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26/01/2009

Daniel !!!

DANIEL BEJARANO LLANES, a los 20 días.

25/01/2009

En sólo un segundo

                                               José Antonio Bejarano©

                                                

 Todo arte es completamente inútil. (Oscar Wilde)

 

 La chica miraba nerviosa, a través de los ventanales del consultorio, cómo iba cayendo la corta tarde de diciembre. Pensaba que no era para menos, dado lo que le había ocurrido veinticuatro horas antes.

Viajaba todos los días desde su casa hasta el Jewish Lower East Side, donde había conseguido un empleo en una de las lavanderías de Manhattan, situada en un callejón de Eldridge St.

Sentada, esperaba el diagnóstico del laboratorio de análisis clínico, y se propuso no dejar que los nervios la atenazarán, así que dejó que los recuerdos fluyeran controlados en su mente.

No cabía duda, reconocía, que había conseguido el empleo gracias a la influencia del rabino de su barrio, en el sur del Bronx. De padres y abuelos judíos emigrantes, debía reconocer que aquel trabajo, hasta veinticuatro horas antes, le gustaba.

Era la única empleada, y ya comenzaba a conocer a los asiduos clientes, incluso Wooddy Allen entró en varias ocasiones. Un anciano,  asiduo, al conocer cómo se llamaba, le contó la curiosa coincidencia entre su nombre y el trabajo que tenía, aunque, en aquellos momentos, no le encontró la menor gracia. El caso es que con el nombre que tenía disimulaba el carácter de judía, aunque no sentía ningún complejo, dado que se encontraba en mitad del barrio judío de Manhattan. Se consideraba una mujer guapa, en la plenitud de sus 27 años, pues tenía rasgos griegos inconfundibles y le había dado por hacerse una cola con el pelo ondulado dándole a su silueta el aspecto de una hermosa cariátide.

Al salir de la lavandería, antes de tomar la línea verde-cuatro del metro, se sentaba en una pequeña cafetería y pedía, para no olvidar por completo, levivot  y bagel (pastel judío de salmón ahumado y queso), aunque prefería los que preparaba su abuela por Janucá, cuando encendían la primera vela del candelabro de nueve brazos para la fiesta de las luminarias, mientras el abuelo entonaba el Baruj ata Adonai [...] lehadlik ner Jánuca (Bendito eres Tú, oh Eterno [...] las luces de Jánuca). Y es que su padre, siempre se había sentido orgulloso de su ascendencia simplemente griega, olvidando las raíces hebreas, y refunfuñaba en cada fiesta judía por las, según él, excesivas influencias mosaicas que le estaban inculcando los abuelos a la nieta. Tal vez, creía una pequeña venganza de sus suegros por haberle impuesto a su hija aquel nombre totalmente gentil para escándalo de la familia.

A veces la muchacha frecuentaba un gimnasio de fitness, para intentar modelar aún más su cuerpo. El trabajo en la lavandería la obligaba a permanecer largas horas de pie, y ello le estaba produciendo molestias en las piernas.

El maldito día anterior, había entrado un contenedor de ropa sucia de uno de los hospitales de Central Park Sur, y su jefe le había pedido que sacrificase su hora de almuerzo. La avería en la lavandería hospitalaria había supuesto una emergencia y sabía, desde el cada vez más lejano 11 de Septiembre, que la solidaridad era una de las características de la ciudad de Nueva York.. Y, maldita sea mil veces cuando (quizás pecando de falta de previsión) hundió sus manos enguantadas en aquella bata que había caído al suelo desde el contenedor y notó un dolor fino y profundo en la palma de su mano izquierda. Un delgado hilillo de sangre le cruzaba transversalmente las papilas de su mano.

Durante un segundo no se dio cuenta, hasta que se percató de que aquella ropa era sucia, por tanto, contaminada, y de que aquella pequeña hoja de acero, manchada de sangre, provenía de uno de los bolsillos que algún sanitario irresponsable había dejado olvidada.

