraban turbias, de tal manera que, a cuarenta y cinco metros según su reloj-cronobarómetro, no veía absolutamente nada y el haz de luz que emitía su linterna chocaba contra la tenue capa de lodo que formaba una emulsión con el agua. Sin embargo, revisó las enormes grapas, algunas de ellas tan deformadas debido a la herrumbre y el óxido, colocadas ochenta años atrás por buzos de escafandras tipo “veintemileguasdeviajesubmarino”, que más bien parecían alambres sin la menor consistencia. Más tarde habría de emitir un informe sobre el estado de los grapones, aunque sabía que, sin remedio, habrían de cambiarlos por otros de una aleación especial, inalterables a los cloruros y a otras sales y organismos marinos que contiene el agua de aquél puerto mediterráneo. Con una risa cómplice, solitaria, un poco ridícula si alguien lo estuviese observando —que le obligó a consumir más aire—, pensó que aquella era una buena noticia; para él y para Atalía, su esposa preñada, como estaba, del primer hijo. A Omar aquella inmersión imprevista no le hizo la menor gracia; por la mañana, al sumergirse, un pequeño incidente en la válvula reguladora provocó que la mezcla gaseosa que le proporcionaba la respiración, se alterase por unos minutos y sintiera algo así como un ligero vértigo parecido a una borrachera que lo asustó ‑por vez primera‑ y saliese a toda prisa a la superficie. Fue un error. El grueso cabo que ascendía hasta la superficie estaba a medio metro de él y se asió con fuerza. Deseaba salir cuanto antes y el pánico que sintió estuvo a pique de llevarlo a la cámara hiperbárica. Y lo hubiera hecho de no ser porque —maldita sea—, las letras del apartamento apretaban y no era cosa de pasar varias horas, preciosas, encerrado en aquél claustrofóbico artilugio, a solas con sus pensamientos. Prefería la soledad de un inhóspito paisaje marino, a veinte metros de profundidad, en una obra de envergadura rodeado de cabos del grosor de un brazo, gigantescas cadenas o ciclópeos bloques de hormigón en los fondos de cualquier ensenada que soportar la asepsia de aquellas terribles, aunque salvadoras, cámaras herméticas donde los pensamientos —los buenos, pero también los malos— se hacen más nítidos, mientras la sangre va poco a poco volviendo a los niveles normales, libres de las asesinas moléculas de inertes gases indeseables que le pueden conducir, irremisiblemente, a la embolia y a la muerte. Ahora lo estaba pagando: un dolor se le había incrustado, como si le hubiesen clavado una fina y afilada aguja, exactamente en la unión del deltoides y el acromión de su hombro derecho. Y sabía que podía ser una grave lesión, tanto como la rotura del menisco para un futbolista. Miró, nervioso, su reloj donde le marcaba los parámetros profundidad-tiempo, una especie de catecismo bajo el agua, pues aunque los conocía de memoria, también sabía, por los compañeros veteranos, que precisamente uno de los síntomas del mal de las profundidades era imaginar, en una especie de euforia exagerada, que siempre se podía ir un poquito más allá en el tiempo de permanencia, y que una de las reglas elementales de aquella profesión era, precisamente, no fiarse de las propias fuerzas y seguir, a rajatabla, las indicaciones de aquella relación de atmósferas, metros y minutos. Así que dio media vuelta, tomó con sus manos enguantadas el cabo que lo unía al barco nodriza y ascendió hasta la jaula DOS: —Menos tonterías —recapacitó mientras ascendía—, y vamos a hacer las cosas como es debido. Se introdujo en la jaula y permaneció durante treinta minutos, aunque las tablas de presión, después del trabajo realizado, le marcaban veinte en la primera fase y diez en la última descompresión. Durante la media hora, a treinta metros de la superficie, para que el tiempo se le hiciese más corto, se dedicó a pensar y a recordar las vueltas que da el mundo, su mundo; y las que da la vida, la de cada uno, la suya en especial. Quién se lo iba a decir a él, nacido en una ciudad en mitad de la provincia de Cáceres, donde el único agua que conocía era la del pantano a donde su abuelo le llevaba a pescar black-basses; donde su afición favorita era montar el trotón bayo que su padre le compró en la feria de la comarca y cada tarde se iba a recorrer la llanura a galope tendido, en dirección al sol poniente, hasta que la oscuridad envolvía la llanura y las cepas de las viñas, pegadas a la tierra en kilométricas hileras, parecían difuminarse. Y volvía a casa, donde su madre, nerviosa, lo esperaba impaciente. Le gustaba recordar aquella época de su vida, y se reía soltando, a borbotones, una escandalosa catarata ascendente de burbujas desde las botellas, recordando que el pantano Marchico, el de los “blases”, estaba a cuarenta kilómetros de la casa paterna. Y ahora, sólo doce años después, veía pasar a su lado todo tipo de bichos marinos: lubigantes y róbalos; congrios y pequeños marrajos; sepias despistadas y también alguna bella y sofisticada medusa transparente, de largos tentáculos a modo de hopalanda, contrayéndolos y estirándolos mientras se aleja pasando a unos centímetros de las gafas ovaladas de Omar. Pero también recuerda la silueta de algún que otro cefalópodo —no son santos de su devoción—, apostado tras la masa de coral, observándolo con cara de mala “follá”, aunque a alguno de ellos —pulpito, eso sí— ha conseguido acunarlo en sus brazos como si, justamente, fuese un niño chico. Y es que aún recuerda cosas de sus primeras inmersiones, de sus sorpresas y descubrimientos —vaso púnico intacto, escamoteado (las Cartas, de Pérez Reverte tienen la culpa)— pero también de los aún no del todo alejados miedos a las soledades. Subió a la siguiente etapa de la descompresión en la jaula UNO. Diez metros —quince minutos— le separan sólo de la superficie y a esa profundidad pudo ver que las aguas se volvían más claras hasta dejar ver la silueta del casco del barco perfectamente perfilada balanceándose, y, entonces se dio cuenta que el sol estaba poniéndose tras el Cabo Canestío. Omar recordó que hubo de salir zumbando de la meseta —no quiere, ya, pensar en el trágico accidente de tráfico en la bajada del Puerto de Mirabén— hacia la isla que le serviría de refugio. En aquél pequeño edén luchó a brazo partido. En los primeros tiempos, sirviendo copas en los bares de la playa; más tarde, guía de guiris teutones en una patera reciclada, con velas de segunda mano, a la que puso el nombre de “Extremar”, dando vueltas a la ensenada. Pero lo tuvo que dejar desde el mismo día en que, desde una "zodiac", la guardia civil del puerto de Torrestío —en aplicación de la Ley de Extrañería— le pidió los papeles. Pero no pudieron con él, ingresó en una academia de buceo donde obtuvo la licencia ganando, por la cara, a muchos chavales que habían nacido casi sobre las olas de la bajamar. Y Omar, luchador como el que más, ganó las oposiciones aunque tuvo que echar alguna mentirijilla, como que tenía la inexistente “elepasai”: Licencia de Pesca y Actividades Subacuática en Aguas Interiores. Y la monitora de buceo teórico, y secretaria de la Escuela, se lo quedó mirando con aquellos ojos negros, profundos, de mirada “cuentodelasmiliunanoches", y se lo quiso creer, y se lo creyó. Pero también se sintió atraída por aquél joven algo rellenito, de cabellos castaños con algunas entradas precoces y mirada inquisitiva, de piel blanca, que se las sabía todas. Así que Atalía Hadimeh Urimendiz —nacida en Surinam, en el dispensario de la SurSugCo., una plantación de caña de azúcar cerca de los manglares, de padre libanés-maronita y madre navarra, extraña mezcla de razas y culturas que devinieron en una bella mujer, alta, de tez morena y un hablar salpicado de vocablos antillanos y neerlandeses, acentos orientales y tramuntanos, y un placer por la buena cocina heredado de su madre— se enamoró de Omar Ponteceso Gálvez. Desde la jaula UNO, a diez metros de profundidad, Omar, elevó la mirada y vio a través del mar un solitario disco brillante, tembloroso e inmenso a causa de la refracción a través de la masa de agua encalmada como si de una lente de aumento se tratara. Se dio cuenta enseguida de que era la luna, en su plenitud, y se sintió feliz porque estaba seguro que nadie, en el mundo, estaba viéndola desde aquella perspectiva inédita, caprichosa e imposible. Aquello no lo cambiaría ni por la próxima construcción de un superpuerto —que le habían ofertado con un montón de dólares— en la mismísima bahía de Unawatuna, allá en Ceilán. Miró el reloj y emergió muy lentamente. El lastre, alrededor de su cintura y en las incómodas botas katiuska, ya comenzaba a pesarle y cuando llegó a la cubierta del barco, el capataz lo esperaba para largar amarras y dirigirse, bordeando la escollera, hacia la bocana del puerto. Sabía que Atalía lo esperaba en el muelle, como siempre, sentada en una taberna libre aún de “hooligans”, con una jarra de cerveza fría preparada. También lo esperaba, impaciente, con sus labios rojos, frescos, naturales —semiabiertos—, dibujando una sonrisa tan luminosa y atrayente como sólo una mujer como ella sabe esbozar. Omar, a sus casi treinta años, sin un átomo de grasa en el cuerpo —pura musculatura—, y piel curtida por los vientos, mientras se desprendía del traje de neopreno, se dio masajes en su hombro derecho. El dolor no remitía. Pero no dijo nada. Al fin y al cabo el niño —¿o tal vez niña?— estaba a punto de nacer y no quería que nada conturbara la felicidad de Atalía, la surinamesa. FIN BeharMe he sentido muy orgulloso de que una de los supervivientes del Holocausto haya sido premiada con el Príncipe de Asturias apellidada BEHAR: la considero de mi propia familia...
SHALOM!!! 2007/10/11 Cita en la Puerta de Jaffa (En recuerdo de Armenia)ALEXANDER
Amanecía sobre Jerusalén, y ya Alexander estaba de camino hacia su lugar de trabajo. Un puesto de trabajo que tanto esfuerzo le había costado. Pues su historia, la verdad, era un poco extraña, y él mismo sentía a veces la sensación de estar viviendo una doble vida, a caballo entre dos mundos, que a veces divergían de tal forma que le resultaba molesto el esfuerzo de decantar sus sentimientos a fin de no herir ninguna sensibilidad íntima. De hecho, a veces se preguntaba qué demonios hacía él, un recién graduado por la Universidad Estatal de Lenguas del Mundo, de Erevan —nieto de judíos armenios depurados en el genocidio turco de 1915, obligados a huir a través de Persia e Irak, hasta llegar a la Transjordania, en un penoso periplo que duró siete largos años hasta que consiguieron traspasar las fronteras del recién instaurado Mandato británico en la tierra prometida de Palestina—, de padres ya israelíes, nacido en Tel-Aviv en 1979. Y retornado a la Madre Patria, como denominaba a Armenia el abuelo en armenio, a estudiar lenguas semíticas en la joven república. Aún hasta dos meses antes convivía con sus padres en un ático del barrio armenio, pero aquellos paredones, aquellas fachadas y aquel escenario donde se habían desarrollado tantos acontecimientos claves para el devenir de la Humanidad que había decidido alquilar un pequeño apartamento al norte de la ciudad, en el ensanche, lleno de bloques impersonales de viviendas, donde conseguía liberarse del opresivo ambiente de la vieja, milenaria y trisacrosanta ciudad. Estaba a punto de llegar al lugar de trabajo, un trabajo en verdad muy especial. Las calles de la ciudad vieja estaban atestadas, como siempre, de una heterogénea multitud donde se entremezclaban comerciantes, turistas, policías, soldados y sacerdotes de extraños hábitos, cuando Alexander, al volver una esquina, cerca de la catedral de San Marcos, observó un gran alboroto de carreras e idas y venidas. No pudo por menos que acercarse más, cuando observó que discurría por el estrecho callejón una procesión de monjes cristianos armenios y el estómago se le revolvió cuando media docena de individuos, todos ellos mozalbetes muy jóvenes vistiendo caftanes y sombreros de fieltro negro, insultaban al celebrante de la procesión. Observó horrorizado que se trataba, nada menos, que del Arzobispo de la Iglesia armenia de los Santos Lugares, transportando una cruz. Todos los participantes se detuvieron, intentando proteger a la persona del arzobispo y la Santa Cruz de las iras de aquellos intolerantes judíos ortodoxos que lanzaban improperios y escupitajos sobre el cortejo. Al poco tiempo, en pleno desbarajuste, Alex se abalanzó sobre uno de aquellos elementos propinándole un cabezazo con tal impulso que le hizo caer al suelo. Aturdido por el encontronazo, recibió una paliza en todo el cuerpo, mientras el cortejo trataba de defenderse de aquella turba de desalmados, protegiendo el patriarca-arzobispo la cruz con su propio cuerpo. Algunos transeúntes se unieron al alboroto y en pocos minutos el recodo de las calles se convirtió en un pequeño campo de batalla, hasta que una patrulla militar israelí hizo acto de presencia y logró reestablecer el orden, si es que así podía llamarse a lo que resultó: varios religiosos armenios, contusionados; y los judíos ortodoxos, también malparados, consiguieron huir a través del entramado callejero de la ciudad vieja. Alexander permaneció en el suelo, con una herida sangrante en la cabeza, semiinconsciente, mientras el cortejo aceleraba el paso continuando a toda prisa dando fin a la procesión. Lo último que pudo ver Alexander fue el rostro circunspecto de un enfermero que lo trasladaba a bordo de una ambulancia de la Magen David Adom –Cruz Roja israelí–. A su lado, un sonriente clérigo armenio lo acompañaba y le sostenía la mano. Por la ventanilla podía observar que salían de la ciudad histórica y llegaban al extrarradio. Cuando se abrió la puerta posterior de la ambulancia vio el cartel del hospital Hadassa. Entonces se dio cuenta de que no tenía consigo la cartera que siempre le acompañaba a su trabajo.
