Profil de Jose Antonio"Bloc"© de JoseAntonio ;...PhotosBlogListesPlus ![]() | Aide |
|
27/04/2008 Hip, hop... © 2000 J.A.BejaranoFaltaban quince minutos para la una de la madrugada y, me gustara o no, debía cumplir el encargo de recoger a mi hija —recién cumplidos los dieciséis años—, con su pandilla y llevarlos a sus respectivos hogares. Era un pacto, no escrito —tampoco hablado—, con unos padres a los que ni yo ni mi esposa Lara conocíamos, pero respetado, escrupulosamente, semana tras semana. Allí estaba, arrellanado en el asiento de mi Ómicron-Julieta. Las noticias, repetidas durante todo el sábado, se sucedían en la radio del coche: Hafed el Assad, “León de Damasco”, fallecía dejando el Medio Oriente sentado, aún, encima del polvorín. Y la camada de las alimañas seguía sembrando de cristales rotos y de cajeros automáticos reventados, durante los fines de semana, las calles y campas euskaldunas. Y el Atlético Aviación volvía a perder, según lo acostumbrado. Un poco harto, cambié a ON el "compact-disc" del aparato digital, y comenzó a sonar la melodiosa voz de Montserrat Figueras”: ...una matica de ruda / una matica de flor / hija mía mi querida / dime a mí quién te la dio / Me la dio un mancevico / que de mí se namoró...” Cerré los ojos y la música de salterios y laúdes sefardíes, me transportó a la diáspora del siglo XVI. Los viejos romances se sucedían, mientras los minutos pasaban y la hora que había “pactado” con Assy —su verdadero nombre, Assumpta, nunca le gustó— se acercaba. Me encontraba en los alrededores de la recientemente inaugurada discoteca “Aliseda 999” y una larga fila de automóviles entorpecía el paso, invadiendo las aceras de la céntrica avenida. Otros padres, en el interior de sus vehículos, esperaban “im-pacientemente” el momento de salida. El turno juvenil del concierto de Mucho Muchacho(*) se acercaba a su fin y un guardia de seguridad —el mismo “segurata”, según Assy, que tantas veces le había vetado el paso al borde, sin traspasar, de los dieciséis años—, con su aspecto imponente, no perdía de vista, en su afán de controlarlo todo, a los jóvenes que, poco a poco, salían de la sala. Sentado en mi Ómicron, continuaba, con los ojos cerrados, escuchando las bellas melodías judeo-españolas, cuando de repente un agente de la Metropolicía se acercó, dando unos suaves toquecitos de atención en el cristal de la ventanilla. Iba enfundado en un aparatoso uniforme, de donde pendían los distintivos e insignias. La cazadora, azul eléctrico, estaba atravesada de una banda reflectante. Un gran casco blanco le daba un aspecto intergaláctico y al abrir la portezuela del coche, se levantó la negra y opaca visera de metacrilato. Me dirigió una fría mirada. En su rostro, impasible, se apreciaba un pequeño micrófono celular, pegado a su rostro que le llegaba justo a la comisura de los labios como una aparatosa y oscura cicatriz cruzándole la cara, desde un auricular que se le introducía en el oído. Sobre el cinturón de los pantalones, con diversos bolsillos-cartuchera, se podían apreciar, prendidos, los instrumentos propios de su misión: una porra antidisturbios “ergonómica” de brillante cuero negro, unas esposas de acero inoxidable (unas bridas de plástico monouso, en un manojo, suplían la función de aquéllas), y un reluciente revólver reglamentario Astra 7.65, de cachas nacaradas, ajustado en su correspondiente funda. El uniforme lo completaba unas lustrosas botas negras de media caña ajustadas a sus piernas. Me sonrió blandiendo la minúscula computadora manual, y señalando al frente dijo: —Por favor, no puede estacionar, entorpece el tráfico. Circule. —Agente, son unos minutos—. Supliqué. —De acuerdo, cinco minutos—. Respondió secamente, mientras señalizaba a otro automóvil que paraba detrás. Elevé el sonido del aparato de música y continué escuchando el cadencioso sonido de las chirimías y salterios medievales. Eché un rápido vistazo al reloj, el sueño me estaba venciendo... me arrellané en el asiento y de pronto, sobresaltado, vi aparecer por la puerta de la discoteca, un tropel de jóvenes corriendo despavoridos y saliendo por la amplia entrada, con una sola hoja abierta: salían con el pánico asomando a los ojos, y muchos, jovencitas y chicos, caían al suelo siendo pisoteadas por los que salían detrás. El segundo batiente de la puerta saltó a causa de la presión ejercida desde dentro, con un estruendo sobrecogedor. Me quedé paralizado a causa del terror. Sólo acertaba a mirar a través de la ventanilla derecha la imagen que se estaba desarrollando ante mis ojos. Transcurrieron unos segundos eternos hasta que conseguí reponerme de la dantesca visión. Abrí la portezuela del coche y vi cómo varias personas, saliendo de otros automóviles estacionados, corrían hacia la entrada de la megadiscoteca. El policía que minutos antes había estado advirtiéndome, corría, mientras hablaba, casi gritando, unas palabras incomprensibles de claves:" ... aquí alfa 34 llamando a central. Hay un código emergencia en sector uno...”. El guardia de seguridad se disponía a socorrer a las primeras víctimas yacentes en el asfalto. Yo corría, fuera de mí, intentado ver si Assy y sus amigos habían salido o, por el contrario, estarían aún en el interior. Al acercarme a las proximidades de la puerta, pude observar, con horror, la columna de humo casi imperceptible que salía por una de las ventanas de la fachada principal. En medio de aquel caos, en el que involuntariamente me vi involucrado, buscaba desesperadamente a Assy. Cuando finalmente me agaché para ver si era uno de los cuerpos que yacían más lejos de la puerta, una mano me sujetó el brazo: era Gemma, a la que había visto más veces con mi hija. —Señor... por favor, ¡ayúdeme! —¡Gemma!, ¿dónde está Assy? —No sé, estábamos juntas en la pista B cuando se apagaron las luces y comenzó a salir humo. Nos despistamos. No la he vuelto a ver. Salí corriendo, intentando ingresar en el local. Gemma quedó tendida, pero pude ver a los primeros SMEC (miembros de los Servicios Metropolitanos de Emergencia Civil), corriendo de un lado a otro. Habían transcurrido escasamente cinco minutos desde que los primeros jóvenes salieron de estampía. Las ambulancias y coches-patrulla comenzaban a llegar con las sirenas ululando y las centelleantes luces restallando contra las fachadas de los edificios colindantes a la hiperdiscoteca. Del local continuaban saliendo más y más jóvenes con el terror reflejado en sus rostros, tosiendo y llorando a causa del humo, algunos con el cuerpo ensangrentado o con las escasas ropas arrancadas a jirones. El caos estaba en su plenitud y el dispositivo de neutralización, en marcha. A mi alrededor decenas de cuerpos, la inmensa mayoría de jóvenes, permanecían inermes en el asfalto mientras en el interior quedaban, según comentaban entre sollozos algunos supervivientes, atrapados o heridos, varias decenas restantes. En el desorden mental que se produjo en mi cabeza, yo trataba de poner en práctica lo que me habían enseñado en mi puesto de trabajo administrativo de la Central Termonuclear, en caso de emergencia. Pero quizá debido a la rutina de años aprendiendo algo sin, afortunadamente, necesitarlo, hizo que en aquellos momentos no supiera hacer la respiración boca a boca o arrastrarme en medio de una espesa nube de humo tratando de colaborar con los equipos de rescate, lo que tantas veces había practicado con “homersimpson”, nombre humorístico que dábamos al maniquí utilizado en las prácticas de primeros auxilios. Dos bomberos me apartaron con brusquedad, dispuestos a introducirse en lo que, a simple vista, se estaba convirtiendo en un infierno. Pasaron unos largos minutos y yo ‑lo reconozco‑, histérico, no pude impedir que el pánico se apoderase de mí. Corrí de un lado a otro tropezando con los miembros de las emergencias y con otros padres angustiados. En unos segundos las mangueras fueron hinchándose con el agua a presión, buscando y dirigiéndose como serpientes benefactoras hacia el interior del escenario de la tragedia. El tráfico se había colapsado en la avenida y los curiosos se arremolinaban en las inmediaciones. Tropecé con una de las mangueras. Al caer observé un cuerpo tendido en el suelo, sin asistencia: su cara estaba manchada y con la ropa destrozada, pero lo reconocí al instante: era ella. No había duda. Me desquicié. La locura se apoderé de mí sin poderlo remediar. Perdí la noción del tiempo y del espacio. Al caer, desmayado, sentí un fuerte dolor en la cabeza, exactamente en la zona frontal. Entonces me desperté. El golpe sobre el volante de mi Ómicron había sido contundente. Abrí los ojos