El cliente anciano aficionado a la Mitología le contó que Nausicaa, era hija del rey Alcinoo. Y cuando Ulises, arrojado por la tempestad a la isla de los feacios, fue descubierto por Nausicaa y sus compañeras, que estaban lavando la ropa, aquella le proporcionó ropa limpia y seca  y lo alojó en el palacio de su padre.

La historia de su tocaya le hizo gracia a Nausica (este era su nombre), y desde entonces lo llevó con orgullo, pues siempre se había preguntado por qué ella no se llamaba Sara, Ester, Ruth, Rebeca o cualquiera de los innumerables apelativos que la Biblia proporcionaba a los judíos, y que lo ostentaban  como una de sus principales señas de identidad. Pero que su padre se empeñara en aquel extraño nombre de la Mitología griega no lo había llegado a comprender nunca.

Cuando se accidentó, desconectó la  gigantesca Crolls, corrió al botiquín y su jefe le dijo:

—Debes hacerte rápidamente una analítica de sangre para detectar y prevenir cualquier infección. No quiero disgustos.

En el dispensario, cuando le estaban extrayendo una muestra de sangre estuvo a punto de desquiciarse y perder los nervios. De repente volvió a revivir el lento proceso de su amigo Italo, gentil, desde que le diagnosticaron el VIH. La constatación de que se había llegado con retraso; el duro y penoso tratamiento; las largas y solitarias estancias en el hospital; el inexorable deterioro físico y mental hasta la total degradación física, inerme ante la más  pequeña infección; y lo peor, la lenta y dolorosa agonía, paliada a base de drogas, que le conduciría a la muerte.

A la espera del resultado de los análisis rememoró Nausica los tiempos de su niñez, cuando su abuela le cantaba “Eli shelo igamer leolam”, una canción de cuna que habían traído de la amada Salónica. Aquellas dulces palabras en hebreo siempre las recordaba Nausica, hasta que descubrió que el pequeño mundo judío no acababa ante la puerta del apartamento familiar del Bronx.

Cierto día, unos años antes, le pidió a su abuela unos dólares para comprar una bicicleta y “estrenarla el día de Yom Kippur”, para celebrar el Día del Perdón igual que hacían los sabras descreídos de Tel-Aviv. Su padre sonrió y se dio cuenta de que su hija estaba comenzando a asimilar el ser sólo una greco-americana de verdad, por su nombre y por su aspecto de diosa helena. No volvió a entrar Nausica en una sinagoga, ni volvió a entonar ningún canto de celebración, ni el padre consintió que su hija observase las leyes del sabbath, o se alimentase exclusivamente de alimentos khoser. Ahora, desde la lavandería, veía la imponente fachada de una de las sinagogas de Manhattan por donde entraban muchos judíos neoyorquinos a orar, leer, o simplemente descansar y meditar entonando el Shema Israel, (escucha Israel...).

Nausica aguardaba en la sala de espera del ambulatorio. Llevaba un día completo sumida en un mar de confusiones; sin embargo, aún le quedaba lo peor: comunicar la casi segura mala noticia a su padre y abuelos, aunque sabía que la apoyarían en todo momento, cubriéndola de besos y abrazos para que sobrellevara la terrible enfermedad.

Y a George, su prometido desde hacia tres años. ¿Cómo decirle que era portadora del terrible virus? ¿Cómo hacerle participe de una vida y un proyecto trazado en común con aquel terrible estigma? ¿Cómo lo afrontaría? ¿Tal vez huyendo para siempre de ella, que por días se iría convirtiendo en una ruina física?. No quería ni pensar en el  momento en que tuviera que comunicárselo. Pero el tiempo,  inexorable, se convertiría en el más aterrador aliado para transmitir su enfermedad. Adiós al trabajo, adiós a las amistades, adiós a los paseos por la 5ª Avenida, adiós a las sesiones fitness para lograr poco a poco un cuerpo escultural. Adiós, en fin, a la vida que, hasta aquel malhadado día, le había sonreído.