LEVANA
Acababa de llegar de cumplir los tres meses anuales reglamentarios de servicio militar. Sabía que se podía declarar objetora de conciencia, cumpliendo el sustitutorio Servicio Social Nacional, pues se definía a sí misma como una pacifista convencida. Gracias a las muchas guardias en todos los servicios del Hadassa Hospital se había persuadido categóricamente, de que la violencia no llevaba a ninguna parte. Recorriendo los pasillos y habitaciones de aquel prestigioso e histórico hospital, atendiendo por igual a las todas las víctimas de la violencia, fueran niños, soldados, estudiantes, israelíes, palestinos…quien fuese, habían hecho de Levana una experta médico, de gran prestigio labrado poco a poco. En consecuencia, decidió incorporarse y continuar en el ejército donde alternaba las guardias en cualquier control de carreteras y en los dispensarios militares. Más de una vez había tenido que atender en primera instancia terribles quemaduras o amputaciones de compañeros caídos en las numerosas emboscadas, en cualquiera de las carreteras que se adentraban en los territorios palestinos. Y más de una vez se había tenido que tragar las lágrimas al estrechar la mano inerme de muchos moribundos. Entonces, Levana Martel, juraba que no volvería a participar en aquella maldita guerra no declarada entre los dos pueblos, a la conquista de un mismo territorio tratando de eliminar al otro. Se resistía a aceptar impasible la sangría que desde que tenía uso de razón había sido testigo, primero en el kibbutz y mÁs tarde en la línea que dividía Jerusalén. Levana era judía sefardí por los cuatro costados, descendiente, en línea directa, de judíos españoles expulsados en 1492 de Sefarad, como llamaban en casa, aún, a la amada tierra de España, exiliados en Constantinopla durante generaciones hasta que sus abuelos llegaron a las costas de Palestina a bordo del “Tierra Prometida” burlando el Mandato británico. Desde su puesto en Urgencias del hospital veía cada mañana las cúpulas de la vieja ciudad y se preguntaba cuándo sería posible que aquella urbe hiciera honor a su nombre y fuera una verdadera ciudad de paz. Vivía con sus padres en el distrito de Ha-Palmah.
ENCUENTRO
La mañana del 20 de octubre de 2003 Levana recibió un aviso a través del celular que colgaba del cuello de su bata verde, comunicándole que llegaba al hospital una ambulancia con un herido. Rápidamente se dirigió al triage de urgencias para valorar la gravedad, como siempre hacía. En pocos minutos apareció una camilla donde yacía un joven con la cabeza vendada, sobresaliendo de su brazo el tubo de una sonda por el que lentamente goteaba suero. Le levantó la venda al tiempo que leía el informe que le entregó el auxiliar de la ambulancia. Se llamaba Alexander. Se dio cuenta de lo atractivo que resultaba aún en aquella situación. Le preguntó si le dolía algo y el muchacho respondió que sólo la cabeza. Levana no necesitó preguntar más para saber que afortunadamente no era grave y que no necesitaba aquella aparatosa venda alrededor de su cabeza, sino un simple apósito para una ligera brecha que tenía encima de su oreja. Levana le dijo que podía marcharse tranquilamente, aunque quedaría más tranquila si le hacían un scanner cerebral para cerciorarse de que no padecía ningún trauma oculto. Alex asintió, y durante la espera, entablaron una conversación. Ambos —lo descubrieron— tenían muchas cosas en común, aunque también los separaban otras casi insalvables, aun así quedaron sorprendidos de que algo les unía: aquella ciudad que por azares del destino había provocado que coincidieran en el mismo tiempo y en el mismo lugar causado por dos hechos luctuosos en la historia de la Humanidad. Sin darse cuenta se encontraron los dos, contándose mutuamente la historia de sus respectivas familias asentadas en la ciudad de la Paz, Jerusalén, a consecuencia de los dos acontecimientos históricos, uno de ellos olvidado como fue el exterminio del pueblo armenio, a principios del siglo XX, a manos del régimen turco-otomano. Levana le contó que ella era descendiente de judeoespañoles expulsados en otro genocidio, lejano, pero eternamente recordado por los descendientes. Alexander le recordó, sin reproches, que en Armenia también vivían judíos sefardíes, y que alguno de ellos, a la vista de los negocios y riquezas abandonados por los ciudadanos armenios, hicieron la vista gorda cuando el gobierno turco comenzó la terrible eliminación sistemática de los armenios. Levana bajó la vista, ligeramente turbada, porque Alexander estaba rememorando partes de su vida que quizá se la hubieran ocultado sus padres. Alex se dio cuenta de que quizás estuviera siendo injusto con ella y de que la historia, de la que ninguno de los dos había tenido culpa, tampoco se iba a reconducir por más esfuerzos que ellos hicieran. Cuando se despidieron, después de que le dio el alta médica, acordaron encontrarse y charlar más tranquilamente. Se intercambiaron los teléfonos. Él regresó a casa para recuperarse y retornar a su trabajo al día siguiente.
LA CITA
El mes de noviembre en Jerusalén suele ser frío y en el ambiente se sentía la bajada de las temperaturas. Las casi siempre abigarradas calles del casco viejo se encontraban sensiblemente escasas de público, a no ser por los lugares turísticos, como la Explanada de las Mezquitas y el Muro de las Lamentaciones. Durante todo el mes, Alex se enfrascó en su trabajo como becario del gobierno de Armenia que le había encargado el estudio y digitalización de los fondos documentales de la Biblioteca Gubelkian de la Iglesia Armenia Guardiana de los Santos Lugares de Jerusalén, como pomposamente se autodenominaba la pequeña comunidad que residía en el reducto del barrio armenio y casi en exclusiva dedicada a la custodia del pequeño espacio, donde Cristo resucitó y ascendió a los cielos, manteniendo los ritos en permanente rivalidad con las otras confesiones cristianas —la católica y la ortodoxa griega—, repartiéndose milimétricamente todos y cada uno de los recovecos del santo lugar. Alex, a las órdenes del profesor Manoogian, de la Universidad del Estado de Armenia, se dedicaba al estudio de los legajos escritos en arameo, donde acababa de descubrir una referencia —era lo que andaba buscando el gobierno armenio— sobre los restos del Arca de Noé. Lo que había encontrado echaba por tierra las teorías que hasta entonces habían estado vigentes. A finales de noviembre recibió una llamada de Levana y concertaron una cita para verse. Se rieron durante la larga conversación telefónica porque resultó que ambos cumplían funciones en los que se requería, en teoría, ser practicantes de sus respectivas religiones, pero saltaba a la vista de que los dos distaban mucho de ser fervientes cristiano y judía. Acordaron verse y seguir contándose cosas de sus vidas y trabajos en su común ciudad y que planearían visitar a sus respectivas familias con motivo de las festividades que se avecinaban: la navidad armenia, y Januká, la navidad judía. La primera tiene lugar a finales del mes de Kislev (comenzó el 19 diciembre 2003) y dura ocho días. En ella se conmemora la purificación del Templo de Jerusalén, y cada año Levana se reunía con su familia, para encender la última de las ocho candelas del candelabro janukiyá, mientras se reza para que el pueblo judío no vuelva a sufrir más persecuciones. La segunda —Alex reitera que asistirá si Levana lo acompaña, para celebrarla en casa de sus padres— el seis de enero, el nacimiento de Cristo, en contra de la fecha del 25 de diciembre, que es conmemorada por los católicos. Ese día, le explicó, se comienza con Yerakalúits, velas encendidas como los judíos, y se celebra la misa en el recargado rito armenio. El día de Navidad, los armenios, se intercambian un saludo especial: “Krisdós Dzenav iev haidnetsáv” —Cristo nació y fue revelado—, y se contesta: “Tsezí mezí medz avedís” —Para todos, buena nueva—.Así pues, hicieron el propósito de intercambiarse visitas en dichas fechas y conocer los ritos de sus respectivas religiones. Si bien ella se negó a acompañarlo hasta Belén, sabiendo que no era una ciudad aconsejable para visitar en aquel periodo, aún menos siendo judía. EPÍLOGO El viernes, 19 de diciembre de 2003, quedaron citados en el Citadel, un café céntrico situado en la Puerta de Jaffa, donde se reúne la juventud jerosolimitana, en los sabbat. Alex llegó con tiempo suficiente y se introdujo en el local, a aquella hora lleno de gente. Estaba a punto de anochecer y se sentía contento. Las cosas le marchaban muy bien: el incidente de la procesión estaba casi olvidado aunque el obispo armenio lo felicitó personalmente. Sus estudios sobre los manuscritos estaban poco a poco desentrañando sus secretos (la cartera perdida el día del incidente había vuelto a su poder intacta). Pero lo que más feliz le hacía era la cita que en pocos minutos se iba a materializar, después de varias llamadas telefónicas. Levana le pareció, ya en el hospital, una mujer preciosa, con el pelo negro recogido en un moño. Su piel bronceada, producto de su paso por el ejército, le sedujo. Pero su voz, a través del teléfono, le pareció de un tono que llegó a conturbarlo. Se la presentaría a sus padres en la Navidad y se contarían muchas cosas, pues no se habían vuelto a ver en persona desde el hospital. Estaba impaciente por saludarla, y no dejaba de mirar el reloj. Era la hora convenida, por tanto pensó que no tardaría. Ensimismado en sus pensamientos, de repente sintió cómo un rumor sordo, lejano aunque bastante perceptible, provocó que los vasos y tazas encima de las mesas vibraran. Las conversaciones cesaron y el silencio se abatió sobre el local. Durante unos segundos todos permanecieron mirándose. No necesitaban que nadie insistiera que lo que acababan de percibir era lo que tantas veces había ocurrido en las calles de Jerusalén y en otras ciudades del Estado de Israel, impidiendo que aquel pueblo pudiera vivir sin mantener permanentemente a la vista armas con las que defenderse. Todos se echaron a la calle mirando en la misma dirección, el oeste de la ciudad, hacia el ensanche, el lugar donde se encuentra el Parlamento, pero también, Dios mío, pensó Alex, el Hadaza Hospital, desde donde tenía que venir Levana. En unos segundos que se hicieron eternos la gente comenzó a correr en dirección a la avenida Mamillah, donde una tremenda y negra columna de humo se elevaba, siniestra, al cielo. En poco tiempo el tropel de gente que corría hacia el lugar se vio superado por ambulancias con las luces, destellantes en la penumbra del ocaso y patrullas policiales y del ejército. Cuando comenzó a llegar gente vieron que, lo que escasos minutos antes era un autobús, se había desintegrado en un amasijo de hierros retorcidos convertido en una bola de fuego en mitad de la calzada. Alex no pudo evitar que se le hiciese un nudo en la garganta. A medida que se iba acercando a la carrera, una duda le iba corroyendo en su interior. El autobús urbano 29 Ein Karen-Monte Scopus que pasaba por las cercanías del hospital en el que Levana ejercía, era el que ella debería haber abordado. No pudo acercarse más, aquello era un infierno donde se percibían, a través de las ventanillas reventadas, montones de cuerpos semicarbonizados que en un esfuerzo inútil intentaban salir por las ventanas colgando en posturas siniestras convirtiendo el lugar en un escenario dantesco. En un radio de cien metros se encontraban esparcidos restos calcinados de todo tipo, mientras los miembros de la comunidad judía ortodoxa se afanaba en recoger los minúsculos pedazos de cuerpos diseminados, a fin de cumplir el sagrado rito de dar sepultura a los muertos. Los cuerpos de emergencia y de seguridad corrían para un lado y para otro tratando de controlar la situación demencial. Alex miraba horrorizado la escena y tuvo una terrible premonición que horas más tarde trataría de confirmar. Al final fue obligado a desalojar la zona y marcharse aturdido por lo que acababa de ver. El día siguiente y el resto de aquel mes de diciembre lo pasó encerrado en casa, enfrascado en el trabajo, tratando de olvidar. Lo cierto es que el 31 de diciembre acababa su período becario y pidió unas vagas disculpas para no pasar la navidad con los suyos. Viajó a Armenia, alojándose en casa de unos parientes, y con ellos pasó el 6 de enero, el día de Navidad más triste de su vida. Durante una semana esperó hasta que le confirmaron la renovación de su beca, y a punto estuvo de renunciar a ella y permanecer lejos del horror que le había tocado a él muy de cerca: Levana ya no existía. No lo había comentado a nadie, pero tal vez era el momento de asumir la responsabilidad y dar la cara y tratar de visitar a la familia destrozada por la pérdida de la hija. Así que determinó retornar a Israel de nuevo y afrontar las consecuencias. Cuando llegó a la ciudad lo primero que hizo fue tomar contacto con la familia de Levana. Abrió la guía de teléfono como primera medida, a pesar de no estar seguro de que resultara efectivo, pero se equivocaba. Allí estaba aquel extraño apellido judeosefardí, Martel. Alex tomó nota del número y de la dirección, que correspondía con la que le había comunicado Levana. Cuando llamó a la puerta del edificio de apartamentos situado en Ha-Palmah, a las afuera de la ciudad, los padres de Levana lo escucharon y le sacaron de su error. Efectivamente, Levana había tomado el autobús maldito, pero en la parada anterior a Puerta Jaffa ella se apeó, exactamente en el mismo segundo en que se cruzó en la puerta con un joven demacrado, cubierto con un anorak rojo que tapaba dos kilos de explosivo adherido a su cuerpo y que hizo detonar al grito de Alá es grande cuando las puertas se cerraron y ya Levana se encontraba en la acera. Aquello le salvó, aunque el impacto contra una marquesina la retuvo en el departamento de Neurología del mismo hospital donde trabajaba, sufriendo una fuerte amnesia, de la que esperaban que se recuperase, aunque continuaba hospitalizada. Alex no podía creer lo que estaba ocurriendo. Después de las explicaciones, se acercó al hospital. Pasó cada día, durante las horas de visita, con sus manos sujetando las de ella que miraba al vacío. Un día, repentinamente, ya mediado marzo, despuntando la primavera, se lo quedó mirando y le dijo: —Feliz Navidad, Alex. Éste supo que Levana Martel estaba curada. Se sonrieron y ella entonces, también por primera vez, apretó con firmeza las manos de él. Se casaron en agosto pasado, en Jerusalén, por los ritos armenio y judío, en una bella ceremonia ecuménica concelebrada por el Arzobispo y el Rabí de Jerusalén, en un ara habilitado aledaño al Muro de los Lamentos.Continúan con sus trabajos en la ciudad que los vio nacer y, según me han comunicado, esperan familia. Pero esa será otra historia. 2007/10/8 Ecos al viento (1)
Y fuera se fundían las últimas nieves de la primavera. (La segunda muerte de Ramón Mercader. Jorge Semprún)
A Rosa, en Alicante, gracias por prestarme su nombre y regalarme su amistad.
