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2008/1/29

Mi cumple... (rectificación urgente)

 
Si nací en 1950, es obvio que acabo de cumplir 58, no 57...como escribí en mi entrada anterior. Lo siento. 
 
:-(
 
jA
2008/1/27

Mi cumple...

Nací una tarde de invierno, tal día como hoy, a las cuatro de la tarde, mientras caía una gran nevada sobre Hervás, en 1950.
Hoy cumplo, por tanto, 57 añitos. Espero llevarlo bien, aunque siento a mis espaldas el aliento de la sesentena, la de la jubilación...
Qué miedo!!!
2008/1/18

Chapuza en Asturias

Mi amigo Pachín de Mestas me ha hecho partícipe de un desaguisado que pretenden perpetrar en una iglesia muy importante del acerbo cultural e histórico del Principado de Asturias.
Yo he procurado ponerme al corriente y la verdad es que es muy interesante; no es de extrañar el monumental cabreo de los ciudadanos ante tal chapuza. Es como si algunos politiquillos quisieran alicatar con porcelanosa la Giralda de Sevilla, poner farolas de autopista en la subida a la Alhambra o poner un "burguerquín" en la mismísima mezquita de Córdoba... algo así.
Si te interesa este tema te invito a que cliques el siguiente link y te pongas al corriente.
Gracias, y Pachín... ÁNIMO!!!    http://pachin11.spaces.live.com/blog/
2008/1/13

En carnaval

 

               No podían creerlo. Gustavo y Leandro, sentados en los asientos posteriores del autocar, enfilando directamente la autopista del aeropuerto, estaban aún entre nubes sin llegar a comprender si lo ocurrido había acontecido de verdad o, por el contrario, pertenecía, tal vez, al  mundo onírico espacio-tiempo.

 

Y todo ello, a pesar del rapapolvo que habían recibido, real, del encargado de la expedición, su tutor, por haber puesto en peligro la buena marcha del viaje de estudios —graduados de Historia del Arte—, arriesgando el itinerario del resto de sus compañeros que habían cumplido el horario, y la  gran responsabilidad de, a su vez, dejarlos en tierra y marchar sin ellos.

 

Gustavo y Leandro, sumidos en sus pensamientos, daban vueltas a lo acontecido durante la pasada noche, tratando de revivirlo.

Se encontraban la tarde anterior en

la Plaza de San Marcos, a esa hora un “maremagnum” de gentes que iban y venían, un poco sin ton ni son, mezclándose en una amalgama total de tipos, razas, turistas y buscavidas. Pero aquel no era un día cualquiera en la ciudad lacustre, acostumbrada al bullicio durante 365 días del año, desde siglos atrás. Venecia estaba, ese día de 2001, preparándose para vivir uno de los más esplendorosos: el final de la fiesta de carnaval en que los venecianos, desde el Medioevo, dieran comienzo a su vez, con todo esplendor, al periodo de la Cuaresma.

 

Y, en una esquina de San Marcos, de entre las filas de todas clases de disfraces surgieron dos “maschere” con túnicas azul intenso y caretas blancas cubriéndoles el rostro; se tocaban con dos sombreros-tricornio. Las dos “máscaras” tomaron a Gustavo y a Leandro de las manos y los arrastraron entre la multitud. Ellos, en principio sorprendidos, comprendieron que estaban siendo “raptados” para hacerles partícipes de la fiesta. Las comparsas de pierrots, pulchinelas y otros tipos carnavalescos entonando: “para  que cada uno del carnaval / a su modo pueda hacer, /  para que ahora no esté mal / quizá el loco hacer”, las risas de los turistas y las lentas y fotográficas “poses” de las máscaras, hacían del centro de Venecia un túnel del tiempo, capaz de trasladar a la época de los Dux. En la laguna, algunas viejas góndolas vacías chocaban contra los embarcaderos sobre el agua oscura del anochecer del Martes de Carnaval. A lo lejos, el campanil de San Francisco de la Viña, comenzaría, en pocas horas, a tañer lentamente anunciando el comienzo de la Cuaresma.

 

Nuestros protagonistas y sus acompañantes fueron alejándose del conglomerado de la Basílica y del Palacio Ducal adentrándose por “campos” y “calles” hasta llegar al Puente Rialto que atravesaron, tomados de las manos de las “máscaras”, cruzándose con partidas de venecianos, con teas y faroles encendidos, camino de San Marcos. Los callejones parecían túneles de los que surgían fantasmagóricas figuras danzantes, sacadas de algún grabado de Giovanni Domenico Tiepolo, hundiéndose en las oscuridades de aquel martes de febrero.