repentinamente, y, rascándome la frente a causa del dolor, pude observar a los cuatro jóvenes que se acercaban al coche. Uno de ellos, mi hija, esbozó una amplia sonrisa y alzó su mano indicándome que estaban allí. En la puerta se arremolinaban los grupos de bulliciosos chavales. El turno juvenil había concluido y los salientes se mezclaban con los que se disponían a entrar. Se respiraba una placidez y una algarabía, impensables en mi subconsciente segundos antes. El equipo de música había enmudecido. En el display, iluminado, el mensaje NO-DISC indicaba que las melodías sefardíes habían acabado. Las tres chicas y el muchacho se introdujeron en el coche, justo en el momento en que el patrullero de la “metropoli” sujetó la potente Ya-maha con la “pata de cabra”. Se acercaba a mí, sin duda para indicarme que había sobrepasado con mucho el margen de tiempo que me había concedido. No me lo pensé dos veces. Aturdido, me olvidé del “chequeo” semanal a Assy y de controlar si todo estaba en orden: nada de alcohol, tabaco ni mucho menos las temibles ‘pastillas' que tanta y obsesiva preocupación nos causaba en la familia. Arranqué el motor y, mientras los cuatro, detrás, hablaban entre sí de “hip-hop, acid-house, break-beat, rap guay, el concierto de Mucho Muchacho, mis padres no me dejan”, etc. etc., enfilé vía Panorámica para salir por el bulevar hacia los tinglados del Puerto Interior y tomar la tangencial Norte: me restaba un buen recorrido para dejar a los jóvenes “a salvo” en sus domicilios. Mis pensamientos, en esos momentos no se apartaban de la pesadilla que, minutos antes, había sufrido. Por fortuna un mal sueño, pero, tan real que me daba terror el simple recuerdo. Por la autopista, la circulación era fluida, pero intensa, en dirección a las localidades de la franja costera. Hube de hacer una parada, suplicada por unanimidad, para reponer fuerzas en el Auto-Kentucky de la Salida Dos, para devorar unas raciones de pollo dentro del mismo coche: "por favor, cuidadme la tapicería “. La intensa iluminación de los nudos viales de conexión dieron paso a la más tenue de Welbados, una urbanización de alto nivel en el extrarradio. Daniel, el único miembro masculino de la pandilla, me indicó, al final de una solitaria calle, la cancela de un lujoso chalet. Se despidió de las tres chicas, mientras pulsaba el video-portero de la entrada. Al arrancar, de nuevo, Assy me dijo que teníamos que ir al Burgo de los Torreones para dejar a Gemma, así que volví a incorporarme a la autopista, pero ahora dirección entrada en la ciudad, que, en la lejanía, recostada en la orilla del mar, con miles de luces reflejándose en la ensenada, ofrecía un bellísimo espectáculo; a los pocos minutos estábamos en el entramado de calles de una de las más populares y populosas barriadas del ensanche de Welba. A la puerta de un impersonal rascacielos de doce plantas, dejamos a Gemma. Cuando la vimos empujar con su cuerpo la puerta de entrada, mientras nos saludaba, partimos en dirección a nuestra casa. El recorrido estaba a punto de terminar. Mi hija y Alicia, una bellísima chavala abulense de paso en la ciudad, iban en silencio. Assy me alargó una casete para que la pusiera. Las letras hip-hop comenzaban, monótonas y machaconas, a surgir del estéreo. Antes de acabar el primer “tema”, plagado de frases entrecortadas de protesta y palabras malsonantes, llegábamos a nuestra casa. El mal sueño —recurrente—, de las escenas “vividas”, no me dejaría dormir hasta bien entrada la madrugada. El domingo se desperezaba tarde, lentamente, y las primeras páginas de los diarios dominicales no daban cuenta de ninguna tragedia discotequera. La vida, por fortuna, continuaba. F I N (*) Famoso cantante rapero, (según Assy). JoseA Bejarano
24/04/2008 Iról (1)—¡Audiencia pública!—. El pesado mazo, rotundo, cae sobre la mesa. El Presidente da comienzo al juicio, y el murmullo, disminuyendo en intensidad, recorre la sala. Aquel 10 de junio de 1964 Arsenio Roncal, desde la última fila, ve cómo Antonio Comandera, el joven abogado, se quita las gafas, se restriega los lacrimales con los dedos, y observa al acusado con la cabeza hundida entre los hombros, sentado en el banquillo de la primera fila, entre la pareja de la guardia civil. Arsenio Roncal tiene un regusto agridulce en la boca. Sabe que sobre él ha recaído buena parte de la responsabilidad en el veredicto; que el fiscal ha basado la acusación del horrendo crimen del que se acusa al reo en su testimonio; y que también ha servido de testigo de la defensa que ha exonerado al acusado de cualquier responsabilidad. Ahora la decisión está en manos del juez que, en aquellos momentos, se sienta en el sitial principal del estrado. En unos minutos conocerá si el acusado es declarado inocente o culpable, y, en este caso, cuál será la sentencia que le harán pagar por su acción. Arsenio Roncal se siente protagonista, secundario, pero protagonista al fin y al cabo, de aquel drama que presenció y ayudó a esclarecer, ya sin los nervios que lo traicionaban cuando era aseteado a preguntas de las partes, en las vistas del juicio...
LA ENTRADA del cuartel de la guardia civil era un auténtico hervidero. La noticia había corrido como un reguero de pólvora por el pueblo. A la puerta todos los vecinos, en corrillos, daban distintas versiones de lo ocurrido. Los minutos pasaban con lentitud y la puerta del cuartel permanecía cerrada a cal y canto, mientras los vecinos iban moviéndose y removiéndose como en una marea humana, siendo difícil mantener la calma, y es que no era para menos, ya que después de una semana de incertidumbre había dejado el pueblo en un estado semitraumatizado en lo que todo era un cúmulo de rumores. Aquella tarde, por fin, se dio por concluida la investigación del suceso que dejó espantado al pueblo. Se había dado con el autor del crimen que se había cometido una semana antes en la humilde casa de una calle estrecha, la de Masanal, del barrio Mediano en Tracasta, provincia de Canencia. Y el asesino —nadie, fuera del cuartel, conocía la identidad—, se encontraba en el interior, a la espera del teniente Molinos, famoso en la comarca por su habilidad en los interrogatorios, para proceder al traslado que lo condujera ante el juez de Cerropuerto, capital de la comarca de Los Valles. Arsenio, el dueño de la taberna aledaña al lugar de autos, es centro de atención y quien lleva la voz cantante del más amplio corrillo que se ha formado a la puerta del cuartel, exactamente debajo del cartelón, repintado, de colores amarillos y rojos del “Todo por la Patria” —Si es que me lo barruntaba casi desde el principio. No quiero líos, pero me estaba imaginando que la detención estaba al caer y no es que uno esté pendiente de la vida de los demás —trataba de disculparse—, pero sólo quiero saber si mis sospechas eran fundadas y si quien está en el calabozo es el mismo que yo sospechaba —decía Arsenio dejando la sensación de, aun sin estar seguro de nada, estar en la "pomada" del asunto, tanto como el teniente Molinos. Los contertulios, silenciosos, escuchan atentos a Arsenio Roncal, tratando de suplir la falta de noticias oficiales con los rumores que dejaba caer el tabernero. Arsenio, con voz engolada y consciente de ser el centro de la reunión, vuelve a narrar lo que presenció aquella tarde de sábado del 21 de enero de 1961, que contó al cabo de línea del puesto y, más tarde, al teniente Molinos, cuidándose de no dar el nombre del sospechoso, que —en tanto se abrieran las puertas para confirmar sus sospechas— según su “pesquis” fue el animal que cometió la brutal acción: —Recuerdo que eran las dos de la tarde porque a esa hora no había nadie en el bar y yo me quedé escuchando el parte. Sólo hablaban del presidente americano, que había tomado posesión, y de un pirata portugués que había secuestrado un barco. De España, ya se sabe... aquí no ocurre nada importante... <<En ello estaba cuando vi que de la casa de Jovito, quien una hora antes había estado tomando unos chatos, salía precipitadamente, dando un portazo de la puerta, alguien que no logré ver con claridad pues tan fuerte fue el golpe que salí a la calle para verlo, pero quien fuese, había corrido calle abajo y ya había doblado la esquina del Puente Severo, así que me metí dentro y continué con la tarea. A eso de los cuatro o cinco minutos, empecé a percibir un fuerte olor a quemado. <<Pensé por un momento que procedía de la cocina del bar e iba a revisarlo cuando de pronto vi una nube de humo negro que salía de la casa de Jovito. Casi no se veía a los tres metros escasos de enfrente del bar, pero salí y vi cómo salía una columna de humo