(1)
Resumir la guerra civil española, que se desarrolló desde 1936 hasta 1939, es tan complejo y existe tanta literatura que con teclear en cualquier buscador de Internet, o mejor aún, en cualquier buena enciclopedia, saldrán multitud de documentos donde informarán de una de las más sangrientas guerras que vieron los siglos, ya que España, durante los años anteriores había ido gestando lo que una tarde de verano estalló. Y es que el hambre, la incultura, el progreso de los fascismos que pregonaban un nuevo orden en toda Europa, más el subdesarrollo, el desempleo, el ascenso del capital a costa de las masas asalariadas, fueron creando un envenenado caldo de cultivo. Y cómo España, a partir de la caída de la monarquía, recibió la República con ilusión para acabar con las desigualdades. Pero en lugar de ello, el país se fue enrocando en una espiral de violencia y de injusticia que los sucesivos gobiernos de derechas y de izquierdas fueron incapaces de frenar. Al contrario, las posturas se fueron enconando, y el país, poco a poco, se fue abocando a precipitarse en el abismo que se abrió y en el que, irremisiblemente, cayeron las dos España, enzarzadas y atenazadas una a otra con el único objeto de destruirse mutuamente.
Uno de los hechos que marcaron el devenir de la historia, una mancha difícil de borrar, ocurrió en mayo de 1931, recién instaurada la República. Me estoy refiriendo, junto a la ola de violencia, huelgas, incautaciones, rebeliones de las barriadas proletarias, mítines incendiarios e establecimientos de regímenes anárquicos, a un hecho difícil de superar en cualquier civilización con un mínimo de sensibilidad y de respeto. Me refiero a la ola de asaltos e incendios de iglesias, que comenzó en Madrid, extendiéndose a lo largo y ancho del territorio nacional durante los años que mediaron hasta el comienzo de la guerra. Los asaltos; las profanaciones de tumbas, extrayendo los cuerpos momificados y exponiéndolos a la luz pública; la destrucción de imágenes religiosas; los asesinatos de los sacerdotes y de las monjas de las clausuras de las grandes urbes y de los pequeños núcleos urbanos fue moneda corriente en aquellos años, con altibajos según se iban alternando los gobiernos de uno u otro signo. Yo no viví la guerra, pero conozco algunos de estos acontecimientos por quienes los vivieron, aunque sospecho que casi todos ellos, poco a poco falleciendo, se guardan muchas cosas que siempre se han resistido a mencionar. Lo sé porque en aquellos aciagos años los españoles no se libraron de verse obligados a tomar partido en uno u otro sentido. Soy de un lugar enclavado en plena sierra de Gredos. Ahora es una pequeña ciudad, repleta de chalet en espera de los veraneantes, con una bella iglesia románica reconstruida, orgullo de los habitantes de Cabañasdelaguna, que es como se llama mi pueblo. Bueno, pues lo que hoy es un lindo pueblo, hace 69 años era un poblado que vivía sobre todo de la huerta y de la tala del bosque de castaños, legado por la Corona de Castilla, como bien comunal. No me voy a parar en describir la vida cotidiana de Cabañasdelaguna. El caso es que una madrugada del mes de mayo de 1935 la paz del pueblo se vio interrumpida por unas voces que recorrían las calles, en solicitud de ayuda: los vecinos se levantaron sobresaltados, y asomándose a las ventanas pudieron observar cómo, tras los tejados, se elevaba un resplandor rojizo hacia el cielo. Desde sus casas, en silencio, pudieron escuchar un sonido siniestro que se elevaba como en un rumor sordo e indefinible. Pero ya resultaba inconfundible: era el crepitar del fuego sobre las centenarias maderas de la iglesia. Poco a poco, los vecinos salieron a la calle y se fueron acercando. La voz de alarma la dio un pobre diablo que todas las noches andaba borracho. —Es la iglesia, es la iglesia, que está ardiendo. ¡Han sido los rojos!—gritaba, enloquecido, recorriendo callejas y plazuelas. Al momento, la vecindad comenzó a tomar posiciones y a hacer una cadena humana con agua, que iba desde la Plaza Porticada hasta las mismas puertas de la iglesia. Pero ya era tarde: a menos de diez o quince metros no había forma humana de acercarse a aquella descomunal tea. En pocos minutos, la iglesia testigo del ritmo de los cabañenses; que había cobijado a los bautizos, casorios y funerales; oído sermones de todos y cada uno de los prestes desde el siglo XII; servido durante un tiempo como mezquita de las mesnadas árabes invasoras, todo, excepto los paredones del ábside y el torreón mudéjar, en suma, una de las joyas arquitectónicas de la provincia, quedó reducida a cenizas, incluidos los mismos portones de madera de castaño que desde la Edad Media habían sido traspasados cada día. Los vecinos vieron impotentes todo arrasado. Sólo la torre del campanario y las dos campanas ennegrecidas permanecían intactas. Cuando pudieron acceder, observaron espantados cómo las imágenes y tallas de los altares laterales y el retablo mayor habían quedado calcinadas cuando no ennegrecidas por efecto del humo. Los vecinos de Cabañasdelaguna notaron clamorosas ausencias de ciertos vecinos, sobre todo desde que el borrachuzo había dado la voz de alarma. Desde aquel mismo momento, cuando vieron los destrozos, tomaron conciencia de que el abismo que se había abierto en toda España, de forma irremisible, había separado también el pequeño pueblo. Al entrar a la iglesia, vieron en medio de aquel desastre la sillería de arenisca ennegrecida por el fuego y el humo. Todas las tallas (el Patrón San Martín del Campo, Santa María del Pino y la Sagrada Cena) colocadas en circulo a los pies del altar, y en medio, desperdigadas por el suelo cubierto de ceniza, catorce hostias, dejando horrorizados a los presentes, pero al mismo tiempo maravillados al observar las Sagradas Formas inmaculadamente blancas en medio de aquel infierno (¡Milagro!, se dijeron), como si hubiesen continuado depositadas incólumes en el interior del copón, abandonado en un rincón, abollado y pisoteado. A media mañana todo el mundo se congregó a las puertas de la Casa Rectoral, y el párroco desde el balcón, junto con el alcalde, clamó venganza contra “los enemigos de Dios y de la Patria” que habían “profanado el cuerpo de Cristo y destruido su Casa”. “La ira de Dios debería caer” —predicaba enardecido— sin más tardanza sobre aquellos “malnacidos a los que había que arrojar para siempre de España”. El griterío de las soflamas iba in crescendo calando en los sentimientos de aquella gente hasta el punto de que ya, sin necesidad de investigaciones, había encontrado a los culpables, aun sin citar nombres. Pero los gritos del borracho, mensajero, habían dictado sentencia, y no se necesitaron más testimonios. “Han sido los rojos, la camarilla marxista del pueblo, que a la chita callando han estado confabulándose para socavar los sentimientos más íntimos del buen pueblo de Cabañasdelaguna”. El cura y el alcalde se turnaban en el uso de la palabra, hasta que consideraron que ya estaba todo dicho. Fueron retirándose a sus casas, y todos volvieron a sus labores. Los días pasaron, y a los días se sucedieron los meses de aquel año que poco a poco se iba envenenado. 1935 acababa con malos augurios, que cristalizaron a primeros de enero del 36, al convocarse elecciones generales, dado el clima de anarquía e ingobernabilidad en que estaba sumido el país. En Cabañasdelaguna parecía haberse olvidado la quema de la iglesia. Se habían suspendido los cultos, y aunque habían sido retirados los escombros y los restos calcinados, la iglesia quedó cerrada, y el pueblo volvió a la rutina de siempre hasta que aparecieron por el pueblo políticos que hasta entonces nunca lo habían hecho. De derechas y de izquierdas, se celebraron sendos mítines, donde se concentraron los partidarios de cada uno. No había ya lugar a la indecisión o a la tibieza. O de unos o de otros. No había otra disyuntiva. Y el pueblo, el 6 de febrero de 1936, habló. El resultado en Cabañasdelaguna no se diferenció demasiado del resto de España. Los papeles se repartieron, aunque los perdedores lo hicieron a regañadientes, mientras los vencedores del Frente Popular se envalentonaron, y surgieron las primeras escaramuzas verbales a cuenta de la quema de la iglesia. Las cosas, sin embargo, no fueron a mayores. En la carretera de Piedrahita, justo a la salida del pueblo, había una finca, consistente en una huerta y una cuadra con animales de granja. Enclavada en esta finca había una casilla, antiguo almacén de aperos de labranza y reconvertida en vivienda de los guardeses de la heredad. Esta era la vivienda de la familia protagonista de los acontecimientos que a continuación narraré. En aquellos pocos metros cuadrados vivían Sebastián y Rosa junto a sus dos hijos. Sebastián Redondo Cintado había nacido en 1905 y a pesar de carecer de estudios, ni siquiera primarios, había tenido la fuerza de voluntad de aprender a leer y escribir mientras cuidaba los cerdos y las gallinas de aquella misma finca donde había nacido. Con los años, curtido en la vida dura, había procurado adoctrinarse en la faceta política, y poco a poco había ido leyendo todo lo que caía en sus manos. Todo, decía, para emancipar algún día a la clase proletaria. Rosa Damián Ortiz, por el contrario, era una guapa mujer que se resistía a parecer ajada por la vida en el campo, y procuraba estar siempre lo más arreglada posible. Había nacido en una casa del pueblo cinco años después que Sebastián. Durante el día atendía las labores de la casa, mientras Sebastián permanecía en las tareas de la finca y los niños, Nicolás y Emilio (así los pusieron en honor de los dos últimos presidentes de la I República), nacidos en el 30 y en el 31, acudían a la escuela del pueblo, pues aunque el padre no quería para sus hijos más que una educación impartida por él mismo sin contaminaciones extrañas, y menos aún de los curas, ella lo había convencido de que acudieran a la escuela, al menos durante unos años. Por la noche, a la incierta luz del candil o del carburo, cada uno se dedicaba a lo que más les gustaba. Él a leer y a escuchar la "radiogalena" y ella a la pasión que le había trasmitido su madre: el bordado. Bordaba como nadie en Cabañasdelaguna lo hacía. Y ella lo sabía, y era feliz porque sus trabajos eran la admiración en el pueblo. Pero desde unos meses antes, los encargos que continuamente le hacían y que tanto habían ayudado en la modestísima economía familiar, de pronto cesaron y ya nadie había vuelto a encargarle nada. Ni un simple pañuelo, y mucho menos una mantelería o juego de cama que otras veces había confeccionado para la clase pudiente del pueblo, aunque para ello hubiese tenido que vencer la resistencia de Sebastián que no veía con buenos ojos que Rosa trabajase por cuatro míseros reales los ricos, a los que tenía por sus enemigos y culpables de todos los males de la clase trabajadora. Todo tenía su explicación. Desde la quema de la iglesia, en el pueblo se había propalado una consigna: el vacío más absoluto para Sebastián y Rosa. Desde aquel aciago día la marginación había sido la condena de casi todo un pueblo que señalaban a “los republicanos”, como eran conocidos desde que cinco años antes, el 14 de Abril de 1931, se habían lanzado los dos solos por las calles del pueblo —Rosa, embarazada— enarbolando una gran bandera republicana bordada por la madre de ella. Desde entonces, habían permanecido fieles a sus ideales republicanos y marxistas, con la incomprensión de los terratenientes y la jerarquía eclesiástica, que habían visto en el nuevo régimen un punto final de las prebendas disfrutadas desde siglos atrás. Sin embargo, habían aceptado a la familia de Sebastián y habían hecho uso de los servicios de ella como costurera hasta justamente la madrugada cuando la iglesia había sido pasto de las llamas, aunque habían continuado en la finca como guardeses. Las noticias desde días antes eran alarmantes: en Madrid los desordenes y asesinatos de uno y otro lado preludiaban lo que iba devenir en la gran tragedia del tórrido verano del treinta y seis. El 18 de julio siguiente, en una calurosa mañana de sábado, un camión con media docena de soldados del regimiento de Ávila y cinco guardias civiles llegó a la plaza Porticada. Los acontecimientos sucedieron con rapidez. El alcalde, Remigio Paz, un republicano de última hora, fue fulminantemente destituido, encarcelado y trasladado a Salamanca por rebelión. Pusieron a uno de los terratenientes, Agustín, falangista y dueño de una de las más grandes fincas. El párroco, hasta ese día escondido en su casa, aquel mismo 18 de julio apareció y lo primero que hizo fue celebrar una misa frente a las puertas calcinadas del templo. En fin, el pueblo dio “la vuelta a la tortilla”, se quitaron unos y se pusieron otros. Lo abierto se cerró y lo cerrado se reabrió. La calle de la Libertad pasó a denominarse calle de Arriba España, y