 

Las máscaras acompañantes —silenciosas— arrastraban a los dos estudiantes quienes, a través de los orificios de las caretas podían percibir, a duras penas, unos ojos impersonales, mirando fijamente. Cruzado el Puente Rialto, recorrieron los Fundamentos del Vino y rodearon las iglesias de San Apolinar y de San Silvestre, para desembocar en un gran espacio, el Campo San Polo: un lugar con palacios, luciendo grandes hachones en las puertas. Unos grandes gallardetes, estampados con escudos de las casas, con leones y otros símbolos padanos jalonaban los bellos ventanales de donde salían luces y músicas. Parte de Venecia se concentraba en el Campo de San Polo para celebrar el fin de las Carnestolendas.

 

 En un palacio de tres plantas —que a los estudiantes de Historia del Arte, les pareció mitad gótico, mitad renacentista—,  al fondo de la Plaza San Polo, de ventanales y puertas de estilo románico, abiertas de par en par, varias máscaras aguardaban, hieráticas, a los personajes que, poco a poco, ingresaban a la mansión.

 

Antes de entrar les fueron entregados a nuestros protagonistas unas máscaras con las que cubrieron parcialmente sus rostros. Desde aquel preciso instante comenzaron a formar parte de la vida de Venecia, de Venecia misma.

En un amplio salón a rebosar, todos los asistentes, a los sones de rondós, minuetos y otros divertimentos musicales, danzaban en tanto una orquestina de laúdes y flautas, violas de gamba y salterios, ocarinas y arpas, atacaba sin interrupción. Desde aquel mismo momento, dio comienzo la noche más extraña que jamás habían vivido los dos estudiantes en sus vidas. En el amplio salón cubierto de tapices florentinos y frescos del Renacimiento  —Bellini y Veronese—, lámparas de fino vidrio soplado en los talleres de las islas vénetas emitían, sobre la estancia, un suave manto de luz. Danzaron, durante toda la noche, bailes trasmitidos de las carnestolendas medievales, bailaron con acompasados movimientos en rededor del salón al ritmo de antiguas músicas palaciegas. Se cortejaron con, apenas insinuados, movimientos de cabeza, mientras, a través de los orificios, las miradas se cruzaban sin dirigirse una sola palabra.

 

Las horas pasaron muy deprisa, y la noche escapaba fuera del plazo carnavalesco. Gustavo, en un momento determinado, cansado de tanto baile y de tanto giro, paró repentinamente, aunque su pareja lo sujetó de la mano, pero esta vez él pudo desasirse y se apoyó en la pared a fin de recobrar el aliento.

Buscó con la mirada un lugar donde sentarse y reposar, mientras Leandro continuaba danzando en compañía de las dos máscaras. Gustavo, por fin, encontró una puerta tras un gran tapiz que representaba una escena amorosa, “Bordone tal vez”, pensó el estudiante. No lo pensó dos veces: entreabrió la puerta y la traspasó.

En la amplia estancia había una fila de mesas, sobre las cuales toda una batería de ordenadores encendidos emitían acompasadamente los correspondientes salvapantallas: un logotipo de chillones colores —representando un león alado con un libro abierto entre sus garras— que aparecía, cruzaba las pantallas lentamente de izquierda a derecha y desaparecía, volviendo a aparecer por el lado opuesto. Así, una y otra vez, al mismo tiempo, todos en línea. En aquel amplio y funcional salón, a oscuras, sólo las pantallas iluminaban débilmente las paredes, cubiertas por grandes gráficos y mapas. Los ventanales dejaban ver el contorno de la claridad del amanecer traspasando poco a poco la estancia. Entonces cayó en la cuenta dónde se encontraban, percatándose de que estaba comenzando el día de la partida. Salió de la sala un poco confundido y se dirigió a su compañero, tomándolo del brazo, para salir presurosos hacia el exterior. Sin más dilación fueron a despedirse de sus máscaras acompañantes, y fue cuando se dieron cuenta de que “éstas” no habían dicho una sola palabra en toda la noche. Solamente gestos con las manos, enguantadas, o con las cabezas, tocadas con los sombreros tricornios, o con las caretas de color blanco nacarado, y entonces descubrieron que no habían logrado ver sus ojos, que tan sólo se intuían en el interior de las caretas. Se iban sin saber absolutamente NADA de aquellos seres.