denso de una de las ventanas del piso superior. Era la habitación de Jovito y su mujer Felipa, seguro. Así que comencé a dar voces y salieron vecinos a las puertas. <<Organizamos como pudimos una cuadrilla: formamos una cadena humana con cubos desde la fuente Rota, mientras acudimos a forzar la puerta de la calle, pues temíamos que dentro, por la hora, estaría parte de la numerosa familia. <<Emeterio, casualmente camino del campo, dio un empujón a la puerta y esta se abrió. Así pudimos apagar el fuego que se había avivado en cuanto abrimos la puerta. Y poco a poco, aunque con gran trabajo, conseguimos ir dominando aquel terrible incendio que dejó semidestruida la casa. Al piso de arriba no pudimos acceder hasta que el fuego se extinguió. Mientras tanto, habían tocado a rebato en la iglesia de San Damián y casi todo el pueblo ya estaba mirando los restos humeantes de la vivienda. <<Felipa, a quien creíamos dentro, llegó con los dos niños pequeños, Brosia y Jovi, dando grandes alaridos. Inmediatamente se la llevaron para darle alguna tisana que aplacase sus nervios. <<También llegó, desde la obra donde trabajaba de peón, Joselete que quiso entrar en la casa como fuere, pero nos costó trabajo sujetarlo y lo tuvimos casi que atar del estado de histerismo en que se hallaba. <<El espectáculo era dantesco cuando logramos, al cabo de una hora, subir, por medio de una escalera y abrir una de las ventanas por donde había salido menos humo: accedimos a la habitación y lo que vimos nos dejó helado el corazón: en el dormitorio completamente ennegrecido había un cuerpo, carbonizado, de una persona con los pies y las manos atados con una fina cadena, sujetada firmemente al barrote metálico del cabecero de la cama. Y en la boca, incrustado, lo que parecía una especie de tubo metálico. <<Andrés, el municipal, que estaba allí, tomó el mando y ordenó que no se tocase nada hasta avisar al cuartel de la guardia civil. Pero lo que no pudo impedir es que Román Miroño y yo pudiéramos ver el gesto de horror dibujado en el rostro del cadáver con los ojos prácticamente fuera de sus órbitas —increíblemente blancas, en contraste con el negro del resto del cuerpo carbonizado—, como queriendo, en un gesto supremo e inútil, escapar del infierno en el que, seguramente con todos sus sentidos, había vivido y padecido hasta sus últimas consecuencias. << Nunca podré olvidar, mientras viva, la mirada del cadáver al infinito; la dentadura, mellada, apretando en un mordisco la correa y el tubo que le habían impedido suplicar un auxilio que al desgraciado no le llegó. A la vista de aquella horrible mueca hube de taparme la boca y la nariz para impedir que el espanto y el hedor a carne quemada provocaran las arcadas de mis vómitos. <<El resto de la habitación era un amasijo de restos carbonizados: una humilde cómoda con el espejo reventado en cientos de pedazos milagrosamente encajados unos a otros, proyectando otros tantos fragmentos de aquel infierno recién extinguido y un cuerpo retorcido sobre el somier desvencijado. <<El alguacil nos ordenó que saliéramos porque aquello, nos dijo, era “obra de una mala bestia”. <<En la calle se formaron unos grandes corrillos en procura de noticias y detalles de lo que habíamos presenciado...
EL CABO de la guardia civil, acompañado de dos números procedió a la inspección ocular del lugar de los hechos. No hacía falta ser muy listo para saber quién era el desgraciado que yacía en los restos de la cama. Al poco tiempo apareció Nino, el tercer hijo, de 18 años, un poco ido, que no pareció reaccionar ante aquella escena. Pasadas las siete de la tarde, se presentó D. Eufemio Comandera, juez de 1ª instancia e Instrucción de Cerropuerto, un personaje conocido en Tracasta por ser el encargado de los hechos luctuosos que ocurrían cíclicamente en el pueblo. Grueso, de baja estatura, pelo blanco —casi albino— le sobresalía la papada ocultando el cuello de la camisa. De andares pausados era la estampa personificada de la bonachonería. Le acompañaba su propio hijo, Antonio, un joven a punto de licenciarse en Leyes por Salamanca, que se estaba curtiendo en el oficio de la forensía judicial, y, decían que a pesar de su corta edad, era quien le resolvía a su padre los sumarios más difíciles e intrincados, ya fueren éstos crímenes pasionales, ajustes de cuentas por causa de lindes descuidadamente trazadas o, lo más frecuente, suicidios por ahorcamiento en los corrales traseros de las viviendas o por despeñamiento desde el Risco de la Tejera. La presencia de los dos personajes fue recibida por el gentío con un silencio respetuoso y con el saludo, militar, de los miembros de los cuerpos benemérito y municipal. Penetraron en la casa cuando ya casi anochecía, por lo que hubo que buscar velas y linternas para que el juez efectuara la inspección. Cuando al cabo de una hora la dieron por concluida, ordenaron el levantamiento del cadáver, debiendo proporcionar Arsenio una vieja cizalla que sirvió para cortar las cadenas que aprisionaban al fallecido a su cama, no sin antes determinar su identidad —aunque la autopsia la corroboraría— que hubo de hacerla Joselete al ser el hijo presente de mayor edad. Arsenio fue uno de los encargados del triste momento de meter en el ataúd los restos mortales y se le hiela la sangre al recordar los esfuerzos que tuvieron que realizar para poder introducirlo en la caja, sin quebrar ninguno de los huesos del cadáver, procurando no inutilizar o falsear indicios para el médico forense que habría de realizar, al día siguiente, la disección legal. El alguacil del Ayuntamiento, Ambrosio, se encargó de comunicar la trágica noticia al último de los hijos, Tori, realizando el servicio militar en el Regimiento de Caballería nº 2 de Canencia. El muchacho partió en el tren de las dos de la madrugada y llegó a Tracasta tres horas después, vistiendo el reglamentario uniforme, aunque la teresiana le quedaba algo grande. El encuentro con su madre y hermanos fue patético. El velatorio se instaló en el cerrado bar de Arsenio quien, dada la absoluta miseria en que había quedado la familia, no tuvo más remedio que ofrecerlo. Aquella noche, medio pueblo desfiló por el bar para acompañar a Felipa, una pobre desventurada que se dedicaba a limpiar escaleras en casa de los señores para dar de comer a su numerosa familia.
FELIPA Gómez sabía sobradamente que Jovito —sus edades y sus fisonomías son irrelevantes— era un alcohólico imposibilitado para cualquier trabajo. Desconsolada, con las dos criaturas dormidas sobre su regazo, enlutada de pies a cabeza con ropa prestada, miraba a través de los empañados cristales de la ventana del bar los rescoldos calcinados y húmedos en que se había convertido su hogar. Simplemente, estaban en la más absoluta de las miserias. Y es que, a Felipa, la vida le había negado todo, menos infelicidad para dar y tomar; llegaron los críos uno detrás de otro y Jovito no paraba de beber, así que no tuvo otro remedio que ponerse a servir y recoger los restos de otras mesas para nutrir a sus tres primeros niños, y Jovito sólo beber y beber, y dar la lata a Felipa que no tuvo otra solución que pedir la ayuda de Valeria la partera para arreglar uno de los frecuentes envites que había “disfrutado” de Jovito. No lo soportó más y encargó que le trajeran de Canencia, con gran sacrificio y vergüenza ajena, dos cajas de condones que Jovito, sin saberlo, estuvo utilizando una y otra vez hasta que una noche, años más tarde, se dio cuenta del “truco” de Felipa y vinieron, de rebote, Jovi y la única niña, Brosia, en aquel hogar plagado de hombres. De los hijos, qué se puede decir: los tres mayores aún no eran capaces de andar solos por el pequeño mundo de Tracasta; Tori, al menos, ocupaba el tiempo en la mili y estudiaba la posibilidad de reengancharse; Joselete, el más retraído, había conseguido sentar la cabeza y encontrar trabajo en casa de Amancio el albañil. Los sábados le daba a su madre parte de la paga y el resto se lo gastaba en las numerosas tabernas del pueblo alto. Finalmente Nino, con el síndrome del hijo nacido en medio de la prole, era ya, desde bien temprano, el raro de aquella familia, siempre solitario y de tendencias rehuidizas. Cuando se cruzaba con algún vecino por cualquier callejuela del barrio Mediano, bajaba la cabeza y con su mano izquierda acariciaba el plumaje de una mascota que desde el primer día no pudo pasar desapercibida en Tracasta. La exótica ave, de colores chillones, era una novedad que a la gente le causó mitad admiración, mitad extrañeza, pues era la primera vez que alguien paseaba, por el pueblo, con un papagayo sobre el hombro.