los verdaderos rebeldes pasaron a denominar rebeldes a los que habían permanecido fieles. España, en pocos días se volvió loca y de súbito afloraron las más bajas y ruines pasiones que se pueda imaginar. España se fue convirtiendo en un campo de batalla y en un cementerio. He de reconocer que soy incapaz de describir lo que fue este país durante aquellos años. Durante mi niñez, me obsesioné de tal manera con aquel periodo, del que sólo conocía comentarios a media voz entre los mayores, silencios e historias apenas esbozadas, que más de una noche me despertaba sobresaltado. La familia de la que estoy hablando, ni que decir tiene que fue expulsada de la hacienda en donde vivía, y desde finales de julio tuvo que instalar una especie de chabola en unos terrenos junto al camino del monte, en un pequeño bosque de castaños, muchos de ellos centenarios, inmensos, con algunas ramas nuevas reverdeciendo sobre sus resecos troncos. Unos terrenos que entre los cuatro limpiaron y adecentaron. Una vez reinstalados con las pocas pertenencias que lograron sacar, Rosa comenzó a hacer lo único que sabía: bordar. Y esto fue lo que hizo de la mañana a la noche, a fin de sacar el sustento para sus hijos. Porque por eso era por lo que estaba trabajando, dicho en el sentido más estricto de la palabra, por la comida, que era el salario que le daban las personas para las que trabajaba. Sebastián estuvo tres días recorriendo el pueblo en busca de un jornal, y lo único que consiguió fueron portazos en sus narices. Todo el mundo le dio la espalda. El 25 de julio se presentó en la chabola un sargento de la Guardia civil con una citación para Sebastián. Rosa se lo temía desde el día anterior cuando su marido le comentó sus temores. Y ese día, 25, les dijo al sargento y al jefe de Falange —el nuevo alcalde— que su marido se había marchado del pueblo la noche anterior. El sargento miró impertérrito a Rosa, registró la casa sin resultado, pero el falangista montó en cólera y comenzó a lanzar improperios contra Sebastián llamándolo traidor y cobarde. Aquel día comenzó para la mujer y para sus dos hijos un calvario que habría de durar mucho tiempo. Cada día, de cada semana, iban a la caseta de la familia de Sebastián a preguntar por él, pues no se creían que hubiera salido del pueblo y que debían localizarlo para que respondiera de varios cargos que había en contra suya: “sedición, rebelión militar, peligrosidad social”, y, como corolario de aquel cúmulo de delitos, el de “inductor y ejecutor de la profanación de la tumba del Santo Patrono, profanación del Sagrario e incendio y destrucción de la iglesia”. Mientras duró la guerra, nunca dejaron de importunar e inquirir por su paradero, pues de vez en cuando aparecían las autoridades del pueblo preguntando por Sebastián Redondo Cintado. Siempre, la mujer, les contestaba lo mismo, mientras Nicolás y Emilio, casi adolescentes, asistían silenciosos a aquel rutinario interés por su padre. La guerra, en Cabañasdelaguna, se desarrolló acorde con los acontecimientos que se estaba viviendo en el resto de España, pues parte de la provincia de Ávila bien pronto cayó en poder del ejército de Franco, y en el pueblo cayó, como la niebla, una aparente calma. La contienda acabó en abril de 1939, cuando los restos del ejército de la República se retiraban por los puertos del Mediterráneo y miles de hombres, mujeres y niños huían a través de los pasos pirenaicos. Madrid caía después de largos meses de asedio. España dejaba de estar dividida en dos, física y políticamente, pero socialmente comenzaba una época de miseria, odio y represión que duraría aún muchos años hasta restañar las heridas, no por deseo de curarlas, sino por olvido, sin el menor atisbo de interés en buscar la verdadera paz y la necesaria justicia. El 1 de mayo de 1939, amaneció un hermoso día y Rosa hacía mucho rato que se encontraba levantada, rememorando Primeros de Mayo pasados. Era una mujer bella pero envejecida prematuramente y sus ojos habían perdido el brillo de sus años juveniles, pues bordar durante dieciocho horas al día, y arreglar la casa para sus hijos… para su familia, le estaba pasando factura. Los niños se habían levantado hacía rato y estaban aún en el interior de la casilla. Estaba tendiendo ropa cuando escuchó un rumor sordo procedente del camino que conducía a Cabañasdelaguna. Levantó la vista y vio acercarse un coche. Descendió del mismo una pareja de forasteros que vestían pulcros trajes. Rosa se puso en guardia. Dejó la ropa en el barreño de zinc y esperó a que entraran en la parcela. — ¿Tú eres Rosa?— le preguntó el mayor de ellos sin ni siquiera dirigirla un gesto de saludo, y menos aún de presentación. —Sí señor, Rosa. —Dinos de una puta vez dónde está tu marido—. El tono del recién llegado se elevó para dejar clara la intención que llevaban. —Les he repetido muchas veces que mi marido se marchó al frente cuando empezó la guerra. Estoy cansada de decirlo—. Rosa se secó las manos en un gesto de nerviosismo. Tenía la intuición de que aquella vez era distinta a las anteriores. Que aquellos hombres, ahora ya, en plena borrachera de victoria y sin nadie a quien rendir cuentas, no iban a cejar fácilmente en su empeño de tratar de localizar a su marido para hacerle pagar todas las culpas que le habían endosado. —Tú no te vas a reír de nosotros como has estado haciendo durante estos años de los del pueblo. A ver…tu marido no aparece por ningún sitio, ni vivo ni muerto. Somos del Servicio de Información del Ejército y no consta. Así que... ¡hala! a decirnos dónde coño podemos localizarlo, que queremos hablar con él. Rosa se retiró del tendedero, y en un gesto instintivo, primitivo, abrió sus brazos acogiendo a Nicolás y Emilio que, detrás de ella, acudieron a su regazo. Todo ocurrió muy rápidamente, pero con la cadencia de una cámara lenta para que aquellos breves segundos permaneciesen por siempre en la retina y en la mente, así como en el corazón de quienes, víctimas, protagonizaron aquella escena. El más joven de los hombres, luciendo una camisa azul, se acercó súbitamente a la madre y sus hijos. Arrebató a Nicolás de los brazos de Rosa, lo atrajo hacia sí, sujetándolo con un brazo, al tiempo que extrajo de su cintura una pistola, que refulgió al dar en su cañón los primeros rayos de sol. Inmediatamente, con un gesto casi mecánico, introdujo el cañón en la boca del muchacho, obligándole a abrirla girando y apretando al mismo tiempo el arma en un movimiento salvaje e impropio de un ser civilizado. Nicolás, con el cañón introducido en su boca, con los ojos fuera de sus órbitas, miraba aterrorizado a aquel malnacido que acababa de hacerse indigno de lucir cualquier uniforme, de cualquier color, con las insignias fueran las que fuesen, mientras el hombre miraba, enloquecido por el odio, a Rosa que, espantada por lo que estaba viendo, era incapaz de gritar, mientras intentaba inútilmente tapar los ojos de Emilio para que no viese aquella escena espantosa. Durante unos segundos, eternos, el hombre giró y giró, atornillando la pistola en la boca de Nicolás, haciendo amagos de apretar el gatillo. —Dime dónde está el rojo cabrón de tu hombre o vuelo los sesos de este hijo de puta. El otro individuo, al cabo de unos segundos, reaccionó y se dirigió a su compañero. —Venga, deja al chico. ¿No ves que se ha cagado por los pantalones abajo? Esta puta nos lo tendrá que decir. Pero otro día. El pistolero sacó la pistola de la boca de Nicolás y lo soltó. El muchacho, libre del abrazo asesino, se mantuvo unos instantes mirando a uno y otro lado, y cayó derrumbado al suelo, lleno de vergüenza y humillación. En pocos segundos la escena acabó, luego de que el sol tornase a calentar, el mundo continuase girando, los pájaros volvieran a revolotear y la sangre de aquellos seres indefensos volviese a correr por sus venas. La Vida, la Naturaleza, el Mundo y el Universo habían cesado en su ritmo vital al producirse la escena más cruel que mente humana pudiera imaginar. De nuevo los ecos volvieron al viento. Cuando se fueron los facciosos, aquella familia, rota por el dolor y la vergüenza, se encerró en la casa y decidió salir sólo lo imprescindible a fin de sentirse seguros. Con el paso de los días y las semanas, la resistencia se fue debilitando y al final optaron por salir poco a poco de la casa. No podían mantenerse encerrados, y decidieron volver a hacer vida normal si por normal se entiende el salir, a hurtadillas, y andar por el pueblo mirando por encima del hombro con temor de encontrarse de nuevo con los hombres que los habían visitado. Rosa se encerró en si misma y aumentó su rendimiento de trabajo. Las necesidades eran cada vez mayores y todas las horas del día eran pocas para sacar adelante a los suyos. Nicolás tenía la dentadura destrozada y gracias a la bondad del único dentista que se había instalado en el pueblo, que se apiadó de aquella desventurada familia, consiguió reformarle las maltrechas muelas, aunque Rosa se negó, atenazada por el miedo, a desvelar al dentista ni a nadie, a qué se debía la horrible “mella”. Su vida transcurría con toda la dignidad posible en sus circunstancias. Los niños estaban suficientemente alimentados y no faltaban un solo día a la escuela. No deseaba más problemas. De vez en cuando recibían la visita del alcalde y del cura, los mismos que habían estado en primera línea a la hora de sofocar el incendio de la iglesia en el cada vez más lejano mayo de 1935. Pasaban como distraídamente, y se paraban en la puerta —construida por… Rosa, con unos viejos tablones que permitían dar un cierto aire de posesión a aquellos terrenos que más de una vez el alcalde se había encargado de recordar que no lo consideraba una “usurpación” sino una “generosa cesión temporal del ayuntamiento”, gracias a la intercesión generosa del párroco, quien, melifluamente sonreía al escuchar aquellas palabras. Ella asentía, bajaba la vista, y musitaba muchas gracias— mientras Nicolás y Emilio, ya unos mozalbetes quinceañeros, dejaban los juegos o las lecturas, y permanecían serios mirando a aquellos representantes de la Autoridad. —Estás envejeciendo, Rosa, pero aún estás guapa. ¿Porqué no piensas en casarte y dar a estos muchachos un nuevo padre?— preguntaba Agustín el alcalde, mientras la miraba con ojos de carnero. —Deje usted, Don Agustín…— respondía sumisa, bajando la mirada y escondiendo las manos bajo el mandil. Y el alcalde, junto al párroco, se alejaba camino de retorno al pueblo… echando de vez en cuando la vista atrás, y sus figuras iban haciéndose más y más pequeñas. A los pocos meses ocurrió algo: Agustín agonizaba debido a una terrible enfermedad que hacía meses se había apoderado de él. No pienso recrearme en decir que cuando entró en fase terminal comenzó a delirar, sin duda debido a los efectos de la morfina que le habían administrado para paliarle los terribles dolores que sufría en sus últimas horas, aunque bien se diría que era la descarga de un peso que arrastraba desde hacía diez años, pues comenzó a emitir alaridos diciendo que él, sólo él, había sido el culpable de la quema de la iglesia, que lo había hecho en venganza y como provocación a los partidarios de las izquierdas y fanatizado por las soflamas y consignas de unos y otros partidos. Habló también de la borrachera que hicieron coger a quien comenzó a propalar la maledicencia que él mismo le había indicado. Los que asistían a aquella terrible agonía, pudieron escuchar la pública confesión, que poco antes había realizado como sacramento al sacerdote, de su inmensa culpa y que no estaba dispuesto a llevarla con él al otro mundo. De sus labios salían enfebrecidos lamentos y llamadas a “Sebastián”, a quien clamaba para que lo acogiera en la “otra vida” por si aún podía perdonarlo. Los asistentes a la terrible escena aún tuvieron tiempo de escuchar de labios del moribundo la terrible trama que había urdido contra la familia del huido, ordenando a unos esbirros forasteros que intentaran por cualquier medio que Rosa les dijese dónde se encontraba Sebastián el incendiario. Y cómo, a última hora, había decidido posponer el castigo que iban a infligir a Rosa propinándola un corte de pelo y una buena ración de ricino. Pero lo dejó para otra ocasión, que, pensó, no le faltaría. Agustín el alcalde, al fin, después de varias horas de agonía, cuando había descargado su conciencia, entregó su alma a la Providencia que haría de él lo que a bien tuviese. Atónitos, los asistentes, entre ellos su esposa, escucharon la confesión que fue imposible ocultar por mucho tiempo. A Rosa le llegó la noticia cuando estaba en plena faena de bordados. Emilio, el pequeño acababa de llegar del pueblo, y las campanas aún renegridas de hollín doblaban a muerto. Comenzaba el otoño de 1946 y España atravesaba los duros años del hambre y de la autarquía, mientras Europa se desangraba en una guerra en lucha contra el fascismo.