 

Dejaron, por fin, inmóviles —la música también cesó—, a sus parejas, y salieron al frío del Campo San Polo. Al volver la vista, en la entrada del caserón pudieron leer en una herrumbrosa placa: PALACIO SORANZO. DEPARTAMENTO DE ESTUDIOS SOBRE EL ASIA ORIENTAL “MARCO POLO”. SECCIÓN SINOLÓGICA. ATENEO DE VENECIA. Sólo unas pocas siluetas embozadas, tocadas con chambergos, atravesaban la amplia plaza para desaparecer por las “calles”. Las músicas habían callado y de los numerosos palacios salían los últimos disfraces. En la cercana iglesia de los Frari sonaron, solemnes, cinco campanadas y Gustavo recordó que debían salir del hotel de Mestre, en tierra firme de Venecia, a las ocho de aquella misma mañana.

Comenzaron a caminar apresuradamente por entre las calles, pero enseguida comprendieron que aquello era un laberinto del que no conseguirían salir fácilmente. Pararon cuando, de repente, llegaron al Puente Rialto y las aguas del Gran Canal comenzaban a adquirir un color de plata vieja, característico de los amaneceres coincidentes con la marea, agua, alta.

Los primeros rayos del sol se reflejaban en los escaparates de las tiendas de “souvenirs” del pretil del Puente, y los servicios comunales de limpieza se afanaban, desde una barcaza, en eliminar, con chorros de agua a presión, las basuras acumuladas los días anteriores en los resquicios y plataformas de los “fundamentos”(cimientos) de la gran arteria que divide, serpenteando, la ciudad en dos mitades. Venecia, en pocas horas, estaría dispuesta para un asalto, otro más desde siglos, de la multitud de visitantes.

 

Gustavo y Leandro comenzaron a preocuparse. Sabían dónde estaban pero no tenían la más remota idea de cómo llegar al otro extremo de la ciudad, salir de ésta, y, lo que es peor, llegar a tiempo. Recorrieron los Fundamentos del Vino buscando una ruta, pero, al llegar a la plataforma cercana al Canal se dieron cuenta de que aún llevaban puestas las máscaras; se las quitaron cuando un viejo tripulante de una lancha cargada de cajas de coca-colas comenzó a reírse de ellos. Azorados, y preocupados, le preguntaron cómo podían salir de Venecia lo antes posible. El viejo se los quedó mirando, señaló al agua y dijo: ”nadando”, mientras comenzaba a reír.

 

-Contadme qué ocurre. ¿Perdidos?

--¿Cómo lo sabe? —respondieron—. Y lo peor es que debemos llegar antes de las ocho a Mestre.

 

--Arriba!— contestó el barquero, dejando espacio entre las cajas de refrescos.

            Los dos muchachos abordaron la embarcación mientras el motor fuera-borda se ponía en marcha y el casco de la hundida popa propulsaba miles de burbujas a través de las sucias aguas.

           Puso proa hacia un “afluente” que se desgajaba del Canal y se introdujo por un estrecho río, adentrándose en una Venecia nueva para ellos: canales angostos por donde, a duras penas, podían cruzarse dos lanchas motoras; viviendas de aspecto lúgubre con el agua inundando las entradas;  fachadas de casas con grandes desconchones, producidos por la eterna humedad, hundiendo milímetro a milímetro las humildes viviendas y los lujosos palacios. Los tendederos, de fachada a fachada, repletos de ropa durante largas horas, en busca de los breves lapsos de sol invernal, daban un aspecto insólito, cutre total, si no se tratara de la Venecia mundana, renacentista, aristocrática, palaciega, turística y gondolera.

La lancha avanzaba por los modestos canales hasta que de pronto el viejo, al salir de un río, señaló a babor, en plan capitán, con el dedo.

 

--Puente de los Descalzos. A la derecha, la estación. A la izquierda, la autopista. ”Ecco”(aquí está).

 

--Gracias, muchas gracias—contestaron los estudiantes queriéndole pagar. El hombre lo rechazó, ofendido.

 

Descendieron de la lancha y echaron a correr a través de los fundamentos de San Simeón el Joven hasta llegar a la Plaza Roma. Allí mismo habían llegado el día anterior en autobús y allí, inmediatamente, tomaron otro que partió a las 7:15 horas en dirección a Mestre. Se sentaron en el autobús, repleto, y mientras cruzaban la laguna Véneta, entre una densa circulación sobre el Puente de la Libertad, miraron por la ventanilla. Al fondo, a lo lejos, ya inundada por los rayos del sol, el campanario de San Marcos sobresalía entre los tejados rojizos. Enfrente, al fin, la cercana Mestre y junto a ella, al sur, la inquietante presencia de numerosas chimeneas y estructuras industriales.