DON EUFEMIO Comandera el juez y su hijo, Antonio, cenaron aquella noche en la posada Las Cañadas, único establecimiento hostelero de Tracasta. Aquella era de las pocas ocasiones en que olvidaba por unas horas su profesión y pedía siempre lo mismo. En realidad no era necesario pedir nada pues el plato único de la casa consistía en truchas del Regajo rellenas de torreznos, y D. Eufemio se “enjaretaba” tranquilamente una docena, acompañado de dos o tres vasos de vino pitarra de la tierra. Compartían mantel con el teniente Molinos y el médico, que al día siguiente haría la necroscopia al cadáver. —¿Qué les parece, señores? —preguntó, a modo de introducción, el juez. —Bueno, en la inspección del lugar —el teniente Molinos se atusó levemente el bigote mientras hablaba —he descubierto alguna cosa que en principio me choca bastante. Me extraña la forma brutal de amarrar a la víctima. Pocas veces he visto mayor ensañamiento. Esperemos el resultado de la autopsia. D. Ignacio el médico, un imberbe jovencito, recién acabada la carrera de Medicina en Sanmateo de Campostrella, no acababa de encajar en el pueblo por su empecinamiento en pretender acabar con las costumbres del anterior médico que había ejercido en Tracasta durante cuarenta y cuatro años, por lo que en muchos casos había asistido al nacimiento y fallecimiento de las mismas personas. Don Ignacio quería que los enfermos acudiesen a verle a la consulta y no ser él quien tuviese que ir, recorriendo el pueblo, lo mismo se tratase de una enfermedad terminal que una simple tos ferina. —Para mí, sin embargo, las señales post-mortem y traumatismos por cremación me dicen mucho. Lo que no es de mi incumbencia es dar nombre de autor o autores—. Aseveró, puntilloso, el forense. —Bien, señores —Don Eufemio se retiró la servilleta de la pechera—, sólo les pido que actúen con diligencia y discreción. Un crimen así no puede quedar impune durante muchos días. Me marcho de nuevo a Cerropuerto. Es tarde y mañana domingo debo trasladarme a la Provincial. Hay nieve helada en el puerto. Espero sus prontas noticias pues mi hijo Antonio se queda aquí, como agente judicial, por si les sirve de ayuda. Él puede ponerse en contacto conmigo. ¡Ah!, y en cuanto tengan al asesino, lo quiero a mi presencia inmediata con las pruebas para el sumario y enjuiciamiento. A Antonio no se le escapó el gesto de contrariedad que se dibujó en el rostro del teniente Molinos. El comandante del puesto de Cerropuerto, pensaba en aquellos momentos el guardia no necesita de ningún niño para resolver aquel caso. Pero Don Eufemio era el representante de la Justicia y no eran, ya, tiempos de imponerse a la Judicatura. El día siguiente, con el cielo completamente cubierto, y un intenso frío que presagiaba nieve en un plazo de un par de días, transcurrió en medio de la tensión del choque emocional producido por el suceso. Los bares y tabernas de la Plaza Porticada estaban llenos de parroquianos comentando los pormenores del terrible crimen. En el cementerio, a las afueras del pueblo, D. Ignacio el médico, ayudado por el enterrador municipal, iba a dar comienzo a su misión reconociendo exhaustivamente el cuerpo hasta en sus más mínimos e íntimos detalles diseccionando longitudinalmente el abdomen y el tórax en busca de las vísceras que le dirían, sin duda, la causa primaria de la muerte. Aquél no era sino uno más de los cadáveres a los que había preguntado para que lo contara todo. Y como su maestro, el eminente Doctor Couso, les decía en el tanatorio de prácticas de la Facultad: los cadáveres hablan, pero hay que saber escucharlos. Aquella mañana el teniente Molinos estuvo de lo más atareado: visitó de nuevo la casa de Jovito, precintada por Don Eufemio el día anterior y allí pudo, acompañado de Antonio, hacer un reconocimiento exhaustivo de la casa, pero sobre todo del escenario concreto del crimen. Registró todos y cada uno de los rincones de la vivienda, susceptibles de ser escrutados pues el fuego había arrasado prácticamente con todo. Y también interrogó a todos los miembros de la familia, incluido Arsenio, el dueño del bar, y a otros vecinos. Deambularon minuciosamente por lo que quedaba del inmueble, procurando el teniente llevar, en todo momento, la iniciativa sin dejar que Antonio Comandera participara más que lo estrictamente necesario. Antonio hizo parar al guardia civil. —Observe, teniente, qué curioso —Antonio, con sumo cuidado y con un pañuelo enguantando su mano, se acercó y observó detenidamente el espejo, el de los mil pedazos que ya vieran la noche anterior. Al trasluz de la ventana, y situándose en un ángulo determinado respecto a la superficie del espejo, señaló muy lentamente una serie de signos que tardó un buen rato en descifrar—: un seis, otro seis. Y otro más. —Bien, pero eso no nos lleva a ninguna parte, son tan débiles las señales que pueden llevar ahí años. Y con la mierda que tiene el espejo, cualquiera sabe —dijo, celoso, el teniente Molinos. —Sí, pero hay otras cosas. Observe: cruces invertidas, estrellas de seis puntas, signos cabalísticos incomprensibles. No sé... no sé... —La verdad sea dicha, no veo la relación— el teniente no se mostraba dispuesto a prestar un ápice de más atención que la necesaria. Iról (y 2)
POR LA TARDE, a las cuatro, veintiséis horas desde la muerte, se efectuó el sepelio que salió de la sala de autopsias junto a las tapias del cementerio. La caja fue pagada por D. Agustín, el alcalde, a cargo del erario municipal. Don Amadeo, el párroco de San Damián, rezó un responso en la minúscula capilla del camposanto y aprovechó para dirigir una crítica feroz contra las nuevas modas que, poco a poco, se estaban implantando en la sociedad de Tracasta con la ayuda de aquel “diabólico” invento que llamaban televisión y de los que ya había dos en el pueblo. Pasada la hora del entierro, la viuda y los tres hijos mayores, así como Arsenio Roncal y otros testigos, fueron requeridos por el teniente Molinos. El cuartel, situado a la entrada del pueblo, en la alameda, fue el lugar donde tuvieron lugar los interrogatorios. De nada sirvieron las protestas de Antonio, comenzando a repasar mentalmente, a la velocidad del rayo, los temas de Civil y Penal aprendidos en las bancas universitarias del Palacio Larraya y llegando a la conclusión de que Molinos conculcaba de manera descarada los derechos de todos, sin detenerse a ver si eran sospechosos, testigos o simplemente allegados, por no mencionar la presunción de inocencia. Comenzó por Tori, quien debía incorporarse esa misma noche al cuartel de Canencia pues el teniente consiguió, luego de mucho insistir al teniente coronel del Regimiento, que le dejase asistir a las exequias de su padre, pero la cita con el servicio a la patria era “inaplazable e ineludible”. Joselete, peón albañil desde una semana antes, fue el siguiente en someterse al interrogatorio del investigador. Antonio, siempre atento, no tuvo más remedio, en algún momento, que hacer de abogado pues consideraba que el guardia se excedía en sus funciones y más que preguntar, parecía que le estaban arrancando las respuestas que éste deseaba escuchar. El interrogatorio de Felipa fue para Antonio —Molinos no dejaba traslucir ninguna emoción— uno de los más penosos que hubieron de realizar por la lástima que inspiraba la desgraciada, pero también el más fructífero, debido a la cantidad de detalles que les proporcionó a los inspectores. Felipa, envuelta en sollozos, se sometió a la sesión más larga pues el teniente, por experiencia, sabía que en estos casos, y éste lo parecía, la figura de las madres eran piezas clave para la resolución de los casos, dado que solían ser poseedoras de los más íntimos secretos de las familias. Y, entre lágrimas, contó la absoluta miseria en la que se desenvolvía la convivencia del hogar, contando al oficial un par de detalles que le pusieron en la pista para la resolución del problema. El 23 de enero de 1961, lunes, amaneció un cielo plomizo, y al poco tiempo, comenzaron a caer unos gruesos copos de nieve. En el edificio del Juzgado de Paz de Tracasta quedaron citados, a las diez de la mañana, las tres personas que llevaron a cabo la investigación, Molinos, Antonio Comandera y el forense–médico. —Bien —comenzó el teniente—. Después de estudiar todos y cada uno de las cuestiones, estudio e inspección ocular del lugar, “necrosia”, interrogatorios a sospechosos y testigos, creo que no tengo ningún lugar para dudas. A Jovito lo mató vilmente...