(2)
Ecos al viento (y 2)
rgía de horror. Es el calificativo que se puede aplicar a la primera semana desde el alzamiento militar cuando el caos se había apoderado de España, y cuando cada región, provincia, regimiento militar, alcaldía, asociación, y como último, cada persona hubo de decantarse por uno u otro bando, independientemente del lugar en que viviese. Cabañasdelaguna, como ya he dicho, cayó inmediatamente en poder de los franquistas. Bien es verdad que el pueblo no era importante, ni en número de habitantes ni en valor estratégico, pero la guerra civil se declaró en cada población por minúscula que ésta fuese. Sebastián tardó unos pocos días en darse cuenta de que aquello no iba a ser una de tantas asonadas militares, de que el levantamiento había tenido éxito en una gran parte del país, aunque Madrid, según las noticias de la radio, había resistido. Estaba solo y debía decidir con rapidez, si no quería que lo localizaran. Debería esconderse para salir posteriormente y atravesar la sierra y tratar de llegar a la Sierra de Guadarrama, entrar en Madrid y presentarse en el Comité Central. Empuñaría las armas. —Sebastián, me da miedo que salgas. Te localizarán enseguida. No nos abandones—. Rosa se lo decía aun sabiendo que era inútil convencerlo. Estuvieron sopesando qué era lo que debían hacer, y después de muchas dudas, decidieron que lo mejor era esconderse él, provisionalmente, y esperar acontecimientos ya que el futuro era incierto y no se sabía el resultado de aquella rebelión. La casa estaba rodeada de un bosque con castaños centenarios, algunos de ellos sin vida, inermes, moribundos. En especial uno, que a escasos metros de la puerta de la casa, presidía la finquita de la familia. Este castaño destruido por los años, pero también por los elementos, quizás por las fogatas de los campamentos cíngaros de los muchos que por aquel entonces recorrían España, quizá debido también a las caídas del rayo, era la figura espectral que proyectaba su sombra en las noches de invierno, durante las duras tormentas, o durante los claros de luna. Me refiero concretamente a este árbol porque presidía mutilado, reseco, pero aún enhiesto, la vida de la familia: en rededor, jugueteaban Nicolás y Emilio en las tardes de los tórridos veranos de Cabañasdelaguna. Y Rosa se sentaba apoyando su espalda en el añoso y ennegrecido tronco, dale que dale al bordado, del cual se mantenían. La primera noche la pasó Sebastián tras la cerca de la finca contigua, pero la segunda noche se percataron sorprendidos de que tenían ante sí el escondite perfecto: un castaño hueco y seco, exactamente el de enfrente de la puerta de la casa. El segundo día y su noche la pasó inmóvil, en pie, incapaz de moverse, y viendo, al levantar la vista, sólo un circulo del cielo azul purísimo durante el día y el cielo estrellado durante las horas nocturnas. En esa postura, con el corazón pareciéndole salirse del pecho, escuchó con nitidez la conversación del sargento y del falangista con Rosa. “Traidor”, “rojo comunista”, “quema iglesias”, fue la serie de insultos que a Sebastián acabó por convencerlo de que, en cuanto lo tuvieran delante, le aplicarían la justicia de la vía rápida. Así que durante las siguientes veinticuatro horas, de pie, imposibilitado de tumbarse, estuvo escondido en el interior del tronco del castaño. Rosa le arrojó al interior un trozo de chorizo y pan, además de una vieja bota llena de agua. Así transcurrieron los primeros días, casi sin moverse para que nadie, ni tan siquiera los niños, sospecharan por un instante que Sebastián estaba allí metido, escondido, enterrado. Y lo primero que hizo fue arañar y extraer la tierra del interior para conseguir siquiera tenderse, poder conciliar el sueño y descansar. Fueron pasando los meses, y Sebastián, algunas noches, salía por medio de una tosca escala que había instalado en el interior del viejo árbol, mientras Rosa le iba dando noticias de la marcha de la guerra: que si sólo había triunfado el golpe en parte de Extremadura, en Castilla la Vieja, en parte de Aragón, en Galicia y en Navarra; que si el asedio y la resistencia de Madrid y el Alcázar de Toledo; que si la caída de las ciudades de la cornisa cantábrica; que si llegada de los internacionales y abandono de la República por las naciones europeas; que si Badajoz, Teruel o la Batalla del Ebro; que si Durruti, Mera y Azaña; que si la caída definitiva de Alicante y de Valencia. Y por fin, que si la caída de Barcelona y la huida hacia Francia de miles de exiliados. Durante los largos meses de la guerra, Sebastián fue ampliando el cubil donde estaba escondido para lograr hacerlo un poco más habitable. Un día Rosa se armó de valor y se lo contó a los niños, justo antes de que una mala bestia violara con el arma al ser más indefenso, Nicolás, que prefirió tragarse la humillación y que le arrebatasen la vida antes que decir ni media palabra a los esbirros que su padre se encontraba escasamente a tres metros de ellos, aunque en su boca sintiera el sabor metálico del cañón de una pistola a punto de disparar. Entonces supo Rosa, y luego Sebastián que lloró amargas lágrimas, que ya no tenían a dos niños en casa, sino a dos auténticos hombres. Al finalizar la guerra, Sebastián permaneció escondido en el hueco del árbol que había horadado en la base y había logrado construir una especie de madriguera donde pasaba los días enteros sin atreverse a salir, excepto algunas noches que lo hacía por la escalera y descendía hasta la casa y allí, cuando los chicos dormían, Sebastián y Rosa se acostaban y daban rienda suelta a sus emociones, a sus sentimientos y a sus instintos amorosos de hombre y de mujer…, luego volvía a ascender a la copa hueca del castaño, retiraba la tapadera disimulada y descendía a su habitáculo. Comenzó a leer y a estudiar todo lo que Rosa le proporcionaba por medio de Nicolás, que traía del pueblo a través del conductor del autocar de la línea Piedrahita-Barco y que había sido correligionario de Sebastián, libros de todo tipo y tema. Comenzó a leer y a leer, pero también a ayudar a Rosa en las labores de bordado, con lo que el ritmo de producción había aumentado, tanto, que le preguntaron extrañados por su frenética actividad, y ella tuvo la idea de decir que una pariente de un pueblo cercano la ayudaba. Así es como Sebastián se convirtió, poco a poco, en un auténtico topo, escondido, enterrado, mientras la vida transcurría a pocos metros de él como si nada ocurriese, como si hubiese desaparecido de la faz de la tierra. Y Rosa fuese, desde entonces, Rosa “la bordadora”, o “la viuda”, y no “la republicana”, tal fue el olvido que se apoderó de un pueblo adormecido, subyugado, amnésico, dedicado en exclusiva a subsistir en aquel país —tanto da— que había odiado, descalificado, perseguido y matado a manos llenas, a mansalva. El día que Emilio llegó corriendo a la casa, comenzó a gritar como un loco mientras su madre trataba, inútilmente, de hacerlo callar para que su padre no se enterase de nada. Ella era el filtro de todas las noticias que le llegaban a Sebastián, pues de un tiempo a esa parte, salía al exterior cada vez con menos asiduidad, enfrascado como estaba en la lectura. El otoño de 1946 comenzaba, y en el castaño-vivienda de Sebastián reverdecían unas ramas que surgían del añoso tronco, que habían comenzado a brotar a los dos años de estar allí Sebastián, que Rosa bien que llevaba la cuenta. Emilio le contó a su madre que Agustín el alcalde había muerto, y que en su agonía había hecho confesión de los delitos que le había atribuido a su padre. Rosa no pudo reprimir que las lágrimas le brotasen y que llorase de emoción, de rabia, de impotencia, pero sobre todo de pena. De pena porque un hombre hubiese destruido de forma injusta y gratuita la vida de otro, así como la de su familia. Rosa entonces llamó a Nicolás y entre los tres sopesaron si era conveniente decirle la buena nueva a aquel ser que, dentro del tronco de castaño había vivido, si a eso se le podía llamar vivir, durante diez largos, duros y crueles años, temiendo —enfermo de terror al porvenir— en cada instante que alguien pudiese llegar a la casa, buscar a conciencia y localizar a Sebastián el republicano, que sin duda sería juzgado sumariamente, sentenciado y ejecutado como a tantos y tantos en España, por el delito de ser fieles a unos ideales. ¿Sería buena idea ponerlo al corriente y que decidiese salir y continuar viviendo en libertad? ¿O tal vez no sería mejor dejar las cosas como estaban y continuar como si Sebastián Redondo Cintado hubiese partido para el frente la mañana del 19 de julio de 1936, y no hubiese regresado jamás? Aquella noche Rosa, por vez primera, se introdujo en el interior del habitáculo, donde nunca quiso Sebastián que entrara, y sin más dilaciones se lo dijo. Éste dejó el libro que estaba leyendo y miró a Rosa a través de los gruesos lentes que desde hacía ocho años había tenido que comenzar a utilizar —la forma de agenciárselos le hacía sonreír a Rosa al recordarlo—. No hizo ninguna seña, ni de emoción, ni de satisfacción. Siempre había sido una persona parca en gestos. Sentado en la tajuela, y a la luz tenue de una lámpara de petróleo, invisible desde el exterior, continuó con la lectura de las Novelas ejemplares, de Cervantes. A su lado Rosa, tristemente, observó los libros pulcramente ordenados en la estancia, junto al colchón y la mesa taburete, con lo que había conseguido hacer de su pequeño y minúsculo mundo, un mundo rico, pleno de vivencias a través de la lectura, el estudio y la meditación. Rosa salió sin su hombre y la vida continuó su ritmo habitual. Una noche de diciembre, escuchó por la radio cómo un rumor sordo surgía del aparato receptor, mientras una voz aflautada, en medio de la multitud que se había congregado en la Plaza de Oriente, de Madrid, clamaba: “Combatientes, excautivos y españoles todos: El solar de la Patria…” Entonces Rosa pensó que sí, que quizá lo mejor era dejar las cosas como estaban, que el país que había fuera de aquellas lindes tal vez no merecía ser vivido por Sebastián, que ya no sería su mundo. Que no iban a conseguir, si osase salir, un reconocimiento de la injusticia cometida, como ella misma había podido comprobar. El desinterés más absoluto había sido la respuesta a la confesión del difunto alcalde, y el pueblo de Cabañasdelaguna había continuado su vida haciendo oídos sordos y mirando hacia otro lado, quizá considerando absurdo, egoístamente, reparar lo ya irreparable. Y pasaron los años… Un día, como siempre, Rosa subió a la copa del castaño, retiró la tapadera, y deslizó, como cada mañana, el desayuno de Sebastián, depositado en una tartera de hojalata por medio de una simple cuerda. Sebastián lo cogía y desayunaba, al amanecer, antes de que los chicos saliesen para sus ocupaciones. Pero aquella mañana del 27 de enero de 1950, la punta de la cuerda con el desayuno llegó a las manos de Rosa sin que Sebastián lo hubiese cogido. Le extrañó, como le extrañó que a esas horas tempranas no hubiese aún encendido la lamparilla. Sin alzar demasiado la voz llamó a Sebastián varias veces, pero todo fue inútil, porque esa misma noche a Sebastián le había fallado el corazón y murió de repente. Entre los tres lograron izarlo por la oquedad del tronco y bajarlo por la escalera hasta la casa. No hubo más. Cavaron una fosa a espaldas de la casa y depositaron el cuerpo, amortajado con una sábana. Nadie los vio, nadie sospechó nada, nadie echó de menos a Sebastián el republicano a quien todos creían abatido y malenterrado en cualquier páramo de Guadalajara o de Teruel, o de Belchite, o hundido para siempre en una poza del río Ebro. En cualquier sitio, menos a escasos cien metros de Cabañasdelaguna, su pueblo, en la provincia de Ávila. Cuando sus hijos se introdujeron nuevamente en el castaño deshabitado, que había sido el escondite de su padre durante los últimos catorce años, dejaron todo tal y como estaba. Sólo sacaron los libros, exactamente trescientos cincuenta y uno, de todo tipo: de Historia; de política; de Arte; de viajes; de religiones, sobre todo judía; de novelas de los Románticos; de aventuras; de su pasión, las biografías de los grandes hombres de la Humanidad. Al hojearlos, observaron extrañados que en la última hoja de cada volumen había una serie de pequeñas estrellas de seis puntas —de David— dibujadas por Sebastián: en unos libros había una sola estrella, en otros dos, tres, cuatro, hasta cinco estrellas en algunos. Nunca supieron el significado que había querido dar a aquella clave. Los libros pasaron a la casa, donde aún, a buen seguro, permanecen inalterables, tal vez un poco más amarillentos, mientras que en el interior del tronco dejaron todo lo demás. Volvieron a colocar la tapa, apuntillándola hasta dejarla encajada, y lo que quedó dentro, adentro quedó para siempre. Las hojas que milagrosamente reverdecían cada año sobre el tronco, caían y volvían a rebrotar. Y de nuevo a caer, y a rebrotar con el ciclo de las estaciones, siempre, cuando en Gredos se funden las nieves primaverales.
sto es todo. He llegado al final. Es la historia que escuché, a retazos, casi clandestinamente, de labios de una persona que me merece todo el respeto del mundo: Emilio Redondo Damián, el hijo pequeño de Sebastián y Rosa, los republicanos. Al parecer —aunque no he logrado confirmarlo, ya que tampoco deseo remover ni tumbas ni recuerdos—, Nicolás se colgó de un árbol de la finca en la que vivían, en 1957. La madre, Rosa, continuó bordando para los pudientes de Cabañasdelaguna, y falleció con bastante edad de muerte natural. Y Emilio es ahora un abuelo que pasa un poco de todo; que mira el mundo con algo de escepticismo; que la vida, por fin, se ha portado razonablemente bien con él. Que ha perdonado, aunque no haya olvidado. Y que es el único que sabe dónde está enterrado su padre. Un secreto que quiere llevarse, porque ya no cree en homenajes. Porque, dice, los ecos deben volver al viento. 2007/9/2 El ángel de Huelva EN MEMORIA DE D. ÁNGEL BEJARANO GIL, fallecido en Huelva en septiembre de 1.956
En algún cajón —quien sabe en qué mueble, de qué archivador, de cuál organismo— debe estar. Sí, allí debe estar tal vez, olvidada para siempre, la medalla que no llegó al pecho del valiente Ángel “de la Guardia” que un día ya lejano en un año de justo mediado el siglo pasado, en una lejana y rosa ciudad, se convirtió en un héroe. Y es que el Ángel se encontraba de centinela en el puerto (como no podía ser de otra forma) y observó cómo dos críos habían caído desde lo alto del atracadero cerca de los tinglados, a las profundas aguas. Sin saber él mismo nadar, se lanzó a lo más profundo del muelle, cerca de los veleros de pesca que se encontraban atracados a la espera de la siguiente marea. Y el Ángel, que era de mar adentro, que en aquel momento se encontraba soñando con las cumbres nevadas de los picachos que circundan su pueblo, se arrojó, sin pensarlo un solo segundo, vestido con la guerrera azul del uniforme de Policía Armada y en las profundidades consiguió asir a los dos mozalbetes que se aferraron a su cuello de tal forma que el Ángel a punto estuvo de hundirse con ellos en las oscuras profundidades de la rada. Después de varios, interminables segundos emergieron los tres, siendo sacados trabajosamente por algunos de los pescadores que por allí se encontraban, y la noticia corrió velozmente, con la rapidez que en aquellos años lo hacían las pequeñas noticias en la ciudad lejana y rosa. Los chavales, a base de juegos, consiguieron olvidar: tal vez hoy, seguro, son dos padres de familia que viven felices, y probablemente no han desalojado definitivamente de su memoria a quien una vez, con el uniforme, y las botas puestas, se arrojó a las oscuras aguas del muelle. Mientras, el Ángel comenzó su lucha, perdida de antemano, contra una enfermedad que le costaría más tarde la vida. En algún despacho se gestó y se tramitó una condecoración que recordase el valor del Ángel. Pero por desgracia, la gran valentía quedó tapada por su fallecimiento y la medalla se olvidó para siempre en algún cajón de cualquier archivador, en cualquier organismo, que la Historia de aquellos nebulosos años cincuenta del siglo pasado consiguió aplastar y oxidar. Quién sabe si en las hemerotecas es posible rescatar para el recuerdo la posible reseña que quizá se escribió dando cuenta de la distinción que hiciese rememorar el gesto de valor del Ángel y aún hubiese tiempo de trabarla —sus hijos, nietos y sobrinos— en el nicho del cementerio de la Soledad. El tiempo pasa pero no el recuerdo, aunque una pátina de olvido cubra cada año un poco más las evocaciones. Sirva este pequeño comentario como toque de atención a los historiadores, cronistas e investigadores, a los que escudriñan las vicisitudes —grandes hechos y pequeñas anécdotas— de los pueblos. Y sirva por si a bien tienen investigar esta pequeña historia, más que nada por ver si aún es posible restituir al Ángel “de la Guardia” —Bejarano Gil— la medalla que se quedó en el camino. 2007/8/21 Homenaje a los bomberos de Huelva “Andiamo, Mario ! fuera lágrimas ! - le dijo Stefano, al tiempo que, suavemente, lo palmeaba en la espalda. Y es que Mario Delvecchio, el bombero perteneciente al Palermitano Corpo di Vigili del Fuoco, Sezione Pronto Soccorso Internazionale, estaba llorando como un niño; él, considerado el duro del grupo allí estaba, sentado, cerrando rabioso los puños y con ganas de dar rienda suelta a la impotencia sentida minutos antes.
