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15/06/2008 El a g u a. Expoacuatigozalbrahim se despertó muy temprano y, antes de la salida del sol, saltó de la cama; Amiah, su esposa, dormía emitiendo leves ronquidos. "La dejaré dormir y descansar", pensó Ibrahim mientras se aseaba. Bebió, de un cuenco, un poco de leche de cabra, ordeñada el día anterior, y dejó el resto en la fresquera; sin hacer ruido salió de la casa. Al lado de la puerta tenía la Guzzi donde colocó las viejas alforjas de esparto, y sobre ellas, firmemente, dos cántaros de barro. La condujo, andando y sin poner en marcha, hasta el final de la 'calle' de la aldea a fin de ahorrar gasolina, aunque la vieja moto, también sufría daños que se le antojaban casi imposibles de reparar. Era la herencia dejada por su suegro recibida, éste a su vez, de su padre: una flamante moto, comprada hacía cuarenta años a un funcionario colonial italiano. Pero, por desgracia, estaba a punto de rendir, 'cascada', sus últimos viajes. Hablaría con Dillih, el herrero, y vería qué podía hacer. Pero ahora sólo debía pensar en traer el agua. Cuando llegó a las últimas cabañas, giró a la izquierda y, poniendo en marcha el vehículo, tomó la pista que lo llevaría a Tubboy. Tenía tiempo sobrado, pero no deseaba entretenerse demasiado, pues debía retomar las tareas cotidianas y no quería dejar todo el día sola a Amiah. El sol apuntaba, ya, por las lejanas colinas. Al entrar en Tubboy, Lugar Principal, dirigió la Guzzi hacia la zona donde estaban los almacenes que el gobierno había construido años antes. El emplazamiento lo constituía una serie de silos, un destartalado edificio y dos depósitos de almacenamiento. Lo imaginaba: la fila, más larga que en ocasiones anteriores, con decenas de personas -mujeres en su mayoría- que permanecían silenciosas, en pie, rodeadas de toda clase de recipientes. Ibrahim, con los cántaros, se colocó, al final de la fila y aguantó paciente hasta que, un par de horas más tarde, cinco camiones-cisterna aparecieron en el horizonte de la carretera que conduce a Mogadiscio. El alboroto y alborozo de la multitud se hizo patente. Y no era para menos: la estación de las lluvias se retrasaba, y las necesidades aumentaban. Cuatro de los inmensos camiones, verdes, lucían unos logotipos (WW)representando cataratas de agua precipitándose sobre el globo terráqueo; y el quinto, azul, con el descolorido y casi invisible anagrama UN. Se apearon los conductores, nativos somalíes, y dos capataces altos, rubios, de inconfundible aspecto nórdico —tal vez noruegos— con impecables uniformes de faena, quienes procedieron a la conexión de las mangueras en los dos grandes depósitos. Algunos soldados, aburridos, vigilaban los movimientos de la multitud. lnmediatamente la larga fila fue moviéndose lenta y en escrupuloso orden, llenando del preciado líquido todo tipo de recipientes: cántaros de barro, cubos de zinc, bidones de plástico y también botellas de, otrora, cocacolas. lbrahim, al llegar su tumo, llenó los cántaros colocándoselos, como pudo, en ambas caderas, un poco azorado sintió, a sus espaldas, risitas femeninas y caminó unos doscientos metros hasta su Guzzi. Los ajustó en las alforjas; el sol caía a plomo sobre la 'Explanada de los Silos' cuando puso en marcha la decrépita moto y tomó la pista polvorienta, de regreso —cinco kilómetros— a Addir-El-Mashim. El viaje se le hizo largo, adelantando a varias mujeres que portaban, de forma increíble, rebosantes vasijas. La Guzzi, a causa del peso, se resentía gravemente pero, al fin, petardeando, entraba entre la breve hilera de casas de su aldea. Unos niños, saltando y gritando de alegría, corrían a su lado. A la puerta, Amiah lo esperaba con su dulce sonrisa: se colocó el velo y ayudó a su marido a acarrear los cántaros al interior de la estancia. Ella, con apenas dieciséis años esperaba, ilusionada, el nacimiento del primer hijo y se dispuso a preparar la comida con el agua fresca, recién traída. Él, en tanto, preocupado, volvió a inspeccionar su vieja moto: hablaría, sin falta, con el herrero. Pero ahora, sin tardanza, debía llevar las cabras a pastar —no permitiría que su esposa, hasta después del alumbramiento, trabajara a la intemperie—.
13/06/2008 Para Nachín ( F I N )Por fin Nachín dió la cara. Por fin Nachín, con la cara colorada, pero endurecida, salió al escenario y escenificó la farsa. El enviado Nachín tuvo que realizar el trabajo sucio y aun sabiendo que mentía al perorar, pretendiendo vender una moto cascada, hubo de tener las tragaderas suficientes para mostrar su congestionado rostro. Alguien tal vez le enseñó este humilde blog.
Lo tengo claro: ante él, y ante su amo, mi cabeza ha de ir levantada, orgullosamente alta. He de salir de ese lugar tal como ingresé (antes que ninguno de ellos): sin llamar a ningún despacho.
Por mi parte , punto final a este tema.
PS: gracias por su interés a mis desconocidos amigos Carmen, de Barcelona; y Pachín, de Asturies.
GRACIAS. 11/06/2008 Para Nachín (y 4... por ahora)Nachín no asoma el careto
He decidido dejar de perder mi precioso tiempo en esa "cos
Que le vaya cuanto más feo 06/06/2008 Para Nachín (3)Te lo auguro, Nachín: algún dia has de probar la misma medicina que tú, ahora, repartes.
He de verte llorar por alguna esquina. 05/06/2008 Para Nachín (2)Nachín piensa (piensa...!) que soy un chikilicuatre...
Nachín piensa (piensa !!!) que todo ladrón es de su misma condición...
jejejejej |
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