A SUS ESCASOS 14 años Nino había dejado la escuela y daba tumbos de un lado a otro del pueblo, pero, curiosamente, siempre deambulando por los alrededores; raramente se le veía por el centro del lugar. A Arsenio, perenne testigo de las entradas y salidas de aquella casa, lo que le extrañaba desde un tiempo antes, era cuando Jovito, el padre, regresaba a casa, ebrio, aunque hubiera bebido no más de media botella. El muchacho, como si estuviera al tanto, entraba inmediatamente tras él, sobre todo cuando la casa estaba vacía, pues los pequeños, si no estaban en la escuela, acompañaban a su madre en los recorridos por las casas donde servía. —En su cuarto— continuó el teniente Molinos— encontré ayer una caja de hojalata grande, llena de libros y cuentos. No habría menos de cien, pero, entre tanto tebeo y cuentos del Capitán Trueno, El Jabato y Roberto Alcázar y Pedrín, también había unos libros, muy viejos, de satanismo y prácticas de magia negra. El chico, corroborado por la madre, me ha confirmado que le pertenecen. Pero también había un ejemplar —cambió el tono de su voz—, lo que me parece gravísimo y que dará lugar a un informe especial al gobernador civil de la provincia, de El capital, marxista; otro, de poesía del marica Lorca; y el ciclostil de un panfleto comunista de la revolución de Asturias... ¡¡en Tracasta, señores!! Y... bueno, muchas revistas extranjeras de misas negras, hechicería, ritos y dibujos de Belcebú y otras figuras demoníacas y “bestialísticas”. <<Señores, creo que estamos ante un caso clarísimo de crimen ritual, y he de proceder a la detención de Nino Municio. —Bien, teniente, pero Vd., si me lo permite, se ha dejado llevar por las apariencias: lecturas, libros y objetos procedentes de ritos infernales y satánicos, pero yo le puedo aportar datos más concretos que pueden conducirle a la resolución del caso —Don Ignacio, el forense, había decidido llegada la hora de la Medicina, y no quiso desaprovechar el momento. <<En primer lugar, he de decirle que la víctima falleció, no como consecuencia de una parada cardiorrespiratoria producida por el fuego. No señor —negó con la cabeza el médico—. Fue mucho peor, y fruto de una mente enferma...
EL SÁBADO, Jovito había atravesado, con pasos vacilantes, la calle hasta llegar al umbral de su puerta, buscó en los bolsillos la pesada llave, cuando, al tiempo de sentir los vahídos del alcohol, se dio cuenta de que la hoja superior de la puerta estaba abierta, así que empujó y entró. Subió dando tumbos por la tosca escalera de madera y abrió con la aldaba, siempre puesta, la puerta del dormitorio y, sin siquiera descalzarse ni quitarse la boina, se arrojó como un fardo en la cama. Estaba a punto de sumirse en el sueño turbio y pesado de todos los días, cuando, de repente, oyó un ruido que venía desde la puerta. —¿Qué haces aquí?, ¡Fuera de la alcoba!— gritó Jovito. —Esta vez no me voy, ¡cabronazo! —¡Déjame!, ¡déjame! —gritó de nuevo, furioso, Jovito. Pero no le dio tiempo a levantarse. En una fracción de segundo el intruso se abalanzó, y forcejeando con él sobre la cama, le aplicó una certera llave oriental agarrándolo por detrás, le unió en un solo movimiento los dos pies y las dos manos en la espalda, al tiempo que, en un siniestro sonido, se quebraron varios de los huesos del desventurado. Le sujetó sin piedad los cuatro miembros con una larga cadena fina y lo enrolló varias veces, en rápidos giros, con un nudo gordiano, al cabecero de la cama. Jovito comprendió que cuanto más se movía, más sujeto quedaba en aquella mortal trampa de cadenas. Entonces el agresor, desbordado de odio y violencia, cogió la cabeza de Jovito y le introdujo un embudo en la boca, para lo que tuvo que realizar un esfuerzo mayor que para domeñar las extremidades. El desgraciado Jovito trataba de cabecear, inútilmente, para uno y otro lado pero, una vez conseguido introducir hasta la garganta el tubo, le vació medio contenido del recipiente que llevaba consigo. El sabor del líquido hizo que diera varias arcadas, pero el vómito no era capaz de brotar, detenido en el esófago, debido a la ingesta del combustible. En pocos segundos, el salvaje prendió una cerilla y se la introdujo a través de la boca del embudo, llena de toda clase de vapores alcohólicos. Los gritos no tardaron en llenar la habitación, así que, rápidamente, cerró la ventana para evitar que los alaridos llegaran a la calle. Con parte de la bencina roció la cama, el suelo y la cómoda del aposento. Se dirigió al espejo de la cómoda y grabó, con el dedo, varios signos demoníacos: seises, cruces invertidas y varias estrellas de seis puntas. Al salir, cerrando la puerta de la alcoba, lanzó una carcajada parecida a un bramido. Bajó las escaleras mientras continuaba vertiendo el líquido. Hizo una tea y la arrojó a sus espaldas, saliendo a la solitaria calle.
EN EL AYUNTAMIENTO, lugar de las deliberaciones, se hizo un espeso silencio. El teniente Molinos lo tenía claro: —Voy a ordenar la detención de Nino Municio, como autor de la muerte de su padre. Las pruebas lo corroboran. Esto es un crimen con ritos satánicos y a nadie se le escapa la afición de Nino a las lecturas “raras”. Y la rareza, según los testigos, concluyen en rondas nocturnas merodeando por el cementerio. En fin, asunto concluido. —Un momento—. Antonio, el agente judicial, con un pequeño hilo de voz, pidió la palabra—. Está claro que todas las pruebas señalan en una dirección, pero hay que tener en cuenta ciertos matices antes de dar el paso definitivo. Yo también creía en la culpabilidad de Nino, debido a su afición, no adicción, a las sectas demoníacas. Pero no puedo compartir su teoría, teniente Molinos, de la relación existente entre cierto tipo de lecturas, digamos... políticas y el crimen cometido. He hablado con el chico y lo único que detecto en él es una personalidad infantiloide y fantasiosa, debido a la avidez con la que lee, no a Marx o a Federico García Lorca, sino a su afición a otras lecturas que le evaden, según él, del mundo de miseria que le rodea. —De acuerdo— asintió el agente de la guardia civil–. Vd. verá unas causas, pero yo veo otras más palpables. Para mí, después de ver las “edificantes” lecturas —Molinos lo dijo con evidente retintín, para hacer ver que se había percatado de las ideas que se gastaban los nuevos universitarios— y los signos en el espejo, no me cabe la menor duda de su culpabilidad, así que no tengo más que decir. —Bien, teniente, yo, sin embargo, le propongo volver a interrogar a Joselete, quien a simple vista, aunque no soy experto en ello, pero el forense lo podrá determinar, padece un acusado complejo de Edipo, con evidentes rasgos paranoides que le hacen soportar una terrible fobia a la figura de su padre, odiándolo a causa de los malos tratos que, según dice, ha infligido a su madre... —Ni complejo de... cómo se llame, ni gaitas, Don Antonio—. Estaba a punto de desquiciarse a causa de la insistencia de aquel imberbe metido a detective de película—. Nino ha matado a su padre “purificándolo” con fuego. —No estoy seguro de ello, teniente Molinos— Antonio notaba que, por momentos, pisaba tierra más firme.— He interrogado a fondo a Joselete, cosa que debería Vd. hacer, y sus odios deben ser dignos de estudio por los forenses psiquiatras. Pero si no le basta, he descubierto algo que, estudiándolo detenidamente, concuerda con los pasos que José Luis, Joselete, dio el día de autos. El forense, aquí presente, puede decir lo que sabe. Don Ignacio, el médico forense, se sobresaltó levemente, ensimismado ante aquella disputa en la que se estaba dilucidando la detención de uno u otro hermano. Tosió levemente y tomó la palabra: —Señores, he de informarles respecto a la autopsia de Jovito Municio Danes, y he de confesar un detalle que en principio me pasó inadvertido: en la mano izquierda del cadáver, dentro del puño candado por los estertores de la muerte y el rigor del fuego, el cual me obligó a utilizar el escalpelo para abrir el puño completamente rígido, había un trozo de yeso reciente. Y es curioso porque la mano había hecho de cámara estanca conservando la humedad del material de construcción. He de colegir que Jovito, en su ansia por defenderse de la furia de su agresor, cogió a éste por la ropa u otra prenda que contuviera dicha sustancia y arrancó lo que ya les he descrito a Uds. —He interrogado y solicitado la colaboración a Amancio Martelo, el maestro albañil, que se encuentra construyendo el campo de fútbol municipal. Ha confirmado que la muestra de yeso es de la obra y que Joselete solicitó licencia para ausentarse del trabajo a las dos menos cuarto de la tarde para ir al practicante, y retornó a las dos y veinte—. Antonio no disimulaba su euforia, sabiendo que su teoría se abría paso. —Pero ¿y las salidas y entradas de Nino en la casa?—. El teniente no daba por perdida su particular versión de los hechos. —Puras figuraciones de los vecinos. El mozo entraba tras el padre simplemente para quitarle cuatro “perras” mientras dormía. La justicia determinará, en todo caso, las responsabilidades—. Antonio calló repentinamente, sabiendo el efecto de sus palabras. —Está bien—. El militar elevó los hombros y emitió un profundo suspiro de conformidad.
