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30/05/2008 El Ángel de HuelvaEn algún cajón —quien sabe en qué mueble, de qué archivador, de cuál organismo— debe estar. Sí, allí debe estar tal vez, olvidada para siempre, la medalla que no llegó al pecho del valiente Ángel “de la Guardia” que un día ya lejano en un año de justo mediado el siglo pasado, en una lejana y rosa ciudad, se convirtió en un héroe. Y es que el Ángel se encontraba de centinela en el puerto (como no podía ser de otra forma) y observó cómo dos críos habían caído desde lo alto del atracadero cerca de los tinglados, a las profundas aguas. Sin saber él mismo nadar se lanzó a lo más profundo del muelle, cerca de los veleros de pesca que se encontraban atracados a la espera de la siguiente marea. Y el Ángel, que era de tierra adentro, que en aquel momento se encontraba soñando con las cumbres nevadas de los picachos que circundan su pueblo, se arrojó, sin pensarlo un solo segundo, vestido con la guerrera azul del uniforme de Policía Armada y en las profundidades consiguió asir a los dos mozalbetes que se aferraron a su cuello de tal forma que el Ángel a punto estuvo de hundirse con ellos en las oscuras profundidades de la rada. Después de varios, interminables segundos emergieron los tres, siendo sacados trabajosamente por algunos de los pescadores que por allí se encontraban, y la noticia corrió velozmente, con la rapidez que en aquellos años lo hacían las pequeñas noticias en la ciudad lejana y rosa. Los chavales, a base de juegos, consiguieron olvidar: tal vez hoy, seguro, son dos padres de familia que viven felices, y probablemente no han desalojado definitivamente de su memoria a quien una vez, con el uniforme, y las botas puestas, se arrojó a las oscuras aguas del muelle. Mientras, el Ángel comenzó su lucha, perdida de antemano, contra una enfermedad que le costaría más tarde la vida. En algún despacho se gestó y se tramitó una condecoración que recordase el valor del Ángel. Pero por desgracia, la gran valentía quedó tapada por su fallecimiento y la medalla se olvidó para siempre en algún cajón de cualquier archivador, en cualquier organismo, que la Historia de aquellos nebulosos años cincuenta del siglo pasado consiguió aplastar y oxidar. Quién sabe si en las hemerotecas es aún posible rescatar para el recuerdo la reseña que quizá se escribió dando cuenta de la distinción que hiciese rememorar el gesto de valor del Ángel y hubiese tiempo de trabarla —sus hijos, nietos y sobrinos— en el nicho compartido con su esposa, del cementerio de la Soledad. El tiempo pasa pero no el recuerdo, aunque una pátina de olvido cubra cada año un poco más las evocaciones. Sirva este pequeño comentario como toque de atención a los historiadores, cronistas e investigadores, a los que escudriñan las vicisitudes —grandes hechos y pequeñas anécdotas— de los pueblos. Y sirva por si a bien tienen investigar esta pequeña historia, más que nada por ver si todavía es posible restituir al Ángel “de la Guardia” —Bejarano Gil— la medalla que se quedó en el camino. F I N
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