Al pasar a la consulta, Nausica sintió deseos de vomitar. La depresión y el estrés estaban comenzando a dejar huella. Nunca hubiese creído que los nervios la traicionarían de esa manera.

La doctora le tendió la mano y la indicó que se sentara. Por la ventana del aséptico ambulatorio se veía caer lentamente la tarde invernal.

La doctora tomó una carpeta amarilla y extrajo un folio con los resultados analíticos. Nausica se encontraba al borde de un “ataque de nervios.

Bueno, veamos -dijo la médica. -Se le ha hecho una analítica completa y ya tenemos una conclusión, ¿Está cansada, suda mucho, bebe agua con frecuencia, orina a menudo?

Claro que estaba cansada -pensó Nausica, sentada al borde de la silla, en actitud defensiva-, que sudaba y que bebía abundantemente. ¿Qué quería decir aquella médico?

Ya se había preparado para recibir el temible diagnóstico. Eran los síntomas que desde hacía 24 horas sentía, pero faltaba que los análisis confirmasen lo que ya sospechaba.

—Bien, Nausica Aristhelos: los lípidos, hormonas y linfocitos están dentro de los parámetros normales; así como los niveles de cetonuria. Por tanto, queda descartado cualquier virus de inmunodeficiencia humana. Tiene, sí, una leve diabetes congénita, de toda la vida, que debe cuidar.

Nausica, aficionada a la lectura de Robin Cook y sus aventuras de contaminantes de ántrax, botulismo, peste bubónica, así como conjuras internacionales de guerras bacteriológicas y atentados en masas quedó estupefacta, y, mirando fijamente a la médico, dijo:

-Así que... nada de contagio de AIDS por la maldita punta de bisturí contaminada de sangre...

-¿Sangre? -interrumpió rápidamente la doctora, mirando por encima de la montura de sus gafas. -Hemos analizado la sustancia que manchaba el bisturí, y nada de sangre: simple tinta roja de rotulador. Así que, Nausica, a descansar y mañana, de vuelta a su trabajo. Ah, y por favor, la pequeña herida, destapada y que le dé el aire.

Nausica salió a la calle. Los coches circulaban lentamente en dirección de los puentes y salidas de la isla, despoblando la otrora jungla de Manhattan.

Miró la línea del cielo que se perfilaba al final de Battery Park. Faltaban las torres gemelas. Mañana tendría que madrugar. Y por la tarde, pensó, entraría un momento, por primera vez en mucho tiempo, para completar el minyán (diez personas, como mínimo, para iniciar las lecturas sagradas) en la sinagoga de Eldridge St.

-Gracias, Dios mío, y, como dice una sentencia judeosefardí, -que la salud me pueda- pensó. Se anudó al cuello la pasmina comprada en los rastrillos del Pre-Harlem, resguardándose del viento helado de la noche, y  miró al cielo antes de desaparecer por la boca de la línea verde-cuatro del metro de Nueva York.

"Porque yo, sin ti, no soy nada; qué no daría yo...", la aterciopelada voz de Amaral salía de los buffles del gigantesco compact de un latin-boy apostado en las escaleras del sub, mientras miraba a Nausica.

 

24/01/2009

Respecto a Yo nada tengo que ver

Tengo por norma no eliminar ninguna entrada o comentario de mis blogs, pero he de hacer constar que el "compañero" al que me refería en mi entrada de 30/12/08, y con el que tuve un problema en el lugar de trabajo, ha tenido la elegancia de pedirme disculpas (aunque el primer paso para romper el hielo lo dí yo, que conste) y aclarar el asuntillo que hizo enturbiar nuestra relación.
Por supuesto el gesto le honra, y yo estaba deseando aclarar y volver a normalizar unas relaciones que siempre han sido excelentes. Gracias, compañero, amigo.
 