En las puertas del Hotel Torpecetto, estacionado un autocar, con numerosas maletas y mochilas en la acera, con una treintena de estudiantes esperando abordarlo en pocos minutos. El equipaje de nuestros protagonistas estaba retenido en la recepción, en donde lo recogieron. El profesor encargado de la excursión los recibió, aliviado, advirtiéndoles que más tarde les exigiría una explicación convincente acerca de la inquietante tardanza.

          —Y no quiero cuentos chinos... ni gaitas  —puntualizó enojado.

                                  

           Los dos amigos se miraron, cómplices, y sonrieron. Sin que nadie lo advirtiera, abrieron una  de sus maletas y guardaron las dos máscaras.

                        En el aeropuerto Marco Polo aguardaba el avión de regreso a España. La excursión estaba a punto de concluir cuando, en el mundo cristiano, también en Venecia, daba comienzo el tiempo de Cuaresma.                                     F I N       

2008/1/6

La escuela © José Antonio Bejarano

              

                              Nando salió tarde de casa. La Escuela Pública cerraba las puertas diez minutos pasada la hora. Al llegar, asfixiado por la carrera y la reciente tosferina, miró por la ventana de su clase. El maestro pasaba el puntero por la pizarra, haciéndolo chirriar sobre la superficie encerada produciendo un surco sobre la línea escrita por él minutos antes: “Posesiones españolas: Ceuta, Melilla, Chafarinas, Ifni, Río Muni y Fernando Poo”. Sus ojos echaban fuego, y su boca  expelía minúsculas moléculas de saliva que parecían proyectiles, vociferando enardecido mientras rayaba y rayaba una y otra vez la palabra Ifni hasta hacerla casi invisible. Los primeros rayos de sol entraban por los cristales, por los mismos desde los que miraba Nando absorto y atemorizado. Repentinamente, el maestro alzó su brazo derecho, blandiendo el puntero y con gran violencia lo dejó caer golpeando, al tiempo que se levantaba una nubecilla de polvo, sobre un pupitre vacío: el de Nando. El puntero quedó dividido en dos, astillado.

Nando miraba aterrorizado, al igual que sus compañeros que asistían mudos de miedo desde sus banquetas.

Nunca supo qué fue lo que cruzó la mente del maestro haciéndole desgañitarse de aquella manera, aunque los cristales amortiguasen el tono de voz del docente.

         Se separó de la ventana y marchó a casa. Mil veces la regañina de su madre, cien veces la bronca de su padre, a sufrir nuevamente la ira desatada de Don Ignacio. Ni un solo día más.

Al siguiente, Nando entró en la Academia de pago de Don Alejandro Ibarportto.

Comenzaría con aquel discreto, amable, bondadoso y liberal profesor represaliado el Preparatorio de Bachillerato, por el que su padre sentía cierta simpatía, aunque la fama de rojo le había acompañado desde que apareció por el pueblo quince años antes ―desde un campo de trabajo, donde habían recluido a cientos de prisioneros republicanos, de Miranda de Ebro, decían algunos en voz baja―.

Desde que Nando pisó aquella desvencijada academia se le abrieron las puertas del Saber que hasta entonces le habían estado cerradas a cal y canto, entreabriéndose tímidamente o cerrándose abruptamente al capricho, o a la necesidad, de tantos de aquellos maestros frustrados que a duras penas sobrevivían en medio de la España en blanco y negro. La ciencia matemática; la Historia de España, pero también la de Europa y el resto del mundo; la ciencia biológica con las teorías más avanzadas; la religión y las religiones; la química; pero sobre todo, y por encima de todo, la Literatura en todas sus vertientes como la Lectura, la Escritura, la Ortografía y la Sintaxis, así como la Métrica de la Poesía fue lo que Nando aprendió ―mas bien le enseñaron―, a partir de aquel mes de mayo del año 59 del siglo XX hasta hacerse, poco a poco, lo que actualmente es: un escritor de fama.  