LA NOCHE estaba cayendo sobre Tracasta, pues el sol, escaso, de aquel día, se había escondido por detrás del pico Machotón, y la brisa hacía moverse las hojas de los negrillos que bordeaban la calle Maxide donde estaba ubicado el cuartel. La gente, arremolinada, se abrigaba debido al relente que comenzaba a caer sobre el valle. La noche auguraba una helada descomunal. De repente se abrieron las puertas y el silencio se adueñó de la multitud. Bajo el dintel, apenas iluminado por una bombilla del alumbrado comunal, apareció el guardia de puerta abriendo paso a la comitiva a través de la multitud. El teniente Molinos acompañaba a José Luis Municio que presentaba un aspecto demacrado y algún moratón que le circundaba el ojo derecho. Vestía un jersey raído y descolorido y llevaba las manos cruzadas a la altura del bajo vientre, esposadas. —¡Asesino, cabrito!— la voz partió del corrillo donde estaba Arsenio. —¡Joputa!—acertó a decir Bibiano, un pobre oligofrénico, eterno bufón del pueblo. Poco a poco, pero sin cesar, fueron elevándose las voces y los insultos al paso de Joselete, conducido por el guardia civil. Pocos pasos detrás, un silencioso Antonio Comandera seguía al cortejo que atravesó la calle para introducirse en el coche–correo de Juan Gallardo que al volante esperaba circunspecto, como por encima del bien y del mal, sabiendo que su papel en aquel drama consistía únicamente en esperar —fueron cuatro horas— y en trasladar al reo, conducido por el guardia civil y el agente judicial, a Cerropueto. Lo único que le preocupaba a Juan Gallardo era el paso por la cima del puerto Sonserrato y guiar con extrema precaución por las curvas orientadas al norte, debido a la escarcha que desde semanas atrás dominaba el paso de montaña, límite de los valles. En Cerropuerto, el Juez de 1ª instancia, D. Eufemio Comandera aguardaba pacientemente al acusado. Previamente había sido advertido por Antonio de la resolución del caso pero también de una determinación que había tomado éste y de la que le haría partícipe en su momento. El Juez no necesitaba confirmación. Lo sospechaba porque conocía a su hijo y la profesionalidad que él, como padre, le había inculcado.
EPÍLOGO Audiencia Provincial de Canencia. 10 de junio de 1964 Joselete escucha de pie, con la mirada al frente, huida, la sentencia que en aquellos momentos está siendo leída con voz monótona por el Secretario; el Presidente observa la sala. En el estrado de la izquierda Antonio Comandera, abogado defensor, se muestra tenso pero sereno. Es su primer caso y en el que ha volcado todo su saber, aunque se ha batido “a cara de perro” con el fiscal que ha solicitado la pena de treinta años por parricidio, con premeditación y alevosía. Antonio Comandera, en cambio, la libre absolución por enfermedad psíquica, y, en todo caso, el internamiento en un centro mental. Han sido tres días de sesiones en donde han sido escuchados todos los testigos de cargo y de la defensa. “Debemos condenar y condenamos a José Luis Municio Gómez, de 23 años, soltero y natural de Tracasta a la pena de veinte años de reclusión mayor por parricidio, con la eximente de trastorno mental, por lo que esta presidencia magistrada decreta el internamiento en el Instituto Frenopático Provincial ‘Coronel Melgar’. Al término del tiempo de condena, se decreta su destierro a perpetuidad del pueblo de Tracasta, en un radio de cuarenta kilómetros.” —Se levanta la sesión—. El mazo, de nuevo, cae sobre la mesa mientras el Presidente se levanta. Antonio el abogado está contento porque sabe que ha sido una sentencia ajustada a Derecho y, lo más importante, ha creído en lo que ha defendido, aunque sabe que ha sido criticado por defender a aquella denominada “bestia” que no tuvo la menor compasión de su padre, pero es consciente de que ha creado jurisprudencia al hacer valer su tesis de que no todo asesinato, por muy cruel que parezca es, indefectiblemente, merecedor de cárcel. Sabe que el manicomio no es la panacea para devolver la vida al padre, pero al menos será el lugar indicado para devolver a Joselete parte de la cordura perdida en lo más profundo de su cerebro enfermo. Por las enormes puertas de madera de la Audiencia Provincial van saliendo, lentamente, los protagonistas y testigos del drama concluido: Felipa y sus dos hijos mayores, Nino y Tori, que han conseguido una de las recientemente construidas “casas baratas” de Tracasta; Arsenio Roncal, con su bar, que sin saber muy bien cómo, está consiguiendo un éxito de clientela impensable unos años atrás, quizá porque ha mejorado el aderezo de la carne de cerdo de las matanzas invernales; Munera, que luce tres estrellas de capitán destinado en la comandancia de Canencia; D. Ignacio, con su nueva Casa del Médico, recién estrenada; falta el Sr. Amancio, el albañil, fallecido meses antes; y finalmente los demás testigos se dirigen andando a la estación de ferrocarril. El tren pasaría, en una hora, camino de los valles del norte.Antonio no abandonaría a Joselete, aquel desgraciado que sale de la Sala por otra puerta, escoltado y esposado camino del infierno. Se propone vigilar su proceso de reinserción, a sabiendas de las previsibles sonrisas indisimuladas de algún compañero veterano del Colegio. Enfrente, el fiscal sonríe. Dos filas atrás, en los bancos de la audiencia pública, Don Eufemio el juez, padre orgulloso, también. 20/04/2008 Viaje a Egipto de Joseantonio y CarmenViajamos en AVE hasta Madrid cruzándonos en el camino con la alimaña que acabó con la vida de Mari Luz. En Huelva, parte del pueblo clamaba venganza al paso del monstruo. Cárcel por muchos años para él. Dormimos en Barajas pueblo. Viernes, 28 de marzo Volamos hasta Aswan en un vuelo de Gadair sobrevolando Italia y parte de Libia para entrar a Egipto por las playas de El-Alamein. Llegamos a las 5 de la tarde con el sol cayendo. Traslado al barco/crucero Florence fondeado en el puerto de Assuan. El Florence parece el barco que sirvió de escenario a Muerte en el Nilo, de decoración recargada y ligeramente rococó. Cenamos y nos acostamos a las 9 de la noche para... Sábado, 29 marzo 2:30 de la madrugada!!! Un té rápido y abordamos un autobús. En una caravana, escoltados por el ejército, salimos de Assuan, para ir bordeando el Nilo. El sueño nos vence, pero vemos un espectáculo maravilloso: amanecer en el desierto de Libia. Soy entonces consciente del verdadero significado de la palabra desierto. La inmensidad, la ausencia de vida humana o vegetal, el color suavemente rojizo y las formaciones arenosas por efecto del viento. El sol se levanta a nuestra izquierda e ilumina la estrecha cinta que forma la carretera. Nuestro conductor circula durante kilómetros y kilómetros por el carril de la izquierda. Al fin, después de tres largas horas de viaje llegamos a Abú Simbel, a los dos templos, el grande y el pequeño. En las lomas, miembros de las fuerzas de seguridad velan por nuestra integridad. Cuatro Ramsés II nos reciben sedentes observando la salida del Sol que en días determinados los ilumina en el interior del templo excepto al dios de las tinieblas Ptah. En el templo pequeño de la diosa Hathor , la bella Nefertari, junto a su esposo Ramsés II nos observan cuando entramos al interior. Al regreso, nos detenemos en la faraónica presa de Assuan que divide al Nilo en dos partes, como en la antigüedad existía el Alto y el Bajo Nilo. La presa, vigilada por las fuerzas armadas egipcias, suministra energía eléctrica a todo el país. Abordamos una falúa que nos transporta entre los meandros del río a través de paisajes ribereños de ensueño. Los cañaverales y los papiros bordean las orillas, donde descansan familias a la sombra de los palmerales. Nos acercamos a la orilla y nos abordan unos chavales en pequeñas canoas saludándonos. En la orilla montamos en unos camellos. El que nos tocó a mi mujer y a mi, nos mantuvo en vilo porque