Y es que no había podido ser. Aquella anciana había llegado al límite de las fuerzas, cuando su mano, huesuda, inerme, era sujetada por la férrea de Mario, y éste , en un esfuerzo supremo, debido a la posición inverosímil en que se encontraba la mujer, sin tiempo de avisar al resto del grupo y utilizar los sofisticados elementos de que disponían : arneses, poleas, cámaras minúsculas de televisión capaces de introducirse hasta las más recónditas y profundas cámaras, sondas detectoras de cambios de temperatura, o sensores infrarrojos de movimientos, no tuvo más remedio que utilizar lo único de que disponía en aquel preciso instante : su fuerza bruta y su corazón. Y sacar, arrancar, arrebatar, a aquella mujer del agujero que Klintok, el noble mastín-bergamasco adiestrado, había olfateado minutos antes cuando Mario lo vio arañando con fuerza entre los cascotes de lo que tres días antes fue, al parecer, un edificio de cuatro plantas. Vamos, Mario, no te entretengas - repitió Stefano, el jefe expedicionario - hemos de continuar. Y Mario Delvecchio, sacudiéndose aquel maldito polvo que se le pegaba al sudor de su cara, se puso en pie y ajustó el casco donde lucía orgulloso la “tricolore” y la “azzurro-quindicistellata”. Por un momento, no más, volvió a pensar en la anciana que había salvado, aunque falleciera, ya en el exterior, sin poder resistir en su cuerpo los casi tres días que había permanecido enterrada y se dirigió al lugar donde Klintok arañaba furiosamente dando ladridos, comenzando con sumo cuidado a retirar cascotes y tierra. Los 7,3 grados de la escala abierta de Richter habían podido con miles de personas. Pero allí, en aquella minúscula grieta de aquel edificio, en los arrabales de aquella pequeña ciudad, al este de Ulan-Bator, en la antigua Mongolia Exterior, había aún vida, y el tiempo era inexorable””
Mi homenaje, a través de este brevísimo relato, a los Bomberos de Huelva, a todos. 2007/7/28 CONTANDO VILLAS Y SEVILLAS Jose A. Bejarano Él es el ser infalible, que hace aparecer y desaparecer todas las cosas. Es el gran Prestidigitador.
(El oro y la ceniza. Eliette Abécassis)
PROLEGÓMENOS DEL VIAJE
El tren estaba a punto de partir, pero me había dado tiempo a realizar una llamada desde la mugrienta cabina telefónica de la estación. La comunicación había sido deficiente, en relación al desarrollo del país, pero suficiente para confirmar la noticia. Cierto es que cuando regresara iba a tener que hacer trabajar mi imaginación para explicar lo que había ocurrido, ya que me acababan de comunicar que, desde mi anterior llamada, la noticia había corrido como la pólvora, y hasta en el trabajo, no digamos la familia, era un cúmulo de rumores que debería desmontar poco a poco, y es que, claro, una semana en Rumanía, así, por las buenas, por hacerle creer a Amaranta que hasta aquel día había pensado que yo era el típico currante hasta los mismísimos de aguantar durante 30 años, que no había parado un día y se dijo así mismo: basta ya. Basta ya de todos los días lo mismo. Basta ya de levantarse a las cinco de la mañana y al tajo viendo amanecer a la misma hora al ritmo de las estaciones. Hasta ese punto había llegado: saber exactamente a qué hora y a cuál minuto el sol despuntaría tras las balsas de materiales radiactivos de desechos de la puta central nuclear en la que yo trabajaba. Hasta aquel día había pensado que ya estaba bueno de la jodida vida que llevaba, y de todos los días, unos iguales a otros, viendo las mismas jodidas caras —también de los compañeros— y de que ya era hora de darme un gusto con los euros que tenía ahorrado, de no haber salido nunca excepto al jodido apartamento de la playa del que había terminado hasta los mismísimos. Por fin había decidido dejarlo todo, salir de casa y comenzar a recorrer el mundo, ese mundo que esta ahí mismo, a la puerta de la casa de donde sólo hay que tener el valor; vencer la jodida pereza, y salir. Pues todo ello hube de meterle en la cabeza a Amaranta, mi parienta, y que me creyera. Y ella que nunca me ha negado nada, me dijo que maldita la gracia salir de viaje, así, inopinadamente, pero al fin accedió aunque bien que se resistía. Y después de los avatares sucedidos durante la última semana, a ver cómo justifico yo ahora lo ocurrido. Claro que con todo lo previsor que yo soy, no haber traído cubierta las contingencias del viaje, y con estas urgencias de regresar, dado que no se me había concedido permiso para permanecer. Había sido todo ello una serie de despropósitos, y ya habría tiempo de lamentaciones. Así, dije a uno de los médicos y a quien le encomendé para que cuidase de ella el tiempo que tardase en regresar para repatriarla. El tren parte y mi mala conciencia se va mitigando. Mis recuerdos reaparecen y poco a poco revivo cuando una semana antes habíamos llegado en un viaje para celebrar nuestras bodas de plata…
VIAJE DE IDA
Hay que ver —pensaba yo; Adelardo es mi nombre— cómo el destino juega sus bazas enmarañando, repentinamente, lo que en un principio había planeado como un simple divertimento, y poco a poco, sin lugar para encauzar los acontecimientos, se entrecruzan los casos para resultar algo de lo que, justo es decirlo, yo poco beneficio podía sacar. Pero está claro que aunque el sol sale para todos, es provechoso para unos y nefasto para otros. Y aquí estoy yo para obtener ventaja de las circunstancias. En la agencia, me había sugerido el paquete turístico que yo había elegido cuidadosamente del folleto —“acorde a sus necesidades” me dijeron—. Habíamos partido de Madrid, y el vuelo resultó de lo más movido, ya que tuvimos que atravesar una fuerte tormenta sobre el centro de Europa. La verdad es que Amaranta no estaba convencida del programa que yo le había propuesto. Pero como siempre, lo había dejado en mis manos. Ella perdonó el prometido crucero a las islas griegas por este “plan” cuidadosamente fraguado. Al llegar a Bucarest, una ciudad sucia, de grandes y destartaladas avenidas, nos alojamos en uno de los pocos hoteles que, según la agencia, recibían tal nombre con propiedad. El “Gabriela”, un albergue decorado al estilo rústico rumano, con grandes ruedas de carro y alforjas de mil colores colgadas en las paredes. Dos días tuvimos para conocer la ciudad que habían diseñado, en parte, el tirano Ceaucescu y la arpía de su mujer. Recorrimos la ciudad plagada de perros vagabundos sarnosos y niños harapientos, la mayoría de aspecto agitanado, esnifando de cochambrosas bolsas de plástico. A poco de pasear, nos sentimos inmunizados de aquella miseria que nos rodeaba, mientras los transeúntes caminaban, indolentes, ajenos a aquel deprimente espectáculo. Al tercer día, temprano, nos acercamos a la agencia para recoger los billetes, así como el pase para el hotel donde iban a continuar nuestras vacaciones. A la mañana siguiente nos encontrábamos en la estación, a bordo de un confortable tren vips. El departamento parecía sacado del vagón del Pachá cuando la Reina Madre Victoria de Inglaterra viajó a la India colonial. Los decorados, artesonados y visillos finamente laborados tapaban tenuemente el gran ventanal, por donde se podía percibir y apreciar en todo su esplendor la campiña de aquel país que nos comenzaba a cautivar con su enorme belleza. Viajamos durante la mañana mirando a través de la ventana los pueblos y ciudades, las lomas y vaguadas de aquellos míticos montes, los Cárpatos, en el corazón de la Rumanía, cuna de seres fantásticos donde, según las leyendas, pululan seres que vagan entre los bosques y las zonas pantanosas. Observando los pueblos con bellas iglesias de inclinados techos, coronados de agujas que se elevan a los cielos de aquel desconocido país.
DESTINO Y ALOJAMIENTO
A media tarde llegamos por fin a Sibiu, una pequeña ciudad en el corazón de Transilvania, circundada de encrespados picachos punteados de nieve. Cuando llegamos al centro de la ciudad, preguntamos por nuestro hotel. No tuvimos que andar mucho, porque en una de las principales avenidas, la Nicolae Balcescu, encontramos el hotel que yo había reservado en España. Estábamos dispuestos a pasar, en aquella ciudad medieval, un fin de semana inolvidable, apartados de los circuitos clásicos de turismo. Y estaba seguro de haber dado en el clavo. Así pues, entramos al 'Imparatul Romanilor' arrastrando las dos maletas e inmediatamente acudieron a recibirnos a la recepción. Nos acompañaron en un vetusto ascensor hasta el piso 3º. Nos acomodamos y antes de la cena nos tendimos en la cama. La habitación era de estilo barroco plagado de artesonados y adornos, panoplias de estilo centroeuropeo, cornucopias con espejos aguados y muchas figuras de faunos, sátiros y demás simbología. Cuando bajamos, entramos a una amplia sala comedor con, aproximadamente, una docena de mesas, percibiendo una sensación extraña, que me hizo notar Amaranta: el comedor estaba lleno, todas las mesas estaban ocupadas, y todo el mundo comía. Sin embargo algo había en el ambiente que resultaba extraño: en aquel atestado salón reinaba el más absoluto de los silencios. Si acaso el tintineo de algún cubierto al chocar con los platos, o el paso, fugaz, de algún camarero. Nos sentamos en la mesa que nos había indicado un camarero con una triste sonrisa extendiendo el brazo con timidez. El mismo camarero nos fue poniendo sobre la mesa un extraño menú. Amaranta se me quedó mirando y, lo que hasta entonces había sido una amena charla, comentando todo lo que estábamos viendo, se convirtió en un silencio total entre nosotros. De repente, me di cuenta de que nos habíamos contagiado de aquel embarazoso mutismo que reinaba en el comedor de hotel. La cena, qué decir, ya nos comenzó a extrañar, pues nos pusieron platos a los que no estábamos acostumbrados, y no había forma de leer la carta escrita en rumano que enumeraba el menú de aquella noche: carpa del Danubio macerada en salsa de jengibre; útero de ternera de los Cárpatos a la parrilla, y yogur de requesón. Regado con un vino ligeramente áspero, que consiguió que tratase de romper aquel silencio y le dijese algunas cosas a Amaranta que miraba, melindrosa, al plato incapaz de ingerir nada de aquello. Si lo sabría yo... Por fin nos levantamos y pude observar que poco a poco iban haciendo lo mismo el resto de los comensales de aquella turbadora cena: ancianos, niños y personas de mediana edad, vestidos convencionalmente, con aspecto de turistas. Ya en nuestra habitación, a punto de acostarnos, entramos en el cuarto de aseo. Amaranta, mientras, se aseaba para meterse en la cama, y yo me lavaba la dentadura. En un momento, al ir a enjuagarme, me volví para apartarla ligeramente, pues se echaba encima de mí. Al instante nos quedamos los dos mirándonos y comenzamos a notar cómo el habitáculo del aseo se hacía cada vez más pequeño. El vino de la cena se nos debía haber subido a la cabeza pues de repente, los focos de luz se apagaron y la puerta se cerró violentamente, como si una corriente de aire la hubiese abatido. Yo me abalancé para sujetarla, pero lo único que conseguí fue un intenso dolor en los nudillos de la mano cuando traté de impedir que se cerrara. Amaranta comenzó a sollozar porque, en medio de una tenue claridad, que no sabíamos por dónde se filtraba, pudimos ver que las paredes y el techo se nos venían sobre nosotros. No quise decir nada pero estaba comenzando a intranquilizarme porque a pesar de desear para Amaranta una “jugosa” estancia en Rumania, no esperaba ni mucho menos lo que estaba ocurriendo: a los pocos minutos pudimos observar que la estancia había empequeñecido de tal manera que ya nos resultaba imposible separarnos. Todo, absolutamente, se nos había venido encima en medio de un silencio sepulcral e iluminados por una luz espectral. En un instante, y prácticamente sin ponernos de acuerdo, comenzamos a gritar despavoridos, a aporrear las paredes y el techo. Nada. Estábamos encerrados en aquella habitación que ya se asemejaba al frío, desangelado, y tosco espacio de un sepulcro. Estábamos aterrorizados, locos de gritar suplicando que nos liberasen de aquel infierno en el que ya comenzaba a faltarnos el aire. Amaranta, desnuda, sudorosa y desgreñada, me miraba con los ojos fuera de las órbitas. Las paredes y el techo, en un momento determinado se pararon, quizá porque ya nuestros cuerpos comprimidos impedían continuar hasta aplastarnos. Nos quedamos aprisionados entre aquellas cuatro paredes, y al desaparecer todos los elementos usuales, parecía nuestra tumba. Se lo dije: tenía la sensación de estar enterrados en vida. Amaranta se encontraba en estado estuporoso. Jadeaba apurando la escasa y enrarecida atmósfera. Era imposible cualquier entrada de aire, pues me había fijado, previamente, que el aseo carecía de ventilación, ni siquiera de un mínimo resquicio. Cuando el aire se hacía escaso, la luz vino repentinamente, de tal manera que tuvimos que cerrar los ojos debido al dolor intenso que nos produjo la cegadora iluminación concentrada en el escaso metro cúbico. La cabeza comenzó a dolernos hasta casi estallar y Amaranta a gritar histérica. Yo, debo confesarlo, me contagié. Al borde de la locura, de la asfixia a causa del terrible calor que hacía, sentimos que la opresión comenzaba a ceder. Las paredes, poco a poco, volvían a su lugar original. La luz se difuminaba ampliando la capacidad del cubil y el aire se hacía más respirable como si desde algún lugar secreto e insospechado, alguien, invisible para nosotros, hubiera abierto de repente las válvulas de entrada del aire, de la atmósfera respirable, de la vida, a la que volvimos a aferrarnos con fuerza. Cuando tuve espacio suficiente me abalancé salvajemente sobre la puerta. Ésta se abrió y nos precipitamos al exterior, cerrándose de nuevo, violentamente, a nuestras espaldas. La habitación estaba en penumbra. Ayudé a Amaranta a acostarse. Inmediatamente me precipité hacia la puerta de la habitación que se encontraba cerrada y comencé a empujarla y a girar con fuerza el pomo. Aporrearla con todas