2008/1/4

Un Rey en blanco y negro

 Permitid que pueda rememorar lo que me aconteció la quinta noche de Enero de un año en la década de los cincuenta del siglo pasado, a la que le faltarían tres o cuatro para concluir :

                                                 <<Ocurrió después del desfile de la Cabalgata que, como cada año, discurre por la puerta de la casa del Abuelo, en su recorrido por Hervás —mi pueblo—. Por las ventanas podían verse, recortados sobre el firmamento negro, inmenso y de Vía Láctea, los tejados blancos y las humeantes chimeneas; las calles —entre ellas, el Rincón de la Vaca Brava— permanecían cubiertas de un grueso manto de esponjosa y crujiente nieve que los niños nos encargábamos de amontonar, como juego, bajo los soportales en los cortos días vacacionales.

                     Y —continuando la narración— cuando alejándose el Cortejo Real, nerviosos, nos retirábamos a dormir llegó, precedido de una algarabía de admiración y de sorpresa, un rey. Pero que digo un rey : EL REY. BALTASAR.

             Llegó repentinamente, pudiendo imaginaros la sorpresa que se apoderó de quienes allí, niños y mayores, nos encontrábamos. Pero a la sorpresa siguió el temor y, sin pensarlo dos veces, el Jose —un servidor— y mis primos el Luisín y la Carmeli, nos “refugiamos” bajo la mesa camilla, la de las meriendas dominicales y veladas de radio. No dábamos crédito a lo que estábamos presenciando: en persona, por primera vez en nuestras vidas, el Rey Baltasar majestuoso, serio, luciendo un bello turbante, muy abrigado, negro como los tizones de la lumbre del Abuelo y hablando una jerga que ni yo, ni el Luisín ni la Carmeli conseguíamos entender; pero el abuelo Amancio, quien había “servido” —contaba orgulloso— en la Mejasnia Marroquí de Tetuán, procuró que nuestro corazón se apaciguara y con su mediación —como intérprete— el Rey pudiera hacernos las preguntas que siempre —año tras año de los decenios de cada siglo de, seguramente, cada milenio— formulan los tres Magos:

                     —¿Os habéis portado bien? ¿habéis obedecido a vuestros padres y abuelos? ¿qué habéis pedido? —. Y los tres, al unísono, respondiéramos:

                      —Una Mariquita Pérez que llora— contestó primero, como siempre, la Carmeli.

              —Y unos Juegos Reunidos, un juego de “arquitectura”, un balón de “reglamento”, un tren y cuentos, muchos cuentos—-contesté yo, en tanto el Luisín no lograba articular palabra.

                    Nuestras  vocecitas a duras penas salían de los bajos de la camilla, pero cuando quisimos darnos cuenta, tras un breve diálogo entre el abuelo Amancio, el tío Victoriano y el tío Antonino con Su Majestad Baltasar, en la extraña lengua africana que el Abuelo conocía a la perfección  pues —repetía orgulloso— había “servido” en la Mejasnia Marroquí de Tetuán, el Rey —no sin antes pedir que el Jose escribiera una “redacción sin faltas” de la experiencia vivida— bajó solemnemente las empinadas escaleras rodeado del resto de la numerosa familia, digno, pausado, pero con presteza  puesto que le faltaba recorrer —dijo, al parecer, en la extraña lengua arábiga— el Barrio Judío, junto a las otras dos Majestades y Pajes con teas encendidas, montando en caballos que resbalarían a causa de la nieve, pero no por la dura pendiente de la calle Abajo, trazada siglos atrás, por donde se saludaban —hasta un desventurado 492 del concluido segundo milenio digital— judíos bajando a la Sinagoga en el Sabbat, y cristianos subiendo a la Exposición Mayor Sabatina en el Sagrado Cabildo; y desde entonces —mas ya sin judíos— campesinos camino de la Umbría o de la Solana cruzándose con comerciantes a los negocios de la Plaza Corredera; o chiquillos a jugar a perderse en el laberinto del Rabilero —del antiguo Rabino— tropezando con ancianos cuasi-centenarios a buscar el breve sol del Cantón, orilla de la Cañada que “sube” hacia Castilla.

   Aquella noche, acurrucados en nuestras camas, escuchamos en cada ronda —Collado arriba, Collado abajo— la voz grave del Sereno: “laaas dos, laaas tres..” mientras golpeaba el “chuzo” sobre el empedrado de la desierta calle, en la nieve pisoteada por la ya pasada cabalgata. La Misión Real se estaba cumpliendo. La noche transcurrió eterna, y  una descomunal helada se cernía, de nuevo, sobre el contorno urbano y la campiña —de ríos crecidos, montañas, castaños y cerezos—de Hervás.>>