12/01/2009

Himno Nacional del Estado de Israel (letra)

 

כל עוד בלבב פנימה
נפש יהודי הומיה,
ולפאתי מזרח קדימה,
עין לציון צופיה,
 Kol od baleivav p'nima
 Nefesh yehudi homiah
 Ulfa'atei mizraj kadima
 Á'in let zion tzofi'a

 

Mientras en lo profundo del corazón

palpite un alma judía,
y dirigiéndose hacia el Oriente
su ojo aviste a
Sión,

עוד לא אבדה תקוותנו,
התקווה בת שנות אלפים,
להיות עם חופשי בארצנו,
ארץ ציון וירושלים.
 Od lo avda tikvateinu
 Hatikva bat shnot alpaa'im
 Lihi'ot am jofshi beartzeinu
 Eretz Tzion v'Yerushala'im
no se habrá perdido nuestra esperanza;
la esperanza de dos mil años,
de ser un pueblo libre en nuestra tierra:
la tierra de Sión y
Jerusalén.
06/01/2009

Extremalta

Extremalta es el lugar donde nací una tarde de invierno mientras caía una de las muchas nevadas que antes se precipitaban sobre los pueblos y campos de España sin que los servicios meteorológicos o los servivcios de emergencia avisaran. Hace casi 59 años Extremalta amanecía con medio metro de nieve superblanquísima cubriendo las calles, los tejados y los cables de la luz que cruzaban las calles de un lado a otro.

Los niños íbamos a la escuela cubiertos con unas gorras de hule con orejeras, y guantes confeccionados a mano cubriendo los sabañones de las manos. Al fondo, las montañas cubiertas por metros de nieves impolutas que durarían hasta bien entrada la primavera cuando bajarían en forma de aguas bravías por los riachuelos para irrigar las huertas feraces, que proporcionarían las frutas para ser vendidas en los mercados de la capital proporcionando ingresos con los que ir tirando... a no ser que una traicionera granizada destruyera las cosechas y hubiera, a falta de las aún desconocidas subvenciones, pedir prestado para comprar un billete con destino a Frankfurtgastarbaiter, Tarratextil, o como mal menor, algún apeadero de la cuenca del Carbonalón o Madridatocha.

Extremalta, mientras tanto, seguiría desperezándose y acogiendo mi niñez, escenario de juegos y correteos a través de sus calles, campos, plazas y parajes, a través de las estaciones, explosivas primaveras de colores de naturaleza; baños y siestas y primeros amores de verano; otoños de humos y castañares; inviernos de matanzas y fríos. Y de mi última y verdadera Navidad y Noche de Reyes, donde se me apareció el Rey y desapareció para siempre...

Extremalta, mi pueblo... cada vez más lejos. Afán en no olvidar por completo, gracias a quien se interesa por ese lugar. Mi paraiso perdido: Hervás.

05/01/2009

Un Rey en blanco y negro

                  

 

                                                              DEDICADO A  GuiñoManoli,

EN UNA NOCHE DE REYES,

A PUNTO DE VIVIR UNA NUEVA AVENTURA

                        

                     He aquí lo que me aconteció la quinta noche de Enero de un año en la década de los cincuenta, a la que le faltarían tres o cuatro para concluir :

                                                 <<Ocurrió después del desfile de la Cabalgata que, como cada año, discurre por la puerta de la casa del Abuelo, en su recorrido por Extremalta —mi pueblo—. Por las ventanas podían verse, recortados sobre el firmamento negro, inmenso y de Vía Láctea, los tejados blancos y las humeantes chimeneas ; las calles —entre ellas, el Rincón de la Vaca Brava— permanecían cubiertas de un grueso manto de esponjosa y crujiente nieve que  los niños nos encargábamos de amontonar, como juego, bajo los soportales en los cortos días vacacionales.