mis fuerzas fue lo único que se me ocurrió en aquellos momentos. Me dirigí hacia el balcón. Era inútil: cerrado. En el exterior, la oscuridad más absoluta. Descolgué el teléfono asiéndome a la última esperanza. En medio de una tétrica penumbra, sólo alumbrados por una incierta y turbia claridad que no se sabía muy bien de dónde surgía, comenzaron a aparecer en el extremo opuesto de la habitación, unos seres horripilantes, fantasmagóricos. Amaranta, en la cama, en posición fetal, se mesaba los cabellos con los ojos desorbitados, sudando. Por una gran abertura practicada en la pared desfilaban toda suerte de seres faéricos, precedentes de los bosques cárpatos, de aspecto horripilante, mezcla de humanos y sabandijas reptantes, emitiendo agudos chillidos que nos hacían sangrar por los oídos, al traspasar los límites permisibles de intensidad. Sátiros, que se acercaban a Amaranta haciendo gestos obscenos. Sierpes de cinco metros de longitud arrastrándose a lo largo del suelo de la habitación. Dracos horripilantes. Grifos salidos de textos mitológicos, corriendo a través de las alfombras aferrándose con sus garras de león y picoteando con su pico de águila todo los que cogían a su paso. Roncos de gritar sabiendo que nuestras voces de auxilio chocaban en las paredes sin que nadie escuchase para acudir en nuestro auxilio, comenzaron a aparecer en medio de un ambiente que de improviso se tornó grato, con murmullo de aguas y el tenue ulular del viento, tras un idílico bosque, criaturas sonrientes de extraña belleza: ninfas, dríadas y sílfides, que de súbito, iniciaron un extraño ritual a nuestro alrededor, danzando al son del suave sonido que nos envolvía como en una embriagadora nube de bienestar. Se acercaban y se alejaban volando, haciendo vibrar sus pequeñas alitas a una velocidad tal que eran capaces de quedarse suspendidos en el aire, mientras formaban un halo de miríadas de estrellas de luz difusa que aquellas pequeñas criaturas en forma de hadas iban soltando desparramando por la habitación, mientras, extasiados, las contemplábamos. A partir de aquel momento, perdimos la noción del tiempo y aquella noche se convirtió, ya, en una sucesión ininterrumpida de apariciones que alternaban el sosiego y la paz con el terror más inimaginable: seres de las cortes Dorada y Oscura; elfos de los reinos de la Luz y de la Oscuridad; humanoides de tez pálida; efebos con rostros de mirada gélida y orgullosa que se acercaban a nosotros y nos hacían gestos: unos de menosprecio a la vez que nos abofeteaban, sobre todo a Amaranta, lo que me dejaba turbado pues no sentía el menor atisbo de compasión, aún al contrario, sentía un intenso placer que aquellos seres andróginos la maltratasen; otros, por el contrario, nos hacían objeto de toda clase de bromas y mofas, alternándose los seres de las dos Cortes y de los dos Reinos, en una tragicómica sucesión de risas y de llantos. Unos demonios sexuales —íncubos y súcubos—, trataron de seducirnos intentando toda clase de artimañas a fin de que diéramos el consentimiento para realizar actos a los que no estábamos dispuestos a transigir. Tuve que armarme de valor para conseguir que nos dejaran en paz con sus lascivas insinuaciones. Vi que Amaranta se desmayaba, y al rato volvía en sí. Yo sabía que no era dueña de sus actos, que la habían desbordado. Estaba comenzando a cansar toda aquella aventura que había sobrepasado todo lo imaginable, pero por desgracia, en un momento de lucidez, tuve conciencia de que ya la situación estaba fuera de todo control. Así, hasta que terminó aquella terrible noche, hubimos de soportar la visión de otros seres infernales, que, inexplicablemente podía identificar, así como definir sus características. Numerosos demonios tentadores, con los que, bajo sus influjos, hubimos de pasar las pruebas de sucumbir a todos y cada uno de los pecados capitales; canes zéfiros, perros provenientes de la guarida de Satán, que antes de atacarnos nos mostraron dentro de la habitación, imágenes y espectáculos impresionantes de la naturaleza desatada: erupciones volcánicas y movimientos telúricos, precedidos de rojos e inmensos atardeceres; los zéfiros de Satán se abalanzaban sobre nosotros mostrando sus tremendas fauces arrojando lenguas de fuego desgarrándonos lo poco que nos quedaba de ropa. Me resultaba inútil tratar de defender a Amaranta, que a aquellas alturas era un guiñapo, e inútil el hacer nada por ella. La orgía concluyó con la apoteosis de la visión horripilante de una misa negra en la que se decapitaba y se le extraían las entrañas a un niño. Aquella escena, entre seres espectrales y sonidos de ultratumba, fue lo que acabó por desquiciarme y sin poder contenerme, lancé un alarido de socorro. Las visiones que tanto nos habían conturbado, desaparecieron como por arte de magia. De pronto se hizo el más absoluto silencio y todos aquellos seres desaparecieron con la misma rapidez que habían aparecido. La luz se hizo. El caos reinante durante toda en la larga noche, sobrevino en orden, la habitación estaba impecable, y hasta el cuarto de baño, con la puerta abierta, lucía en todo su esplendor. Por un momento, pensé que todo había resultado una pesadilla, fruto quizá de alguno de los alimentos ingeridos la noche anterior. Pero, completamente desnudo, me encontraba en un extremo de la habitación, en tanto que Amaranta, también desnuda, estaba en la cama sin moverse. Llamaron a la puerta. Yo no tenía fuerzas para responder, y al cabo de unos minutos pude ver entrar a dos personas. Inmediatamente nos atendieron. Al ver que ella estaba sin sentido, uno de ellos realizó una llamada telefónica (durante la noche estuvimos incomunicados) e inmediatamente la trasportaron a una ambulancia que estaba a la puerta del hotel. Ayudado por un enfermero, salí de la habitación. Al traspasar el vestíbulo, una fila de personas nos hacía pasillo. Todos guardaban silencio. Eran los comensales de la cena de la noche anterior. Sus aspectos comenzaron a resultar inquietantes. Eran zombis, muertos vivientes. En el ala siquiátrica del hospital, no me dejaron ver más que unos minutos a mi esposa, y a mí me facilitaron un billete de tren con destino a Milán. Ella me seguiría, en días posteriores, cuando fuera posible su viaje. Inútil resultó convencerles de que lo que yo quería era quedarme a esperarla. No hubo manera, y mi voluntad estaba quebrantada después del trauma sufrido. Me fueron a despedir a la estación y allí me dieron un sobre, pidiéndome que lo abriera cuando estuviera fuera del país.
VIAJE DE VUELTA Y aquí a bordo del tren que hace una hora partió de Bucarest, me doy cuenta de que por fin he arreglado algo que hace tiempo llevaba entre manos y no sabía cómo resolver: todo ha ido sobre ruedas y a pesar de que la historia es increíble, yo me doy muchas mañas para enjaretar una película y lograr que todo el mundo me tenga lástima debido a que la pobre Amaranta ha tenido que quedar recluida en un hospital de Bucarest, lo que voy a omitir. Desde luego que el susodicho hospital es un deprimente manicomio, donde aún usan a discreción las corrientes, atiborran de drogas a los pobres locos y las habitaciones no son más que celdas donde aún tienen las bolas de hierro y las cadenas, piadosamente recogidas, como recuerdo de un pasado por lo que se ve, no tan lejano. Hasta ahí llegó, no más, la reforma del sistema psiquiátrico de Rumanía (según el Art. 46 de su Constitución). Cuando regrese a Rumanía recogeré a Amaranta o lo que quede de ella, y la devolveré a España. La incapacidad mental de Amaranta, que hasta un chiquillo diagnosticaría, me será suficiente para que los forenses decreten su insolvencia y me concedan el divorcio de una vez. El caso es que vean que ha quedado como una puta cabra, y yo irme de rositas, sin culpa alguna, sin temor, todo debido a la, por todos conocida, “rareza” de ella, que no es otra cosa que debilidad mental, neurastenia y psicosis paranoide. Digo. Hostia, colega, vaya ladino que estoy hecho: toda la noche toledana haciendo el paripé, poniendo cara de loco, de terror, acojonado, sabiendo de sobra que todo estaba siendo una mala película encaminada a ablandar un poco las “meninges” de Amaranta y hacer que se doblegase. Estaba hasta los mismísimos, y mira tú cómo se me ha preparado el lío para matar dos pájaros de un tiro y encima que ella quede como la culpable. Si es que soy una lumbrera. A quién se le ocurre contratar a una empresa para que me organicen un party. Yo quería algo más light, porque tampoco era el caso de que la víctima fuese yo también y en el que casi quedo yo tocado. Si es que parecía tan real como que estoy aquí montado en este tren. Y es que la empresa que descubrí por Internet es la leche: ellos lo han preparado todo. Aquí tengo la factura: un pastón lo que me han costado las vacaciones programadas expresamente para nosotros. La gente de la compañía GHP, que, a la vista de los efectos producidos a cualquiera le puede parecer las iniciales de la compañía Gran Hijo de Puta, sin embargo se trata de la compañía que me ha allanado el camino. Y los muy jodidos, con la factura, me entregan un prospecto publicitario. Joder.
FIN Agradecimientos: A la Agregada de turismo de la Embajada de Rumanía en España, Pavla Eneuscu. A V.G.V. Canónigo Hermano en la Cartuja de la Orden Redentorista de San Alfonso María Liborio, de Bollullos Par del Condado (Huelva) —expiando el contrapunto 946 de Camino, de J.M. Escrivá—, quien amablemente me narró una historia, en una tarde inolvidable, en la que me he inspirado. Por último, gracias virtuales a GHP, o sea, www.globalhorrorparty.net, empresa especializada en organizar fiestas en los cinco continentes, a saber, por si a alguien le interesa, según el folleto: En Asia: te preparan y te hacen “disfrutar” un terremoto en el mismísimo Japón. En América: te organizan la Fiesta del Sol en Machu-Picchu o un avistamiento de OVNI con abdución incluida. En África: un safari en Tanzania de especies ya desaparecidas de la faz de la Tierra. 2006/10/25 Contando villas y Sevillas (...y 4)
VIAJE DE VUELTA Y aquí a bordo del tren que hace una hora partió de Bucarest, me doy cuenta de que por fin he arreglado algo que hace tiempo llevaba entre manos y no sabía cómo resolver: todo ha ido sobre ruedas y a pesar de que la historia es increíble, yo me doy muchas mañas para enjaretar una película y lograr que todo el mundo me tenga lástima debido a que la pobre Amaranta ha tenido que quedar recluida en un hospital de Bucarest, lo que voy a omitir. Desde luego que el susodicho hospital es un deprimente manicomio, donde aún usan a discreción las corrientes, atiborran de drogas a los pobres locos y las habitaciones no son más que celdas donde aún tienen las bolas de hierro y las cadenas, piadosamente recogidas, como recuerdo de un pasado por lo que se ve, no tan lejano. Hasta ahí llegó, no más, la reforma del sistema psiquiátrico de Rumanía (según el Art. 46 de su Constitución). Cuando regrese a Rumanía recogeré a Amaranta o lo que quede de ella, y la devolveré a España. La incapacidad mental de Amaranta, que hasta un chiquillo diagnosticaría, me será suficiente para que los forenses decreten su insolvencia y me concedan el divorcio de una vez. El caso es que vean que ha quedado como una puta cabra, y yo irme de rositas, sin culpa alguna, sin temor, todo debido a la, por todos conocida, “rareza” de ella, que no es otra cosa que debilidad mental, neurastenia y psicosis paranoide. Digo. Hostia, colega, vaya ladino que estoy hecho: toda la noche toledana haciendo el paripé, poniendo cara de loco, de terror, acojonado, sabiendo de sobra que todo estaba siendo una mala película encaminada a ablandar un poco las “meninges” de Amaranta y hacer que se doblegase. Estaba hasta los mismísimos, y mira tú cómo se me ha preparado el lío para matar dos pájaros de un tiro y encima que ella quede como la culpable. Si es que soy una lumbrera. A quién se le ocurre contratar a una empresa para que me organicen un party. Yo quería algo más light, porque tampoco era el caso de que la víctima fuese yo también y en el que casi quedo yo tocado. Si es que parecía tan real como que estoy aquí montado en este tren. Y es que la empresa que descubrí por Internet es la leche: ellos lo han preparado todo. Aquí tengo la factura: un pastón lo que me han costado las vacaciones programadas expresamente para nosotros. La gente de la compañía GHP, que, a la vista de los efectos producidos a cualquiera le puede parecer las iniciales de la compañía Gran Hijo de Puta, sin embargo se trata de la compañía que me ha allanado el camino. Y los muy jodidos, con la factura, me entregan un prospecto publicitario. Joder.
FIN Agradecimientos: A la Agregada de turismo de la Embajada de Rumanía en España, Pavla Eneuscu. A V.G.V. Canónigo Hermano en la Cartuja de la Orden Redentorista de San Alfonso María Liborio, de Bollullos Par del Condado (Huelva) —expiando el contrapunto 946 de Camino, de J.M. Escrivá—, quien amablemente me narró una historia, en una tarde inolvidable, en la que me he inspirado. Por último, gracias virtuales a GHP, o sea, www.globalhorrorparty.net, empresa especializada en organizar fiestas en los cinco continentes, a saber, por si a alguien le interesa, según el folleto: En Asia: te preparan y te hacen “disfrutar” un terremoto en el mismísimo Japón. En América: te organizan la Fiesta del Sol en Machu-Picchu o un avistamiento de OVNI con abdución incluida. En África: un safari en Tanzania de especies ya desaparecidas de la faz de la Tierra. En Oceanía: para los más pudientes, vivir dos veces la Nochevieja en la isla Pitt, de Nueva Zelanda, llamada Isla Año Más, por hallarse en el meridiano del cambio de fecha. Y por fin, en Europa (en Rumanía): fin de semana con el programa que yo había elegido. (*) Contar villas y Sevillas: Expresión. Aplícase a quien, al retornar de un viaje, narra las grandezas visitadas y los portentos vividos, la mayoría de las veces –claro— simples figuraciones.