se empeñaba en "trotar" justamente por el borde del “abismo” que nos separaba unos escasos centímetros del río. Por fin llegamos a uno de lugares más encantadores de todo el viaje, un pueblo nubio donde nos recibió un montón de críos saltando de contento a nuestro alrededor. Para mi fue todo un descubrimiento, así que trataré de saciar mi curiosidad documentándome sobre este pueblo, Nubia. Asistimos a una escuela donde el maestro no enseñó el alfabeto y la numeración árabe y nubia. Fue un rato divertido donde asíismo asistimos a una vivienda donde nos agasajaron con la hospitalidad de su música, de su comida y bebida, pero sobre todo con la amistad y la alegría, y la belleza de este pueblo, y de sus niños que nos homenajearon a cambio de nada. Vuelta al barco Florence, comida exquisita, plena de sabores y olores y descanso a bordo mientras descendemos navegando el Nilo mirando a izquierda y derecha, viendo pasar ate nosotros la vida ribereña como si no hubieran transcurrido miles de años. Por la noche, arribamos a Kom Ombo. Iluminado, uno de los templos dedicado a Horus. Los instrumentos de medicina grabados nos "hablan" de los adelantos de este pueblo magnífico. Domingo, 30 Visitamos los templos de Edfu y Esna Edfú, templo dedicado a Horus. Y en Esna vimos un templo con inscripciones del signos del Zodiaco. Atravesamos el zoco donde pudimos descubrir parte del pueblo egipcio en un día de trabajo. Finalizamos recorriendo el pedregal donde los canteros debieron ver , hace miles de años, cómo se resquebrajaba , y abandonánolo, un Obelisco inacabado unido para siempre a la piedra madre. Fue todo un espectáculo descender siete metros de un nivel a otro entre los dos Nilo por medio de las descomunales esclusas que atravesamos en medio de la oscuridad. Esa noche cenamos en el Florence la rica cena egipcia plena de sabores y olores. Comemos por vez primera hummus, crema de sésamo con puré de garbanzos. Algo exquisito, de verdad, untado en pan de pita o en un pan completamente negro, absolutamente riquísimo. Y, claro, que no quede, nos compramos nuestras respectivas chilabas de fiesta, y nos fuimos a cenar y luego a bailar. Fue una noche espléndida y yo me vestí con el vestido árabe, pues no fue un baile de disfraces, a lo que soy absolutamente contrario. Por supuesto Carmen también participo vestida de odalisca. Así pues, chilabas, la prenda más cómoda del mundo que pensé, en aquel momento, usar incluso en casa. Lunes, 31 Nos levantamos a las seis de la mañana. Al mirar por la ventana del camarote descubro el mismo paisaje de debieron ver hace tres mil años en aquel mismo lugar: una falúa, pilotada por dos pescadores, arrojando una red al río, mientras una grulla, yal vez un ibys revolotea a su alrededor, y en la otra orilla Horakhty (el sol naciente) refleja y dora los templos de la orilla. Sólo los globos aerostáticos, donde no nos atrevimos a montar, nos traen al presente. Desayunamos y nos disponemos a visitar las estatuas de Amenofis III, los denominados Colosos de Memnón, y de allí partimos hacia el mítico Valle de los Reyes. En un trenecito ascendemos hasta la entrada al valle y bajamos a la tumba de Ramsés I (KV16) y a la tumba KV 11, correspondiente a Ramsés III. El guía nos explica un poco sobre el más misterioso valle que hay sobre la Tierra, el Valle de los Reyes, donde aún deben reposar tantos y tantos jefes y otras clases de gente de segundo nivel en la jerarquía faraónica del milenario Egipto. A la bajada, el grupo se anima y anima aquel valle silencioso con diversas canciones. Al acabar la mañana, algunas compañeras de viaje se empeñan en visitar el templo de Hatshepsut, la reina faraona que asumió el trono que correspondía a Tutmosis III. Allí Carmen y yo disparamos algunas fotos y recorremos las rampas que debió recorrer el mítico Sepsenuré el ladrón de tumbas. Todo respira antigüedad porque nos parece que el país se detuvo exactamente cuando expiró el último faraón de la última dinastía. Un policía nos saca una foto y una propina. En el barco comemos y sacamos el equipaje: el crucero ha terminado, no sin antes visitar el templo de Luxor y extasiarnos ante la magnificencia de su Avenidas de las esfinges, y sus diversas dependencias, desde el pilón hasta el Sanctasantorum pasando bajo sus columnatas. En el templo de Karnak visitamos sus dependencias y la avenida de los carneros. Una gilipollas se llevó la bronca por ponerse para la foto encima -violando- de una figura. El crucero ha terminado, no sin antes visitar el lago sagrado y dando tres vueltas al escarabajo en procura de buena fortuna y augurios positivos. Al final, paramos en un cafetín egipcio y tomamos te a la menta fumando un narguilé, o pipa de agua. Dimos una vuelta por Luxor a bordo de una calesa, recorriendo la ciudad, viendo cómo Ra (el sol poniente) se escondía tras el Nilo, atravesando los mercados de la ciudad, escuchando la llamada del muecín a la oración, Los niños nos piden unos céntimos mientras recorremos la distancia hasta el aeropuerto y donde abordamos un vuelo doméstico de Air Cairo, de una hora, hasta El Cairo. Llegamos a la inmensa metrópoli, simplemente impresionante. Tardamos más de una hora en llegar al hotel en Giza, al suroeste de la ciudad. Cenamos en un restaurante y nos aposentamos en el hotel Grands Pyramids, donde nos recibe la amplia sonrisa del policía de la puerta, y los circunspectos recepcionistas que no hacen el mínimo esfuerzo por hacerse entender sino es inglés. Yo me defiendo con el poquito de inglés de toda la vida. Martes, 1 de abril Plato fuerte: Pirámides. Pasamos la mañana en la meseta de las pirámides. Una de mis preocupaciones era la claustrofobia que podía sentir de entrar en la segunda (la de Kefren). Desisto y entra mi mujer, que es muy valiente. Me consuelo pensando que dentro no hay nada: sólo la cámara mortuoria vacía y una atmósfera cargada; con millones de toneladas de bloques de piedra sobre las cabezas de los visitantes. En la Esfinge nos sacamos las fotos de rigor con las pirámides y los sempiternos turistas (como nosotros) detrás, al fondo. Comemos en un chiringuito, camino de Menfis, y visitamos la Esfinge de alabastro. Niego una propina a un policía que pretendía indicarnos un ángulo para las fotos: nos deben ver cara de guiris. Accedemos al complejo funerario de Saqqara. Impresionante la pirámide escalonada de Imhotep o algo así, y bajamos a la tumba-mastaba de Mereruka, una “vivienda eterna" de 33 habitaciones. Regresamos al hotel a ponernos de tiros largos: nos esperaba la noche cairota: en el autobús nos dirigimos a recorrer, sin parar, la Ciudad de los muertos, donde cohabitan los difuntos con los vivos, muy interesante aunque no conseguimos detenernos. Pasamos por el lugar donde Anuar El Sadat cayó acribillado en un desfile. Acabamos la noche cairota cenando excelentemente en el barco restaurante Maxim mientras disfrutamos de la danza de un giróvago. Acabé mareado, sólo de verle, y al final se empeñó en hacerse una foto, que adjunto, para que se vea que consentí, a mi pesar, en recibir una caricia que pareciome algo más... A continuación la autenticidad de la Danza del vientre al son de una orquestina de chirimías y tambor. Me hice la ilusión de estar en un cabaret de El Cairo de la Segunda gran guerra, rodeado de agentes secretos y espías de toda condición. Por la noche caí tan rendido que no me dio tiempo ni a fantasear con la danzarina del vientre... :-( Miércoles, 2 El Cairo: Coches, coches, escombro, calles destartaladas, semáforos inexistentes, mezquitas, cláxones, Nilo, autopistas, vendedores, cruces de calles, excalectric, gente, gente, mujeres veladas, ojos ardientes, mezquitas, penetrantes, edificios grises de contaminación, El Cairo en su plenitud. Pero cómo no, El Cairo cristiano y judío… barrio copto de iglesia de San Sergio y cripta donde se refugió la Sagrada Familia. A