                     Y —continuando la narración— cuando alejándose el Cortejo Real, nerviosos, nos retirábamos a dormir llegó, precedido de una algarabía de admiración y de sorpresa, un rey, pero que digo  un rey: EL REY. BALTASAR.

             Llegó repentinamente,  pudiendo Vd. imaginar la sorpresa que se apoderó de quienes allí, niños y mayores, nos encontrábamos. Pero a la sorpresa siguió el temor y, sin pensarlo dos veces, el Jose —un servidor— y mis primos el Luisín y la Carmeli, nos “refugiamos” bajo la mesa camilla, la de las meriendas dominicales y veladas de radio. No dábamos crédito a lo que estábamos presenciando: en persona, por primera vez en nuestras vidas, el Rey Baltasar majestuoso, serio, luciendo un bello turbante, muy abrigado, negro como los tizones de la lumbre del Abuelo y hablando una jerga que ni yo,  ni el Luisín ni la Carmeli conseguíamos entender ; pero el abuelo Amancio, quien había “servido” —contaba orgulloso— en la Mejasnia Marroquí de Tetuán, procuró que nuestro corazón se apaciguara y con su mediación —como intérprete— el Rey pudiera hacernos las preguntas que siempre —año tras año de los decenios de cada siglo de, seguramente, cada milenio— formulan los tres Magos:

                     —¿Os habéis portado bien? ¿habéis obedecido a vuestros padres y abuelos? ¿qué habéis pedido?— Y los tres, al unísono, respondiéramos:

          —Una Mariquita Pérez que llora— contestó primero, como siempre, la Carmeli.

                 —Y unos Juegos Reunidos, un juego de “arquitectura”, un balón de “reglamento”, un tren y cuentos, muchos cuentos— contesté yo, en tanto el Luisín no lograba articular palabra.

                    Nuestras  vocecitas a duras penas salían de los bajos de la camilla, pero cuando quisimos darnos cuenta, tras un breve diálogo entre el abuelo Amancio, el tío Victoriano y el tío Antonio con Su Majestad Baltasar, en la extraña lengua africana que el Abuelo conocía a la perfección  pues--repetía orgulloso —había “servido” en la Mejasnia Marroquí de Tetuán, el Rey— no sin antes pedir que el Jose escribiera una “redacción sin faltas” de la experiencia vivida— bajó solemnemente las empinadas escaleras rodeado del resto de la numerosa familia, digno, pausado, pero con presteza  puesto que le faltaba recorrer —dijo, al parecer, en la extraña lengua arábiga— el Barrio Judío, junto a las otras dos Majestades y Pajes con teas encendidas, montando en caballos  que resbalarían a causa de la nieve, pero no por la dura pendiente de la calle Abajo, trazada siglos atrás, por donde se saludaban —hasta un desventurado 492, del concluido segundo milenio digital— judíos bajando a la Sinagoga en el Sabbat, y cristianos subiendo a la Exposición Mayor Sabatina en el Sagrado Cabildo; y desde entonces —mas ya sin judíos— campesinos camino de la Umbría o de la Solana cruzándose con comerciantes a los negocios de la Plaza Corredera ; o chiquillos a jugar a perderse en el laberinto del Rabilero —del antiguo Rabino— tropezando con ancianos cuasi-centenarios a buscar el breve sol del Cantón, orilla de la Cañada que “sube” hacia Castilla.

   Aquella noche, acurrucados en nuestras camas, escuchamos en cada ronda —Collado arriba, Collado abajo— la voz grave del Sereno: “laaas dos, laaas tres..” mientras golpeaba el “chuzo” sobre el empedrado de la desierta calle, en la nieve pisoteada por la ya pasada cabalgata. La Misión Real se estaba cumpliendo. La noche transcurrió eterna, y  una descomunal helada se cernía, de nuevo, sobre el contorno urbano y la campiña —de ríos crecidos, montañas, castaños y cerezos—de Extremalta.>>