2006/10/24 Contando villas y Sevillas (3)DESTINO Y ALOJAMIENTO
A media tarde llegamos por fin a Sibiu, una pequeña ciudad en el corazón de Transilvania, circundada de encrespados picachos punteados de nieve. Cuando llegamos al centro de la ciudad, preguntamos por nuestro hotel. No tuvimos que andar mucho, porque en una de las principales avenidas, la Nicolae Balcescu, encontramos el hotel que yo había reservado en España. Estábamos dispuestos a pasar, en aquella ciudad medieval, un fin de semana inolvidable, apartados de los circuitos clásicos de turismo. Y estaba seguro de haber dado en el clavo. Así pues, entramos al 'Imparatul Romanilor' arrastrando las dos maletas e inmediatamente acudieron a recibirnos a la recepción. Nos acompañaron en un vetusto ascensor hasta el piso 3º. Nos acomodamos y antes de la cena nos tendimos en la cama. La habitación era de estilo barroco plagado de artesonados y adornos, panoplias de estilo centroeuropeo, cornucopias con espejos aguados y muchas figuras de faunos, sátiros y demás simbología. Cuando bajamos, entramos a una amplia sala comedor con, aproximadamente, una docena de mesas, percibiendo una sensación extraña, que me hizo notar Amaranta: el comedor estaba lleno, todas las mesas estaban ocupadas, y todo el mundo comía. Sin embargo algo había en el ambiente que resultaba extraño: en aquel atestado salón reinaba el más absoluto de los silencios. Si acaso el tintineo de algún cubierto al chocar con los platos, o el paso, fugaz, de algún camarero. Nos sentamos en la mesa que nos había indicado un camarero con una triste sonrisa extendiendo el brazo con timidez. El mismo camarero nos fue poniendo sobre la mesa un extraño menú. Amaranta se me quedó mirando y, lo que hasta entonces había sido una amena charla, comentando todo lo que estábamos viendo, se convirtió en un silencio total entre nosotros. De repente, me di cuenta de que nos habíamos contagiado de aquel embarazoso mutismo que reinaba en el comedor de hotel. La cena, qué decir, ya nos comenzó a extrañar, pues nos pusieron platos a los que no estábamos acostumbrados, y no había forma de leer la carta escrita en rumano que enumeraba el menú de aquella noche: carpa del Danubio macerada en salsa de jengibre; útero de ternera de los Cárpatos a la parrilla, y yogur de requesón. Regado con un vino ligeramente áspero, que consiguió que tratase de romper aquel silencio y le dijese algunas cosas a Amaranta que miraba, melindrosa, al plato incapaz de ingerir nada de aquello. Si lo sabría yo... Por fin nos levantamos y pude observar que poco a poco iban haciendo lo mismo el resto de los comensales de aquella turbadora cena: ancianos, niños y personas de mediana edad, vestidos convencionalmente, con aspecto de turistas. Ya en nuestra habitación, a punto de acostarnos, entramos en el cuarto de aseo. Amaranta, mientras, se aseaba para meterse en la cama, y yo me lavaba la dentadura. En un momento, al ir a enjuagarme, me volví para apartarla ligeramente, pues se echaba encima de mí. Al instante nos quedamos los dos mirándonos y comenzamos a notar cómo el habitáculo del aseo se hacía cada vez más pequeño. El vino de la cena se nos debía haber subido a la cabeza pues de repente, los focos de luz se apagaron y la puerta se cerró violentamente, como si una corriente de aire la hubiese abatido. Yo me abalancé para sujetarla, pero lo único que conseguí fue un intenso dolor en los nudillos de la mano cuando traté de impedir que se cerrara. Amaranta comenzó a sollozar porque, en medio de una tenue claridad, que no sabíamos por dónde se filtraba, pudimos ver que las paredes y el techo se nos venían sobre nosotros. No quise decir nada pero estaba comenzando a intranquilizarme porque a pesar de desear para Amaranta una “jugosa” estancia en Rumania, no esperaba ni mucho menos lo que estaba ocurriendo: a los pocos minutos pudimos observar que la estancia había empequeñecido de tal manera que ya nos resultaba imposible separarnos. Todo, absolutamente, se nos había venido encima en medio de un silencio sepulcral e iluminados por una luz espectral. En un instante, y prácticamente sin ponernos de acuerdo, comenzamos a gritar despavoridos, a aporrear las paredes y el techo. Nada. Estábamos encerrados en aquella habitación que ya se asemejaba al frío, desangelado, y tosco espacio de un sepulcro. Estábamos aterrorizados, locos de gritar suplicando que nos liberasen de aquel infierno en el que ya comenzaba a faltarnos el aire. Amaranta, desnuda, sudorosa y desgreñada, me miraba con los ojos fuera de las órbitas. Las paredes y el techo, en un momento determinado se pararon, quizá porque ya nuestros cuerpos comprimidos impedían continuar hasta aplastarnos. Nos quedamos aprisionados entre aquellas cuatro paredes, y al desaparecer todos los elementos usuales, parecía nuestra tumba. Se lo dije: tenía la sensación de estar enterrados en vida. Amaranta se encontraba en estado estuporoso. Jadeaba apurando la escasa y enrarecida atmósfera. Era imposible cualquier entrada de aire, pues me había fijado, previamente, que el aseo carecía de ventilación, ni siquiera de un mínimo resquicio. Cuando el aire se hacía escaso, la luz vino repentinamente, de tal manera que tuvimos que cerrar los ojos debido al dolor intenso que nos produjo la cegadora iluminación concentrada en el escaso metro cúbico. La cabeza comenzó a dolernos hasta casi estallar y Amaranta a gritar histérica. Yo, debo confesarlo, me contagié. Al borde de la locura, de la asfixia a causa del terrible calor que hacía, sentimos que la opresión comenzaba a ceder. Las paredes, poco a poco, volvían a su lugar original. La luz se difuminaba ampliando la capacidad del cubil y el aire se hacía más respirable como si desde algún lugar secreto e insospechado, alguien, invisible para nosotros, hubiera abierto de repente las válvulas de entrada del aire, de la atmósfera respirable, de la vida, a la que volvimos a aferrarnos con fuerza. Cuando tuve espacio suficiente me abalancé salvajemente sobre la puerta. Ésta se abrió y nos precipitamos al exterior, cerrándose de nuevo, violentamente, a nuestras espaldas. La habitación estaba en penumbra. Ayudé a Amaranta a acostarse. Inmediatamente me precipité hacia la puerta de la habitación que se encontraba cerrada y comencé a empujarla y a girar con fuerza el pomo. Aporrearla con todas mis fuerzas fue lo único que se me ocurrió en aquellos momentos. Me dirigí hacia el balcón. Era inútil: cerrado. En el exterior, la oscuridad más absoluta. Descolgué el teléfono asiéndome a la última esperanza. En medio de una tétrica penumbra, sólo alumbrados por una incierta y turbia claridad que no se sabía muy bien de dónde surgía, comenzaron a aparecer en el extremo opuesto de la habitación, unos seres horripilantes, fantasmagóricos. Amaranta, en la cama, en posición fetal, se mesaba los cabellos con los ojos desorbitados, sudando. Por una gran abertura practicada en la pared desfilaban toda suerte de seres faéricos, precedentes de los bosques cárpatos, de aspecto horripilante, mezcla de humanos y sabandijas reptantes, emitiendo agudos chillidos que nos hacían sangrar por los oídos, al traspasar los límites permisibles de intensidad. Sátiros, que se acercaban a Amaranta haciendo gestos obscenos. Sierpes de cinco metros de longitud arrastrándose a lo largo del suelo de la habitación. Dracos horripilantes. Grifos salidos de textos mitológicos, corriendo a través de las alfombras aferrándose con sus garras de león y picoteando con su pico de águila todo los que cogían a su paso. Roncos de gritar sabiendo que nuestras voces de auxilio chocaban en las paredes sin que nadie escuchase para acudir en nuestro auxilio, comenzaron a aparecer en medio de un ambiente que de improviso se tornó grato, con murmullo de aguas y el tenue ulular del viento, tras un idílico bosque, criaturas sonrientes de extraña belleza: ninfas, dríadas y sílfides, que de súbito, iniciaron un extraño ritual a nuestro alrededor, danzando al son del suave sonido que nos envolvía como en una embriagadora nube de bienestar. Se acercaban y se alejaban volando, haciendo vibrar sus pequeñas alitas a una velocidad tal que eran capaces de quedarse suspendidos en el aire, mientras formaban un halo de miríadas de estrellas de luz difusa que aquellas pequeñas criaturas en forma de hadas iban soltando desparramando por la habitación, mientras, extasiados, las contemplábamos. A partir de aquel momento, perdimos la noción del tiempo y aquella noche se convirtió, ya, en una sucesión ininterrumpida de apariciones que alternaban el sosiego y la paz con el terror más inimaginable: seres de las cortes Dorada y Oscura; elfos de los reinos de la Luz y de la Oscuridad; humanoides de tez pálida; efebos con rostros de mirada gélida y orgullosa que se acercaban a nosotros y nos hacían gestos: unos de menosprecio a la vez que nos abofeteaban, sobre todo a Amaranta, lo que me dejaba turbado pues no sentía el menor atisbo de compasión, aún al contrario, sentía un intenso placer que aquellos seres andróginos la maltratasen; otros, por el contrario, nos hacían objeto de toda clase de bromas y mofas, alternándose los seres de las dos Cortes y de los dos Reinos, en una tragicómica sucesión de risas y de llantos. Unos demonios sexuales —íncubos y súcubos—, trataron de seducirnos intentando toda clase de artimañas a fin de que diéramos el consentimiento para realizar actos a los que no estábamos dispuestos a transigir. Tuve que armarme de valor para conseguir que nos dejaran en paz con sus lascivas insinuaciones. Vi que Amaranta se desmayaba, y al rato volvía en sí. Yo sabía que no era dueña de sus actos, que la habían desbordado. Estaba comenzando a cansar toda aquella aventura que había sobrepasado todo lo imaginable, pero por desgracia, en un momento de lucidez, tuve conciencia de que ya la situación estaba fuera de todo control. Así, hasta que terminó aquella terrible noche, hubimos de soportar la visión de otros seres infernales, que, inexplicablemente podía identificar, así como definir sus características. Numerosos demonios tentadores, con los que, bajo sus influjos, hubimos de pasar las pruebas de sucumbir a todos y cada uno de los pecados capitales; canes zéfiros, perros provenientes de la guarida de Satán, que antes de atacarnos nos mostraron dentro de la habitación, imágenes y espectáculos impresionantes de la naturaleza desatada: erupciones volcánicas y movimientos telúricos, precedidos de rojos e inmensos atardeceres; los zéfiros de Satán se abalanzaban sobre nosotros mostrando sus tremendas fauces arrojando lenguas de fuego desgarrándonos lo poco que nos quedaba de ropa. Me resultaba inútil tratar de defender a Amaranta, que a aquellas alturas era un guiñapo, e inútil el hacer nada por ella. La orgía concluyó con la apoteosis de la visión horripilante de una misa negra en la que se decapitaba y se le extraían las entrañas a un niño. Aquella escena, entre seres espectrales y sonidos de ultratumba, fue lo que acabó por desquiciarme y sin poder contenerme, lancé un alarido de socorro. Las visiones que tanto nos habían conturbado, desaparecieron como por arte de magia. De pronto se hizo el más absoluto silencio y todos aquellos seres desaparecieron con la misma rapidez que habían aparecido. La luz se hizo. El caos reinante durante toda en la larga noche, sobrevino en orden, la habitación estaba impecable, y hasta el cuarto de baño, con la puerta abierta, lucía en todo su esplendor. Por un momento, pensé que todo había resultado una pesadilla, fruto quizá de alguno de los alimentos ingeridos la noche anterior. Pero, completamente desnudo, me encontraba en un extremo de la habitación, en tanto que Amaranta, también desnuda, estaba en la cama sin moverse. Llamaron a la puerta. Yo no tenía fuerzas para responder, y al cabo de unos minutos pude ver entrar a dos personas. Inmediatamente nos atendieron. Al ver que ella estaba sin sentido, uno de ellos realizó una llamada telefónica (durante la noche estuvimos incomunicados) e inmediatamente la trasportaron a una ambulancia que estaba a la puerta del hotel. Ayudado por un enfermero, salí de la habitación. Al traspasar el vestíbulo, una fila de personas nos hacía pasillo. Todos guardaban silencio. Eran los comensales de la cena de la noche anterior. Sus aspectos comenzaron a resultar inquietantes. Eran zombis, muertos vivientes. En el ala siquiátrica del hospital, no me dejaron ver más que unos minutos a mi esposa, y a mí me facilitaron un billete de tren con destino a Milán. Ella me seguiría, en días posteriores, cuando fuera posible su viaje. Inútil resultó convencerles de que lo que yo quería era quedarme a esperarla. No hubo manera, y mi voluntad estaba quebrantada después del trauma sufrido. Me fueron a despedir a la estación y allí me dieron un sobre, pidiéndome que lo abriera cuando estuviera fuera del país. (Continúa)... 2006/10/23 Contando villas y Sevillas (2)VIAJE DE IDA
Hay que ver —pensaba yo; Adelardo es mi nombre— cómo el destino juega sus bazas enmarañando, repentinamente, lo que en un principio había planeado como un simple divertimento, y poco a poco, sin lugar para encauzar los acontecimientos, se entrecruzan los casos para resultar algo de lo que, justo es decirlo, yo poco beneficio podía sacar. Pero está claro que aunque el sol sale para todos, es provechoso para unos y nefasto para otros. Y aquí estoy yo para obtener ventaja de las circunstancias. En la agencia, me había sugerido el paquete turístico que yo había elegido cuidadosamente del folleto —“acorde a sus necesidades” me dijeron—. Habíamos partido de Madrid, y el vuelo resultó de lo más movido, ya que tuvimos que atravesar una fuerte tormenta sobre el centro de Europa. La verdad es que Amaranta no estaba convencida del programa que yo le había propuesto. Pero como siempre, lo había dejado en mis manos. Ella perdonó el prometido crucero a las islas griegas por este “plan” cuidadosamente fraguado. Al llegar a Bucarest, una ciudad sucia, de grandes y destartaladas avenidas, nos alojamos en uno de los pocos hoteles que, según la agencia, recibían tal nombre con propiedad. El “Gabriela”, un albergue decorado al estilo rústico rumano, con grandes ruedas de carro y alforjas de mil colores colgadas en las paredes. Dos días tuvimos para conocer la ciudad que habían diseñado, en parte, el tirano Ceaucescu y la arpía de su mujer. Recorrimos la ciudad plagada de perros vagabundos sarnosos y niños harapientos, la mayoría de aspecto agitanado, esnifando de cochambrosas bolsas de plástico. A poco de pasear, nos sentimos inmunizados de aquella miseria que nos rodeaba, mientras los transeúntes caminaban, indolentes, ajenos a aquel deprimente espectáculo. Al tercer día, temprano, nos acercamos a la agencia para recoger los billetes, así como el pase para el hotel donde iban a continuar nuestras vacaciones. A la mañana siguiente nos encontrábamos en la estación, a bordo de un confortable tren vips. El departamento parecía sacado del vagón del Pachá cuando la Reina Madre Victoria de Inglaterra viajó a la India colonial. Los decorados, artesonados y visillos finamente laborados tapaban tenuemente el gran ventanal, por donde se podía percibir y apreciar en todo su esplendor la campiña de aquel país que nos comenzaba a cautivar con su enorme belleza. Viajamos durante la mañana mirando a través de la ventana los pueblos y ciudades, las lomas y vaguadas de aquellos míticos montes, los Cárpatos, en el corazón de la Rumanía, cuna de seres fantásticos donde, según las leyendas, pululan seres que vagan entre los bosques y las zonas pantanosas. Observando los pueblos con bellas iglesias de inclinados techos, coronados de agujas que se elevan a los cielos de aquel desconocido país. (Continúa...)
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