continuación una visita de emociones a la Sinagoga de Ben Ezra: maravilla del Rollo de la Torá y de la Estrella de David. Y Ciudadela de Saladino, donde nos descalzamos para entrar, infieles de nosotros, a la Mezquita de Mohamed Alí, de Alabastro. Nos sentamos en las inmensas alfombras, mirando la magnificencia y espectacularidad de sus techos. El guía aprovecha para hacer apología del islamismo y de su religión, y dice cosas que nosotros, pobres guiris en tierra sarracena, miramos con cara de bobalicones atendiendo con respeto su "No hay más Dios que Alá, y Mahoma es su profeta". Desde la explanada nos asomamos a la vista de la ciudad y yo trato de oir, entre el tráfago de los rumores urbanos, los lamentos del faraón por la rapiña de las piedras milenarias de las pirámides para la construcción de la fortaleza. Museo de El Cairo, donde visitamos la máscara funeraria de oro del faraón de faraones: Thuthankamon. Pero también vemos escribas, cabezas, bustos, escarabajos, carros, oro, sarcófagos, y tantas y tantas cosas… como la piedra de Rosetta. Comemos en un barco-restaurante-sin-alcohol, y visitamos el Mercado de Khan El Jalili donde los vendedores te salen al paso con sonrisas y zalamerías: compramos los últimos regalos y compruebo que lo mío no es regatear: hasta el vendedor se rie de mi. Camisetas y baratijas, es lo que mercamos como si de fenicios y egipcios se tratase. Acabamos la jornada escapándonos unos minutos para sumergirnos en algunas calles y aprovechar para pedirle al “sacaperras electrónico” algunas libras que van escaseando. Jueves, 3 Partimos para Alejandría, la ciudad situada en el bajo Nilo, orilla del Mediterráneo. No tiene nada que ver con la capital. Limpia, ordenada, rosa de la mañana, recorremos sus calles hasta llegar y bajar a las Catacumbas de Kom El-Shuqafa del siglo II, con trescientas tumbas. Accedemos a La columna de Pompeyo en honor de Diocleciano, “el invencible” por medio de cien escalones, en medio de un paisaje de ruinas históricas donde se amontonan cruces y medias lunas e inscripciones sin ton ni son. Unos obreros manejan una retroexcavadora bajo un tibio sol mañanero. En la nueva Biblioteca, una de las desaparecidas Maravillas del mundo, recorremos sus instalaciones en una perfecta simbiosis de incunables y papiros con ordenadores y luz natural. Las inscripciones y las exposiciones de vanguardia. Comemos, poniendo punto final al recorrido, magníficamente en el palacio Montasa, pabellón de té de los “oficiales libres”, construido por el rey Fuad. El lujo y la decadencia para descanso de las antiguas clases dominantes. Regresamos a El Cairo y nos disponemos a pasar las últimas veinticuatro horas de descanso. Viernes, 4 Me despierta la llamada a la oración de varias de las mezquitas cercanas al hotel. Las calles están ligeramente más vacías de coches. En lugar de los tres millones de coches que diariamente circulan por sus calles, este viernes, festivo, de oración y relajo, deben ser, sólo, dos millones novecientos mil. Salimos a la calle y Carmen y yo nos jugamos el físico atravesando una de las avenidas de Giza. Los bocinazos de los coches y taxis resuenan a nuestro alrededor, mientras detrás de los edificios, a escasos tres kilómetros, se observa la silueta difuminada, brumosa y grisácea de la Gran Pirámide. En el hotel zanganeamos hasta llegada la hora de ir al aeropuerto. Tiro las últimas fotos de la tarde de viernes con los parques llenos de familias y niños por todos lados. En la terminal soy cacheado –por tercera vez‑ y abordamos un avión de Gadair. Egipto nos despide con un espectáculo soberbio y uno de los más hermosos que yo haya visto jamás: El Cairo, sobrevolándolo, de noche. Atrás dejamos un inolvidable viaje que nos ha llevado desde el profundo SUR hasta el marítimo NORTE de un país que nos deja una profunda y grata huella: Shucram, Miṣr ! Gracias, Egipto!! Madrid, una de la madrugada. Abordamos un taxi y la ciudad nos parece de juguete. No hubo más. Hotel. Atocha. AVE. Sevilla y Huelva. Como dijo aquel, y en este caso es cierto: COMO FUERA DE CASA, EN NINGÚN SITIO.
10/04/2008 Ruffo de nocheMiaaaoooooooo.....!!! Soy Ruffo, el gato de Roberto, miaaauuu, y cuando era tan pequeño como vosotros, cuando Roberto aún no había nacido, su papá se despertó una noche por el ruido que los ratones de su casa hacían un ruidito en la pared, raka, raka, raka... que no lo dejaban dormir. Entonces, miaaaauuuu, se levantó y me acarició en la cabeza ordenándome ir en busca de los ratones y que los echara de la casa. Así que, miaaaauuuu..., estuve toda la noche a la caza y captura de los dichosos ratones, todo, con tal de que mi dueño pudiese dormir tranquilo. Toda la noche miaaaaaoooo... estuve con el oído y mi vista atentos hasta que, cerca del amanecer, conseguí encontrarlos: tres, metidos en su ratonera, justo al lado de la cocina, donde están los quesos y las golosinas que tanto gustan a los ratones. Los cacé, miaaaaauuuuuuuuu...., pero en lugar de echarlos de casa, conseguí convencerlos de que se trasladaran a la terraza, donde no molestarían a nadie. Les preparé, con un trapo y unos palitos que encontré por allí, una casita, tras la lavadora que pesa tanto que nadie mira. Allí se escondieron y me hice muy amigos de ellos, y cada noche iba a visitarlos, y si no habían conseguido ningún alimento, yo los ayudaba cogiendo un poco de corteza de queso, unas hojitas de lechuga y los restos del yogur que el papá de Roberto había dejado en la cena. En fin, miaaaaoooo... todos consiguieron dormir de un tirón y yo me hice muy amigo de los ratoncitos. Una noche desaparecieron los tres montados en una estrella que salió por la ventana hacia el cielo. ¡Qué pena! No los he vuelto a ver. Miaaaaoooooooo!!!
F I N... M I A U 07/04/2008 S a l a m a n c aReconozco que fue un amor de verano, pero su huella quedó, y aún permanece, en mi corazón. Se llamaba Daniela, y fue el más bello recuerdo de mis por entonces dieciséis años. No recuerdo dónde, cuándo, cómo la conocí, pero la semana que pasamos juntos durante buena parte de aquel final de agosto de 1966 perdurará para siempre en mi memoria. No quería remover estos recuerdos, pero “obligado”, sugerido, pedido por mi amiga Joana para que lo escribiera y lo descargase, no he podido negarme. Te lo dedico, Joana:
Los paseos por la Alameda; los momentos en algún banco del parque mirándonos a los ojos, ruborizándonos, diciéndonos palabras sentidas que me hacían enronquecer a mi pesar; las esperas viéndola aparecer por la acera de la Avenida de Portugal; y los ratos de gozos sentidos a su lado, mientras a nuestro alrededor multitud de sombras iban y venían. Y los días transcurriendo a velocidad de vértigo.
El último día, en los soportales de la Plaza Mayor, aquella muchacha, de mi misma edad, de mi misma estatura, con los cabellos rubios como nunca los había visto a nadie hasta entonces, pareciendo salir de un lienzo de algún maestro italiano del Renacimiento, por primera y última vez nos besamos. Fugazmente, cierto, pero nos besamos para despedirnos. Para mi, desde entonces –hasta hoy tal vez, Joana- aquello no fue un beso… sino el beso. El beso que siempre me ha acompañado y que pocos han superado las sensaciones que me hicieron sentir aquellos labios sobre los míos.
Al salir bajo uno de los arcos de la plaza, volví la cabeza y creí atisbar una lágrima que ella enjugó con la misma mano que me decía adiós. Cuando estaba instalado en el tren-correo que me devolvía a Hervás, viendo pasar los campos yermos, y a lo lejos la serranía de Béjar, he de decirlo claro: lloré, lloré, lloré.
El corazón me latía con fuerza porque en el fondo presentía lo que realmente ocurrió: nunca más la volví a ver. Jamás. Pero cuando se nombra la tan traída y llevada palabra amor, me vienen a la memoria aquellos ya lejanos días. Lo que sentimos Daniela y yo era, justamente, eso. |
|
|